Lo más visto

El camino que lleva a Belén

Antes de que se fundara Ciudad Barrios, en el San Miguel poscolonial, se encendía cada víspera de Navidad un camino que conducía a Belén. Las celebraciones navideñas de ese pueblo atraían a cientos de visitantes que llegaban a un pesebre-iglesia que resguardaba la imagen antigua de un Niño Dios. Después de más de un siglo, un decreto legislativo, una pelea entre familias y una guerra, lo que queda del antiguo Belén es una iglesia desvencijada y un cementerio descuidado.
Enlace copiado
Valiosos.  El cementerio y la ermita son los símbolos que los habitantes se han dado a la tarea de cuidar porque representan la historia de este lugar.

Valiosos. El cementerio y la ermita son los símbolos que los habitantes se han dado a la tarea de cuidar porque representan la historia de este lugar.

Recuerdos.  Del Belén de hace 150 años casi no hay nada escrito. Solo sobrevive en la tradición oral de los habitantes más longevos.

Recuerdos. Del Belén de hace 150 años casi no hay nada escrito. Solo sobrevive en la tradición oral de los habitantes más longevos.

Trabajos.   La comunidad del cantón se unió para reparar los techos y remozar con cal las paredes interiores de la iglesia. No fueron autorizados para tocar la fachada.

Trabajos. La comunidad del cantón se unió para reparar los techos y remozar con cal las paredes interiores de la iglesia. No fueron autorizados para tocar la fachada.

Habitada otra vez.   Con una misa cada 15 días y un grupo de católicos que la convierte en casa de oración semanalmente, la ermita de Belén ha vuelto a albergar vida.

Habitada otra vez. Con una misa cada 15 días y un grupo de católicos que la convierte en casa de oración semanalmente, la ermita de Belén ha vuelto a albergar vida.

Víctimas de la guerra.  La de Belén es una de las poblaciones que ha sufrido el desarraigo y la pérdida de archivos que fueron comunes durante los años del conflicto armado.

Víctimas de la guerra. La de Belén es una de las poblaciones que ha sufrido el desarraigo y la pérdida de archivos que fueron comunes durante los años del conflicto armado.

El camino que lleva a Belén

El camino que lleva a Belén

Enlace copiado
Por calles del Belén de hace más de 100 años destellaban faroles, antorchas y fogones en cada víspera de Navidad. Así era como los lugareños iluminaban el camino a los visitantes del San Miguel posterior a la colonia. Todos, locales y visitantes, peregrinaban a pie o a caballo para visitar un pesebre erguido a punta de calicanto —que era una mezcla entre arena, piedras y cal—, con puertas altas y anchas, y detalles angulares y redondeados característicos de la arquitectura en tiempos de la colonia.

Los migueleños de entonces entraban a esa estructura blanquísima y radiante para adorar la imagen de un Niño Jesús que, aseguraban, provenía del auténtico Jerusalén. Hacían procesiones, rezaban y cumplían penitencias. Después, celebraban, comían y bebían. Y en esa díada entre jolgorio y devoción pasaban cinco días. Esperaban a que llegara el 25 de diciembre y conmemoraban el nacimiento del Niño Dios.

Esas son las historias que los habitantes más longevos del Belén, que ahora es uno de los cantones de Ciudad Barrios, escuchaban de sus abuelos. Hoy, más de un siglo después de la última Navidad que Belén celebró con pompa, esta iglesia es un galerón de paredes añejas. Su estructura luce opaca, carcomida y manchada de moho. Hay detalles y acabados que con el tiempo se fueron desmoronando, y de los que solo quedaron rastros. Y aunque dé la impresión de que está por derrumbarse, se impone ante las miradas y es imposible evitar contemplarla.

Esta iglesia que está a cinco kilómetros hacia el oeste de Ciudad Barrios también ha sido epicentro de disputas familiares, ataques militares e intentos de demolición. Incluso ha servido de potrero y aún así se ha resistido a desplomarse. Ahora, aunque no sea el corazón de grandes celebraciones, es el vínculo que conecta a varias generaciones.

Para llegar hasta esta iglesia es necesario recorrer cinco kilómetros de caminos empolvados, desde el oeste de Ciudad Barrios. Este lugar está rodeado de cerros y lomas que se ven forrados de vegetación. Las casas que aparecen en el camino —que también es serpenteado— no tienen ningún rastro de los detalles coloniales que, asegurarán más tarde algunos lugareños, tuvieron las casas que se levantaron en el tiempo en que Belén fue fundado como pueblo.

