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El drama de ser haitiano en República Dominicana

Miles de haitianos y descendientes de haitianos han sido deportados de la República Dominicana después de que en junio de 2015 se cerró el período para que regularizaran su situación. Los afectados afirman que han sido víctimas de hostigamientos por parte de la Dirección General de Migración (DGM) y que en el proceso no han tenido la oportunidad de apelar, lo que niega el Gobierno dominicano. Buena parte de los expulsados han recalado campamentos como el de Parc Kadó, Haití, donde sobreviven en condiciones infrahumanas, sin acceso a alimentos.
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Excepción.  25,000 personas cruzan de Haití a República Dominicana para hacer sus compras en un mercado informal cada día. Parte de ellos lo hacen a través del río Masacre, el mismo en el que miles de haitianos fueron asesinados en 1937 por órdenes del dictador Rafael Trujillo.

Excepción. 25,000 personas cruzan de Haití a República Dominicana para hacer sus compras en un mercado informal cada día. Parte de ellos lo hacen a través del río Masacre, el mismo en el que miles de haitianos fueron asesinados en 1937 por órdenes del dictador Rafael Trujillo.

Espera. Un niño mira impaciente por encima de la puerta del cruce fronterizo de Dajabón, el principal entre los dos países que forman la isla.

Espera. Un niño mira impaciente por encima de la puerta del cruce fronterizo de Dajabón, el principal entre los dos países que forman la isla.

De gran magnitud.  Arriba, el mercado informal de Dajabón. Abajo, uno de los militares que intentan controlar, junto a agentes del DGM, el tránsito en el sitio: un imposible.

De gran magnitud. Arriba, el mercado informal de Dajabón. Abajo, uno de los militares que intentan controlar, junto a agentes del DGM, el tránsito en el sitio: un imposible.

El rostro.  Una niña come lo que puede en el campamento de Parc Kadó, Haití. Según el Banco Mundial, República Dominicana tenía en 2014 un PIB de $63.97 mil millones. El de Haití equivalía a la séptima parte de esa cifra.

El rostro. Una niña come lo que puede en el campamento de Parc Kadó, Haití. Según el Banco Mundial, República Dominicana tenía en 2014 un PIB de $63.97 mil millones. El de Haití equivalía a la séptima parte de esa cifra.

El campamento.   Un grupo de jóvenes ayuda a construir una nueva casa para su madre utilizando los materiales que tienen a la mano en Parc Kadó. En el sitio recalan la mayoría de deportados.

El campamento. Un grupo de jóvenes ayuda a construir una nueva casa para su madre utilizando los materiales que tienen a la mano en Parc Kadó. En el sitio recalan la mayoría de deportados.

El drama de ser haitiano en República Dominicana

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El drama de ser haitiano en República Dominicana

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Los portones de la frontera se abren a las 8 de la mañana y un río crecido de personas empieza a fluir silencioso, solemne, imponente e imparable, envuelto en un vaho asfixiante. Vienen muchas mujeres, algunos hombres, niños, lisiados, algunos en carretillas y motocicletas, pero la inmensa mayoría a pie, cargando enormes paquetes de mercancía en la cabeza.

Es la calurosa mañana de un viernes y esto es Dajabón, donde está el principal cruce fronterizo entre la República Dominicana y Haití. Los lunes y los viernes se lleva a cabo lo que se conoce como el mercado binacional, una pausa que dos veces a la semana la República Dominicana hace en sus ancestrales recelos contra sus vecinos en La Española y permite que crucen de 25,000 a 30,000 haitianos cada día, que vienen a vender o intercambiar de todo lo que se pueda imaginar en el lado dominicano de la frontera.



Espera. Un niño mira impaciente por encima de la puerta del cruce fronterizo de Dajabón, el principal entre los dos países que forman la isla.

Como una hoja arrastrada por el agua, en el río crecido de personas viene Wihleim. Tiene 10 años, usa una camisa roja y negra que le queda muy grande. Le gustaría tener más tiempo para jugar fútbol y hace tiempo no va a la escuela.

