El arte friolento de olvidar

Cuando el combatiente volvió de los campos de batalla, tuvo de inmediato una sensación ambivalente.
Enlace copiado
El arte friolento de olvidar

El arte friolento de olvidar

El arte friolento de olvidar

El arte friolento de olvidar

Enlace copiado
Libertad de no tener que estar permanentemente en guardia frente al enemigo identificado y opresión por tener que estar constantemente en guardia frente al agresor inidentificable. No tenía hogar propio al que regresar, porque su familia inmediata se había dispersado en el curso del conflicto. Había, pues, que buscar refugio propio. Y para ello necesitaba algunos recursos de los que no disponía.

Quedaba, entonces, la posibilidad de intentar la protección pública. Fue a una oficina dedicada a atender a los que se incorporaban a la vida normal, y ahí descubrió que había un servicio de acogida para veteranos de guerra, y él, pese a su edad, lo era. Acudió, pues, al menos para mientras, en tanto le aparecía alguna ocupación que le produjera algún ingreso.

Desde el primer instante, tuvo en aquella atmósfera la sensación de ser alguien irremediablemente desconocido. Los otros refugiados, que no eran muchos, circulaban por las austeras estancias del albergue casi en calidad de sombras. Al menos, él así los miraba y los sentía. Entre ellos podía estar ese agresor inidentificable que hasta ese momento sólo se le había aparecido en forma de merodeador de pesadilla.

Se recogió, pues, en su intimidad sin perspectiva. Como un autoexiliado que no hallara puesto en la realidad que era su único espacio disponible.

Hasta que llegó aquel día insospechado. Despertó con la sensación de que estaba en el monte, con todos los peligros humanos y todas las protecciones naturales alrededor. ¿Vendría el enemigo en campaña de ataque exterminador? ¿Estarían otra vez en riesgo inminente las vidas y las integridades físicas de los componentes de aquella unidad de combate a la que él pertenecía? A su alrededor, las sombras de los presentes en el refugio le hacían valla. Por primera vez pudo reconocer al menos a algunos. Caras conocidas.

Tiritando, se arropó todo lo que pudo con la colcha escuálida. Colcha que antes de seguro la usó una mujer, por el olor que conservaba, seña de que no había sido lavada. Las sombras seguían ahí. Ya no se apartarían de su lado. Los sucesos se habían quedado perdidos en el pasado, pero los que compartieron aquellos sucesos se mantenían fieles. En el momento en que lo pensó y lo sintió se empezó a disolver el frío que lo embargaba.

PARÁBOLA CON RESIDUOS

Desde la ventanilla del avión en vuelo observaba el ondulante mosaico de la tierra en trance veraniego. Volcanes, montañas, cerros, llanuras; ciudades, pueblos, aldeas, caseríos. Y un colorido que desde arriba pudiera parecer poco variado –verdes y sepias con ligeras pinceladas de rojo y amarillo–, pero que de seguro en el terreno se convertía en vivero de matices. De inmediato imaginó su propia vida.

Ayer mismo estaba sentado en el banco del parque al que acudía los sábados para reencontrarse con los árboles y con los pájaros, que fueron sus más fieles compañeros de infancia. Leía algún texto cogido al azar en sus desordenados estantes. Sí, era un libro de aforismos antiguos, muchos de ellos anónimos. Se detuvo en uno que parecía dedicado a él, a través de los siglos. “La ilusión de ser es un heroísmo que siempre tiene dos caras”.

Ahora estaba viajando entre las nubes, y aquello tenía un sentido perfectamente complementario con lo que había experimentado la tarde anterior, ahí en ese parque que bien podía ser sólo un simple ejercicio memorioso, de esos a los que venía siendo cada vez más adicto. Entrecerró los ojos, para tratar de juntar las imágenes vecinas en el tiempo: el parque y el cielo; la vegetación y las nubes. Y de pronto sintió que los árboles eran etéreos y que las nubes eran sólidas.

Sí, la ilusión de ser. ¿Qué era él, entonces? Pasaba en ese instante la aeromoza ofreciendo:

—¿Quiere algo de beber?

Él sonrió, con una sonrisa que ella no podía descifrar:

—Sí, un trago de ensueño en una copa de luz.

