El código de Las Palmas

Las Palmas es un vecindario ubicado al sur de San Salvador que ha sido testigo de asesinatos, masacres, redadas, proyectos sociales e iniciativas a favor de la niñez. Mientras algunos vecinos luchan por desestigmatizar a la comunidad, otros buscan ejercer un control que se basa en el miedo para exigir silencio.
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<p>Los cadáveres de Daniel Alexander y Luis Alfredo quedaron tirados sobre la acera, abrazados. Como en un intento de protección mutua, sus figuras delgadas, de 12 años, terminaron frente a frente. Cerca de ellos, junto a una ringlera de bancos de plástico, Mayra Lisseth, de 15 años, también había dejado de respirar. Minutos antes de las 5 de la mañana, el viernes 2 de junio de 2006, terminaban de montar una pupusería ambulante, en la calle Circunvalación del Plan de la Laguna, en Antiguo Cuscatlán. Minutos después, una lluvia de balas los alcanzó. A Vilma Santos, de 40 años, madre de Daniel y la dueña del negocio, esa lluvia le impactó la cabeza y el vientre, donde otra vida llevaba cinco meses gestándose. Lo único que escucharon de los verdugos, que salieron de un BMW negro, fue un “¡no se muevan!” Solo logró escapar la madre de Luis.</p><p>&nbsp;</p><p>Tanto las víctimas como sus verdugos convivían en la comunidad Las Palmas. Este vecindario de San Salvador que se ganó el apellido “peligroso”, y estuvo en las agendas de las autoridades y medios de comunicación. Han pasado seis años desde aquella mañana de junio, capturas masivas de pandilleros y programas de prevención de la violencia. Ahora esta comunidad promete estar pacífica, mejorada, cambiada.</p><p>&nbsp;</p><p>Como valla de recibimiento, hay un mural en el que ha sido pintada la figura de un niño de rodillas. Tiene las palmas de las manos juntas y dirige una expresión angelical hacia el cielo, de donde brotan rayos de luz. A la izquierda, hay una leyenda en letras colochas que dice: “Es un orgullo ser salvadoreño, pero es una bendición ser de Las Palmas”. Detrás de esta imagen, hay un laberinto de casas, calles y pasajes. Parecen los extremos de una telaraña, una telaraña que empezamos a recorrer.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p> La calle en la que está pintada esta imagen se llama El Bambú. Antes de 1940, cuando esta comunidad empezó a poblarse, aquí era un basurero municipal. Ahora, más de 70 años después, viven más de 1,500 familias y sus alrededores están atestados de ventas. A la derecha, una mujer trigueña y regordeta embadurna de salsa un plato con papas fritas. Al frente, un hombre de mostacho ordena verduras en jabas de plástico. Un poco más lejos huele a empanadas que se doran en aceite hirviendo. Unas seis casas antes del mural se escuchan detonaciones y efectos especiales que provienen de la película que se reproducen en una videoteca de DVD piratas.</p><p>&nbsp;</p><p>Hay gente por todos lados: mujeres envueltas en vestidos largos y con la cabeza tapada, niños que se que corretean, hombres que se carcajean en una esquina, jovencitas acicaladas que van hablando por teléfono, y algunos adolescentes malencarados que vienen caminando y nos miran con recelo. Se detienen a unos siete metros de nosotros. Ven a Gabriel –alto, robusto, trigueño y con aspecto bonachón–, vuelven a mirarme y avanzan hacia la derecha. Disimulo haberme dado cuenta y sigo a Gabriel, un joven que nació y creció aquí, que convivió con los niños que asesinaron –quienes hoy tendrían su edad–, y que gasta todo su tiempo libre en trabajar por y con los niños de la comunidad. Vamos hacia la casa cultural en la que es voluntario. </p><p>&nbsp;</p><p>Mientras caminamos por la calle adoquinada, los vecinos lanzan miradas de desconfianza. Algunos hasta ven con temor. Intento platicar con mujeres, ancianos y jóvenes que saludan a Gabriel. Son corteses pero cortantes: “fíjese que no me acuerdo”, responde una mujer que lleva un guacal de masa en la cabeza; “no tengo nada que decir”, escupe un hombre moreno y barrigón que transita sin camisa; “aquí va a estar yuca que le digan algo”, dice entre dientes una mujer de cabello rizado mientras avanza con una niña en brazos. El resto procura responder con monosílabos y solo da cucharaditas de información. Si alguno se anima a decir algo sobre Vilma Santos u otra de las víctimas de hace seis años, baja la voz y mira a los lados.