A diario viene a Dajabón a pie desde su casa en la localidad haitiana de Ouanaminthe, contigua a la frontera, donde vive con su madre y una hermana mayor, a trabajar.

Puede vérsele cargando un racimo de plátanos, un saco de legumbres, velando una de las omnipresentes motocicletas chinas de tres ruedas, lo que sea, a cambio de algunas monedas. Tiene que llevar a casa un mínimo de 200 pesos dominicanos diarios (más o menos $4). Si se gana más de eso, come durante el día. Si no, pues no.


De gran magnitud. El mercado informal de Dajabón, en República Dominicana.

Eso es lo que andan buscándose Wihleim y otros cientos de niños que vagan a diario por las comunidades fronterizas y cuyos casos ilustran las profundas complejidades del drama migratorio que protagonizan Haití y la República Dominicana, países por siglos entrelazados el uno al otro como las venas en el cuerpo y que están viviendo un doloroso proceso de desenmarañamiento, que alcanzó su clímax hace justo un año.

En junio de 2015 la República Dominicana comenzó a deportar a decenas de miles de haitianos o dominicanos descendientes de haitianos, en un proceso que ha sido objeto de severas condenas por la manera rotunda en que se tramitan las deportaciones y por la ausencia de mecanismos para que los repatriados puedan impugnar el desenlace.

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Las deportaciones masivas han enviado reverberaciones de terror entre los incontables haitianos y descendientes de haitianos que viven en ese país, lo que ha provocado que miles, con o sin documentos, se hayan desplazado voluntariamente a Haití, uno de los países más pobres del mundo y que en este momento vive, otra vez, una profunda crisis política tras las impugnadas elecciones de octubre del año pasado.


Imposible. Uno de los militares que intentan controlar, junto a agentes del DGM, el tránsito en el sitio.

“Ha habido muchas repatriaciones abusivas”, dijo Hilda Peña, una dominicana que es coordinadora nacional de la Red Fronteriza de Promoción de Derechos Humanos, una organización no gubernamental de ayuda a repatriados.

En septiembre de 2013 el Tribunal Constitucional Dominicano emitió una polémica determinación que estableció que los hijos de indocumentados nacidos en ese país carecían de nacionalidad dominicana y podían ser expulsados de inmediato.

La decisión tenía un efecto en especial devastador entre inmigrantes haitianos y sus descendientes, pues la frontera entre ambos países existe más en los mapas que en la vida real. Por siglos la han cruzado libremente cuantos quieren, cuando quieren y como quieren, para quedarse todo lo que quieran.

Protestas de la comunidad internacional obligaron al Gobierno dominicano a establecer un período de 18 meses durante los cuales los hijos de inmigrantes nacidos en la República Dominicana pudieran regularizar su situación, siempre que pudieran probar que, en efecto, habían nacido en Quisqueya, el otro nombre con el que sus habitantes conocen a la República Dominicana. El período de regularización comenzó en noviembre de 2013 y terminó en junio de 2015.



El campamento. Un grupo de jóvenes ayuda a construir una nueva casa para su madre utilizando los materiales que tienen a la mano en Parc Kadó. En el sitio recalan la mayoría de deportados.

Cerca de 288,000 lograron salir de las sombras y regularizar su situación. Un informe de Amnistía Internacional (AI) difundido el mes pasado decía, citando cifras de la Organización Internacional de Migraciones, que 106,664 haitianos han cruzado la frontera desde junio de 2015, de los cuales 40,281 fueron repatriados por las autoridades dominicanas. Los restantes 66,383 abandonaron voluntariamente el país, temiendo ser hostigados por la Dirección General de Migración (DGM) de la República Dominicana, según AI.

Días después del informe, el director de la DGM, Rubén Paulino Sem, indicó a medios dominicanos que el número de repatriados desde junio del año pasado es de 31,164, pero incluye a personas de 23 países. Además, según Sem, 113,320 (incluyendo 23,286 niños) regresaron voluntariamente a Haití durante el mismo período.

