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El árbol más misterioso de El Salvador, el esquinsuche

Ni antes ni ahora. Nunca ha sido fácil hallar un árbol de esquinsuche, cuyas fragantes y blancas flores habría enamorado a un emperador azteca y hasta a un santo español. Esta es la búsqueda de un misterioso árbol que echó una raíz en El Salvador y retoños en Guatemala.
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Nuevo ejemplar.  Este florido esquisúchil del atrio de la Iglesia Antigüeña de La Merced fue reproducido por Miguel Torres. Yace junto al busto de Bartolomé de las Casas.

Nuevo ejemplar. Este florido esquisúchil del atrio de la Iglesia Antigüeña de La Merced fue reproducido por Miguel Torres. Yace junto al busto de Bartolomé de las Casas.

Sagrado. Un esquisúchil florido puede aromatizar un barrio completo. Solía sembrarse en los atrios de las iglesias por ser un árbol sagrado para los pueblos nativos.

Sagrado. Un esquisúchil florido puede aromatizar un barrio completo. Solía sembrarse en los atrios de las iglesias por ser un árbol sagrado para los pueblos nativos.

Chicha. En El Salvador usaban las flores secas del esquinsuche para “perfumar” el aguadulce o la chicha, una bebida obtenida del fermento de maíz, piña, panela y pimienta gorda.

Chicha. En El Salvador usaban las flores secas del esquinsuche para “perfumar” el aguadulce o la chicha, una bebida obtenida del fermento de maíz, piña, panela y pimienta gorda.

Regalo.  “Las guirnaldas de esquinsuche eran la ofrenda más preciada que nuestros indígenas agradecidos colocaban en los templos de sus dioses”, según Saúl Flores.

Regalo. “Las guirnaldas de esquinsuche eran la ofrenda más preciada que nuestros indígenas agradecidos colocaban en los templos de sus dioses”, según Saúl Flores.

El árbol más misterioso de El Salvador, el esquinsuche

El árbol más misterioso de El Salvador, el esquinsuche

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Los salvadoreños hemos olvidado mucha de nuestra botánica prehispánica. Tres “razas de maíz” dejaron de cultivarse en la región nahuizalqueña hace pocas décadas: el maíz negro, el amarillo y el rojo. También la flor del tagete –o cempasúchil– dejó de emperejilar su Día de Difuntos. Al esquinsuche quizá le ha ido peor: a muchos no les suena a nada. Pocos saben ubicarlo. ¿Alguien ha percibido el perfume de este árbol?

Saúl Flores, un profesor viroleño que fomentaba el nacionalismo, publicó en 1938 una antología literaria titulada “Lecturas nacionales de El Salvador”. Y en uno de sus artículos intentó sacar del olvido a esta especie vernácula pero extraña: “El esquinsuche, flor de leyenda y de misterio”.

El profesor contaba que sus padres y abuelos elogiaban al esquinsuche con entusiasmo debido a su belleza y perfume. “Una sola flor era suficiente para perfumar una habitación; un árbol florecido era capaz de aromar un barrio”.

Y desde niño, allá por el año 1900, sintió un enorme deseo por conocerlo, pero “varias veces fracasó en su empeño”. Se dio cuenta de que “era muy común en el pasado, pero desaparece de las tierras salvadoreñas”.

La gente le daba la misma razón: “Aquí había uno, pero hace algún tiempo se secó”. Saúl Flores llegó a dudar de su existencia. Creyó que se trataba de una hermosa leyenda, “tal como la del Guardabarranca, el pájaro de la garganta maravillosa que más de alguno ha creído escuchar pero que nadie ha visto todavía”. A 78 años de esa publicación, el esquinsuche ya ni siquiera es un mito. Prácticamente se borró de la débil memoria salvadoreña. Para (re)encontrarlo habrá que tener la perseverancia de Saúl Flores.


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En internet hay poca información sobre el esquinsuche. Sucede lo contrario si se digita esquisúchil –tal como es llamado en Guatemala. Una nota periodística asegura que corre peligro de extinguirse, que es difícil reproducirle, que ni el Jardín Botánico de la Universidad de San Carlos lo incluye en su colección de más 1,150 especies nativas. En cambio, una revista estadounidense asegura que un biólogo guatemalteco ha conseguido reproducirlo.

