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El Salvador se extraña en el paladar

No hay muchos salvadoreños o centroamericanos en Tomé. De hecho, mi hermana no ha conocido a ninguno desde que llegó a vivir al pueblo. Así que mucho menos hay restaurantes salvadoreños ni pupuserías.
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El Salvador se extraña en el paladar

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Mi hermana Laura vive en un pequeño pueblo costero en Chile. Enclavado en la bahía de Concepción, es un poblado con casitas en los cerros, un malecón visitado esporádicamente por lobos marinos y que se mantiene con un clima frío por una niebla marina que llaman “camanchaca”; una gélida bruma que parece ser el aliento del mar helado.

El pueblo de Tomé está cerca del barco –ahora convertido en museo– Huáscar, que batalló en la guerra del Pacífico, y su costa fue recorrida por el científico inglés Charles Darwin en 1835, unas semanas después del terremoto de 8.5 grados en la escala de Richter que desoló el sur de Chile. En medio de su viaje por toda Suramérica, Darwin apuntó la destrucción de un tsunami, posterior al sismo, que arrasó con todo lo construido en aquel entonces en la bahía. Algo similar a lo sucedido en 2010 después del terremoto y tsunami que volvió a afectar el área. Pero a casi ocho años, el pueblo luce recuperado. Sus playas son un refugio para la gente que quiere tomar el sol y veranear hasta el atardecer a las 9 de la noche.

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