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El castigo de estudiar sin agua

En El Salvador hay 1,138 centros escolares que no tienen ni cañerías instaladas para que les llegue agua potable. En esas instituciones estudian 153,908 alumnos. Los hombres y las mujeres que dirigen estas escuelas se ven obligados a recurrir a diferentes métodos para suplir una necesidad básica para la educación. El castigo de estudiar y dar clases sin agua potable lo cargan, sobre todo, las escuelas rurales.
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Pozos y pilas.  Antes de tener acceso a agua potable, el centro escolar del cantón Malacoff solo tenía una pila para guardar agua, la cual llenaban por medio de pipas o acarreo de agua desde un pozo cercano.

Pozos y pilas. Antes de tener acceso a agua potable, el centro escolar del cantón Malacoff solo tenía una pila para guardar agua, la cual llenaban por medio de pipas o acarreo de agua desde un pozo cercano.

Higiene.  El acceso a agua potable en los centros escolares es básico para mantener una buena higiene. Esto permite evitar enfermedades.

Higiene. El acceso a agua potable en los centros escolares es básico para mantener una buena higiene. Esto permite evitar enfermedades.

Alimentación. En la escuela del cantón San Jerónimo Los Planes, Nejapa, utilizan agua lluvia para limpiar y cocinar alimentos, la tratan con cloro y filtros.

Alimentación. En la escuela del cantón San Jerónimo Los Planes, Nejapa, utilizan agua lluvia para limpiar y cocinar alimentos, la tratan con cloro y filtros.

Autoabastecimiento. La escuela del cantón Malacoff, Tonacatepeque, recibe agua cada dos días por medio de ABAZORTO.

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Vecinos. Al igual que el cantón San Jerónimo Los Planes de Nejapa, la mayoría de comunidades ubicadas en el volcán de San Salvador no tienen acceso al agua potable.

Vecinos. Al igual que el cantón San Jerónimo Los Planes de Nejapa, la mayoría de comunidades ubicadas en el volcán de San Salvador no tienen acceso al agua potable.

Precios disparados.  La escuela del cantón San Jerónimo, que tiene una matrícula de 320 alumnos, paga 34 veces más por 1 metro cúbico de agua a pipas que las escuelas abastecidas por ANDA.

Precios disparados. La escuela del cantón San Jerónimo, que tiene una matrícula de 320 alumnos, paga 34 veces más por 1 metro cúbico de agua a pipas que las escuelas abastecidas por ANDA.

El castigo de estudiar sin agua

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El castigo de estudiar sin agua

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El día en que el agua se pudrió

Normalmente Rembert Sosa sale de su casa en Santa Ana a las 5:50 de la mañana. Viaja en la carretera hasta llegar al desvío que lo lleva hacia el volcán de San Salvador. Sube el camino lleno de curvas hasta llegar justo antes de la marca del kilómetro 22, donde cruza a la derecha en una calle de tierra y se adentra al cantón San Jerónimo Los Planes.

Normalmente llega 10 minutos antes de las 7 de la mañana, abre un portón azul pequeño que está a la par de un paredón de 2 metros y sube unas gradas empinadas. Si es época lluviosa, revisa si alguna tormenta dejó un desastre en el pasillo de entrada. El canal está averiado y el agua se empoza. Si todo está bien, pasa junto a tres aulas que dan a ese pasillo, llega hasta su oficina y abre la puerta para que los maestros que viajaron en el primer bus del día puedan firmar el libro de asistencia. Rembert es el director de la escuela de ese cantón, en el volcán de San Salvador.

Pero ese día de 2012 no fue normal. Cuando empezaron las actividades de la escuela que dirige en el cantón San Jerónimo Los Planes, algo no estaba bien. Algo olía mal. Literalmente.

Un olor fétido inundó la escuela. Olía a pupú y la peste provenía de los chorros. El agua no se podía utilizar, y en una escuela donde este es el bien más preciado que cualquier otro, la situación suena a alarmas de tragedia. Con el agua no se juega.

El centro escolar de San Jerónimo Los Planes no tiene un sistema de cañerías y se abastece de agua por medio de la recolección de aguas lluvias. Los techos de sus aulas tienen una serie de canales que van a parar a una cisterna que está en la entrada de la escuelita, colindando con las gradas que Rembert Sosa sube todos los días al llegar de su viaje desde Santa Ana.