El biólogo se llama Miguel Torres. Y busco contactarle por correo electrónico, pocas horas después responde: “El esquisúchil es mi especialidad desde hace 30 años. Con gusto le doy muchísima información: mañana salgo para San Salvador, debo asistir a una gala benéfica contra el cáncer de mama…” Qué suerte.

Miguel Torres es un tipo bastante sereno. Sin embargo, sus ojos parecen volverse más grandes y amarillos cuando habla del Bourreria huanita, el nombre científico de este árbol que crece escasamente entre Chiapas y Nicoya (los ticos lo llaman esquinjuche). Miguel ha volcado en él todos sus estudios en biología, microbiología e historia. Es miembro de la Academia de Geografía e Historia de Guatemala.

De hecho, hace unos años, Miguel estudió la etnobotánica de una copia digital del “Lienzo de Quauhquechollan”, una suerte de mapa de la conquista de Guatemala y El Salvador que fue pintado por un indio nahua en 1540. Y en medio del poblado de Tucurú, Alta Verapaz, entre flechas y espadas, identificó a un florido esquisúchil. Este árbol era importante para los indígenas. Quizá por su perfume.

—¿De verdad es tan agradable la fragancia del esquinsuche?

—¡El olor de la flor es delicioso! –asegura Miguel Torres.

Su interés por el esquisúchil arrancó de una vieja leyenda: en el ecuador del siglo XVII, Pedro de Betancur, un religioso terciario franciscano nacido en Islas Canarias, habría plantado un esquisúchil en el jardín de una ermita que también ayudó a construir: El Calvario de la Antigua Guatemala.

El mismo árbol sombrea una placa gubernamental que desde hace 12 años lo declara “patrimonio cultural tangible e intangible de Guatemala”.

Saúl Flores, el maestro salvadoreño, también mencionó ese esquinsuche “plantado por las manos impecables del hermano Pedro Betancur”. Y describía que hace 78 años muchos creyentes ya recogían sus flores para calmar o curar enfermedades.

—¿Hay forma de comprobar que el hermano Pedro plantó ese esquisúchil?

—Está perfectamente documentado. –responde Miguel Torres.

El biólogo-historiador asegura que existe un documento de 1657 que declara que la ermita tenía dos moradores: “los hermanos Pedro Betancur y don Pedro Ubierna”. Y Pedro era el horticultor: “Las flores eran de su especial agrado. Y tenía buena mano para todo lo que sembraba. Igual que San Francisco de Asís, al lado de la iglesia cultivaba su jardín”.

Otra prueba de ese jardín: Fray Francisco Vázquez anotó en 1694 –en su “Crónica de la provincia del Santísimo Nombre de Jesús de Guatemala”– que Betancur había coloreado a El Calvario con nueve especies: rosas, claveles, clavelinos, jazmines, azucenas, lirios, alhelíes, espuelas de caballero y albahacas. “Interpolaba rosas y jazmines como tributo a Cristo”.

A diferencia del jardín, la leyenda del esquisúchil fue recogida hasta 1935 por Julián Arriola. Este periodista describió que el hermano Pedro visitaba con frecuencia el poblado vecino de San Miguel Escobar. Un día, al cruzar su plaza, se detuvo a alimentar a un limosnero. Y “sintió una exquisita fragancia. Levantó su mirada y descubrió al florido árbol. Enamorado, cortó una rama y la plantó en El Calvario. Era el 19 de marzo de 1657”.

—¿Sobrevive todavía el esquisúchil de San Miguel Escobar?

—Sigue en esa plaza, abandonado y sucio, dice Miguel Torres.

Torres detalla que este también tiene un rótulo. Uno que asegura que fue plantado en el siglo XVI por el español Francisco Marroquín, el primer obispo de Guatemala. Torres no conoce ningún documento que corrobore esta historia. Pero no duda que sea antiquísimo.

“Por su antigüedad quizá sea el único de Mesoamérica que produce flores dobles y rizadas. Sería factible pensar que el hermano Pedro tomó un retoño de él en 1657”. Tuvo que ser un retoño. El esquisúchil produce semillas que casi nunca germinan.

