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ESA COPA DE SED

Llegó a su esquina de siempre, la esquina entre la calle de Las Huertas y la Costanilla de los Desamparados.
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Ahí está el bar El Hecho. Aquel día el aire parecía inspirado, y con toda razón, porque era el primer día de la primavera. Había salido de su piso en la calle del Amor de Dios y, tras caminar unos pasos, estaba en el bar. Se dirigió con gesto inspirado hacia su asiento favorito, en la ventana frente al geranio floreciente. Aunque era sábado por la tarde, solo había unos cuantos parroquianos. Buena señal para él.

—Una copa de cava, por favor.

—La de siempre…

—Sí, el Ferret Guasch, aunque yo hubiera querido un Anna de Codorniu rosado, que sé que no está aquí.

—¿De celebración, entonces?

—Algo así.

Y de inmediato sacó su tablet, la activó y se puso a escribir. Antes de eso había revivido los colores del lugar: el cielo falso color vino tinto y las puertas color verde ramaje; y recordado, una vez más, ya con pálpito agorero, que bastaba unir las dos palabras del nombre del bar para que el sonido dibujara en la mente la imagen de aquella palma silvestre que tantas veces encontró en los caminos de su nostalgia.

Cuando el mesero le llevó la copa, él se quedó observándola, como si los hilos de burbujitas ascendentes fueran de pronto un imán emocional. Algo susurró entre dientes, y luego se acercó la copa a los labios. Dio un sorbo y volvió a la pantalla de la tablet. En los minutos siguientes hizo lo mismo varias veces: un sorbo y una línea, en sincronía casi matemática.

Así pasó un buen rato, hasta que se le acercó de nuevo el mesero:

—¿Otra copa para inspirarse más?

—No, gracias, he terminado. Volveré después.

—Como siempre. Hasta entonces.

Pagó, dejó la propina en efectivo y salió. Afuera la calle estrecha por la que apenas pasaban automóviles era un reguero de transeúntes que hablaban distintos idiomas. Madrid es un emporio cosmopolita en primavera.

En los días siguientes, aquel visitante asiduo no volvió a aparecer, ni por el bar ni por los entornos. Su piso en la calle del Amor de Dios habría parecido desocupado para cualquiera que se asomara a él. Algunos objetos inservibles regados aquí y allá daban fe del abandono.

Y entonces, ¿qué había pasado? Nadie se podía hacer esa pregunta, porque él era un inmigrante desconocido que se había cansado de serlo y regresaba a sus orígenes, por impulso natural. ¿Y cuándo se definió el impulso? Aquella tarde, en El Hecho.

La burbujeante copa de cava actuó como inspiradora, entre el rojo y el verde del pequeño lugar que de pronto fue como la encarnación de su conciencia. De ahí salió a respirar a todo pulmón las viejas ansias, ya en clave de retorno.

CUANDO EL FUEGO SONRÍE

Era día de descanso, y él estaba viendo por la televisión el rafagueo incansable de los políticos. Hizo el mismo gesto de disgusto, pero esta vez con ganas de descontaminarse, al menos por algunos momentos, de la polución anímica que invade el ambiente. Pasó canales sin buscar nada en concreto, y de pronto se halló ante un documental referido a los primeros habitantes de una pequeña aldea de horticultores que habían puesto a funcionar una nueva fe.

Se quedó observando, en un principio con atención casual, aunque casi de inmediato unas antenas desconocidas se le levantaron en algún trasfondo interior hasta aquel momento no revelado. Concluyó el programa, que tenía un título que parecía un juego literario: “Fuego sonriente”.

Era mediodía de sábado, y en la sencilla mesa, con su mujer de buen ver y de buen ánimo y con sus tres hijos ya en la adolescencia o muy cerca de ella, todos parecían dispuestos a departir como siempre, diciendo frases que surgían al azar. Pero de pronto él comenzó a hablar de su experiencia con el documental que por casualidad acababa de ver.

