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El árbol mártir

El bálsamo es un árbol caprichoso. Para que supure su oscura resina, debe crecer entre los departamentos de Sonsonate y La Libertad, donde emerge una serranía costera. Allí, y desde hace más de 500 años, sus pobladores lo han explotado rústicamente sin que a la fecha exista un programa que procure su conservación.
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Pura.   La resina que se extrae de los pañales debe ponerse al fuego hasta que no quede ni una sola gota de agua. Entonces está purificada.

Pura. La resina que se extrae de los pañales debe ponerse al fuego hasta que no quede ni una sola gota de agua. Entonces está purificada.

Sacrificio.   El bálsamo solo suelta su resina aceitosa después de que le arrancan pedazos de la corteza y que le queman la piel descubierta.

Sacrificio. El bálsamo solo suelta su resina aceitosa después de que le arrancan pedazos de la corteza y que le queman la piel descubierta.

Maltrato.   Ya se han hecho intentos por buscar una manera de extraer la resina que sea menos traumática para el árbol; sin embargo, hasta la fecha, la forma más efectiva para lograrlo es a todas luces una tortura al bálsamo.

Maltrato. Ya se han hecho intentos por buscar una manera de extraer la resina que sea menos traumática para el árbol; sin embargo, hasta la fecha, la forma más efectiva para lograrlo es a todas luces una tortura al bálsamo.

Cotizado. A pesar del surgimiento de resinas y otros materiales sintéticos, el bálsamo negro, que solo se produce en El Salvador, sigue siendo demandado por países productores de perfumes, cosméticos y medicamentos. La Iglesia católica emitió una carta papal en 1562 en la que autorizaba a utilizarlo en la preparación del crisma, un aceite que se usa en ritos bautismales. Luego, en 1571, emitió una segunda carta papal en la que declaraba que maltratar el árbol era sacrilegio.

Cotizado. A pesar del surgimiento de resinas y otros materiales sintéticos, el bálsamo negro, que solo se produce en El Salvador, sigue siendo demandado por países productores de perfumes, cosméticos y medicamentos. La Iglesia católica emitió una carta papal en 1562 en la que autorizaba a utilizarlo en la preparación del crisma, un aceite que se usa en ritos bautismales. Luego, en 1571, emitió una segunda carta papal en la que declaraba que maltratar el árbol era sacrilegio.

Peligro.  El crecimiento del bálsamo es lento, tanto que desde que brota de la semilla  hay que esperar al menos 12 años para que sea suficientemente grueso y resista el proceso de extracción. Estos árboles son longevos, pueden vivir más de 125 años y su madera es resistente a insectos y plagas. Como no tienen la debida protección, las balsameras están siendo reducidas poco a poco. Ahora es común ver en los pueblos balsameros restos de la tala indiscriminada.

Peligro. El crecimiento del bálsamo es lento, tanto que desde que brota de la semilla hay que esperar al menos 12 años para que sea suficientemente grueso y resista el proceso de extracción. Estos árboles son longevos, pueden vivir más de 125 años y su madera es resistente a insectos y plagas. Como no tienen la debida protección, las balsameras están siendo reducidas poco a poco. Ahora es común ver en los pueblos balsameros restos de la tala indiscriminada.

El árbol mártir

El árbol mártir

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La tortura está por comenzar. Las víctimas: un ramillete de árboles de bálsamo que pueblan una parcela en las afueras del municipio de Teopeque, La Libertad. Los verdugos son dos hombres dispuestos a mutilarlos en menos de seis días. Ellos

quieren la sangre negra que mana de las venas del árbol solo después de que los mutilan y chamuscan. Preparán una especie de cuchilla afilada y un tizón.

El bálsamo, reconocido como árbol nacional desde 1939, ha soportado estas prácticas desde tiempos ancestrales. Las venas gruesas que se estiran hasta la copa de cada árbol de este terreno son heridas y succionadas año tras año. Que el tronco de un bálsamo paresca tener los tentáculos de un pulpo no es fortuito.

Cada vena es el resultado de una o varias mutilaciones en el pasado. Uno de los verdugos de esta mañana, Manuel Hernández, está preparando sus instrumentos para iniciar el rito que aprendió de sus antecesores. “Estos palitos se curan solos. Son bien agradecidos y viven más que uno”, justifica antes de preparar un lazo percudido, que le servirá como única protección cuando se encarame en bálsamos que rebasan los 25 metros de altura.

