El ataque en París, choque de valores

El ataque al semanario Charlie Hebdo, en el corazón de París, viene a ser el más reciente capítulo de una relación tensa, polémica y muy antigua. Es la relación de la sátira en contra de cualquier manifestación de extremismo. El del miércoles pasado, en el que perdieron la vida 12 personas, es el más actual, pero, de lejos, no será el último.
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El ataque en París, choque de valores

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Ideal.  Charlie Hebdo se identifica con ideologías de izquierda.

Ideal. Charlie Hebdo se identifica con ideologías de izquierda.

Respeto a la ley. Charb siempre dijo que publicaba bajo las leyes francesas, no por el Corán.

Respeto a la ley. Charb siempre dijo que publicaba bajo las leyes francesas, no por el Corán.

Juicios.  El islamismo no ha sido el único blanco de la sátira de Charlie Hebdo. La redacción ha sido enfrentada en juicio por varias instituciones debido al tono de sus publicaciones.

Juicios. El islamismo no ha sido el único blanco de la sátira de Charlie Hebdo. La redacción ha sido enfrentada en juicio por varias instituciones debido al tono de sus publicaciones.

Por las víctimas. Medios de comunicación como New Yorker y Página 12 han dedicado sus portadas a la tragedia.

Por las víctimas. Medios de comunicación como New Yorker y Página 12 han dedicado sus portadas a la tragedia.

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Dos partes en conflicto sobre si debería haber límites a la libertad de expresión se enfrentaron violentamente el miércoles en una calle usualmente tranquila en la margen derecha del Sena en París, Francia.

“Tuve claro desde el principio que se trataba de armas automáticas. Los disparos hacían temblar la tierra”, relató un testigo presencial del ataque en la sede del semanario satírico francés Charlie Hebdo. Escuchó “al menos una decena de disparos”, antes de ver a un policía salir malherido a la calle, sangrando abundantemente, y que fue ayudado por dos vehículos policiales y retirado del lugar. La sede del Charlie Hebdo, en el parisino distrito XI, se encuentra en una calle aledaña a uno de los grandes bulevares de la capital francesa, en una zona residencial en la que apenas se encuentran comercios.

Cuando el ataque concluyó, una docena de personas yacían muertas, incluidos algunos de los mejores caricaturistas y autores de sátiras políticas de Francia, y los policías a los que se les había encargado protegerlos.

La alcaldesa parisina Anne Hidalgo describió a los muertos como “mártires de la libertad, de la libertad de prensa, el pilar de la democracia”, y convocó a todas las personas amantes de la libertad a efectuar una marcha solemne en su memoria.

Del otro lado del Atlántico, el presidente estadounidense Barack Obama denunció el ataque contra los “valores que compartimos con el pueblo francés: una creencia universal en la libertad de expresión”.

“El hecho de que este haya sido un ataque contra periodistas, un ataque contra nuestra prensa libre, también deja ver lo mucho que estos terroristas temen a la libertad de expresión y a la libertad de prensa”, afirmó Obama.

Charlie Hebdo había iniciado 2015 con una oferta especial para aumentar el número de suscriptores. Sin renunciar al humor, todavía en la mañana del grave atentado, la página principal en internet de este famoso semanario proponía una reducción de precios bajo el llamamiento “La tarifa para todos”, en clara alusión a la legalización de las bodas homosexuales, conocida en Francia como el matrimonio para todos.

El semanario satírico, provocador e irreverente, ha vivido bajo la permanente amenaza de las organizaciones religiosas y grupos radicales por sus caricaturas sobre Mahoma y los yihadistas, pero también de la falta de ingresos publicitarios y la drástica reducción de las ventas de ejemplares de papel.

Las caricaturas más atrevidas y que más polémicas han generado han salido de la pluma, justamente, de tres de los dibujantes-periodistas fallecidos en el atentado. Se trata, entre otros, de Georges Wolinski, de 80 años; Jean Cabut (Cabu), de 76 años; y Stéphane Charbonnier (Charb), director de la revista, de 47.