A Miguel le tomó años reproducir al esquisúchil de flor grande –existe otro de flor chica y frutos esféricos. En 1989 tomó varios esquejes de un viejo esquisúchil ubicado entre los cafetales que abrazan a La Antigua. Fue un fracaso: retoñaban y morían. Resultó incierto lo dicho por fray Francisco Ximénez en su “Historia natural del Reino de Guatemala de 1722”: “No da fruta ni semilla, se siembra la rama”.

Miguel probó también el cultivo de embriones in vitro y la siembra de vástagos impregnados en ácido indolbutírico –un químico que propicia el enraizamiento. Y nada.

El éxito afloró hasta 1991. Un alumno suyo, Roberto Flores, localizó un esquisúchil en una casa particular de Ciudad de Guatemala. Su dueña lo había trasplantando años antes desde Chiquimula, un departamento colindante con El Salvador. “El árbol en cuestión, de flor grande, producía un brote en sus raíces. Con gran dificultad, procedimos a separarlo del árbol madre y fue trasplantado a una maceta, donde se logró su adaptación”. Finalmente se redescubrió la reproducción del esquisúchil.

Tras mimarlo durante varios años, ese esquisúchil pudo ser sembrado en la iglesia antigüeña de San Francisco El Grande, justo en el patio que conduce a la tumba del santo hermano Pedro de Betancur. Y ha crecido muchísimo.

En un período de 18 años –entre 1991 y 2009–, Miguel logró reproducir 38 esquisúchiles. Pocos, pero le contenta saber que logró un “imposible” y el sueño de su padre, Héctor Torres: reforestar La Antigua con ese árbol histórico. Los primeros 37 esquisúchiles fueron sembrados ahí.

En 1938 Saúl Flores también intentó averiguar cómo reproducir al esquinsuche; pensó que se extinguiría de El Salvador.

A “un entendido” le llevó una flor y este le dijo que la longitud del estambre y del pistilo dificultaba su fecundación. Y le aseguró que “la única forma de reproducirlo era por medio de la vecindad de dos árboles de esquinsuche”.

Otra persona le dijo que se extinguía porque “la tala de bosques proseguía implacable en El Salvador”. Lo interesante es que una tercera persona acertó: “La única forma de obtener su reproducción es por medio de las raíces a las cuales les hubieran brotado algunas yemas”.

Miguel recién conoce el libro de Saúl Flores. Y mientras lo fotocopia con avidez, asegura que nunca ha podido localizar un esquisúchil en El Salvador. Sabe que aquí lo llaman o llamaban listón o palo de rosa porque lo leyó en un libro de 1927 titulado “Lista preliminar de las plantas de El Salvador”, que lo ubicaba en las serranías de Apaneca, Santa Tecla y San Marcos.

—Si localiza un esquinsuche, hágamelo saber de inmediato y si es posible con fotografías –se despide Miguel.


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La búsqueda de un esquinsuche en El Salvador arranca en el herbario del Jardín Botánico La Laguna, en Antiguo Cuscatlán.

Dagoberto Rodríguez es el curador del herbario, pero confiesa jamás haber visto el árbol. No obstante, desliza sobre una mesa varias ramitas que fueron disecadas y luego estrelladas sobre páginas.

“Hace 16 años alguien de este herbario recolectó la última muestra cerca del Parque Nacional El Imposible, en Ahuachapán. Pero existen muestras de otros sitios. Tiene que haber aún en El Salvador…”, dice Dagoberto.

La ficha del esquinsuche ahuachapaneco reza: “Produce flores blancas de perfume agradable” y constituye “un árbol no muy común”. Extrañamente, el Ministerio de Medio Ambiente no lo incluyó en su nómina de árboles en peligro de extinción de 2001.

Según Dagoberto, ese esquinsuche fue hallado en un terreno de Francisco Serrano, quien se dedica a la crianza comercial de 80 especies de mariposas.

Le envío un e-mail y lo responde: “En lo personal no conozco ese árbol aun cuando se encuentre en la parte baja de El Imposible. Di apoyo logístico (al herbario), pero no soy competente en el campo de los árboles”.