Su sangre aceitosa es, para muchos, como el oro negro de El Salvador. Ha sido producto de exportación desde hace cientos de años y ha servido de materia prima para la industria farmaceútica y cosmética.

En los últimos años, según algunos de los habitantes de esta región (situada entre los departamentos de La Libertad y Sonsonate), los árboles están siendo depredados y las balsameras están quedando cada vez más reducidas y ralas. Otros agregan que, a la par de la tala indiscriminada, cada vez son menos los interesados en aprender a explotar el bálsamo. Por estas razones, los pocos balsameros que quedan, los propietarios de las tierras y los estudiosos de esta especie salvadoreña temen que el final de la era del bálsamo esté cerca.

***

Manuel, un tipo moreno y delgado, ha formado un tizón grueso con al menos cinco trozos delgados de madera de bálsamo. Los ha unido y les ha ensartado una vara larga. Más que tizón, lo que Manuel ha formado parece un cohete en miniatura. Lo enciende y empieza a subir. Abraza el tronco rugoso con el lazo y empieza a impulsarse hacia arriba. Lleva el tizón ardiente en la mano derecha.

Hace un par de horas, el dueño de estas tierras en las que está trabajando Manuel aseguró que el bálsamo ha sido uno de los más grandes legados de los ancestros originarios. Aseguró que, según los más viejos de Teotepeque, antes de la conquista de los españoles los nativos hacían agujeros y clavaban estacas en los troncos para subir y extraer la resina de las partes altas. “Nombre, diga que ahora no maltratamos tanto los palos. Pero ellos solitos se curan. Lo que uno tiene que hacer es no pasarse en la cortada, porque los puede secar”, aseguró el dueño de estas tierras, quien pidió ser conocido como David, a secas.

Ahora Manuel, en menos de un minuto, ha subido más de 10 metros hasta llegar a la copa del bálsamo. Empieza con "la calienta". Le acerca el tizón llameante y empieza a calcinar la "dermis" del árbol hasta que eche chispas. Tras unos tres minutos, el bálsamo empieza a supurar unas perlas amarillentas, resina. “Ya está en el punto”, grita Manuel a Jesús, otro de los pocos balsameros, 14 años mayor, que quedan en Teotepeque.

Los balsameros aseguran que, durante la época colonial, la resina del bálsamo era buscada por piratas ingleses para curarse de enfermedades cutáneas y revenderla. Y que los españoles, escondían esta mercadería para que no fuera robada. Dirán que la razón por fue mejor conocida como "Bálsamo del Perú" fue por el afán de los españoles por ocultar su origen. Aunque algunos historiadores, sugieran que fue porque el bálsamo era transportado de Acajutla a España, vía el puerto de El Callao, en Lima, Pérú.

Después de unos 20 minutos, Manuel baja del árbol para decir que la libra de bálsamo puro en Teotepeque puede valer hasta $6.50 y que pueden extraer hasta 100 libras de resina cada dos o tres meses, según el ritmo de trabajo del balsamero. Pero Manuel solo extrae bálsamo para el dueño de las tierras, quien le paga $5 por día más dos tiempos de comida. “Uno gana más trabajando por su cuenta, pero es de tener sus ahorritos para poder comer en el tiempo que salga el bálsamo”, afirma antes de trasladarse a otro árbol.

Jesús –un señor tigueño de voz cansina– también se prepara para subir a uno de los altísimos árboles. Antes, asegura que hace unos 20 años las balsameras eran más espesas. “Había palo hasta para aburrirse. Como la sacada de bálsamo era bien pagada, había un resto de balsameros. Todos lográbamos nuestro poquito”, recuerda previo a empezar a subir casi con la misma agilidad que Manuel. También asegura que es el último de una dinastía de balsameros. Su padre, su abuelo, bisabuelo y demás antecesores se dedicaron a este oficio. “Yo como no pegué hijos, ya no tuve a quien enseñarle. Soy el último balsamero de mi familia. Más que hoy los bichos le huyen a este trabajo porque es peligroso”, enfatiza.