Este año la matrícula de la escuela ronda los 300 alumnos. Al igual que ellos, 11 de cada 100 estudiantes del sector público de todo el país asisten a un centro escolar que no tiene cañerías de agua potable. Según un contraste de la base de datos sobre los centros escolares que tienen o no acceso al agua potable que el Ministerio de Educación dio a partir de una solicitud de acceso a la información pública y la matrícula de alumnos –ambas de 2014–, el número de alumnos que asisten a centros educativos públicos que no tienen sistema de cañerías asciende a 153,908.

Dos días antes del hedor, un sábado, un candidato a diputado por San Salvador llegó al cantón y donó agua. La cisterna no se llenó, pero era época seca, cuando el sistema de recolección de aguas lluvias no sirve de mucho, por lo que una donación que ayudara a paliar los gastos de esos meses fue bienvenida.

Cuando abrieron los chorros de la escuela y el olor fétido les dio un golpe en la nariz, el director de la escuelita no entendía qué pasaba. —El agua se pudrió, olía a pupú, a pupú –recuerda con enojo todavía en su voz.

Cómo era posible que dos pipadas se hayan arruinado en solo dos días. Ni los profesores ni él entendían, hasta que un alumno dijo: “Eso huele como cuando le echan vara negra al agua”. Según le explicaron los alumnos, la vara negra es una planta que pudre el agua cuando entra en contacto con esta.

Abrieron la cisterna y el olor salió a borbollones. Sobre el líquido flotaba una espuma blanca. Era inservible y lo tenían que desechar. Alguien, creen el director y los maestros, arruinó el agua porque provenía de un candidato de un partido político contrario. Era época de campaña.

Para la escuela no importa si hay campaña política o no. En ese centro escolar, sea época seca o lluviosa, campaña electoral o no, al igual que en otros 1,137 en todo el país, no hay cañerías que lleven agua potable. Se las tienen que arreglar como sea.

Síndrome de estrés postraumático

Sandra Bonilla de Delgado es una mujer de 48 años. Los cumplió hace dos días. De esos 48, lleva casi cinco con síndrome de estrés postraumático. La escuela que dirige ya tiene cañerías y agua potable, pero ella la cuida, la cuida mucho porque sabe lo que cuesta. Por mucho tiempo sufrió tener que rogar por agua, lidiar con las consecuencias de buscar agua en un pozo, pagar por agua más de lo que se debería pagar. Sufrió inclemencias, dice.

—Hay maestros a los que les gusta regar demasiado, ¿verdad? –reclama mientras desliza los ojos a su izquierda, donde está parado uno de los profesores de la escuela, y se ríe. Bajo la sombra de uno de los árboles que rodean la escuela, mientras los alumnos disfrutan del recreo, recuerdan la época en que no tenían agua.

El maestro de Matemáticas, Napoleón Lara, reclama de regreso. —Después de pasar tanto tiempo sin agua, ver ese recurso guardado en un tanque es una lástima. Cuida demasiado el agua –sentencia mientras ve a la directora. Ambos ríen, pero él solo vivió uno de los 20 años que el Centro Escolar Caserío Los Anzora Cantón Malacoff sobrevivió sin cañerías, solo con una pila de alrededor de 2.5 metros cúbicos. Sandra todavía lo recuerda con angustia.

Desde la sombra de ese árbol, la directora dirige su vista constantemente hacia un tanque de plástico negro que yace a unos 20 metros de distancia. Hay un chorro cerca del piso al que constantemente llegan los niños. Lo abren, se lavan las manos, el pelo, la cara o toman agua. Y ella se retuerce. Mira cómo uno de los alumnos deja el chorro abierto y se nota que está ahogando un grito que dice “cierren el chorro”.

Aunque no lo hace, confiesa que sus días consisten en vociferar que no boten el agua, porque el recuerdo no la deja tranquila. —Hubo un tiempo que hacían fila para tomar y (cuidábamos) que no se cayera nada, porque no sabíamos cuándo iba a venir el agua.

La crisis todavía vive en la mente de una mujer que tenía que manejar una escuela con más o menos 215 alumnos. Sin agua, la hora del recreo, cuando tenían que jugar o relajarse de las clases, muchos alumnos la pasaban yendo a traer agua a un pozo cercano. La directora le pedía a las madres que regalaran una cantarada y a los alumnos se les exigía que trajeran su agua para tomar.