</p><p>&nbsp;</p><p>Después de un par de cuadras de recorrido, se aproxima un quinteto de niños escuálidos que juega con un cilindro de gas propano acabado de comprar. Entre carcajadas y bromas, los cinco, sin camisa, compiten para demostrar quién de ellos resiste más tiempo con el cilindro sobre la espalda, y se pierden en uno de los pasajes torcidos. Hace seis años era común ver a Luis Alfredo y a Daniel Alexander en juegos similares. Ambos ayudaban a sus madres en la preparación y venta de comida. Iban a buscar gas con frecuencia, para que la producción de sopa de patas –de las mejores que hacían en Las Palmas, según algunos– y de otros platillos se diera, sin interrupciones, cada fin de semana.</p><p>&nbsp;</p><p>Ese primer fin de semana de junio de hace seis años, los habitantes de esta comunidad no pudieron abastecerse de ese caldo anaranjado y espeso que preparaba Vilma. Esta comunidad, más que haber resultado herida al saber de la masacre, pareciera que recibió una sentencia de guardar silencio. En estos primeros minutos dentro de Las Palmas solo se percibe temor a hablar sobre masacre, pandillas, extorsiones, y otros crímenes que han sucedido en las entrañas de este lugar. Son temas de los que no se oye cuchichear a ninguna vecina. Y Gabriel participa de ese pacto sigiloso, evade preguntas sobre los hechos que, se supone, son el pasado de la comunidad. Sin embargo, la tensión que se respira aquí solo permite pensar en que más que un pasado podría ser un presente recurrente.</p><p>&nbsp;</p><p>Hemos llegado a la Casa Cultural de Las Palmas. Es una estructura de unos 15 metros de largo resguardada por un portón metálico, grueso y negro. Da la impresión de que han pasado varios años desde que fue pintada por última vez. No está en las mejores condiciones, pero este es el único lugar, hasta el momento, que no irradia tensión, ni fomenta paranoia. Inspira tranquilidad.</p><p>&nbsp;</p><p> Adentro, sobre unas mesas y sillas miniaturas, tres niñas y un niño de no más de 10 años están coloreando páginas que tienen impresas figuras de animales. Son coordinados por un joven blanco que se acomoda los lentes cada vez que se dirige a los infantes. Entre sus instrucciones amables, se cuelan los acordes de una balada rock que tiene a todo volumen la vecina de la casa de la izquierda. Mientras los niños colorean un pato, un perro y un gusano, la vecina grita al compás de Alejandra Guzmán “hacer el amor con otro, no, no, no”. Los niños no parecen perturbados, como si estuvieran adaptados a la estridencia del entorno. Aun así, esta casa no deja de parecer una especie de campo de protección.</p><p>&nbsp;</p><p>Aquí el instructor de dibujo también es acompañado por una pareja de esposos jóvenes. Hace casi un año, ambos asumieron las riendas de este proyecto que fue creado, a finales de los noventa, por la Fundación Salvadoreña de Desarrollo y Vivienda Mínima (FUNDASAL). De acuerdo con Arturo Sánchez, el director de la casa cultural, fue pensada para que los niños y jóvenes de la comunidad tuvieran una alternativa para pasar su tiempo libre, estudiar, jugar y alejarse de la violencia que los rodeaba –también habla de la violencia como un espanto del pasado.</p><p>&nbsp;</p><p>Algunos voluntarios organizaron talleres de dibujo y pintura, clases de refuerzo escolar, capacitaciones básicas en computación y cursos de inglés. FUNDASAL aportó el equipo y sufragaba los gastos. Sin embargo, retiró su apoyo por un recorte de presupuesto y dejó la casa a cargo de la comunidad. Después de varias administraciones, esta casa en la que estos niños están discutiendo para coronar al dibujo mejor coloreado estuvo a punto de cerrar. Arturo –blanco, risueño y con voz jovial– y su esposa, Marta, apoyados por el párroco de la comunidad, decidieron intentar levantarla. “Tuvimos que vender algunas cosas personales para pagar los recibos”, dice a la vez que anima a los niños a que sigan coloreando.