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El GECI

El fiscal general acudió a las palabras del beato Óscar Romero y a su parábola de la justicia como serpiente. Pero en El Salvador, está visto, citar al beato no significa nada si quien lo hace no es más que un cínico, un oportunista.
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La versión salvadoreña de la CICIG quedó abortada cuando, a poco de asumir el cargo, el presidente Salvador Sánchez Cerén la descartó. Era, argumentó su gobierno, innecesaria porque las instituciones salvadoreñas funcionaban. Eso a pesar de que cuando el mandatario dijo eso el fiscal general era Luis Martínez, hoy acusado de fabricar pruebas, abusar de su poder, aceptar dádivas y etcétera. No. No funcionaban entonces. Y siguen sin funcionar bien.

Esta semana, durante una teleconferencia en el Wilson Center de Washington, el actual fiscal general, Douglas Meléndez, anunció la creación de una unidad especial contra la impunidad. Se llamará Grupo Especial Contra la Impunidad (GECI), según confirmó una fuente de la Fiscalía.

Falta aún conocer los detalles, pero ya sabemos algunas cosas sobre el GECI. Cosas que dan pie para ser optimistas. Sabemos, por ejemplo, que el grupo estará formado por fiscales que recibirán entrenamiento especial, que tendrá un presupuesto decente (buena parte proveniente de cooperación internacional), y que empezará llevando adelante investigaciones ya existentes en casos de enriquecimiento ilícito y corrupción.

Para llegar hasta ese anuncio tuvieron que pasar varias cosas, que pasaron a pesar del gobierno del presidente Sánchez Cerén, de su partido, el FMLN, pero también a pesar de buena parte de la fracción legislativa de ARENA y de los financistas tradicionales del partido de derecha. A finales de 2015 hubo, desde los dos partidos grandes, cabildeos importantes para reelegir a Luis Martínez como fiscal general y, con ello, renovar, una vez más, el guion que areneros y efemelenistas han escrito sobre la Fiscalía General: intentar disminuirla, rendirla a sus intereses, eligiendo fiscales dóciles, tramposos o corruptos, así, sin diminutivos. Eso no pasó. Los diputados eligieron a Meléndez.

Me gusta pensar que es posible comparar a Douglas Meléndez con Thelma Aldana, la fiscal general de Guatemala. Aldana, cuentan colegas guatemaltecos, fue siempre una funcionaria gris. El actual jefe del ministerio público salvadoreño perdió varios de sus casos importantes cuando litigó en nombre del Estado en los noventa, y al decir de varios que lo conocieron, nunca llegó más allá de lo que le permitieron. Eso no es decir mucho.

Pero hoy Douglas Meléndez es fiscal general y me gusta pensar que, como Aldana, optará por navegar las aguas de la historia desde la decencia, lo que no significa otra cosa que cumplir algo que ya prometió: hacer que todos los salvadoreños, sin excepciones, nos sometamos al imperio de la ley. Al prometer eso, en Washington, el fiscal general acudió a las palabras del beato Óscar Romero y a su parábola de la justicia como serpiente. Pero en El Salvador, está visto, citar al beato no significa nada si quien lo hace no es más que un cínico, un oportunista. Me gusta pensar que el fiscal general no es eso.

El GECI puede ser un buen instrumento. En un país donde decir que la Fiscalía solo ha sido inoperante es ver el vaso medio lleno. Ya es un adelanto pensar en un grupo de fiscales que sepan cómo montar bien un caso de blanqueo de capitales o, menos aún, poner en orden requerimientos en casos de crimen organizado para que quede claro que si un juez los bota, no es por mala praxis fiscal.

Nada de eso, sin embargo, vale un cinco si el fiscal general no mantiene su independencia y su voluntad de aplicar la ley como se debe. Puede venir el mismísimo Abraham Lincoln a bendecirlo, pero sin coraje y determinación, sin un compromiso real contra las corrupciones de derechas e izquierdas, todo es papel. Humo.

Me gusta pensar que el GECI no es eso, sino solo el comienzo de un esfuerzo que, parido fuera de las mezquindades partidarias locales, nos lleve a empezar a limpiar las cloacas que nos agobian. Ojalá.

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