Tras este revés, el siguiente paso es explorar el occidente del país, donde aún quedan lunares boscosos y poblaciones con raigambre indígena, porque Saúl Flores aseguraba que “el bello nombre” de este árbol era náhuat: “iscuin”, fragante; “suche”, flor.

Otra cosa describió el francés Rémi Siméon en su diccionario de náhuatl de 1885. “Izquixóchitl” se conforma de “izquitl”: “flor muy olorosa o maíz reventado al comal” (las palomitas de maíz o “popcorn” son un tentempié 100 % precolombino). Y “xóchitl”: flor. la flor popcorn.

En Izalco, un pretérito señorío nahua, pregunto a una anciana transeúnte si conoce el esquinsuche y le comparto una fotografía.

—¿Y esta que no es la misma “flor de mayo”? –repregunta la señora.

—No, la flor de mayo es la que usan para las palmas de Panchimalco. Esta es más redonda, blanca y perfumada.

La señora se encoge de brazos. Otro señor hará lo mismo en Nahuizalco. Según el libro “La flora de Guatemala”, al esquinsuche cabe buscarlo desde el litoral hasta los 2,000 metros de altitud. Y en un selvático paraje cercano al altiplano de Apaneca finalmente aparece un encanecido campesino que dice que ya tenía ratos de que nadie mencionara al esquinsuche.

—Lamentablemente no he visto ninguno por aquí. Y antes la gente le echaba de esas flores a la chicha –declara el señor.

Semanas antes, Miguel Torres, el biólogo guatemalteco, confesaba haber leído que los salvadoreños usaban las flores secas del esquinsuche para “perfumar” el aguadulce o la chicha, una bebida obtenida del fermento de maíz, piña, panela y pimienta gorda. Una bebida tan “nahua” como el chocolate. Valga decir que los nahuas son el grupo indígena de habla “náhuatl”, como los aztecas de México y los pipiles de El Salvador.

En el centro de México –alrededor de 1580–, fray Bernardino de Sahagún describió en su “Historia general de las cosas de Nueva España” que los aztecas aromatizaban su chocolate frío con las flores del izquixóchitl.

En 1552, el médico azteca Martín de la Cruz describió que además de enriquecer al chocolate, el esquisúchil era bueno para “la fatiga del que administra la República y desempeña un cargo público”. Para la élite.

Hace unos años, Miguel Torres se enteró de que dos profesores de la Universidad de Yale –Micheal Coe y Sofía, su esposa– publicaron “The True Story of Chocolate”, un libro en el que citan al izquixóchitl como uno de los ingredientes del chocolate prehispánico. Y que huele y sabe a rosas. Quizá no fue tan desatinado que los salvadoreños lo llamaran palo de rosa.


***

El Lempa, el río más caudaloso y largo de El Salvador, brota de las serranías del departamento guatemalteco de Chiquimula. Muy cerca de la ciudad de Esquipulas.

Además del abultado número de peregrinos centroamericanos que buscan a su Cristo Negro, también atrapa la atención su lazo con el esquisúchil. En su libro “Toponimia de Chiquimula”, el profesor Ramiro Vanegas asegura que Esquipulas es la castellanización del náhuat “izqui”, de izquixóchitl, y “poloa”, destruir. De alguna forma, él lo traduce como “Tierra florida” o “Lugar donde abundan las flores”. ¿Lugar donde abunda el esquisúchil?

En Esquipulas existen dos afamados esquisúchiles. El primero se halla en un jardín amurallado de la célebre basílica barroca construida en 1758. Pero “por ser domingo”, día de guardar, el sacristán dice no poder abrir su zaguán. Aún queda buscar el otro árbol.

Cualquier esquipulteco sabe ubicar “La casa del esquisúchil”. Se halla en su médula urbana, frente a la plaza central. Su emplazamiento recuerda también al que florea en el corazón de la vecina ciudad de Chiquimula. Y a otro que reverdece al lado de la antigua catedral de Tegucigalpa, Honduras.

Según Miguel Torres, al inicio de la época colonial, “los españoles sembraron en las plazas –intencionalmente– árboles considerados sagrados por los indígenas, así los atraían a la catequesis de la nueva religión”. El tronco espinoso de la ceiba, las sabrosas semillas del cacao y las flores del esquisúchil tenían aura divina.