</p><p>&nbsp;</p><p> “Como los maestros de las escuelas públicas decidieron no dar clases toda la semana, han venido poquitos niños. No tienen deberes”, asegura Marta –morena, colocha y de voz dulzona– mientras le cede una de las únicas tres computadoras que sirven –de nueve– a un adolescente que acaba de entrar. “Aquí muchos jóvenes ya no van a la escuela, pero como aprendieron a leer y a escribir, vienen a ver su Facebook”, comenta. Más tarde, sabré que la mayoría deserta por la necesidad de aportar dinero a sus casas. Buscan un trabajo de lo que sea y algunos, desde los nueve años, descienden al río Acelhuate para buscar metales y venderlos.</p><p>&nbsp;</p><p>Arturo y Marta aseguran que, cuando han buscado trabajo, les han dicho “cumple con los requisitos del puesto, pero vive en Las Palmas y no podemos arriesgarnos”. Están desempleados y subsisten gracias a una beca que una universidad privada les concedió a ambos. Así estudian y saldan sus deudas personales. No reciben paga por su trabajo aquí, porque no hay fondos. Alquilan esta casa para todo tipo de actividades, así pagan gastos de operación. Aquí se celebran desde cultos evangélicos hasta fiestas donde el alcohol es el principal protagonista. “Lo único que les pedimos es que no dañen nada de lo que está en la casa y que la entreguen limpia y ordenada”, alega Marta.</p><p>&nbsp;</p><p>También subsidian la energía eléctrica del puesto de la PNC que está pegado a la casa. Desde 2006, después de una redada que encarceló a varios pandilleros de la comunidad, la policía puso una condición para establecerse dentro. Los habitantes de Las Palmas tenían que sufragarles el local, el agua y la energía eléctrica. “Nos dijeron que si les llegamos a quitar la luz, se van. Por eso vemos cómo hacer para no dejar de pasarles el cable”, asegura Arturo después de ayudar a Marta a recoger unos papeles rotos. “Aquí todo se paga con un ‘gracias’ o con horas sociales”, menciona Marta. La misma universidad que les permite estudiar a estos esposos veinteañeros envía estudiantes a que realicen su servicio social.</p><p>&nbsp;</p><p>Les pregunto si ya no hay peligro de que ingrese un desconocido a Las Palmas, como antes.</p><p>&nbsp;</p><p>—Cada vez que viene un nuevo voluntario, lo llevamos a hacer un recorrido por toda la comunidad –trata de evadir Arturo.</p><p> —Entonces, ¿correrían peligro si entraran sin ustedes?</p><p>&nbsp;</p><p>Se pone nervioso. Mira a Marta y guarda silencio unos segundos.</p><p>&nbsp;</p><p> —Eh... no. Solo nos preocupa que la comunidad los conozca.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>Los niños han terminado de dibujar y están jugando en un patio reducido de la casa, que está a la orilla del río Acelhuate que hoy huele a podredumbre. Arturo se atreve a hablar un poco más. Dice que sí hay pandilleros en la comunidad, que sus mismos hijos y familiares se benefician de los talleres y actividades. Recalca que respetan todas las actividades que organiza la casa cultural y a los voluntarios que buscan ayudar.</p><p>&nbsp;</p><p> Cuenta que aquí también funciona un comedor infantil que, desde 2009, cada sábado alimenta a más de 150 infantes. Dice que algunos se sientan en el suelo porque no hay más de 60 sillas, y que otros se van a comer al patio sin reparar en la pestilencia perenne que se mantiene en el río. Enfatiza que, en estos próximos meses, el comedor podría desaparecer por falta de presupuesto.</p><p>&nbsp;</p><p>Como sé que ni Arturo, ni Marta, ni Gabriel se atreverán a contarme más sobre las pandillas de este vecindario, les pido que vayamos al puesto de policía y donde alguno de los directivos de la comunidad.</p><p>&nbsp;</p><p> Fuera de este portón negro, grueso y seguro, el ambiente hostil no ha cambiado. Gabriel y yo llegamos al puesto policial, mientras Arturo va por el presidente de la comunidad. El espacio es reducido, de no más de siete metros, quizá. Tiene dos cocinas eléctricas y un televisor que se alimentan con la energía de la casa cultural. Hay dos soldados delgados y un policía moreno. Están viendo un programa que ventila los problemas personales de sus panelistas. El resto está patrullando.