Descienden, árbol tras árbol. Por más grueso y alto que sea el bálsamo, no tardan más de 20 minutos en lacerarlo. “Con este trabajo no es de sofocarse. Hay que llevar cuidado para ver dónde va a trabar el lazo”, vocifera Jesús.

Durante su faena hablan de mujeres, de dinero, de milpas... Lamentan que los bálsamos se estén acabando. Y dicen que no es porque los sobreexploten. Aseguran que algunos lugareños se meten a los terrenos en clandestinidad y cortan los troncos. “Es que la madera es bien cotizada. Si de ahí se hacen buenos muebles”, dice Manuel. Pero no todo acaba como mueble. En el poblado vecino de Caluco, utilizan su leña rojiza para cocer el pláto típico, la sopa de gallina. Y hace unas horas, David, el robusto y moreno dueño del terreno, desnudó que su miedo es que este árbol pueda desaparecer como le sucedió a los dinosaurios. “Esta gente a escondidas de uno corta los palos. Lo que no se fijan es que la crisis no le ha pegado tan fuerte a Teotepeque gracias a la resina de bálsamo”, aseguró. Aunque no haya ningún registro en Teotepeque que compruebe cuántos lugareños se dedican a este oficio, según David, todavía quedan unos 30 balsameros en el municipio. “Todos los que están son viejos. Un menor de 30 años no lo va a encontrar”, mencionó. En un tono casi apocalíptico, enfatizó que el bálsamo tiene sus días contados.

Manuel y Jesús comparten ese pensamiento; sin embargo, ahora les preocupa más el almuerzo. Suben la pendiente de la que salen escupidas docenas de árboles de bálsamo. En los próximos días, ensartaran un trapo en cada una de las heridas que hoy han hecho –y que seguirán haciendo– a los troncos. Lo harán con una espátula afilada y cada bálsamo terminará parchado de trapos curtidos, los que le absorberán mucha de su savia. Deberán tener paciencia, porque el árbol sangrará lo suficiente hasta 15 días después.

***

Ha pasado el mediodía. Después de varios kilómetros por la carretera del Litoral, y de una carretera que se encarama en un peñón, aparece Chiltiupán, otro de los pueblos en los que crece y se explota el bálsamo. El pueblo parece flotar sobre el mar. Al igual que en Teotepeque, no es difícil ubicar a los balsameros que siguen activos. Detrás del parque del pueblo, en un callejón adoquinado, se encuentran dos de los más jóvenes de la zona.

Ambos viven en una casa de láminas y madera que expele el característico aroma dulzón del bálsamo, como a una mezcla entre vainilla, canela y pimienta. Al ingresar, el olor se hace más intenso. La nariz pica. Alberto Peña, un joven de piel color panela, está revolviendo un caldero de latón que está sobre unas rajas gruesas e incandescentes. De ese recipiente, en el que bien se podría guisar un ternero pequeño, es de donde se escapa el olor. Allí, Alberto revuelve resina con un palo.

Esta mañana, mientras Manuel y Jesús inmolaban árboles de bálsamo, Alberto y su compañero Miguel –ambos de 35 años de edad– despegaban los pañales de las heridas de los troncos que habían inflgido hace más de tres semanas. Ahora, pasado el mediodía, Alberto hierve parte de esos trapos para que despidan la resina que absorbieron. Y Miguel, un tipo moreno y chaparro, está preparando la torcedora, una estructura de madera con dimensiones similares a las de un arco de fútbol y compuesta por cuatro vigas verticales sobre las que calza otra horizontal que las mantiene fijas.

—De todo lo que saquemos tenemos que venderlo y darle la mitad al dueño de las tierras donde trabajamos el bálsamo –menciona Alberto una vez que empieza a especular cuántas libras de resina obtendrán de los tres sacos de trapos embalsamados.

Cuando no están lacerando árboles, estos balsameros se vuelven agricultores. Así, alquilan tierras para convertirlas en milpas y frijolares. “Ahorita mi familia está comiendo de lo que pudimos guardar de maíz y frijol de la última cosecha. Con lo que gane de esta torcida voy a guardar un poquito para la siembra que viene”, menciona Alberto.

Miguel es más tímido y procura usar la menor cantidad de palabras posibles en sus respuestas. Mientras prepara una especie de tejido que combina alambres de acero –más gruesos que un dedo– y lazos, reconoce que desde 2002 la madera de bálsamo ha sido más explotada. “De presto, en una noche se han volado hasta 10 palos. La gente no dice nada por miedo a que le pase algo, pero otros más vivos se están acabando los palos que nos matan el hambre”, suelta en un tono casi romántico.