“No tengo hijos, ni esposa, ni coche, ni crédito. Esto puede sonar un poco pomposo, pero lo cierto es que prefiero morir de pie que vivir de rodillas”. Esta es la rotunda afirmación que Charb hizo en septiembre de 2012 al rotativo Le Monde. Charb estaba amenazado de muerte y, de hecho, vivía desde hace tres años con escolta. Tomó las riendas del semanario satírico hace cinco años. El suyo era un humor ácido e irreverente. En este último número publicó una caricatura premonitoria en la que un yihadista, bajo el título “Sin atentados en Francia”, decía: “Esperen a que termine enero”.

Charb se dio a conocer con Maurice y Patagon, un perro y un gato anticapitalistas. En Charlie Hebdo disponía de una sección fija titulada “A Charb no le gusta la gente”. Criticar al islamismo radical era en los últimos años una constante en su trabajo. Charb, que solía representar a sus personajes con rasgos rudos, amarillos y los ojos saltones, creía en la necesidad imperiosa de burlarse de la religión musulmana. “Hay que continuar hasta que el islam esté tan banalizado como el catolicismo”, declaraba en esa misma entrevista al vespertino Le Monde.

Charb, de aspecto casi adolescente y con una veintena de álbumes publicados, era un veterano militante de izquierdas. Primero perteneció al Partido Comunista y después apoyó al Frente de Izquierdas en las elecciones europeas de 2009. Sobre las críticas que recibían sus provocadoras caricaturas, se defendía con firmeza: “No siento que pueda matar a alguien con una pluma. Cuando los activistas necesitan un pretexto siempre lo encuentran”.

El origen de Charlie Hebdo se remonta a 1969. Nació entonces como un mensual llamado simplemente Charlie. En 1981 dejó de publicarse por falta de ingresos y reapareció en 1992. Sus problemas de seguridad empezaron en febrero de 2006, cuando publicó las caricaturas de Mahoma (más unas cuantas propias) de la revista danesa Jyllands-Posten, amenazada por publicarlas. Las organizaciones musulmanas francesas y el Consejo Francés del Culto Musulmán pidieron la retirada de Charlie Hebdo, pero, lejos de hacerlo, la revista promovió un manifiesto extremadamente duro contra el totalitarismo del islamismo radical.

En 2011, ante la inminente publicación de nuevas caricaturas sobre el islamismo radical y la ley islámica, la revista fue objeto de un ataque con un cóctel molotov en el que no hubo víctimas, pero sí calcinó las instalaciones, lo que obligó a la redacción a refugiarse en la sede del periódico Libération.

Pero los problemas de Charlie Hebdo, una revista laica e izquierdista que también ha tenido problemas con el Frente Nacional, no se limitan a su persecución por razones ideológicas. Con una tirada de menos de 60,000 ejemplares y sin ingresos publicitarios, el semanario lanzó en noviembre pasado un llamamiento para recibir donativos y mantener su independencia. “Charlie Hebdo está en peligro”, aseguraba hasta hace unos días la propia redacción, formada por un escueto equipo de 22 periodistas y dibujantes, una secretaria y cuatro personas en la sección administrativa.

Los homicidios en la publicación satírica francesa Charlie Hebdo fueron festejados en algunas partes del mundo porque se consideraba que en repetidas veces y de forma escandalosa había abusado de su libertad para burlarse y causar conmoción.

Un integrante de la organización extremista Al-Qaida en Yemen acusó vía Twitter al semanario de enfrascarse en la “difamación del islam”. A medida que la noticia de los asesinatos en París llegó a Oriente Medio, se reportaron disparos al aire en señal de celebración en un campamento de refugiados palestinos en el sur de Líbano.

Casi de inmediato, pareció haber pocas dudas, si es que alguna, del móvil detrás de lo que fue catalogado como el atentado terrorista más letal en Francia en más de medio siglo. En tomas de video captadas por testigos, puede escucharse claramente a los hombres gritar la exhortación musulmana tradicional “¡Allahu Akbar!” —“Dios es grande”— afuera de las oficinas del periódico.

“¡Hemos vengado al profeta!”, gritaron los agresores mientras escapaban, declararon fuentes policiales a los medios de comunicación franceses.

Aunque atípico en cuanto a la cantidad de muertos, el ataque en la calle Nicolas Appert pareció el capítulo más reciente en un choque de valores entre Occidente y una versión del islam extremista que tiene al menos un cuarto de siglo de antigüedad, la cual comenzó cuando el ayatolá Jomeini, líder supremo de Irán, emitió una fetua en 1989 en la que pedía el asesinato del novelista Salman Rushdie, al que algunos musulmanes conservadores acusaban de blasfemia.