</p><p>&nbsp;</p><p> Cuando entramos, ellos también nos disparan miradas de desconfianza. Pregunto sobre los delitos que más han registrado. A regañadientes, el policía contesta que lo más común son pleitos entre vecinos. Asegura que ellos saben de la extorsión que deben pagar todos los camiones repartidores que ingresen, y la cuota que deben cancelar algunas tiendas. Luego, en tono argumentativo, alega que ellos no pueden hacer nada contra las extorsiones porque ningún vecino se atreve a mencionar nada, mucho menos a denunciar.</p><p>&nbsp;</p><p> Salimos. El presidente de Las Palmas está esperándonos en la casa comunal, tres metros después de este puesto policial. Ingresamos a una galera de concreto, amplia y bien aseada. Adentro está un hombre trigueño, robusto y de apariencia seria. Es Mauricio Castro, el presidente. Está frente a un escritorio en el que hay varias carpetas amarillentas. Las hace a un lado y empieza a hablar con elocuencia pero interrumpido por intermitentes respiraciones profundas, casi como aspiraciones.</p><p>&nbsp;</p><p>Atribuye la mala fama de Las Palmas a medios de comunicación amarillistas y a periodistas malintencionados. Asegura, como discurso político, que este lugar ha cambiado, que hay actividades para que los jóvenes se alejen de la violencia. Habla de más de 50 equipos deportivos, de capacitaciones laborales, de clases de aeróbicos y de breakdance y de alfabetización de adultos. Asegura que se vive en un clima estable y que la violencia ha mermado, que ingresa gente de afuera y que no le pasa nada, que la PNC casi no registra asaltos ni extorsiones, y que los errores se están reivindicando. Sonríe.</p><p>&nbsp;</p><p>Le menciono la masacre y se le corta la sonrisa. “No vamos a obviar que fue una crueldad, que todos lo sentimos y que fue un pesar, porque eran personas muy queridas. El trasfondo es más complicado”, dice como con solemnidad. Menciona hechos previos. Argumenta. No puedo evitar pensar en un abogado defensor. Sus palabras, su tono y sus gestos dan la impresión de que estuviera protegiendo a los victimarios. Según él, la escena de la tragedia que nunca figuró en la prensa sucedió así: </p><p>&nbsp;</p><p> El esposo de Vilma Santos era violento. Los pandilleros tenían una especie de puesto de vigilancia, donde fiscalizaban quién entraba y quién salía de Las Palmas. Una madrugada, el hombre se conducía ebrio en su pick up viejo y oxidado. Le pidieron que parara. Como respuesta, intentó echarles el pick up encima. Luego se detuvo, sacó un arma y les disparó. “El problema más grande es que ellos pusieron una denuncia, vino la policía e hizo su show. Se fueron presos varios de ellos (pandilleros) y desembocó esto”, enfatiza como si hubiera una relación lógica que validara que denunciar puede implicar morir acribillado.</p><p>&nbsp;</p><p> —Aquí nosotros tenemos el famoso dicho “ver, oír y callar”. Lo mejor, al saber algo, es no meterse. Entre menos sepa uno, menos involucrado está. Y si uno no se mete con ellos, ellos no se meten con uno –dice como si estuviera recitando la oración a la bandera.</p><p> —Entonces, ¿la tregua no ha venido a cambiar nada? La gente todavía teme por su vida y calla.</p><p> —Nosotros hablamos con libertad –se contradice–, el problema puede ser el sentido que le des a la plática.</p><p>&nbsp;</p><p>Dice que hay gente que cree que él está asociado con las pandillas. Defiende que, como el obispo castrense, Fabio Colindres, él es solo un intermediario. Asegura que ha estado luchando para reinsertarlos desde 2005, y que ahora, con la junta directiva, reúne dinero y compra papel higiénico y jabón para pandilleros presos. “Para que sepan que todavía son de la comunidad y que la comunidad está esperando que tengan un cambio real”, recalca.</p><p>&nbsp;</p><p>Lo que sí ha cambiado en estos cuatro meses, desde que las pandillas decidieron frenar sus asesinatos, son las condiciones de algunos pandilleros que están bajo prisión. Fueron 30 los condenados trasladados del penal de máxima seguridad, en Zacatecoluca, hacia otros con menores regímenes. César Renderos “el Muerto”, sentenciado como autor intelectual de la masacre de Vilma Santos y los tres menores, habita en el penal de Izalco desde el 8 de marzo de 2012. Tanto él como César Vidal y Raúl Mariona fueron declarados culpables y condenados a 75 años de prisión en 2007. Y aunque Vidal y Mariona sigan en el penal de Zacatecoluca, cuentan, como los demás reos, con beneficios consecuentes con la renombrada tregua. Según las declaraciones que emitió a LA PRENSA GRÁFICA Nelson Rauda, el director de Centros Penales, ahora los reos tienen dos horas más de visita. También pueden recibir hasta cuatro familiares y ver a sus hijos.