Ahora los bebederos de la escuela están arruinados y los niños van a ese chorro cerca del piso a tomar agua. Usualmente ese es el lugar donde limpian los trapeadores. Ese es uno de los lujos que la escuela se puede dar desde que le llega agua: limpiar los trapeadores. Limpiar la escuela.

Hace cinco años eran parte de las escuelas que no tenían cañerías. Dos de cada 10 centros escolares en el país, según cifras del Ministerio de Educación, no tienen un sistema de abastecimiento de agua potable por cañerías, 1,139 de los 5,136 que se registran en la base de datos, aunque según la lista publicada en la página web del ministerio, hay otros 37, donde asisten 19,386 alumnos, de los que el ministerio no proporcionó información.

Esto obliga a buscar otros mecanismos. Entre los métodos que las escuelas deben usar para obtener agua están pozos, acarrear agua de ríos, lagos o nacimientos de agua, recolección de aguas lluvias por medio de cisternas o tanques, en pilas públicas, otros medios o una combinación de estos. Y hay que tener claro: agua no es lo mismo que agua potable.

En la escuela de la directora Sandra Bonilla compraban el agua a $2.50 la llenada de la pila, si la pipa podía hacerle frente a la calle de tierra que lleva hasta la escuela. Muchas veces los conductores de las pipas se rehusaban a subir porque el camino estaba lleno de hoyos. Cuando esto pasaba, se veían obligados a acarrear agua de un pozo cercano.

La falta de agua también era falta de higiene. Las verduras que cocinaban para las comidas de los alumnos las lavaban en un guacal con esa agua. No podían limpiar bien la escuela y los niños no podían lavarse bien las manos y tomaban agua de la que hubiera en la pila. Y los niños se enfermaban, padecían constantemente de diarrea.

El representante del Fondo para la Infancia de Naciones Unidas, Gordon Jonathan Lewis, explica que el acceso al agua potable es fundamental para una sociedad y “es fundamental, particularmente, cuando los niños están creciendo”. Tomando en cuenta que los niños y adolescentes pasan buena parte de su día en las escuelas, comenta, el que estas tengan agua potable es importante ya que además evita enfermedades diarreicas y el contagio de estas.

En 2014, según los datos proporcionados por el MINED, 397 escuelas con un matricula de 70,453 alumnos utilizaron pozos para obtener agua, como ese que Sandra utilizaba cuando no podían comprar agua potable. Lewis explica que agua potable solo se puede llamar al agua que se puede consumir. Al MINED también se le buscó por varias semanas para que concediera una entrevista sobre estos casos, pero no se obtuvo la cita.

Un mayo –Bonilla no recuerda de qué año– las aulas de su escuela estaban casi vacías. En total, 47 niños se enfermaron en la misma semana. La epidemia fue tal que la unidad de salud se vio obligada a dar capacitaciones, pero las infecciones intestinales continuaron en la escuela. Fue entonces que les preguntaron de dónde tomaban agua los niños y les enseñaron el pozo. —Ahí fue que nos dimos cuenta de que ese pozo estaba sucio. Había de todo... Y a la hora de que los niños jugaban, con sed salían a tomar de esa agua... iban a llenar un cántaro y de ahí todos vaciaban. Fue algo terrible... Dejamos de ir a traer agua a ese pozo.

El contador humano de agua

Ese día de 2012, cuando el agua se pudrió, Rembert Sosa tuvo que abrir una válvula y vaciar la cisterna. En 10 minutos el tanque se liberó del líquido putrefacto. Las pipadas que el candidato a diputado les regaló habían logrado llenar más o menos 1 metro de profundidad.

El director y seis alumnos se quitaron la ropa y se quedaron en shorts y chancletas. Se taparon la cara con trapos y se metieron al tanque para rociarlo con el cloro que la dueña de una librería de Santa Tecla les regaló cuando Sosa le contó lo sucedido.

Parado sobre el techo de la cisterna, que también hace de patio de recreo de la escuela, Sosa recrea la limpieza de la cisterna. Agarra la bomba imaginaria y hace como si rociara las paredes del tanque. Se tapa la cara y recuerda cómo salió con lágrimas en los ojos a causa del cloro. Después de ese evento la escuela pasó cuatro días sin agua.

