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El Libro azul y San Salvador

Agrega Espada que lo mejor del San Salvador actual es lo que resta de un Centro Histórico agonizante frente a la indiferencia nacional.
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Septiembre lo celebramos en la Biblioteca Nacional realizando varios conversatorios sobre “El Libro azul” (San Salvador, 1916). Son actividades que han llamado la atención de estudiantes, antropólogos e historiadores que reconocen un pasado histórico de nuestro país y de San Salvador. No solo El Salvador tuvo “El Libro azul”. Otros países lo tuvieron con sus contenidos propios. El libro tenía por objetivo principal ofrecer publicidad que promovía aspectos relevantes. De modo que Guatemala, Costa Rica, Nicaragua, Panamá, Colombia y Cuba tuvieron el suyo. Todos fueron financiados por Estados Unidos y algunos fueron publicados en este país. El nuestro tuvo la novedad de que fue impreso en San Salvador (imprenta Nacional, 1916), pues en esa época ya contábamos con el equipo necesario para editar una obra de calidad excepcional. Su nombre en inglés fue “Blue Book”, con un compilador, L. A. Ward.

Cuenta con unas 500 páginas, formato grande, pasta dura, papel brillante y cientos de fotografías, lo que lo hacía de divulgación exclusiva por su elevado costo, de difícil obtención. Nuestra Biblioteca Nacional contó con un solo ejemplar que sufrió mutilaciones irreparables por diferentes usuarios en estos 100 años. Entre otras cosas, se apropiaron de fotografías de personalidades y de edificios pertenecientes a familias o empresas. La explicación es que al no existir fotocopiadoras, ni otros medios de reproducción se usó la navajilla de afeitar para apropiarse de las fotos en las que aparecían familiares o bien de personajes relevantes de la época. Además, el terremoto de 1986 derribó por completo las nueve plantas de la Biblioteca Nacional y deterioró gran parte de la bibliografía nacional.

La Biblioteca Nacional tuvo que completar la obra mutilada buscando los originales en bibliotecas privadas, pero, aún así el ejemplar no pudo reponerse, porque no se obtuvieron las páginas faltantes. Nuestro ejemplar único fue muestra de un vandalismo que no se detuvo ante una obra de contenidos nacionales culturales.

Pero hace seis años, gracias a la generosidad del rector del Externado de San José, el padre Aníbal Meza, obtuvimos por donación un ejemplar completo. Y procedimos a digitalizarlo. Fue una valiosa adquisición, además por tratarse de un libro raro. Ante su centenario y para celebrar el mes de la Independencia, se decidió promoverlo ante un público que en su mayor parte lo desconocía. Y por contener aspectos interesantes de gran valor histórico, muestrario de lo que fue San Salvador antes de ser destruido por el terremoto de 1917, cuando esta ciudad era conocida como “el París de Centroamérica”. Entre tantas fotografías del libro se puede apreciar esa arquitectura de la época.

El empleo de la tecnología nos permitió digitalizar el “Libro azul”, para hacerlo accesible a un gran público y preservamos intacto el original. Aun más pronto estará disponible en el repositorio digital REDICCES (del Consorcio de Bibliotecas Universitarias Salvadoreñas, CBUES), al que pertenece nuestra biblioteca y a la Biblioteca Digital del Patrimonio Iberoamericano. De esa forma llegará a los cientos de miles de salvadoreños residentes fuera de nuestro país.

De ese modo, una obra con fines comerciales y publicitarios, 100 años después, es fuente valiosa para analizar un San Salvador desde el punto de vista turístico, social, arquitectónico e histórico.

“¿Cuál es su relación con San Salvador actual?”, es la pregunta. Leamos lo que dice el académico Antonio Espada, historiador español, al referirse a los terremotos: “Solo desde el respeto a esta extraordinaria capacidad de resistencia y supervivencia encontraremos maneras de hacer del centro un espacio más habitable, inclusivo, digno de orgullo y admiración”. Se refiere a un San Salvador actual que se conserva pese al dramático rezago renovador, como “restos de fachadas novohispánicas, mesones con decoración mudéjar y la configuración de sus calles”; un San Salvador que se niega a perecer, que se levanta después de cada destrucción teutónica; o humana (como los siniestros provocados a mediados de 1950, de lo cual la prensa nacional dio todos los detalles de los incendiarios).

Nuestro país que “a finales de los años cincuenta El Salvador era el tercer exportador mundial de café, el más industrializado de la región, y más visitado en Centroamérica por los turistas”. Agrega Espada que lo mejor del San Salvador actual es lo que resta de un Centro Histórico agonizante frente a la indiferencia nacional.

Lo más interesante que han dado a conocer historiadores participantes en los conversatorios de septiembre es lo que nos permite apreciar valores de nuestra ciudad. Espada describe a la que fue catedral de aquel “París de Centroamérica”, y aprovecha para referirse a la actual iglesia del Rosario: “Un monumento a la sinceridad, al recogimiento y la humildad. No hay concesión alguna al lujo ni la ostentación”. Sí, su amplitud es grandiosa, la luminosidad es mágica, aunque sus “materiales son pobres y de rugosidad, opacos y brutos están tratados sin el disimulo de quienes pretenden sustituir la apariencia por la esencia”.

Otro participante en los conversatorios es el historiador salvadoreño Héctor Sermeño que, al referirse al valor arquitectónico del libro, se extiende sobre esta iglesia: “La edificación es una obra de arte majestuosa por encima de cualquier otra obra patrimonial, bella en su género de construcción tan renovada que como templo se equipara a la catedral de Brasilia y a la Nueva Basílica de Guadalupe, las tres obras maestras de vanguardia, reconocidas así por el mismo Vaticano”. Aunque a muchos de nosotros este monumento nos recuerda tragedias que la vuelven invisible, no obstante vecindad con el monumento de la Independencia del parque Libertad. El arquitecto y constructor del templo es el escultor salvadoreño Rubén Martínez.

Los conversatorios sobre el “Libro Azul” han mostrado ser una obra inspiradora que debe llamarnos a rescatar San Salvador con un valor patrimonial, este que nos habla de una arquitectura de riqueza estética que se ha querido ignorar. Este ha sido el aprendizaje logrado al celebrar el Centenario del “Libro Azul”, y que quisiéramos transmitir a las nuevas generaciones. Un pasado que debe llamarnos a renovar nuestro San Salvador a partir de su herencia histórica.

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