</p><p>&nbsp;</p><p>Henry Soriano y Miguel Calderón, los otros dos implicados en la masacre, por no tener 18 años cuando cometieron los delitos por los cuales los juzgaron, recibieron la pena máxima para menores en esos días: siete años de internamiento en un centro de Ahuachapán. Ahora, mientras llega octubre de 2013, ya pueden recibir visita íntima y clases de inglés. Todo esto por la tregua que, aquí en Las Palmas, no parece ser suficiente como para que su gente pierda el miedo de hablar. La última vecina ajusticiada por los mismos pandilleros con quien compartió el vecindario dejó este mundo en 2009, tres años después de la masacre.</p><p>&nbsp;</p><p>Después de hablar con el presidente comunal volvemos a la calle adoquinada. Seguimos derecho hasta llegar al sector 17 de Las Palmas, la última etapa en construirse. Más tarde vecinos de otros sectores me dirán que aquí está la meca de la venta de drogas. Que hay una especie de base central de pandilleros, y que es una porción de la comunidad a la que le temen hasta los mismos residentes. Asegurarán que por tales razones le apodan “la ciudad perdida”. Estamos por entrar en ella. Seguimos recto unos 150 metros, cruzamos a la izquierda y nos encontramos con tres jóvenes delgados de mirada penetrante. Nos escanean de pie a cabeza y se apartan. Uno de ellos se tapa el rostro cuando mira el lente del fotoperiodista que nos acompaña. Gabriel se ha puesto nervioso y me ha visto como queriendo decir que nos larguemos de aquí. Arturo los saluda. No le responden. Avanzamos. Hay un grupo de hombres y mujeres que departen cerca del río Acelhuate. Algunos beben cervezas. También hay dos niños de no más de tres años. No se mutan y siguen en lo suyo.</p><p>&nbsp;</p><p>Aquí las casas parecen más grandes. Varias tienen segunda planta y están bien pintadas. Como en efecto de cascada, los habitantes de casi todas estas casas se asoman por las puertas o por las ventanas para vernos. Algunos sonríen y saludan. Otros, con cara de pocos amigos, nos evaden. El rostro bonachón de Gabriel se ha tensado. Está claro que no está cómodo, que se quiere largar. Quizá comparta conmigo esta sensación de que estamos vigilados.</p><p>&nbsp;</p><p>En la última casa del sector, cuatro niños juegan en un pedazo de suelo donde se dibujan diminutas grietas. Huele a orines. Abajo, sobre unas piedras grandes bañadas por el río, dos hombres están fumando crack.</p><p>&nbsp;</p><p> —Venga, mire –me jala del brazo una anciana–, mi casita se me está cayendo.</p><p>&nbsp;</p><p>Una cueva está creciendo debajo de este suelo. Asegura que el año pasado tres familias perdieron sus casas por derrumbes y que, como ella, al menos otras cuatro están en peligro durante esta época lluviosa. Como en Las Palmas hay más de 9,700 habitantes, según la directiva comunal, y como por cada casa viven un promedio de ocho personas –según un diagnóstico que el Ministerio de Justicia y Seguridad Pública hizo en 2009–, podría haber problemas para reubicar a estas familias. FUNDASAL inició a construir un muro de contención para evitar más pérdidas, pero ha parado desde hace varias semanas y, de acuerdo con Arturo, no han dicho cuándo continuarán.</p><p>&nbsp;</p><p>Después de salir de la ciudad perdida, hemos recorrido tantos pasajes laberínticos con nombres de plantas y flores que ya perdí el sentido de ubicación. Entre callejones estrechos y casas multiformes, unos niños juegan al trabajo con una computadora de juguete. Son custodiados por su madre. Gabriel recuerda que cuando Daniel Alexander estaba vivo, y la cancha todavía era de polvo, jugaba fútbol hasta sin zapatos, con tal de no arruinar los que tenía. También recuerda que no tenía miedo ni asco de meterse al río cuando se les iba la pelota. Ahora, por la falta de espacios recreativos, muchos pequeños se atraviesan el Acelhuate hasta llegar a una poza de agua clara que colinda con el torrente que apesta a heces podridas. Juegan y se sumergen en ella. Quizá Daniel también lo hizo, pero acá nadie lo recuerda.