Este 2 de junio el tanque está casi lleno. Acaba de llover. Rembert, a quien muchos le dicen “el profe”, levanta la tapadera de cemento con las manos y la hace a un lado. De las orillas cuelgan melenas de telas de arañas decoradas con polvo y basura. El agua está a solo 40 centímetros bajo el borde y pedazos de plástico, hojas y un palito de paleta se ven flotando sobre la superficie.

Para cerrarla, el director sujeta con ambas manos el agarradero de metal, abre las piernas para hacer balance y pone el cuadro de cemento encima de la abertura. La vuelve a poner y vuelve a tratar hasta que logra cerrar la cisterna. Este es el sustento de una escuela con un promedio de población de 300 personas diarias. Con el pie empuja el agarradero hasta el fondo. El centro escolar de San Jerónimo Los Planes se puede contar entre los pocos centros escolares del país que tienen sistema de recolección de aguas lluvias a pesar de no tener cañerías. En total, 198 usan este método.

“El profe” es una especie de medidor de agua. Cuenta los días, los centímetros, la cantidad de alumnos que orinan –300–, la cantidad de alumnos que defecan al día –calcula que la mitad. Es como una calculadora humana que vive preocupada, sumando o restando a la cantidad de agua que está guardada en ese lugar de 79 metros cúbicos que aguanta nueve pipadas de agua.

Es junio y la lluvia palía su intranquilidad porque la cisterna está casi llena con el agua que recolecta la red de canaletas sobre el techo de la escuela. Pero en época seca es otro cuento. La calculadora está a todo motor. Desde enero, cuando inicia el año escolar, sabe que solo tiene seis semanas antes de que se termine el agua. Alrededor del 26 de febrero ya no habrá más.

De ahí para adelante, él tiene que ver cómo consigue más porque que no haya agua en la escuela simplemente no es una posibilidad. —No lo racionamos. Ya es problema de gestión mío cómo lo hago. Pero la cuestión es que agua debe haber –declara en su oficina que tiene vista directa a la cisterna.

Ese tanque de cemento es la estructura que da la bienvenida a los visitantes de la escuela sentada sobre el volcán de San Salvador. Lo construyeron en 2006 con el financiamiento de una compañía privada y el director asegura que el proyecto tuvo un costo de alrededor de $17,000. Canaletas pasan por los techos de las aulas y van a terminar a una tubería que llena la cisterna cuando llueve. De ahí, una bomba impulsa el líquido a tres tanques, dos van hacia los baños y el tercero alimenta un chorro que tiene un filtro para que los alumnos tengan agua para beber.

—El problema es que es agua de consumo y es agua llovida –comenta el director, pero asegura que no tienen tantos casos de enfermedades por los filtros y el cloro que usan para limpiar el agua. Además, afirma, los niños tienen un sistema inmunológico resistente. Lo tienen que tener porque en toda la comunidad no hay agua potable. Solo hay agua lluvia o el agua que les llega por medio de pipas.

La comunidad autoabastecida

Sandra ya no sufre por la falta de agua. Cada dos días llega ese preciado bien a los chorros de su escuela a través de cañerías que están instaladas desde hace cinco años. Para la jornada entre gota y gota tiene un tanque de plástico negro que hace de reserva. Pero esa agua no le llega gracias a una institución del Estado, sino por el esfuerzo de la misma comunidad de Tonacatepeque, municipio en el que se ubica el centro escolar que dirige desde hace 11 años.

El Centro Escolar Caserío Los Anzora Cantón Malacoff es uno de los 33 centros escolares públicos que el MINED tiene registrados dentro del municipio de Tonacatepeque; de estos, según otra base del ministerio, 23 son rurales, ocho urbanos y dos no aparecen en la lista.

Según el MINED, la escuela de Sandra, al igual que otras cuatro, no tiene cañerías directas. De esta, la base de datos indica que obtiene el agua potable a través de la ONG ABAZORTO.

ABAZORTO es el acrónimo para la Asociación de Beneficiarios de Agua en la Zona Rural de Tonacatepeque, que nació en 2010 y desde entonces le da 20 metros cúbicos de agua potable gratis cada mes a la escuela del cantón Malacoff. Orlando Aguiluz, representante y uno de los fundadores de ABAZORTO, asegura que la asociación abastece con agua potable a esta y otras 10 escuelas del municipio.

