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El confort del olvido

Nuestros pueblos, los latinoamericanos, parecen tener memoria de corto plazo. No estamos particularmente interesados en enterarnos de lo que sucede, muchas veces preferimos evadir.
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Una cadena peruana hizo la semana pasada un experimento curioso: mandaron un equipo de reportero y camarógrafo a las calles a preguntarle a la gente si sabían por qué estaba preso Alberto Fujimori. El resultado fue triste, revelador, y se volvió viral.

El hecho es que pocos recordaban por qué Fujimori, presidente de Perú entre 1990 y 2000, ahora está en prisión. Pocos sabían decir quién era, incluso. Mientras más joven el entrevistado, más confusión le causaba la respuesta. Risas nerviosas, gestos de desconfianza y largos silencios eran las respuestas que recibían los reporteros.

Las reacciones en Perú fueron enérgicas. Un periodista llegó a escribir un editorial con el nada suavizado título de “Fujimori está preso por asesino y por ladrón”. En general se lamentaba que un hecho relativamente reciente como el encarcelamiento de un expresidente que fue juzgado y condenado a 25 años de prisión por crímenes de lesa humanidad y por corrupción sea desconocido por tanta gente.

Nuestros pueblos, los latinoamericanos, parecen tener memoria de corto plazo. No estamos particularmente interesados en enterarnos de lo que sucede, muchas veces preferimos evadir darnos cuenta para poder seguir con nuestra vida mientras no nos alcance algún zarpazo de realidad. Y cuando nos enteramos porque un hecho es demasiado escandaloso como para ignorarlo, la indignación nos dura poco.

Las redes sociales y el microcosmos que constituyen son buenos ejemplos de esta dinámica. Lo que repudiamos hoy es sustituido mañana por comentarios de un partido, y al día siguiente por mofas hacia alguna figura pública que se equivocó, y al siguiente por el asombro ante algún fenómeno celestial, y al siguiente por algún nuevo meme...

Y así vamos olvidando nuestra historia, cuando no maquillándola, suavizándola. Y los sectores poderosos saben sacar provecho de ello, lo han hecho antes, lo siguen haciendo hoy y así será en el futuro mientras no tomemos conciencia de que debemos saber de dónde venimos para tener certeza de la ruta hacia la que queremos dirigirnos.

Pueblo que no sabe su historia es pueblo condenado a irrevocable muerte, decía Marcelino Menéndez Pelayo. Y en nuestros países tenemos casos y casos para sumar a esta afirmación: olvidamos pronto y reelegimos en cargos a exfuncionarios que no mostraron capacidad ni probidad. Olvidamos pronto y hay incluso exprófugos buscando cargos públicos. Olvidamos pronto y se le vuelve a confiar dinero público al que alguna vez desfalcó. Olvidamos pronto y nos sumimos en políticas represivas que una vez nos condujeron incluso a la guerra.

El reto es grande. Vivimos ahora en sociedades en las que el consumismo y la saturación mediática son perfectos caldos de cultivo para poblaciones indiferentes. Tenemos deficiencias en educación y en salud, y niveles de pobreza que aún hacen que la principal lucha diaria sea la búsqueda del sustento. Y para quienes tienen asegurado más de lo básico, es más cómodo girar la mirada que ver lo mal que estamos.

¿Se puede acusar a los jóvenes por no conocer la historia? ¿La recordamos quienes incluso la vivimos? ¿Hay solución para la apatía ante lo que le sucede al otro? Son preguntas que debemos plantearnos, y responder con la conciencia de que mientras más me informo, mientras más me involucro, mientras más intento recordar por lo que hemos pasado, seré un ciudadano mejor para el país mejor que todos anhelamos.

Cerrar los ojos mientras la casa se cae a pedazos no resuelve nada. Asumir demencia mientras las cosas malas le pasan a mi vecino, a mi compañero, a mi conocido, esperando que no lleguen a mí tampoco es una opción. Saber lo que pasa, entender por qué sucede, tener presente lo que nos ha llevado hasta aquí nos permitirá tener una mejor visión a la hora de buscar soluciones, y de plantearnos lo que cada uno, desde su propio lugar y posibilidades, puede hacer para ayudar.

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