</p><p>&nbsp;</p><p>Algunos residentes dicen que tienen una clínica comunitaria que solo abre los martes por la mañana, y que desde las 6 hacen largas filas para poder ser atendidos por un único doctor. Muchos se quedan sin recibir consulta y esperan hasta la semana siguiente. También cuentan que el Ministerio de Salud no imparte charlas sobre salud sexual ni siquiera en la escuela de la comunidad.</p><p>&nbsp;</p><p> Llegamos al pasaje “los jazmines”. Ha sido después de seis años que alguien más se ha atrevido a poblar la casa de Vilma Santos y su familia. Esta casa que está siendo remodelada por unos albañiles será una iglesia evangélica que se llamará “Fuente de Vida Eterna”. De aquí sacaba Vilma Santos sus sopas olorosas. Aquí vivió con su familia que solo recibió balas a cambio de colaborar con las autoridades. Fueron los testigos principales de una investigación policial que mandó a la cárcel a 16 vecinos pandilleros el 5 de abril de 2006. Aquí fueron amenazados con pistolas días antes de ser acribillados. Aquí quedaron desprotegidos por esas mismas autoridades que hoy quieren extirpar la violencia cortándole sus ramas. No han bastado todas las muertes de testigos para que reparen en la raíz, que está en comunidades como esta, donde niñas de 13 años juegan con muñecos vivientes que albergaron en sus vientres, algunos, fecundados por pandilleros.</p><p>&nbsp;</p><p>Y no han sido los únicos de la comunidad que han padecido de ese desamparo por las autoridades. También fue amenazada de muerte una vendedora de frutas, quien huyó con toda su familia, porque un mes después de la masacre llegaban demasiados agentes policiales a su negocio. En agosto de 2009, fue asesinada, en un microbús de la ruta 42, una mujer de la directiva por solicitar patrullajes constantes a la PNC. Aquí dar información puede costar la vida.</p><p>&nbsp;</p><p>Días después, Rodrigo Ávila, quien fungió como director de la PNC cuando sucedió la masacre, me dirá que la información que desembocaba en redadas colectivas, como la que permitió capturar a los autores del homicidio, no fue facilitada por sus habitantes. “Enviamos gente y el delincuente no sabía si era un policía o un paletero, una señora que andaba vendiendo artículos de belleza. Vendíamos mango, y hasta metimos pedigüeños, pero eran policías para capturar en flagrancia a los mareros”, asegurará. Pero ni los disfraces de paleteros, ni las redadas, ni la mano dura, ni la mano amiga, ni la tregua, ni los traslados han impedido que niños desde los seis años lleguen a la casa cultural hablando rudo, haciendo señas, jugando a ser pandilleros e intentando someter a los demás pequeños, porque es lo que ven a diario, todavía.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>Hemos vuelto al lugar de donde partimos. Gabriel y Arturo creen que los niños están por salir de la casa cultural. Durante nuestro retorno, varios infantes preguntaron qué habría de comer para el próximo sábado. Todavía no lo saben. Tendrán que revisar con cuánto dinero cuentan y para qué ingredientes alcanza. Tampoco hay hojas de papel, ni suficientes materiales para las actividades de la casa cultural. Y estos voluntarios no encuentran de qué manera seguir con sus intentos por atender a los más pequeños de Las Palmas.</p><p>&nbsp;</p><p>Antes de partir, de entre uno de los pasajes torcidos surgen dos figuras delgadas de no mucho más que un metro de estatura. Tendrán, cuando mucho, siete años. Cada uno porta una pistola de juguete. Al caminar, se tambalean de izquierda a derecha. Apuntan al vacío. Se esconden en una pared de esquina. Fruncen el ceño y se comunican con ademanes. Hacen como que cargan las armas de plástico. Primero sacan la cabeza de la esquina, después, el resto de su cuerpo. Se paran con el pecho hinchado, con la expresión de un sicario miniatura. Salen corriendo. Uno de ellos grita: </p><p>&nbsp;</p><p> —¡Vamos, compadre! Ahí está el que nos tenemos que echar.

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