Los registros documentales del antiguo Belén que hay en Ciudad Barrios son exiguos. Y las poquísimas líneas que resguardan la casa de la cultura y la alcaldía del municipio son, en esencia, recuerdos de los habitantes más longevos de los alrededores, y aseveraciones de historiadores como Jorge Lardé y Larín. De lo poco que se sabe es que este lugar fue reconocido como pueblo desde 1827 a 1841 —en el período poscolonial. Y fue declarado cantón en abril de 1905. Sin embargo, no hay registros en el diario oficial sobre el decreto legislativo que debió ser emitido al respecto.

Lo que no dice ninguna de las escuetas líneas que hay escritas sobre este lugar es que era anfitrión de las portentosas celebraciones en la víspera de Navidad. Así asegura María Guzmán, luego de acercarse a la puerta de madera amarillenta de esta iglesia desgastada. Esta lugareña es delgadísima y de piel trigueña, y cuando habla mezcla un poco de dulzura con timidez. Aunque no ha vivido mucho más de tres décadas, hace referencia a lo que cuentan los ancianos de la zona. “Por lo que dicen de cómo se ponía aquí, hoy no es nada. Uno siempre trata de hacer algo, pero cada vez es menos”, dice mientras ensarta una llave en el candado de la puerta de madera que mantiene asegurada la iglesia de Belén.

María es la guardiana de esta iglesia que la casa de la cultura de Ciudad Barrios tiene registrada como uno de los principales patrimonios culturales de la zona. Asegura que nunca vio las calles de este cantón iluminadas con antorchas, que los fogones ya solo se encienden cuando es “el día de las conchas” —se celebran a todas las personas que llevan por nombre Concepción— y que lo único que todavía se prende en las procesiones son los faroles.

Abre y retira el candado de la puerta de madera amarillenta. “Esto se rescató, ahora ya tenemos misas cada dos domingos y ya se usa como casa de oración”, afirma. Empuja la puerta y entra un poco de luz al interior de la iglesia. Dos murciélagos revolotean cerca de su cabeza. Agita su mano izquierda sobre su coronilla, como para espantarlos, y asegura que no son los únicos animales que esta estructura ha albergado.

—Hubo un tiempo en que esto era un corral. El dueño de antes tenía aquí adentro vacas, caballos y cuches. Aquí dormían y comían. ¡Imagínese! —exclama cuando da los primeros pasos dentro de la iglesia. Ahora su voz parece menos tímida y más escandalizada.

Avanza entre varias filas de sillas metálicas pintadas de ocre, sobre un piso de ladrillo colorado. Abre ambas puertas laterales y la iglesia queda bien iluminada por la luz del sol. Se notan dos vigas de concreto y un techo que parece haber sido renovado hace poco. Las paredes están cubiertas con cal y sostienen en cada extremo velos lisos y con encajes. María recuerda que a mediados de 1990 este lugar había quedado sin techo, sin puertas, llena de desechos de ganado y con maleza crecida en el interior. “Lo que le hemos hecho ha sido para que no se caiga, ni se siga arruinando. Ya estaba bien floja y se nos iba perder. La queríamos pintar con cal del lado de afuera, pero nos dijeron que no la podíamos tocar más”, comenta María.

Esta mujer delgada acepta no saber con exactitud qué ha sido todo por lo que ha pasado este santuario desde que fue construido durante la década de 1850. Y parece no estar interesada en conocerlo. Camina hacia el fondo, donde hay una mesa de madera barnizada que hace las veces de altar. La esquiva y va a limpiar el vidrio de una urna. Adentro está una imagen de yeso de un niño vestido con una túnica rosada y que tiene los brazos abiertos. Es la imagen del Divino Niño Jesús. Pero este no es el mismo niño que este pesebre de cal, piedra y arena resguardaba hace más de 100 años.

—Dicen que cuando aquí todavía era pueblo se veneraba a un Niño Jesús que habían traído de Jerusalén, pero que de presto desapareció. A saber cuál será el misterio ahí— asegura María. Se cerciora de que todo esté limpio. Por la tarde, después de almuerzo, ella y otros jóvenes de la zona ensayarán los cantos para la misa que se celebrará el próximo domingo. Vuelve a cerrar las puertas y se va a atender a su hija.

La imagen de la que María se refiere es la del Niño de Belén. Una que ninguno de los actuales residentes de la zona tiene claro cómo lucía. Al final del día, no habrá habitante de este cantón que pueda describir con propiedad cómo era esa imagen. La generación más longeva de aquí, dirá que solo escuchó de ella en las historias de sus abuelos.