El portón de la escuela está parado solitario entre dos columnas de cemento que lo sostienen al lado de una calle de tierra rodeada de árboles y paredones verdes. Para llegar al complejo de aulas todavía hay que subir una calle de tierra de alrededor de 30 metros de largo rodeada de árboles, esa misma que las pipas antes no subían porque tenía demasiados hoyos, dejando a la escuela sin agua potable.

Ahora que tienen agua hasta esa calle que antes era intransitable han podido arreglar. El terreno de la escuela colinda con una cancha de fútbol que está verde gracias a las lluvias que han caído en mayo.

El convenio al que llegaron con la directora Bonilla y los otros centros escolares a los que abastecen es que les dan cierta cantidad de agua potable gratis mientras que las escuelas se comprometen a hacer ciertas actividades. Estas incluyen mantener el área periférica del centro escolar limpio, participar en campañas de limpieza y de reforestación y mantener huertos escolares para los que la misma asociación les da las capacitaciones.

Antes de la primera aula que se ve al entrar por la calle de tierra de la escuela, hay una malla que envuelve un pequeño pedazo de tierra. Ahí crecen berenjenas, pepinos, tomates, rábanos, cebollines y unas matitas de chipilín. Todo lo ha sembrado un grupo de alumnos que han recibido capacitaciones en la asociación.

A veces, cuenta Bonilla, cuando ese grupo está trabajando en el huerto, deshaciendo tierra, algunos niños se le acercan y le preguntan: “Seño, ¿y nosotros podemos ayudarles?” El trabajo les gusta y ha sido muy beneficioso para la alimentación de los estudiantes.

—Eso es el complemento para elaborar el alimento que se les hace a diario a los niños –comenta Bonilla, quien cuenta que el año pasado cosecharon 58 chiles verdes que utilizaron en arroz verde y frijoles fritos, 22 tomates grandes y plátanos que hicieron fritos. La dieta de los alumnos está acompañada de más verduras que ahora limpian con agua potable y no dentro de un huacal con agua de un pozo sucio.

La directora declara con orgullo que ahora pueden decir que los niños comen con las manos limpias, que verifican que cada verdura, cada hortaliza que se va a utilizar para hacer comida esté bien lavada.

Según datos de las Encuestas de Indicadores Múltiples por Conglomerados (MICS) ofrecidos por UNICEF, a escala rural un 77 % de la población del país tiene acceso a fuentes de agua mejoradas. El boletín estadístico de 2013 de la ANDA indica que un 65 % de la población del país tiene acceso agua potable. ABAZORTO asegura que las juntas rurales de agua abastecen a un 30 % de la población, la UNES dice que estas solo abastecen a un 20 % de la población y Marco Fortín, presidente de la ANDA, contradijo su propia estimación en el transcurso de una conferencia de prensa el 14 de mayo: primero dijo que la institución tiene una cobertura de 80 % en la zona rural y luego dijo que es solo de 17 %.

Mientras las estadísticas cambian de acuerdo con quien las dice, la realidad de ese centro escolar en Tonacatepeque es que hasta que ABAZORTO le dio el servicio en 2010 dejó de pagar pipas y de buscar agua en pozos sucios y tuvo acceso a agua potable sin ningún costo.

Cerca del huerto escolar, Sandra Bonilla comenta que desde que tienen agua, la matrícula de alumnos ha aumentado. Antes, dice, no pasaban de los 210 alumnos, mientras que ahora esta ronda los 250. En papel, según datos del ministerio, la matrícula del centro escolar del cantón Malacoff fue de 313 alumnos el año pasado.

Las cuadrillas de la escuela

Rembert Sosa no esconde su descontento con las autoridades. Ni hacia el Ministerio de Educación ni hacia la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA). Reclama que el primero tiene abandonados a los centros escolares de las zonas rurales y que la autónoma no cumple su obligación de asegurar el derecho al agua a la población. —Como no son ellos los del problema, el problema lo tenemos nosotros. Somos los que tenemos que andarnos rebuscando –sentencia antes de asegurar que han hecho de todo para comprar agua.