Organizaciones no gubernamentales han denunciado que el proceso de regularización fue tan caótico y las condiciones que se le exigieron a los participantes tan onerosas que, al expirar el período, otras decenas de miles de dominicanos descendientes de haitianos quedaron desprovistos de la nacionalidad del único país que conocen como suyo.

Quedaron, desde entonces, a merced de los agentes de la DGM, que, según múltiples testimonios, peinan continuamente comunidades, recogiendo a cualquiera del que sospechan que es haitiano para deportarlo sin proceso de apelación formal si no puede probar en el acto que está legalmente en este país.

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Las autoridades dominicanas se defienden apasionadamente de cualquier señalamiento de irregularidad, abuso, persecución o discriminación en cuanto al tema de la repatriación de haitianos y no reconocen ningún problema con el proceso.

“Nosotros en el proceso de expatriación agotamos un protocolo. Aquí no se repatría a nadie así por así. Se agota un protocolo donde hasta las huellas de esa persona son tomadas. Si esa persona tiene su residencia vencida o está en el proceso de Plan de Regularización de Extranjeros, esa persona no se deporta, no se repatría”, dijo a El Nuevo Día Ambiorix Rosario, portavoz de la DGM.



El rostro. Una niña come lo que puede en el campamento de Parc Kadó, Haití. Según el Banco Mundial, República Dominicana tenía en 2014 un PIB de $63.97 mil millones. El de Haití equivalía a la séptima parte de esa cifra.

Rosario afirmó que el caso de cada detenido es revisado individualmente y que estas personas no se dejan libres en la frontera, sino que se entregan, con una lista de sus datos personales, a funcionarios del Gobierno haitiano. Asegura que son falsas las versiones de que se detienen haitianos en la calle, se suben a camionetas y se llevan directamente a la frontera sin la oportunidad de impugnar el proceso. Pero, agregó, “cuando uno va a Puerto Rico, va a Estados Unidos, va a Europa, si usted anda en la calle y un oficial de Migración le requiere sus documentos y usted no los tiene, usted pasa un mal rato”.

El viernes 24 de junio de 2016, a las 4:33 de la tarde, los enviados de El Nuevo Día a la frontera atestiguaron lo siguiente: caminaban cerca del cruce fronterizo en Dajabón cuando les pasó por el lado una camioneta Nissan Frontier, matrícula EL-3-763, blanca, con los rótulos de la DGM.

Llevaba en el cajón cerca de 10 mujeres y niños, incluidos infantes. La camioneta se detuvo a pasos del portón de la frontera y las mujeres y los niños comenzaron a bajarse y a caminar hacia Haití en el momento en que empezaba a caer una llovizna.

Este periodista le preguntó al chofer si eran expatriados y contestó afirmativamente.

Entre las mujeres transportadas en la camioneta estaba Verona Joachim, de 25 años, y su hija Kimberly, de dos años. Fueron detenidas en una parada de autobús en la localidad de Santiago de los Caballeros. Verona tenía el certificado de nacimiento de su hija y su cédula de identidad, los cuales mostró a El Nuevo Día. Pero, según su versión, los agentes de la DGM le dijeron que la documentación era falsa y las llevaron directamente a la frontera sin darles la oportunidad de defenderse.

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“Yo no hallo ni qué decir, porque yo tengo 25 años y esto es la primera vez que me pasa. Realmente yo nací en la República Dominicana. Tengo una vida hecha en la República Dominicana. Eso no debería ser así. Debería haber una ley que apoye a los nacidos en la República Dominicana. Nosotros, los nacidos en la República Dominicana, no tenemos ninguna ley que nos proteja. Somos chivos sin ley. En Haití dicen que no somos haitianos, en República Dominicana dicen que no somos dominicanos. Estamos en una isla en la que no existimos”, dijo Verona, antes de, con la niña y sus paquetes a cuestas, cruzar el puente sobre el río Masacre, que divide ambos países, y perderse a la distancia en las polvorientas calles de esa zona de Haití, entre los cientos que a esa hora regresaban tras participar en el mercado binacional.

