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El Salvador que pintó Vollmberg

Cuando alguien es extranjero suele poner en relieve cosas que los lugareños quizá no notamos (o no queremos notar). Por ejemplo, el español Albert Roca con fundamento dijo: “Los salvadoreños no son futbolistas de un gran potencial”. Los conoció como seleccionador.
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Alrededor de 1917, un solitario acuarelista alemán llamado Max Vollmberg se encaramó en un caballo y empezó a recorrer a El Salvador. Se detenía únicamente ante paisajes que le resultaban “hermosos y desconocidos” y los retrataba con virtuosismo casi fotográfico.

Extrañamente, la pintura de Vollmberg jamás impactó a la élite salvadoreña de esa época: resultaba demasiado realista y costumbrista. Retrataba calles cuajadas de cerdos y charcos. Y hasta incluyó a un campesino descalzo que contempla las exuberantes montañas salvadoreñas, mientras se apoya en un enorme fusil. La suya es la mirada alemana a este país. Una mirada sin tapujos.

No creo ser malinchista, pero siempre he apreciado las impresiones de los extranjeros que pasan por El Salvador ¿escritas o retratadas? Así alimento mi sentido de abstracción: cuando alguien es extranjero suele poner en relieve cosas que los lugareños quizá no notamos (o no queremos notar). Por ejemplo, el español Albert Roca con fundamento dijo: “Los salvadoreños no son futbolistas de un gran potencial”. Los conoció como seleccionador.

Hace 67 años, otro español, Alberto de Mestas, intentó definir a los salvadoreños luego de que los conoció in situ. Creía que eran individualistas e introvertidos, nunca mostraban su verdadero “yo”. Además, dijo que la naturaleza de su territorio los obligaba a trabajar tenazmente, porque “su tierra aparentaba ser prodiga y fértil, pero en realidad era avara y dura. Toda la riqueza agrícola de El Salvador era obra del esfuerzo personal de sus hijos. Nada brotó espontáneamente”.

El mito del salvadoreño trabajador lo tomó con pinzas. Alberto de Mestas decía: “Los salvadoreños no siempre son trabajadores. Obran a veces por impulso, después de períodos de somnoliento descanso. El salvadoreño trabajador se ve arrastrado por violentas explosiones pasionales y vence su introversión e individualismo al practicar deportivamente el alcoholismo”.

Este era un país de contrastes. Notó que la mayoría de salvadoreños eran campesinos y obreros que llevaban una vida pobre, frugal y penosa. Y advirtió que la alta sociedad salvadoreña era cosmopolita y esnobista, “y aun cuando tenga sincero patriotismo, aun cuando revele su raigambre salvadoreña, se separa en su psicología del pueblo menos acomodado, y más que en otros países”.

Las impresiones de Mestas podrían tener aún vigencia, así como las que expresó Gabriela Mistral en 1931, enfocada en lo menos abstracto: “En El Salvador se ha hecho en un mínimum de territorio, un máximun de trabajo”.

Como contraste, las crónicas extranjeras del siglo XIX dibujaban a un país distinto. “Por todo El Salvador se respira progreso, ausencia de hipocresía y de fanatismo religioso, y un desarrollo de energía física y moral que no encuentra en ningún otro lugar (del istmo)”, describió en 1841 el explorador inglés John Lloyd Stephens.

Luego de Stephens, vinieron otros exploradores, como el estadounidense Ephraim Squier en 1852 y el austriaco Karl von Scherzer en 1857. El sueco Carl Hartman apareció aquí en 1896. Todos concluyeron lo mismo: “De los estados centroamericanos, El Salvador es el más rico y el más cultivado”.

De esa “riqueza” agrícola resta el cuento y un ramillete de haciendas ruinosas. De hecho, para junio de 1952 muchos salvadoreños se indignaban por una publicación del periódico inglés Sunday Express: “El Salvador es muy atrasado. Tiene una historia política turbulenta y un promedio de nacimientos ilegítimos muy alto: de 72,042 nacimientos, 41,000 fueron ilegítimos. El 52 % de los hombres y el 60 % de las mujeres casadas son analfabetos. Aun así, El Salvador es uno de los países seleccionados por la ONU para fiscalizar la manera en que Gran Bretaña gobierna a Camerún”. La indignación tuvo a su base la ironía inglesa y no los datos duros escupidos.

Hoy en día, los salvadoreños somos urbanitas en “vías de desarrollo”. Y como lo dijo el periodista polaco Richard Kapuscinski en 1969 –tras cubrir la Guerra del Fútbol contra Honduras– : “Los pequeños países del Tercer Mundo tienen la posibilidad de despertar un vivo interés (en la opinión pública internacional) solo cuando se deciden a derramar sangre”. Y ha sido cierto.

Tras 30 años de no visitar El Salvador, la periodista mexicana Alma Guillermoprieto volvió en 2012 para describirnos en un reportaje: “El Salvador: El violento paisaje de las maras”. Cuando leemos a Guillermoprieto, a Alberto de Mestas y Karl Hartman o contemplamos a ese campesino armado que pintó Max Vollmberg es posible (aprender a) vernos con más claridad

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