Saúl Flores acertó al decir que “las guirnaldas de esquinsuche eran la ofrenda más preciada que nuestros indios agradecidos colocaban en los templos de sus dioses”. En el siglo XVI, fray Bernardino de Sahagún atestiguó que una estatua de Tezcatlipoca, el dios de dioses mexicas, era coronada con una guirnalda de flores de esquisúchil.

En 1940, Erwin Paul Diesseldorff, un judío alemán afincado en Cobán, Alta Verapaz, describió que el esquisúchil fue motivo de guerras. Que siglos antes, Moctezuma, el emperador azteca, guerreó con los indios de la actual Guatemala porque se negaban a entregarle sus esquisúchiles. ¿Leyenda?

En algunos cerros al nororiente de Esquipulas, en Honduras, se hallan las ruinas mayas de Copán. Ahí, Cameron McNeil, una especialista estadounidense en polen fósil, recién exhuma de una tumba real del período clásico (200-900 d. C.) polen de esquisúchil. Las flores fueron utilizadas en ritos aristocráticos.

Actualmente muchos peregrinos no abandonan Esquipulas sin antes visitar “La casa del esquisúchil”. Conocen el árbol y recogen las flores caídas. Este rito empezó en 2002, justo cuando Juan Pablo II visitó Guatemala para santificar al hermano Pedro. Entonces, la basílica de Esquipulas elaboró un folleto que mencionó a este esquisúchil como pariente “lejano” del antigüeño.

Su propietario es un octogenario exalcalde que siempre lleva bigote y lentes con fotogrey, don Rodrigo Ruiz. Tanta gente lo visita, que ha puesto banquitas y una estatua del hermano Pedro junto al árbol. En una entrevista a Prensa Libre aseguró que su esquisúchil es tan viejo que ni su abuela podía decir quién lo había sembrado. Un joven abre la puerta de la casa…

—¿Está don Rodrigo Ruiz? ¿Se puede fotografiar su esquisúchil?

—Don Rodrigo murió hace varios meses. Y a sus herederos no les gusta mostrar el árbol. –responde el joven.

Una pena todo. Los humanos somos más efímeros que un esquisúchil. Antes de don Rodrigo Ruiz, “La casa del esquisúchil” fue propiedad de una señora llamada Teodora Hernández de Ramírez. Ella elaboraba un legendario jarabe medicinal con ese esquisúchil añoso que, a diferencia, nunca se enferma.

Además del jarabe, algunos guatemaltecos preparan té de esquisúchil porque sería “bueno” para padecimientos cardíacos y arteriales. Otros lo utilizan como colirio, tranquilizante y antiabortivo. Miguel Torres intenta comprobar sus efectos farmacológicos con ciencia: “Y todo indica que es antidepresivo y que además tiene efectos contra dos tipos de micosis subcutánea”.


***

Hace 16 años el herbario de Antiguo Cuscatlán y el Museo de Historia Natural de Londres ubicaron otro esquinsuche al oriente del volcán de Izalco.

De acuerdo con las coordenadas de longitud y latitud que registraron (N: 13°49’42 W: 89°34’51), el árbol crece en un cafetal del cantón Las Lajas. Por desgracia, al intentar reencontrarlo, algunos lugareños decían que las pandillas acababan de asesinar a tiros a un hombre.

—Aquí es peligroso, mejor no se meta al cafetal –recomendó una señora.

Queda buscar el último árbol que el herbario registró en 1989 en un sitio más cercano, pero no menos complicado: el viejo Cuartel San Carlos, al norte de San Salvador. Cerca de la Universidad de El Salvador.

Su ficha reza: “Arbusto de flores blancas fragantes, cultivado como ornamental en el acceso norte del cuartel”. Justo el acceso que fue reamurallado tras ser hostigado con explosivos en la ofensiva guerrillera de noviembre de 1989.

Para saber si ese esquisúchil sobrevivió a la artillería bélica, hay que saltar otro muro más alto y burocrático de visitas, llamadas y correos electrónicos al Ministerio de la Defensa y al cuartel. Y sin éxito hasta ahora.