La aeromoza asintió, como si hubiera entendido. En un instante traía en una bandeja lo pedido. La copa no era de las comunes: el cristal fosforescía misteriosamente, y el contenido parecía a punto de alzar vuelo.

Cuando desembarcó, le pareció que no era el mismo que había embarcado. Las nubes, en su expresión gaseosa, iban con él, recordándole que el cielo también está al ras del suelo.

Aquella noche se durmió en compañía plena. La ilusión de ser se le había hecho presente en un juego de contrastes. La parábola existencial estaba completa, y ahí, a su alrededor, fulguraban los residuos de la experiencia, invitándolo a despertar con otra idea del destino.

MI DULCE SEÑOR

“My sweet Lord”, la canción de George Harrison, el Beatle espiritual, el guitarrista tranquilo, el ave de paso que lo observaba todo desde su alero. El personaje de esta historia se hallaba solo en su habitación, oyéndola. En torno, la ciudad podía ser cualquiera, desde Toronto hasta Santa Tecla, desde Mejicanos hasta Bengaluru. Al fin de cuentas, todas las ciudades son iguales, así como todas las campiñas lo son. Aunque sonrían, señores. Mientras seguía oyendo la canción, los antiguos y los nuevos telones de la psique se abrían y se cerraban a su alrededor. Cada vez que la voz entonaba “Aleluya” o “Hare Krishna” un ligero oleaje de inspirada elocuencia interior cubría y descubría las arenas inmediatas y remotas. Y de pronto la iluminación crepuscular se hizo presente, sin que fuera hora.

“Realmente quiero verte, quiero ir contigo, quiero conocerte, pero falta mucho, Señor…” El eco de las palabras apenas murmuradas iba posándose sobre los ramajes exteriores, como el prematuro homenaje de la noche. Pero en los ramajes interiores lo que se desplazaba cadenciosamente eran los destellos de la Luna llena, que esa noche tenía su apogeo.

“Que no falte mucho, Señor…”

Una mano silenciosa se posó en su hombro. Y en el mismo instante en que sintió el contacto, la canción de George Harrison dejó de sonar. El mensaje había sido perfectamente elocuente. La armonía entre el Aleluya y el Hare Krishna estaba haciéndose valer.

Al día siguiente, el lugar de la experiencia nocturna apareció vacío. El habitante del mismo se había esfumado. Sobre la repisa, el CD “All Things Must Pass”, con las canciones de George Harrison, parecía haber cumplido su misión.

LOS OLVIDADOS DE LA TIERRA

Veníamos de regreso, y no deportados, sino por propia voluntad. Cuando llegamos al aeropuerto, buscamos entre la multitud de los que esperaban viajeros algún rostro conocido. No había nadie. Con lo poco disponible que traíamos tomamos un taxi que nos llevara a la colonia que había sido nuestro lugar de arraigo en aquellos remotos entonces. Un arraigo que estuvo en la tierra y luego se trasladó al aire, para poder sobrevivir en la distancia.

Al llegar al sitio de destino nos percatamos de que lo que antes fue una pequeña y sencilla comunidad habitacional se había convertido en el asiento de dos o tres edificaciones verticales, rodeadas por los consiguientes espacios para el parqueo de vehículos automotores. Uno de nosotros murmuró, entre dientes: “Esto es lo que llaman desarrollo”.

Fuimos entonces a buscar ubicación en una población de los entornos, siempre en el área metropolitana, que es a la vez la más atendida y la más indigente. Ahí nos hemos quedado, con trabajitos de ocasión y carencias persistentes. Al fin de cuentas, ese ha sido nuestro sino aquí y allá, aunque los matices sean distintos.

Y no estamos resentidos ni doloridos. ¿Para qué? Eso sería renunciar a los dones más preciados, que son los que venimos a recuperar.

Dicen que somos los olvidados de la tierra, y hay muy pocos motivos con qué rebatir ese dictado que ya se volvió de cajón.

Los olvidados de la tierra, sí; pero no los olvidados del aire y de la luz, que este día han despertado con ánimos entusiastas. Dejemos, pues, que la tierra se quede en su fijeza polvorienta: nosotros nos vamos a respirar libremente el aire que nos toca y a recibir en piel viva el abrazo fraterno de la luz. Así sea

Tags:

  • historias sin cuento
  • david escobar galindo
  • mi dulce señor

Lee también

Comentarios

Newsletter