Han pasado 20 minutos y los trapos han hervido lo suficiente. Ha llegado la hora de escurrirlos. Colocan un recipiente debajo del tejido de alambre y lazo y tiran encima los trapos que caen humeantes. Alberto cierra el tejido y sella con una cuerda impulsada con dos pedazos de madera que parecen agujas capoteras gigantes. Reconoce que si no hubiera tenido cultivos, en 2002 quizá también hubiera llegado a traficar madera. “La libra de bálsamo valía $2. Nadie quería arriesgar la vida o salcocharse en este fogón. Nos decían que los países que lo buscan ya no lo querían comprar. Y de ahí fue que se vio que se robaban más palos.”

Una vez sellado, el tejido parece un albondigón relleno. Miguel empieza a girar uno de los troncos verticales ayudado de dos palancas de madera. Un cable de acero que va desde el tronco que gira hasta la bola de trapos prensados se hace tenso hasta que empieza a exprimirlos. La bola ahora parece un corazón hinchado que gotea sangre negra y brillante.

—¿Han pensado en sembrar árboles para evitar que se acaben los balsamares?

—No, porque esto tiene su misterio. El bálsamo sembrado crece más despacio y no es tan agradecido. Hay que dejarlo que brote donde él quiera.

—¿Y si se acaban?

—Uno tiene que ser vivo y buscar de dónde sacar pa’ los frijoles. Dicen que es prohibido cortarlo, pero nadie viene a ver, ni la alcaldía ni la policía. Y uno de pobre no puede hacer nada.

Tras una tarde de torcer trapos y hervir resina de bálsamo hasta que se evapore hasta la última gota de agua, entregan una libra del aceite negro a los dueños de la torcedora, como pago. Ahora se preparan para vender lo que pudieron extraer. Ambos creen que la pesa del intermediario –quien lo revende a los exportadores (que se cree lo envían a empresas cosméticas de Francia)– marcará más de 60 libras. Como en Chiltiupán la libra cuesta $8, harán unos $480. Sin embargo, tendrán que pagar el dinero de la mitad de lo sacado. Solo podrán repartirse $240, después de casi un mes de trabajo.

Alberto y Miguel han terminado exhaustos. Aseguran que no se podrán bañar sino hasta dentro de tres días, porque se han calentado demasiado. Llevan impregnado ese olor, más bien perfume, como a una mezcla de vainilla, canela y pimienta...

***

Ha transcurrido una semana desde que Alberto y Miguel le sacaron a los pañales hasta la última gota de bálsamo. Hoy continuarán extrayendo más aceite negro de otros sacos de trapos viejos, quizá al mismo tiempo en que algunos lugareños buscarán maneras clandestinas para acabar con más árboles. De este mismo conflicto de intereses están siendo víctimas los balsamares que distan 69 kilómetros más hacia el oriente, en San Julián, Sonsonate.

Aquí, en San Julián, a pesar de que hay una asociación de turismo y un comité municipal que busca hacer el bálsamo atractivo para los visitantes, también hay tala de árboles y comercio ilegal de madera. Marina León, presidenta de la Asociación de Turismo de San Julián y vicepresidenta del comité de turismo municipal, asegura que la caída del precio de compra del bálsamo, que empezó en 2000, fue lo que impulsó la tala indiscriminada. “¿Por qué comenzó la tala de árboles? Porque comenzaron a ver que les tenía más cuenta transformarlo en madera o leña que ir a sacarle el bálsamo”, afirma. También asegura que, de acuerdo con sus indagaciones, se han perdido más de 73,000 hectáreas de bálsamo a partir de 1970.

Marina, conocida como “la señora del bálsamo”, está afinando detalles sobre las remodelaciones que hará a su proyecto turístico, en el que el árbol es el principal atractivo. Recorre parte de su terreno plagado de bálsamo y planea qué cambios puede hacer en el área. Asegura que, aunque no cultiva árboles, se encarga de sembrar los que van naciendo por su cuenta. A la fecha, en su manzana de terreno tiene más de 125 árboles. Los más viejos y frondosos tienen edades estimadas de hasta 125 años.