El esquisúchil no tiene piernas y parece escurridizo; la gente tampoco ayuda. Ni antes ni ahora ha sido fácil hallarlo y menos reproducirlo. Es sublime y caprichoso. Alrededor de 1993 apareció de pronto en Ciudad de México.

Ahí, varios arqueólogos intervinieron un enorme edificio barroco construido en 1760: el Hospital de Betlemitas. Este había sido fundado 85 años antes por monjes betlemitas –la primera y única orden religiosa fundada en América–, creada en La Antigua Guatemala por el hermano Pedro en 1656.

Al remover gruesas capas de pintura de las paredes del hospital, fueron descubiertos unos murales y azulejos que mostraban una curiosa flor blanca.

—Sin duda, esas flores responden a la flor milagrosa del hermano Pedro o flor de esquisúchil, como le llaman en Guatemala –dice Edith Ortiz, una antropóloga mexicana que estudió el mural.

Desde hace más de tres siglos, la biografía del hermano Pedro está amarrada a la del esquisúchil. Curiosamente, Guatemala resguarda un documento del siglo XVII llamado “La recordación florida” –como si la memoria pudiera florecer–, que describe al esquisúchil como “una planta” a la que también llaman vara de San José. ¿Una confusión añadida en su reedición de 1883?

La vara de San José es un lirio de flores blancas (como las del esquinsuche). Lo más confuso es saber que Pedro de Betancur obtuvo en 1665 un permiso del obispo de Guatemala para cambiar su nombre a Pedro de San José –porque desde su bautizo había sido encomendado a ese santo. Y de remate, la leyenda cuenta que el hermano Pedro sembró su esquisúchil un “19 de marzo”, el Día de San José.

Nadie ha podido apartarle el velo del misterio al esquisúchil. Hasta este día, la reproducción del esquisúchil sigue siendo casi milagrosa. Y solo un hombre ha podido conseguirla: Miguel Torres. Él aún logra pocos ejemplares, pero ha conseguido propagar poco a poco esta longeva especie.

Hace cinco años, salió del aeropuerto La Aurora llevando un equipaje de 10 esquisuchilitos en dirección a una de las Islas Canarias, Tenerife. Uno de ellos fue plantado en el pueblo natal del hermano Pedro: Vilaflor. Al pie del Teide, un volcán tan alto como el de Agua, el volcán de La Antigua Guatemala, frente al que el santo varón falleció en 1667, a los 41 años de edad.

Mientras que en Canarias aguardan la fragante cosecha del esquisúchil, Miguel Torres explica que únicamente entrega árboles para que sean sembrados en “lugares muy específicos”. Y él sueña con que la Catedral Metropolitana de San Salvador tenga el suyo. Sin embargo, antes requiere que alguien le garantice su cuido.

No es cualquier árbol. Y Saúl Flores lo sabía. Con él intentó curar de amnesia a El Salvador en 1983. Sin embargo, la botánica indígena continúa siendo malograda. Nadie recuerda que las flores fucsias y peludas del jilinsuche eran los juguetes de antes. El tule, ese junco que puede ser convertido en cestas y petates, fue extinguido del valle de Zapotitán y ahora de Nahuizalco.

La tradición de Semana Santa de tener una flor de palma de coyol (Acrocomia mexicana) cercena la multiplicación de esta especie. En 1977 el biólogo salvadoreño José Salvador Flores advertía que “la escasez de palma de coyol eliminó también la vieja costumbre de comer sus frutos”.

Con ejemplos de sobra, no es de extrañar que para David J. Guzmán (en 1926) y para Félix Choussy (en 1960) el esquinsuche resultara invisible para sus libros sobre “flora salvadoreña”. La depredación no es nueva, la consciencia de algunos tampoco. Saúl Flores sabía que estaba rescatando un árbol que, pese a su escasez, es inconmensurablemente rico en historia y simbolismos. Quizá por eso su artículo está dedicado, cariñosamente, a sus dos hijos, Humberto y Yolanda. Luego se dirige a todos los salvadoreños:

“Los salvadoreños debemos empeñarnos en salvar al esquinsuche. Por estaca, por acodo, por injerto, por semilla, por las yemas de la raíz, de cualquier modo, y a cualquier precio, debemos multiplicar el árbol de las flores simbólicas”. Flor de leyenda y misterio.

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