Desde que recuerda, presupuesta entre $800 y $1,000 al año para adquirir agua. Cuando ya no hay fondos, afirma que él y otro profesor han sacado dinero de su bolsillo. Hasta los alumnos han puesto de las ganancias que obtienen por administrar la tienda de comida de la escuela. —Cuando ellos se dan cuenta de que ya no hay agua, se unen entre todos y compran, de la plata de ellos. O sea, es precario pero es cierto. Es lo que pasa.

Cuando no llueve deben comprar agua. La pipada cuesta entre $60 y $70. Con un presupuesto para operaciones y funcionamiento de $3,800 al año, pagar un mínimo de $540 para seis semanas de agua es una cantidad considerable.

—Cuando el Estado no cumple, las escuelas quedan a la gestión que sus directores logren tener –dice el hombre moreno de 35 años con barba corta que dirige la escuela de San Jerónimo Los Planes. Ya abandonó la idea de pedirle ayuda a ANDA. Asegura que en las oficinas de esa institución no le han dado la ayuda necesaria y que pocas veces han enviado una pipa.

El gerente de la región metropolitana de la ANDA, Hugo Santamaría, no conocía el detalle de envíos de pipas a este cantón específico, pero asegura que la institución provee pipas a centros escolares en zonas altas o alejadas y que no tienen acceso a agua potable. El problema, dice, es que no dan abasto. —Lo que pasa es que como a veces la demanda se incrementa, no tenemos suficientes pipas para mandarles a todos. A veces no con la frecuencia que nosotros quisiéramos, pero sí se les envía. Tenemos históricos de envío de pipas a centros escolares –comentó.

Séptimo Sentido hizo una solicitud de acceso a la información pública a ANDA sobre las escuelas públicas a las que provee servicio de agua potable, a la que la institución respondió que no tenía detalles al respecto porque “ANDA emite una sola factura a nombre del Ministerio de Educación”, y recomendó solicitar esa información al MINED.

El director de la escuela en el volcán de San Salvador recuerda con rencor en la voz cuando una vez venía manejando por Santa Tecla y vio una pipa de ANDA entrar a una “colonia adinerada”. En el momento, sus manos apretaron con fuerza el timón del carro por la cólera que sintió. —De seguro a llenar unas cisternas que no tienen necesidad. Vaya, pues, regálensela a ellos. También a nosotros, hombre, que nosotros necesitamos más que ellos –reclama, porque conoce las dificultades que viven los niños no solo en la escuela sino también en sus casas. En ese cantón y la mayoría de comunidades del volcán no hay agua potable.

San Jerónimo Los Planes es uno de los ocho cantones que dividen el municipio de Nejapa, que está al sur del territorio y colinda con Quezaltepeque y Santa Tecla. Según datos del almanaque 262 del PNUD, en 2009 en el área rural de Nejapa solo un 20 % de los hogares tenían acceso a agua potable.

Rembert habla frente a los baños de la escuela. Él junto a los alumnos que participan en actividades de mantenimiento pusieron el techo, luminarias y azulejos que decoran las paredes de los baños. —Por eso están disparejos –dice a modo de disculpa entre risas. Pero los baños están limpios y el director asegura que esa diferencia con otras escuelas se da porque los alumnos cuidan el trabajo que hacen.

Antes de que se instaurara la escuela de tiempo pleno, en su centro escolar ya se hacían actividades fuera de los horarios de clase. Ahora solo las han modificado para acoplarse a ese plan. Los jóvenes que tienen clases en la tarde llegan a la escuela por las mañanas para participar en otros proyectos. Lunes toca huertos; ahora, martes, fútbol; miércoles y viernes, mantenimiento.

Lo dice con orgullo al señalar la fila de seis chorros que están en la pared fuera de los baños. Aunque no tienen agua potable, sí tienen sanitarios de lavado y no de fosa como en la mayoría de escuelas rurales. “El profe” dice que le gusta que los jóvenes aprendan a confiar en lo que pueden hacer. —No porque estamos en una zona rural vamos a ser menos, intelectualmente hablando, vamos a sentir pena o vamos a sentirnos que porque estamos en el volcán somos menos que alguien, ni tampoco somos más –comenta.