Marina cree que para disminuir la tala indiscriminada de árboles debería establecerse un precio de compra mayor, para beneficiar a los balsameros. “A los que lo compran solo les interesa llenarse los bolsillos y no hacen nada por el bálsamo. Al balsamero lo siguen explotando. Los que exportan lo compran bien barato y lo venden a $25 la libra”, afirma.

Asegura que es frecuente que visitantes de otros municipios lleguen a preguntarle si vende madera de bálsamo. Menciona que también le han llegado a ofrecer en más de una ocasión que una vara de bálsamo puede ser pagada a $6 o más, lo mismo que cuesta una libra de resina, por la que hay que arriesgar la vida y trabajar semanas. “Yo entiendo que la alcaldía tiene una unidad de medio ambiente, que es la que da permiso para botar algún árbol de bálsamo; pero cuando votan 20 o 25 árboles, no sé cómo es que dan permiso”, lamenta.

Para el área forestal del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), el bálsamo está catalogado como una especie “protegida” por estar en peligro de extinción; sin embargo, parece que ese término solo se cumple en tratados y documentos, porque en la práctica la madera del bálsamo sigue siendo acaparada. De acuerdo con Julio Olano, director del área forestal del MAG, hasta la fecha no han recibido solicitudes para cortar bálsamos ni denuncias de que estén siendo arrebatados por traficantes de madera. Nadie se atreve a denunciar y la madera sigue siendo comercializada de manera ilegal en las narices de las autoridades municipales, policiales y ambientales.

De acuerdo con algunos lugareños, una de las depredaciones más grandes de San Julián se llevó a cabo hace algunos años, justo frente al terreno donde Marina realiza recorridos guiados. Ese lugar que antes era un bosque denso de bálsamo ahora es un llano segmentado por cercos de alambre de púas. Ya hay algunas casas recién hechas y hasta cuenta con una cancha de fútbol. Hoy esas manzanas de tierra que un día fueron una balsamera se conocen como lotificación Agua Shuca. Incluso hay una fábrica de aceites que nada tiene que ver con el bálsamo y su resina. No obstante, el área forestal del MAG acepta que las municipalidades decidan hasta dónde permitirán zonas urbanizables. Así que, por muchos bálsamos que hayan sido arrancados en esas manzanas de tierra, no hubo manera de detener la depredación.

***

Que los balsamares estén siendo devorados parece una regla en los municipios distinguidos por explotar el bálsamo. Como en San Julián, Chiltiupán y Teotepeque, Cuisnáhuat, Tamanique, el bálsamo también se está acabando en Santa Isabel Ishuatán. Este pueblo balsamero está 30 kilómetros al oriente de San Julián, también en Sonsonate. Aquí, empotrado en suelo rojizo, tiene su rancho de lámina y madera José María Juárez, uno de los balsameros más viejos de los alrededores.

José María –un moreno de 70 años de edad– tiene más de 50 años de ser balsamero. Acaba de almorzar y se prepara para continuar con la faena. “Ahora nomás trabajo el bálsamo hasta donde me deja la escalera. Ya me tiemblan las patas, pero antes yo era puro mono, me brincaba de palo en palo y era de los rápidos”, afirma mientras empieza a herir los pocos bálsamos que hay alrededor de su champa.

Recuerda que cuando empezaba a aprender,cuando tenía alrededor de 20 años, se cayó dos veces. La primera fue porque se quebró una rama; la segunda, porque se le reventó el lazo. “Yo sí tuve suerte de solo salir magullado de las caídas, porque en esos palos se han muerto cheros y otros quedaron impedidos de las piernas.”

De su familia el único que ha seguido su oficio es Carlos, su sobrino de 34 años. Ahora él está trabajando en el balsamar de un hacendado de la zona. “A los cipotes de hoy no les interesa este bolado. Solo quieren pasar vagando y dicen que es muy peligroso. Aquí en el mero pueblo hay como tres balsameros. En los cantones hay otros pocos, pero ya se está terminando todo”, agrega mientras se apoya en una de las venas que él mismo tajó y quemó hace unos meses.

Los vecinos de José María lo respaldan. A varias cuadras de la choza del balsamero añejo una horda de jóvenes está departiendo en una esquina. Ante la pregunta de si se imaginan siendo balsameros, ríen y hacen gestos como si les pareciera absurdo.