Medio kilómetro antes de llegar a la iglesia de Belén habita una de las familias más antiguas del cantón. Los Urbina son una camada de parientes que han permanecido a este lugar desde hace varias generaciones. Y entre ellos, el patriarca es Juan Urbina, un anciano de 84 años. Es el nieto Julio Urbina Chicas, quien fue el último delegado municipal que fungió en Belén antes de que perdiera su título de pueblo.

Es mediodía y, mientras María almuerza con su hija, Juan —blanco, de voz cansina y con la piel llena de surcos— está sentado al umbral de la puerta de su casa. El octogenario ya almorzó y ahora quiere hacer la digestión.

Juan nació más de 20 años después de que este lugar dejó de ser pueblo. Asegura que su abuelo Julio, quien era el que organizaba todos los documentos legales de Belén, le contó que cuando dejó de ser pueblo, en abril de 1905, tuvo que trasladar todos los papeles de su oficina hasta Ciudad Barrios. “Él me contaba que la oficina que tenía aquí en Belén estaba cerca de la iglesia. Y todas esas cosas que él llevó a Barrios las quemaron en la guerra”, dice el octogenario.

De hecho, después de los Acuerdos de Paz en 1992, este anciano que hoy viste una camisa a medio abrochar tuvo que llevar testigos para comprobar que era un salvadoreño nacido en Belén. Su partida de nacimiento fue una de las tantas que se quemaron durante el conflicto. Tuvo que esperar a que lo volvieran a registrar como ciudadano, cuando ya tenía más de 60 años.

Cuando se le viene algún recuerdo, Juan entrelaza los dedos de sus manos y lanza la mirada hacia afuera de su casa, en dirección a la calle que conduce a Ciudad Barrios. Así, con su vista cansada y perdida, asegura que las celebraciones en Belén no desaparecieron tan rápido como su título de pueblo. “Cuando yo estaba chiquito todavía se ponía algo bonito aquí. Se venían unas ferias que traían ropas y comida, y el mero 25 la iglesia retumbaba de gente”, dice con mucho énfasis.

También asegura que para encender las antorchas y los faroles que iluminaban esa calle, que alcanza a ver desde su silla, usaban pedernal –un mineral oscuro que facilita la generación de fuego– en lugar de fósforos y estacas de ocote –un tipo de pino cuya madera cuando está seca es muy inflamable– cuando no había candelas de cebo. Cuando lo recuerda, la voz cansina se le impregna de nostalgia. Aún así, habla con más energías. Asegura que esos eran los cinco días –del 21 al 25 de diciembre– más alegres del año para los niños de la década de 1930.

Según sus cuentas, estas calles polvorientas comenzaron a apagarse con mayor rapidez después de 1939. Entonces él, asegura, era un niño de 10 años. “Varias gentes se fueron a vivir a Ciudad Barrios. Y como allá hacían también procesión con farolitos y se ponía alegre, dejaron de venir hasta aquí. Los que venían de otros lados se fueron quedando allá también”, asegura Juan.

Cuando la población de Belén disminuyó, también se redujo el interés por mantener actividades religiosas y cuidar la iglesia que está a medio kilómetro de la casa de Juan. “Pero yo alcancé a bautizar a dos de mis nueve hijos. Eso fue antes de 1950”, afirma. Más tarde los lugareños concluirán que este cantón está muy distante de tener una sola celebración como la de los antepasados, quienes tenían sangre lenca.

Ahora la iglesia de Belén está tan desgastada como las tradiciones de las nuevas generaciones. Ya no hay cinco días de celebración como hace más de 109 años. Las antorchas desaparecieron. Los fogones se volvieron exclusivos para celebrar “el día de las conchas”, y los faroles solo aparecen en la procesión del 25 de diciembre para celebrar que el Divino Niño ha nacido.

Juan se encoge de hombros. Sabe que esas imágenes coloridas de su infancia solo las podrá revivir en sus recuerdos. No ha dejado de ser peregrino. Solo que ahora se conforma con encender su farol el 25 de diciembre. Camina hasta la iglesia desvencijada. Y escucha la misa.

—Ojalá que cuando los últimos viejos que quedamos ya estemos muertos, no se les ocurra quitar la última procesión. Ya solo esa y la iglesia nos quedan para recordar a los de antes.