Entre las deportadas también estaba la haitiana Franciyete Luben, quien mostró su cédula de identidad y fue deportada junto con varios de sus hijos, entre estos Ferlina, una adolescente de 13 años nacida en Santiago. “Yo pensé que no iba a tener problemas porque tengo los papeles”, dijo.

Confrontado con esta información, Ambiorix Rosario, portavoz de la DGM, afirmó: “Eso no es así. Nosotros rechazamos este tipo de información porque a nuestro juicio no se corresponde con el trabajo que nosotros realizamos”.

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Antes de ser llevados a la frontera, los detenidos son procesados por el Cuerpo Especializado en Seguridad Fronteriza Terrestre (CESFRONT), el organismo militar al que el Gobierno dominicano encarga el manejo de los inmigrantes de los que se sospecha que no tienen documentos.

En el cuartel del CESFRONT, los detenidos esperan encerrados en una especie de corral hecho con alambre eslabonado (cyclone fence) y techo de aluminio, en el patio de la instalación, mientras los funcionarios deciden si están autorizados a permanecer en la República Dominicana.

En una tarde reciente, ahí estaba, esperando que se decidiera su suerte, el haitiano Bijore Sylvestre, obrero de la construcción de 28 años, quien desde hace 13 vive en República Dominicana. Tiene su permiso de residencia, pero eso no impidió que fuera detenido en su centro de trabajo, llevado al cuartel del CESFRONT y que haya tenido que esperar todo el día mientras los funcionarios verificaban sus papeles.

Al cabo de unas cuantas horas en el corral del CESFRONT, los militares le devolvieron su cédula y le permitieron salir a pie del cuartel, a seguir ganándose la vida en paz, al menos hasta que otro agente del Gobierno dominicano sospeche que es una persona ilegal.

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“Peor que un animal”. Víctima de los hostigamientos de la Dirección General de Migración (DGM) fue Luce Lafreur, quien dice haber nacido hace 33 años en la provincia de La Altagracia, en el oriente de la República Dominicana. Sus padres eran indocumentados haitianos, pero él nunca había vivido en Haití. Trabajaba como obrero de la construcción en Santo Domingo y vivía con su esposa, Andrea Alexandre, una indocumentada haitiana de 30 años, que, en el momento de la deportación, llevaba 11 años en ese país, donde dio a luz a los tres hijos de la pareja: una niña de 11 años y dos varones de tres y un año.

Luce, quien habla perfecto español con un acento tan dominicano que hace insólito que siquiera se sospeche que es de otro lado, hizo todo lo que estuvo a su alcance para regularizar su situación y la de su familia. Para probar que había nacido y vivido toda la vida en República Dominicana, le pidieron múltiples documentos, tres testigos y hasta la comadrona que lo trajo al mundo tres décadas antes. Logró ubicarla, pero con la mala fortuna de que había muerto tres años antes de que él diera con su rastro.

Los trámites eran un laberinto burocrático en el que un hombre como él, sin educación formal, asustado, ansioso, se perdía irremediablemente. Andar de un lado a otro tratando de probar de dónde es le tomaba días y le hacía perder empleos. Un hombre se ofreció a ayudarlo con los trámites, pero le pidió a cambio lo que le era imposible dar: 30,000 pesos dominicanos, unos $660, todo su salario en casi cuatro meses de trabajo.

Llegó junio de 2015 y no pudo completar los trámites que lo hubieran certificado como un dominicano. Poco después, en la tarde de un sábado cualquiera, Luce y Andrea caminaban con sus dos hijos más pequeños en una calle de la capital dominicana, a hacer su compra de la semana en una tienda de comestibles, cuando fueron detenidos por agentes de la DGM.

Poco después estaban Luce, su esposa y sus tres hijos en el campamento de repatriados de Parc Kadó, en Haití, viviendo en una caseta de cartón y paja, hacinados, hambrientos y agobiados por la pobreza más extrema imaginable. “Me siento peor que un animal”, dice Luce, entornando sus feroces ojos negros.

