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Dolor de madre

“Dicen que ya estaba muerta. Pero estuve esperando un puño de horas con los grandes dolores y no me hicieron caso, hasta que se me salió sola. Estaba toda moradita”.
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Rumbos confluidos

Quizá ese acaramelado amor filial que invade por estas fechas todavía esté en el ambiente. Y es que, siempre que no se banalice, es imperante reconocer la labor maternal. Eso es inapelable. Pero más allá de sumar alegorías románticas y versos poéticos, sería útil preocuparse por la reivindicación de algunas de las verdaderas necesidades de una madre salvadoreña, como el acceso total y real a cuidados prenatales, políticas laborales flexibles y más.

Hablar de pérdidas siempre es incómodo. Y los salvadoreños somos expertos en evadir lo que nos perturba –quizá porque hemos permitido que nos acostumbraran a callar. Hay pocos, sino nulos, espacios para que una mujer aprenda a sobrevivir con el luto por la pérdida de un hijo. Y su dolor es más invisible cuando le ha tenido que decir adiós antes de verlo nacer.

Por mucha que sea la empatía en la que nos queramos sumergir, sería difícil dimensionar todo lo que una mujer puede sentir ante la muerte del hijo que ha estado esperando. Los casos de estas dos salvadoreñas quizá permitan empezar a comprender la obligación de nuestra sociedad de ofrecer a las mujeres que pasan por esto una atención profesional.

Hace tres años, Elizabeth estaba esperando en las afueras de un hospital público de San Salvador a que la llegaran a recoger. Tenía la cabeza cubierta con un pañal y cargaba una maleta de tela rosada. Su tez morena estaba pálida y su mirada, perdida. No había señales de su recién nacida. “Dicen que ya estaba muerta. Pero estuve esperando un puño de horas con los grandes dolores y no me hicieron caso, hasta que se me salió sola. Estaba toda moradita”, se atrevió a decir entre lágrimas tras varios minutos de plática.

Se las arregló con su sueldo de mesera de un bar del centro de San Salvador para contratar un servicio fúnebre para el cuerpo. Regaló la ropa de bebé que le habían regalado sus compañeras. La niña iba a llamarse Camila. Dos años antes, Guadalupe estaba desesperada porque su vientre seguía creciendo y no hallaba una fuente de ingresos en El Salvador. Así que con cinco meses de embarazo emprendió la ruta del migrante, como su última opción para buscar el bienestar de su hijo. Pasó hambre, sed y caminatas por suelos áridos. Cuatro meses después, cuando estaba a punto de alumbrar en un hospital de Washington, D. C., el corazón de su pequeño dejó de latir. Nunca pudo escuchar el llanto de Andy.

“No existe nada peor. Parte de mí se fue con él”, asegura ahora Guadalupe cuando lo recuerda. Le hablaron con palabras parcas de estadísticas, de porcentajes de riesgo y de la posibilidad de futuros embarazos. Pero hasta esta fecha, cuando ya pasaron cinco años, asegura que su dolor sigue intacto, alborotado cada abril –cuando ocurrió su pérdida– y cada mayo –con la celebración de una maternidad que se le negó.

Así como aseguró Elizabeth, y como ahora confirma Guadalupe, con los cuerpos de sus hijos también sepultaron una parte irreemplazable de su vida. Esto debería ser motivo suficiente como para recibir soporte emocional y psicológico. Su luto no debe ser ignorado, menos minimizado. Para que puedan sanar, las mujeres que experimentan ese duelo necesitan ser escuchadas. No dejan de ser madres, no merecen menos que reconocimiento por su valentía. Que en fechas como la recién pasada se guarde un espacio entre tanta miel para extenderles respeto, puede ser un comienzo para construir una sociedad más sensible, humana. Y vaya que necesitamos ser más humanos.

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