Ahora que su hija ha almorzado, María ha vuelto a abrir las puertas de la iglesia de la que es vecina. Está por ensayar los cantos para el próximo domingo de misa. “Como es una misa cada 15 días y no toda la gente puede pagar los $0.75 que cobra el camión que lo lleva a uno a Barrios, esta misa se llena”, asegura María.

No hay más de 30 sillas dentro de esta estructura añeja y de paredes pintadas con cal. Así que los que no alcanzan a sentarse en una, se quedan parados y desbordan los umbrales de las tres puertas de esta iglesia. Ahora, en cambio, a María solo la acompañan cuatro adolescentes. Están repasando sus himnarios y afinando sus voces para el ensayo. De ellas, ninguna conoce mayores antecedentes de este lugar.

De hecho, son pocos los habitantes de Belén que conocen el pasado de sus tierras. La mayoría, sin importar la edad que tenga, se limita a decir que antes aquí era un pueblo que tenía bonitas fiestas de Navidad. Nadie sabe de fechas, ni de acontecimientos importantes. Menos dan referencia del posible paradero de la imagen del Niño de Belén, la que casi todos aseguran que era de oro puro.

Sin embargo, en uno de los cuatro caseríos que hospedan a los 2,136 pobladores de este cantón está uno que se ha preocupado por conseguir datos más precisos del lugar donde nació. Dos kilómetros después de la iglesia está la propiedad de la familia Lovo, otra de las más antiguas del cantón. Ahí está Donilo Lovo, el designado parroquial para administrar las actividades religiosas del cantón.

Donilo –60 años, de piel trigueña, con una calva incipiente y un bigote poblado y entrecano– fue escogido para guardar el equilibrio entre las tradiciones católicas y las heredadas del pueblo lenca, que poblaba estas tierras antes de la colonia. La alcaldía y la casa de la cultura de Ciudad Barrios han legitimado la información que registra y la han convertido, junto con los datos del historiador Jorge Lardé y Larín, en la versión más oficial sobre la historia del cantón. “Del antiguo Belén solo nos quedan dos cosas: la ermita y el cementerio donde se enterró a los antepasados desde 1892”, asegura Donilo esta tarde al regresar de una reunión de sacerdotes mayas.

De acuerdo con este doctor en medicina –quien también es propietario de un consultorio de medicina natural en Ciudad Barrios–, la iglesia de Belén quedó en total abandono después de 1950. Todo ese terreno quedó casi fantasma. “No se volvió a oficiar ninguna misa y la iglesia quedó tan ignorada que hasta crecieron unos palos de amate que estaban arruinando la cúpula.”

Una década después, el movimiento católico Legión de María decidió trabajar para que se retomaran algunas actividades dentro de la iglesia abandonada. Sus integrantes destruyeron la vegetación que había crecido en el interior, repararon las piezas de madera más desvencijadas y empezaron a tener reuniones y pequeñas asambleas. Fue hasta en 1971 cuando gestionaron que volvieran a oficiarse misas dentro de la estructura, pero tuvieron que volverla a cerrar en 1979.

La guerra civil ponía en riesgo la integridad de los habitantes de la zona. A pesar del peligro de encontrarse con alguna tropa de cualquiera de los dos bandos, la Legión de María continuó realizando algunas actividades aisladas, como catequesis. Belén fue parte del territorio en el que operaba la guerrilla y lo volvía blanco de cualquier ataque del ejército.

—En diciembre de 1984, estaban más de 100 parejas en la ermita. Estaban recibiendo una charla prematrimonial porque se iban a casar a finales de mes. Los soldados llegaron y arrojaron una bomba de 500 libras. Hubo muertos y heridos— recuerda Donilo. Ese incidente no figura en la agenda informativa de los medios de comunicación de entonces, solo está en la memoria de este médico historiador y de otros habitantes de la zona.

Después de ese incidente, la iglesia de Belén dejó de ser un pesebre y pasó a ser un establo. Con las puertas destruidas, las paredes agrietadas y el techo destrozado, albergó a los caballos, las vacas y los cerdos de José Alvarado, el entonces propietario legítimo de las tierras. Donilo y otros habitantes de la zona aseguran que de 1984 a 1987 la ermita de Belén también albergó a militantes de la guerrilla. Y no fue hasta en 1995 cuando los ojos de algunos se volvieron a posar en la iglesia de Belén.

“Esa iglesia es el vestigio más importante. Nos conecta con los antepasados, con la religiosidad popular, con la memoria de una época de sufrimiento. Ese monumento vale más que cualquier tesoro de los que dicen que tiene bajo sus cimientos”, afirma Donilo.