—¿Una nueva fe? –le preguntó la esposa, mientras ofrecía la bandeja con la ensalada multicolor. —¿Y eso a qué se refiere?

Él tomó la imagen al vuelo:

—Pues a algo así como esta ensalada.

Todos se rieron. ¿Qué tenía que ver la fe con una ensalada?

—Es que las invitaciones a creer producen reflejos vivos, así como los vegetales frescos abren el apetito.

—Ah, pues entonces comamos, a ver si así nos volvemos creyentes –chanceó el hijo mayor, que ya estaba en mood provocador.

—No se burlen, muchachos, porque toda inspiración divina es sagrada, aunque se vista de colores profanos e invoque sabores comunes…

—Te volviste pensador, papi… Así estuviera diciendo mi profesor de letras.

La señora preguntó entonces, revolviendo sus zanahorias y sus remolachas rebozadas en aceite virgen:

—Dijiste que el programa se llamaba “Fuego sonriente”. ¿Eso también es parte de la nueva fe?

—Sí, por supuesto. Los horticultores cultivan fervorosamente plantas variadas. Al hacerlo le rinden culto al apetito venturoso, y al tomar conciencia de ello se les encienden en las conciencias los candiles de la fe en la naturaleza y en sus símbolos más sencillos y fieles… Las llamitas de esos candiles parecen sonreír en la oscuridad de los montes…

—¿Pero dónde está Dios en todo eso? –indagó con atrevimiento el menor de los hijos.

—En su lugar de siempre: en las cosas más sencillas, que es donde más cómodas pueden sentirse las almas. ¿Entienden?

La señora preguntó:

—¿Listos para seguir con el siguiente plato? Todo es vegetal este día.

Las sonrisas encendidas no se hicieron esperar.

—Comamos, pues, para que la siesta que sigue sea una remontada memorable.

LAS PAREDES OYEN

Es lo que se dice desde siempre, como para aconsejar que los secretos no se ventilen ni se comuniquen ni siquiera en los lugares tapiados. Y ella había asumido aquella sentencia popular como algo sacramental, hasta el punto que en casa hablaba lo menos posible, estrictamente lo necesario. Su novio, con el que convivía desde hacía un poco más de un año, estaba a punto de hacerle sentir su desagrado por estar convirtiéndose su anhelado nido de amor en una cámara de sigilos. Y un día de tantos saltó la liebre:

—Vamos a hablar con claridad, ¿te parece?

—Siempre hablamos, ¿o no?

—A medias…

—¿Cómo así?

—La intimidad te asusta, ¿verdad?

—¡No! No, no es la intimidad, es que…

—¿Las paredes oyen? Vamos entonces a hablar al parque vecino.

Y fueron. Mañana radiante, sin ninguna penumbra disponible. Hablaron de todo lo referente a su relación. Volvieron a la casa, y en los días siguientes todo pareció entrar en conflicto. Los amigos les hacían preguntas indiscretas. ¿Qué pasaba? Él la miró a los ojos, con sarcasmo sonriente:

—¿Viste? Le tenías miedo a la indiscreción de las paredes, y son los árboles los que oyen y repiten lo que oyen con la ayuda del viento…

Y USTEDES ADIVINEN

¿A quién preguntarle sobre la identidad de aquella dama que aparece por las noches y se desplaza por las zonas más animadas de la ciudad, deteniéndose sobre todo en los lugares que están en el tope del ranking del placer? Veamos… Sí, a aquel señor que lo observa todo desde su rincón durante la noche hasta la mañana siguiente: “¿La conoce, señor?” “Claro, es mi socia desde siempre. A ella le toca la jornada nocturna. Y en estos tiempos de excentricidades sin límites, el que ella tenga desde siempre la cara tatuada es una ventaja adicional… A mí, que me toca la jornada diurna, me viene muy bien parecer un personaje de las películas del Viejo Oeste…”

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