Educación y cultura, los milagros

Me hizo recordar a niños desaparecidos en América Latina, a las Madres de Mayo, a los torturados con picana eléctrica y perros rabiosos.
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Celebro el punto de vista de Jacinta Escudos en su trabajo el domingo pasado sobre la visita de Iron Maiden, los reyes del heavy metal, su artículo y las manifestaciones de los miles que llenaron el estadio “Mágico González”, me llevan a reflexionar sobre violencia, sosiego, alegría, desenfado, felicidad, emociones altruistas, frente al miedo, y la violencia. Un milagro. Y no puede ser de otra manera, los trabajos de Jacinta representan la voz de muchas mujeres. Pero va más allá, a la salida del concierto en horas de la medianoche, demuestra la transformación de un espacio del miedo en un momento de sociedad segura.

Arte y educación se conjugan para aprender a vivir. Y así me explico el sacrificio de pagar altos precios de entrada, que es otro milagro, pues se supone que la economía está por los suelos, por lo menos es lo que escuchamos a diario de los expertos y analistas.

Y un boleto de esos cuesta desde $175 hasta $25 en galería, pasando por otros precios de $100, $80, $35 y $50. Pero el concierto de Iron Maiden tuvo un lleno total. Pero esto último, sobre lo económico, ya lo he escrito, solo relato una realidad colateral digna de ser abordada por economistas.

En verdad, me importa el fenómeno vivido con esta visita musical porque nos descubre formas de aprender a vivir con emociones trascendentes las negativas sino las que nos construyen o, ¿por qué no decirlo? la que vamos reconstruyendo hacia formas de vida distintas, porque podemos cambiar conductas, modos que nos conviertan en altruistas. No tenemos por qué darnos por muertos en los primeros disparos de esta tragedia infinita digna de transformarse en tragedia optimista. Lo merecemos. Disparos de flores y de frutos, por supuesto. Ya es hora de encontrar un camino como otros en el mundo, con similares o peores historias lo encontraron.

Y hubo sorpresivas ganancias para quienes erogaron los precios de entrada, un plus que no esperaban: relax pleno, libertad, baile, risas, camaradería, felicidad, abrazos, fotos y confianzas con desconocidos, por lo general siempre sospechosos. Esto sirvió para contraponer y borrar elementos negativos de la vida diaria: tensión, miedo, violencia, no solo es violencia el homicidio y las agresiones (la corrupción es violencia social, tan grosera como cualquiera), amenazas, agobio, angustias y todos estos conceptos fue la ganancia de lo positivo; además de neutralizar lo negativo que cargamos en la calle o en la casa. Estos conceptos contrapuestos los he sacado del trabajo de Jacinta Escudos. No hubo exabruptos como podría esperarse de una banda cuyo avión, Eddy Force One, con vuelo 666, cifra por lo cual muchos lo descalificaron.

A jóvenes y viejos no les importó el signo. Tampoco le importó a Nicko McBrain (baterista) y a Janick Gers (guitarrista). El primero se puso la camiseta del beato Monseñor Romero, que le había sido donado por Paulita Pike, en la emotiva visita que ambos hicieron a la cripta de Monseñor Romero. Y hubo dedicatoria especial para el arzobispo mártir al final del concierto. Ovación y locura total.

Lo que escribe Jacinta Escudos es un descubrimiento de cómo pueden transformarse las emociones si encontramos un espacio seguro en un país en aparente oscuridad, la luz somos los humanos. Dice una famosa canción de Iron Maiden: “Miedo de que alguien esté siempre cerca... alguien que te vigila en la oscuridad… hay un asesino detrás de ti, puedo verlo con un cuchillo en la mano que significa muerte” (Fear to the Dark: Miedo a la oscuridad). Y en otra canción dicen: “La cara del mal está en la mente… no tendremos vida para pelear otro día” (The Trooper: El soldado).

Me hizo recordar a niños desaparecidos en América Latina, a las madres de mayo, a los torturados con picana eléctrica y perros rabiosos, los decapitados, bombas borrando ciudades, mujeres violadas en Guatemala, que nadie tomaba como agresión sino como algo “natural” para una mujer (Séptimo Sentido, 11/03/2016). ¿Sabían que en Vietnam cayeron más bombas que en toda la Segunda Guerra Mundial? Y ya está en bonanza envidiable.

Aunque personalmente he pasado por varias etapas de rock, y de música pop, nunca tuve afición por este conjunto de Iron Maiden. Fui melómano de los Beatles, y la cereza de esa afición se la puse en Liverpool visitando La Caverna, donde ellos nacieron como músicos adolescentes, y estuve en Strawberry Field, un refugio para niños, en cuyos jardines jugó John Lennon en su niñez. Enfrente queda la casa donde se crio.

Recuerdo palabras de Mickey Rourke en El Peleador: “Todo iba bien con la música hasta que llegó Nirvana y Pearl Jam en los noventa y se c… en toda la música que venía de los ochenta”. Pese a todo, llegué hasta ahí en música pop fuerte (grunge, rock sucio). Es lo que en unos países llamamos música protesta. Para América Latina, una protesta es diferente a la protesta en Estados Unidos (los poetas beat, por ejemplo), en Francia, cierto existencialismo o en Inglaterra. La protesta en arte no es una expresión tercermundista, sino visión de un humanismo diferente.

Los músicos de rock nos dieron otra sorpresa cuando Bruce Dickinson (palabras más, palabras menos) afirmó: “Estábamos todos juntos sin importar el color de la piel, las creencias, las ideologías o ese tipo de m… que nos separan. Debemos dejar la violencia entre hermanos”.

Otro milagro: al final del concierto el grupo de Iron Maiden mostró su cultura artística, ninguna salida fuera de tono, ni suciedad, ni heridos, para lo cual estuvo presente la Cruz Roja, y un comando de limpieza del gobierno de San Salvador. Por ser un conjunto de los ochenta, fue un encuentro de familias jóvenes y adultos, apertura y amistad con desconocidos. Amor por la música en una vivencia “inolvidable”, como dijeron miles de espectadores: un ejemplo de lo que podemos hacer si nos educamos en humanidad, en una “cultura” exenta de chabacanería.

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