La libertad de prensa, y la de expresión en general, difiere ampliamente en el mundo. Incluso un país liberal como Suecia cuenta con leyes que penalizan lo que se considera discurso de intolerancia y prohíben expresiones de desprecio dirigidas a un grupo o sus miembros.

En algunas naciones, como por ejemplo Corea del Norte, los medios de comunicación son un brazo del Estado o, como en Rusia, han sido transformados en gran medida en un portavoz del gobierno. Pero el ataque en París fue tan horrendo que incluso el presidente Vladimir Putin, que ha hecho mucho para amordazar a sus críticos en los medios rusos, lo consideró un crimen.

No siempre al gusto del gobierno francés, que se esfuerza por mantener buenas relaciones con el mundo árabe y el musulmán, el enfrentamiento sobre qué límites colocar a la libertad de prensa involucraba con frecuencia al Charlie Hebdo, cuya mezcla de arte crudo y a menudo obsceno, y sátira política descarada, tiene pocos — si es que alguno— equivalentes en los medios de comunicación anglosajones.

En 2006, el tabloide izquierdista e iconoclasta, que suele elegir un amplio rango de blancos, desde el Vaticano hasta Hollywood, reimprimió 12 caricaturas del profeta Mahoma cuya publicación original por un periódico danés desató disturbios en algunas naciones musulmanas. Algunos musulmanes estaban furiosos de que alguien se burlara del fundador de su religión, o incluso de que lo presentara dibujado.

La publicación ha sido demandada por varias organizaciones musulmanas francesas, acusada de publicar caricaturas racistas, pero fue exonerada. En 2012, la policía francesa detuvo a un hombre sospechoso de amenazar con decapitar al director.

Esta semana, la primera plana de Charlie Hebdo presentaba a uno de los escritores más controvertidos de Francia, Michel Houellebecq, cuyo libro más reciente presenta una imagen preocupante del país en un futuro no muy lejano después de que un gobierno islámico asciende al poder.

El gobierno francés, así como la Casa Blanca, cuestionaron abiertamente en 2012 no el derecho de la revista a publicar con libertad, sino su buen juicio. Al menos 30 personas ya habían sido asesinadas en protestas violentas contra un video amateur estadounidense antiislámico que presentaba al fundador de esa religión como un fraude, un mujeriego y un abusador sexual de niños.

“¿Es pertinente, inteligente en este contexto arrojar gasolina al fuego?”, preguntó el canciller francés Laurent Fabius en ese entonces. “La respuesta es no”.

Luego del impactante baño de sangre del miércoles, ese tipo de exhortaciones para mantener cierta moderación editorial desaparecieron. El presidente francés Francois Hollande, en declaraciones frente a las oficinas de Charlie Hebdo, dijo que los pistoleros habían agredido a periodistas que se esforzaban por “defender sus ideas, y para defender precisamente la libertad que la República protege”.

“Estamos amenazados porque somos un país de libertad”, afirmó Hollande, al tiempo que pidió la unidad nacional.

Rushdie, que pasó años oculto por miedo a las escuadras de la muerte islámicas, dijo el miércoles que el conflicto en el caso de Charlie Hebdo es uno duro e irreconciliable, entre el arte de la sátira como una “fuerza para la libertad” por un lado, y la “tiranía, deshonestidad y estupidez” por el otro.

Esta semana Charlie Hebdo tendrá una tirada muy superior a la habitual de 60,000 ejemplares. Los medios franceses están ayudando ahora para que pueda salir a la luz la publicación, que tendrá ocho páginas en lugar de las habituales 16.

El exdirector de la revista Philippe Val advirtió en contra de que se haga el silencio tras el ataque. “Tenemos que seguir trabajando”, dijo. “El silencio es miedo. El miedo no puede apoderarse de los ciudadanos de una democracia, orgullosos de vivir en un lugar en el que somos libres, donde podemos expresarnos con libertad, donde podemos ridiculizar las cosas que son ridículas”, agregó.

Muchos periódicos publicaron algunas de las caricaturas de Charlie Hebdo como homenaje a los fallecidos y en defensa de la libertad de expresión. Otros han optado por censurar las imágenes por considerarlas demasiado polémicas. El debate, pese al atentado, sigue abierto.

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