El Estado ha desprovisto a las zonas rurales, explica Carlos Flores, de la UNES. Sentencia que la falta de agua en las zonas rurales se da porque “la población rural jamás en la historia de El Salvador ha tenido prioridad. En nada”. Flores asegura que siempre se ha visto con naturalidad el que las zonas rurales no tengan acceso al agua y por eso desde las instituciones no se entiende esto como un problema. Según datos de ANDA, en 2013 solo un 5 % de las conexiones domiciliares en todo el país era del área rural.

Mientras Rembert Sosa habla y cuenta las actividades en las que involucra a sus alumnos, la división de malla de la escuela deja entrever la casa vecina. Una mujer, quien viste camisa negra y tiene agarrado el pelo en un moño, lava ropa en un huacal de lata. En lo que “el profe” hablaba, colgó 23 ganchos con ropa en un alambre que atraviesa el terreno empinado. Ella tampoco tiene agua y lava la ropa en huacal.

Al igual que la vecina de la escuela, todos los habitantes de San Jerónimo y las comunidades aledañas se ven obligados a lavar ropa, platos y hacer las tareas cotidianas ya sea con agua comprada o llovida. Aunque los alumnos tienen chorros y filtros y cisterna en la escuela, en sus casas la realidad no siempre es así.

Carlos, uno de los jóvenes que están en el grupo de mantenimiento de los miércoles y viernes, cuenta que en su casa se compra agua. Cada tres días, más o menos, el joven de 17 años o uno de sus dos hermanos –de 15 y 13 años– debe acarrear agua hasta su casa. Camina una cuadra hasta donde les venden el agua. Durante una hora y media va y viene desde ahí hasta los barriles de su casa. En su casa compran 15 cantaradas a $0.10 cada una.

El costo del barril queda entre $1.50 y $2 en un cantón que es parte del municipio que en su territorio tiene al menos cuatro pozos que son parte del sistema que alimenta la región metropolitana de San Salvador. El AMSS consume el 51 % del agua que se consume a escala nacional y, además, la consume más barata que alguien que paga una pipa porque no tiene conexión.

Entre las escuelas de un mismo municipio hay grandes diferencias. Al cantón San Jerónimo y a su escuela pareciera que la vida los penaliza por el privilegio de vivir en una zona donde el Estado no lleva agua potable.

Los $60 que paga Rembert Sosa por una pipada –cuando nueve llenan el tanque de la escuela– suenan todavía más descabellados cuando se compara con lo que le paga a ANDA el Centro Escolar del Caserío La Granja Cantón Galera Quemada, que también está en Nejapa. Esta escuela, que tiene 75 alumnos más, pagó $14 cada mes de 2014 por 70 metros cúbicos de agua mensuales; es decir, a la escuela de Rembert Sosa 1 metro cúbico de agua le cuesta 34 veces más que a otro centro escolar que sí tiene cañerías.

Carlos Flores, de la UNES, cree que ANDA, que tiene la obligación de llevar agua a toda la población, debería cambiar su enfoque. En lugar de darle toda el agua posible a algunos, debería concentrarse en garantizar el derecho humano al agua de toda la población. Esto significa, dice, garantizar el mínimo de agua para vivir dignamente a todos.

La familia de Carlos, el alumno de Sosa, quizá no es de las que peor lo pasan. La falta de agua en el cantón y en la zona afecta. Afecta porque hay alumnos que ni siquiera se bañan para llegar a la escuela, cuenta Leticia Castro, la subdirectora. Tienen incluso un problema de piojos.

Los niños de parvularia del Centro Escolar de San Jerónimo Los Planes hacen fila a la par de la cocina. Desde la cocina de leña –que el director y los alumnos han ido a cortar a fincas cercanas– sale una columna de humo hacia el cielo desde hace algún rato. Los alumnos reciben una taza de plástico azul con leche y un plato con arroz y zanahoria. Ese humo, dice el director, muchas veces es sinónimo de alegría para algunos de los alumnos cuando inician su día. “La gran mayoría viene acá y dice ‘hey, hoy sí van a dar comida, hay humo’. Nombre, ese bolado a uno le eriza la piel, porque no han comido nada. Eso es horrible, eso a cualquiera le hace el corazón así (...) Hay unos que llevan para su casa. Van allá arriba a ver si no ha sobrado y en una bolsita se lo echan y se lo meten: ‘Es que mi mami tal vez no ha comido’ (dicen). O sea, eso es...”, masculla con rabia, mientras retuerce su corazón entre los puños

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