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En Parc Kadó terminan los más desesperados de los repatriados. El sol atiza salvaje en la espalda mientras Joselene Jean camina con cuidado entre las filosas piedras, abre la cortina que le sirve de puerta en el lugar donde vive e invita a mirar adentro. “Aquí yo vivo”, dice, en un español empapado de creole, sonriendo, sin que se note en su voz ningún rastro de amargura.

Adentro, en la opresiva oscuridad, entre la densa polvareda y el calor infernal, apenas se ven los contornos de un catre improvisado, ropa colgando, múltiples cachivaches. Lo que ella llama su hogar es una caseta de lonas plásticas, telas viejas y cartón, puestos unos encima de otros sobre un esqueleto de ramas de árbol.

Aquí fue que terminó Joselene, de 46 años, tras toda una vida viviendo y trabajando como empleada doméstica en República Dominicana. Allá, en el vecino país (cuyas verdes montañas se ven a la distancia), podría estar todavía. Joselene es uno de los 288,000 haitianos que pudieron regularizar su situación migratoria en el término dispuesto por las autoridades dominicanas entre noviembre de 2013 y junio de 2015.

Pero poco después de que terminó el período de regularización, empezó a oír muchas historias de haitianos detenidos arbitrariamente en la calle por agentes de la Dirección General de Migración (DGM) de la República Dominicana y expulsados a Haití sin proceso formal de apelación.

Empezó a sentirse señalada y hostigada. Le llegaron rumores de que, como en los tiempos del dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo, quien gobernó la República Dominicana con mano ensangrentada entre 1930 y 1961, en las noches salían hordas de dominicanos a atacar a haitianos.

Tales ataques no han vuelto a ocurrir, pero para ella es lo mismo. La espada del terror había sido sembrada en su conciencia.

Dejó atrás su trabajo y toda la vida en la República Dominicana para cruzar a Haití, donde no tiene ya ningún familiar, y terminar donde terminan los más desesperados de los cerca de 100,000 haitianos que, voluntaria o involuntariamente, han salido de la República Dominicana durante el último año: en los campamentos de repatriados que se han multiplicado cerca de la frontera con Quisqueya.

“Allá en República Dominicana tenía vida. Aquí no hay vida. Pasan muchas calamidades en este país. Pero tenía miedo”, dice Joselene, quien tuvo cuatro hijos, tres ya fallecidos.

Joselene vive en el campamento Parc Kadó, cerca de la comunidad de Anse- à-Pitre, un enjambre de casetas de campaña como la suya, donde en este momento residen cerca de 2,000 haitianos y dominicanos descendientes de haitianos que, como ella, salieron de la República Dominicana a consecuencia de la política de repatriaciones puesta en marcha por el Gobierno quisqueyano.

El campamento se ubica en una llanura vaporosa, árida y tosca, de tierra rojiza e inerte vegetación. No hay agua potable, mucho menos luz eléctrica. No hay sistema sanitario alguno, ni servicios de salud. Los que viven aquí se bañan en un río cercano. No hay escuelas. La comunidad más cercana es Anse-à-Pitre, que es casi tan pobre como el campamento.

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En Parc Kadó abundan los niños flacos, barrigones, desnudos, desnutridos. No siempre comen a diario. Casi nunca comen tres veces al día. No saben lo que es un helado ni un refresco. Son niños que nunca se han puesto un pañal desechable, ni usado zapatos, ni chupado biberón, ni visto una película de Disney.

Nunca han visto un médico. Nunca irán a la escuela, a menos que alguien o algo los saque de este infierno de polvo y sol. Un varón vestía un mameluco de niña sin saberlo. Otro tenía puesto un disfraz de Power Ranger, que en algún lugar menos hostil para la humanidad otro niño usó, quizás una sola vez. Probablemente fue a un fiesta donde recogió dulces, lo desechó y la vestimenta terminó por aquí, en una voltereta del azar, protegiendo del sol y del polvo a un niño que no tiene nada más.