Donilo se dirige hacia otra ermita. Avanza por una vereda terrosa hasta llegar a una casa pintada de color ladrillo y salmón. No es más que un galerón de concreto de paredes lisas, nada diferente al aspecto de las otras casas del cantón. Esta ermita es al menos 150 años más reciente que la original iglesia de Belén. Lo único que la hace notar es una campana de hierro que los feligreses del cantón han pintado de blanco.

“Esta campana la rescataron allá por 1960, cuando llegó por primera vez la Legión de María. La persona que la tenía guardada la entregó cuando empezamos a construir esta ermita en los ochenta”, asegura.

Las imágenes originales de la iglesia de Belén desaparecieron poco después que el Niño de Belén. Así pasó con algunos ventanales, con el hierro de las puertas originales, con las placas de los sacerdotes que enterraron entre los muros. Y de todo eso, ningún lugareño puede dar referencias.

“Muchos de los habitantes guardan algunos vestigios del pueblo original de Belén. Algunos lo han ido a registrar a la dirección de Patrimonio Cultural y se les ha permitido que lo sigan guardando, pero del Niño de Jerusalén no se saben más que rumores”, aseguró Sandra Cortez, la directora de la casa de la cultura de Ciudad Barrios, varias horas antes de que Donilo regresara de su congreso de sacerdotes mayas.

Donilo habla de dos hipótesis. La primera es que poco después de que Belén dejó de ser pueblo se acercaron unos oficiales policiales que montaban a caballo, y que, al ver la imagen de oro puro, se la llevaron durante la noche. También cuentan que dos familias antiguas, los Solís y los Romero, peleaban por la propiedad de la iglesia y de todas las imágenes que guardaba. Como no llegaban a un consenso, uno de los Solís lo hurtó de noche. Ese rumor cuenta también que ahora el Niño de Belén descansa en alguna casa de San Salvador, con una de las descendientes de los Solís.

La única certeza es que algunos de los habitantes de Belén están uniendo sus esfuerzos para que lo poco de la historia que aún guarda este cantón no se termine de extinguir. Además de las reuniones y de las misas quincenales, lugareños como Donilo y un séquito de vecinos que todavía no han regresado de sus trabajos, están empeñados en organizar peñas culturales en el atrio del corazón del cantón.

Ángel Ochoa, el párroco de Ciudad Barrios, solo les ha pedido que no vayan a deteriorar nada de lo que ha quedado de esa iglesia. Este sacerdote hizo hasta un préstamo para comprar el pedazo de tierra donde está la ermita, porque otro posible comprador del terreno la quería demoler. Sin embargo, una caída secundada por un fuerte golpe en la cabeza ha incapacitado al sacerdote para que este día hable del proyecto que tiene para rescatar la iglesia de Belén.

Ya casi atardece. Donilo, después de comprobar que en la ermita reciente no hay ninguna novedad, se va para su casa. Asegura que los más viejos de Belén están haciendo todo lo posible por evitar que ni el cementerio, ni la iglesia desaparezcan. “Son dos verdaderos tesoros”, hace énfasis. El cielo de Belén se ha tornado anaranjado.

El cementerio está a un kilómetro al sur de la iglesia. Es un chichón de tierra de unos 100 metros cuadrados. Tiene ensartadas varias decenas de cruces. Unas son delgadas y metálicas, otras son de madera, y otras de concreto y con puntas redondeadas. Todas las cruces, sin excepción, están rodeadas por piedras lisas que delimitan las tumbas. Mientras se pierde entre dos montañas, el sol se cuela entre los bambúes y arbustos que han crecido entre las tumbas.

María ya despachó a las jóvenes que cantarán en la misa del próximo domingo. Y las puertas de la iglesia han vuelto a cerrarse. Ya no es el pesebre en el que desembocaron años de fervor religioso popular. Pero la puesta de sol le ha dado a sus paredes desvencijadas un brillo casi ceremonioso.

Quizá este no vuelva a ser el epicentro de las legendarias celebraciones navideñas. Parece difícil que las calles de los alrededores vuelvan a iluminarse como hace más de 100 años. Y más difícil todavía será que un día aparezca la imagen auténtica del Niño de Belén. Pero estas paredes todavía siguen en pie, y con ellas, lo que queda del pasado de Ciudad Barrios.

Tags:

  • belen
  • ciudad barrios
  • el salvador
  • navidad
  • niño dios

Lee también

Comentarios