—¡Nombre! Eso ni pisto da. Más que uno se puede mal matar –dice y luego escupe un adolescente blanco y pecoso.

—Quién va a querer aprender, si es fregarse un puño para ganar una babosada –agrega uno de sus amigos.

Al respecto, Rhina Toledo, conocida internacionalmente como uno de los referentes más grandes del bálsamo salvadoreño, dirá en un par de días que es urgente transmitir la importancia de esta especie a las nuevas generaciones. También exclamará que tanto los gobiernos municipales como el gobierno central deben unir esfuerzos para erradicar la tala de la especie nativa. “Es sumamente preocupante la situación actual del bálsamo. Nadie está sembrando. Los balsameros se están dedicando a otros oficios. Ya casi no hay fincas. El bálsamo se ha venido abajo”, dirá con énfasis.

En un restaurante capitalino, afirmará que la caída de los precios de la resina sucedió porque los países europeos dejaron de aceptar el bálsamo negro, que solo se produce en El Salvador. “Por 2002 y 2003, unos análisis de la resina que hizo Alemania arrojaron que el bálsamo estaba contaminado. Tenía componentes que causaron alergias en algunos europeos que usaron productos que lo contenían”, afirmará.

Luego dirá que tras esa caída, decidió intensificar las investigaciones que ha liderado desde 1976. También mencionará que fue así como descubrió –al hacer pruebas químicas a la resina y al conversar con los balsameros de los pueblos que más explotan al árbol– que una de las razones de la contaminación de la resina era el uso de pañales de telas sintéticas y con colorantes artificiales. Luego formó parte de una mesa nacional, en 2003, en la que se acordaron normativas para manipular la resina. En esos tres días de diálogo impulsó la importancia de usar pañales de tela de algodón y utensilios de acero inoxidable. El objetivo era recuperar las exportaciones de la sangre negra.

Frente a una mesa pulcra, rodeada de un olor a pan recién horneado y alejada de todas las balsameras que ha estudiado en sus trabajos de campo durante 36 años, dirá que es imperante generar un centro de capacitación para adiestrar a jóvenes balsameros. “Esos señores, con su sabiduría ancestral deberían dar esos conocimientos a las nuevas generaciones; de lo contrario, el bálsamo va a desaparecer”, afirmará.

***

En Jicalapa, del bálsamo ya solo quedó el cuento. Este municipio de La Libertad aparece tras recorrer 37 kilómetros de caminos montañosos desde Santa Isabel Ishuatán. Con el ocaso encima, los lugareños aseguran que el balsamero más reconocido de la zona es Félix Crisol, un anciano de 96 años a quien hay que gritarle para que pueda escuchar un poco. Después de él, ningún vecino puede dar referencia de otro.

Los habitantes más viejos aseguran que hace al menos 25 años ser balsamero desapareció de la lista de opciones para los lugareños. “Aquí no va a encontrar balsamares. Hoy solo son recuerdos para este pueblo”, asegura un agricultor delgado que prefiere no decir su nombre. El resto de vecinos respaldan su afirmación. Aseguran que no hay nadie que sepa cómo trabajar los escasos árboles que han quedado desperdigados, sobre todo en barrancas.

Jicalapa fue reconocido durante siglos como uno de los principales pueblos balsameros. Ahora, esa fama quedó atrapada en algunos libros de la historia. La tala de bálsamos parece estar a tono con la pobreza loca. Jicalapa está catalogado con alta prevalencia de desnutrición en niños menores de 5 años, según el mapa del hambre realizado en 2011 por el Programa Mundial de Alimentos.

Pese a que se le considera en extinción, el bálsamo está desprotegido. El Salvador no cuenta con un programa de protección especial para esta especie que sigue siendo solicitada en mercados europeos y de otras partes del mundo. No hay proyectos para repoblar las tierras ni para conservar lo poco que todavía queda. No hay un reversa estatal, ni un parque central (de pueblo) que le haga reverencia. El martirio de esta especie –aferrada a vivir exclusivamente en esta cordillera costera– podría estar muy cerca de acabar, porque todo apunta a que su extinción está cerca. Quizá llegue un día en que a este árbol nacional solo pueda conocérsele en imágenes.

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