El destino de los niños de Parc Kadó y otros campamentos de repatriados, a menos que algo radical ocurra, es ser los que dentro de unos años le estén contando a periodistas de todo lo que no tienen ellos ni sus hijos. “Si yo hallo una vaina para trabajar, yo lo hago. Si hubiera escuela, yo iba”, dice Noel Donne, quien tiene 15 años, pero aparenta mucho menos.

Frecuentemente pasa por aquí el cura de una parroquia cercana con bolsitas de arroz que, dependiendo del tamaño de la familia, pueden durar desde uno hasta varios días. A veces vienen organismos de la Organización de Naciones Unidas (ONU), la Unión Europea o grupos humanitarios de Haití, la República Dominicana y Puerto Rico.

El Gobierno haitiano les lleva la ropa donada por gente que jamás podrá imaginar cómo es el sitio donde terminó lo que a ellos les sobró. La mayor parte del tiempo están a la intemperie, en una afanosa lucha de todos los días y todas las horas por encontrar algo para llevarse a la boca o con qué cubrirse.

“Ayer salí a conseguir qué comer y no conseguí nada”, dice Luce Lafleur. Luce llegó con sus tres hijos, pero al poco tiempo la niña se fue.

“Una hermana mía vino a verme y cuando vio cómo yo estaba viviendo se echó a gritar y se llevó la niña con ella”, cuenta Luce. “Mi hija se la pasaba llorando, preguntándome cuándo íbamos a tener una nueva vida y yo le decía: ‘mija, no te desesperes que ya Dios nos va a ayudar’”.

Luce añora su antigua vida en República Dominicana. Trabajaba en construcción, con un sueldo que le permitía alquilar en una pequeña casa en Santo Domingo, con un patio donde se “podía sentar a pensar”.

“Mi esposa tenía qué cocinar todos los días. Y a veces el domingo me decía ‘hoy no voy a cocinar’, y nos íbamos a McDonalds”, recuerda, sin poder explicarse todavía cómo terminó aquí.

***

El vecino de Luce en Parc Kadó es Saint Louis Philomene, haitiano de 60 años, quien pasó 25 años dejando el cuero y la vida en los cañaverales de La Romana, provincia dominicana ubicada al extremo contrario de la frontera con Haití.

Viviendo ahí, a dos horas de Santo Domingo y sin un medio de transporte, no pudo completar el trámite para regularizar su estatus migratorio. Su mayor preocupación es que fue deportado antes de cobrar su último salario. Desde entonces trata de encontrar a alguien que le lleve el mensaje a su antiguo jefe para que le envíe el dinero que le adeuda.

En Parc Kadó también malvive Nini Brasil, con cinco de sus nueve hijos. Dominicana hija de haitianos nacida en La Altagracia, la más alejada de la frontera haitiana entre las provincias dominicanas, llegó aquí tras ser detenida en múltiples ocasiones por agentes migratorios quisqueyanos en la localidad fronteriza de Pedernales, donde vivía y trabajaba como empleada doméstica.

“Yo les decía: ‘si ustedes me agarran 10 veces, 10 veces vuelvo, porque yo no tengo nada que hacer en Haití, yo soy dominicana’”, relata la mujer de 36 años. Pero se cansó del acoso. “No podía caminar la calle porque cada vez que salía a trabajar, me agarraban”, cuenta.

Sus hijos, dice, “no comen todos los días”. “Ellos comen cuando yo hallo y a veces no hallo”.

En medio de la conversación, Nini divaga. A veces, dice, se deja adormecer por ideas extrañas. “Me entran pensamientos de hacerme algo malo”, dice, mirando al vacío. “Pero después pienso, si me hago mal, ¿qué va a pasar con mis muchachos? Es el tormento que me tiene pensando así”.

El Nuevo Día visitó Parc Kadó un domingo, pero nadie lo había notado. Los afanes eran los mismos de todos los días. Solo Joselene Jean, la mujer que ha construido su casa con un árbol como esqueleto, vio la diferencia. Temprano se puso sus mejores galas: un gorro tejido, una blusa de rayas azules, una falda larga de flores. Se fue a la Iglesia.

“Eso es lo primero”, dijo, convencida, “pues sin Dios no hay nada”

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