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El “ejército” de niños músicos de Acapulco

Con la formación de orquestas infantiles, autoridades buscan proteger a niños del crimen en Guerrero, pero lo primero que salta a la vista es que faltan recursos para poder alcanzar las ambiciosas metas del proyecto.
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Con tiempo. La formación de orquestas se dio como un proyecto a largo plazo de erradicación de la violencia que, en la última década, se ha instalado en Acapulco.

Con tiempo. La formación de orquestas se dio como un proyecto a largo plazo de erradicación de la violencia que, en la última década, se ha instalado en Acapulco.

Dinero.  Pese a que los gastos de este proyecto están presupuestados, no les está resultando fácil gestionar los recursos para que el sistema siga funcionando.

Dinero. Pese a que los gastos de este proyecto están presupuestados, no les está resultando fácil gestionar los recursos para que el sistema siga funcionando.

El “ejército” de niños músicos de Acapulco

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V iolines, cornos y oboes afinan. Son las 3:36 de la tarde. Élida acomoda su atril mientras llovizna a unos pasos de donde la Orquesta Infantil de la colonia Bonfil, en Acapulco, de la que forma parte desde hace tres años. Afina instrumentos para el ensayo de la víspera del concierto del miércoles 13 de julio en el Fórum Mundo Imperial.

Élida González Salinas, de 15 años, recién salida de secundaria, surfista de afición, toma la prótesis con su mano izquierda y la coloca rápido, de forma automática, en su brazo derecho. Es un mecanismo rústico, más que una prótesis. Está hecho de madera con un resorte de tela, nada especial ni complejo, donde va montado el arco diseñado por su maestra Adriana Romero para que la falta de la mano derecha no le impida tocar el violín.

“Cuando vino Élida por primera vez —recordó Adriana en un café de la zona Diamante un par de días antes del ensayo general—, la ocasión en la que hicimos audiciones y dijo que quería tocar el violín, nos preguntamos: ‘¿Y cómo?’ Pensamos que sería mejor que tocara corno o trompeta; los maestros se preguntaban cómo. Al final decidimos que se quedara conmigo y tuve que buscar el modo de que tocara.

“Yo ya había visto la película ‘El violín’, en la que sale Ángel Tavira (guerrerense de Tierra Caliente), que pese a que no tenía una mano tocó ese instrumento toda su vida. Él tocaba con el arco atado a una venda, pero el sonido era muy artesanal, que al final así es como se toca el violín en los pueblos. Probamos con la venda con Élida. No funcionó. Acá necesitábamos más flexibilidad, mayor manejo del arco para las notas más suaves, fuertes o dulces”, dijo Adriana.

“Así que con el maestro de viola fuimos diseñando ese mecanismo hasta que logramos que funcionara y ella se sintiera cómoda”.

Concertina

Élida toma el violín. Lo coloca entre cuello y pecho, mira las notas en el atril que comparte con Osiris, otra chica de la orquesta con la que poco habla, mira al director, el chelista Raymundo García, quien anuncia que ensayarán “Imagine”. Raymundo cuenta: “Tres, dos…” y da la señal para iniciar. Élida cuenta los tiempos con su pie derecho mientras desliza el arco en las cuerdas. Los dedos de su mano izquierda con los que hace las pisadas tiemblan en cada nota. Frota el arco sostenido con la prótesis.

Lleva tres años, uno de concertina, tocando. Adriana le dio el puesto de primer violín porque le ve talento, aunque cada tanto rota este lugar entre los chicos que se esfuerzan por sobresalir en los ensayos.

— Siempre fue inquieta para todo, desde niña. Haber nacido así no le impedía hacer lo que quisiera— dice doña Sandra, madre de Élida, afuera de la única primaria de este pueblo de Acapulco donde ensayan de tres a seis de la tarde, de lunes a viernes.

— ¿Cómo tomó el hecho de que haya querido tocar violín? — se le pregunta.

— Yo no estaba convencida. Estaba insegura, pero ella me decía: ‘Sí voy a poder’.

— ¿Y ahora?

— Dice que quiere seguir. Vamos a ver.

Élida, piel morena, cabello ondulado a la cintura, delgada y pequeña, nació con la mano derecha apenas desarrollada. Ahí donde debería estar la extremidad, asoma un muñón con un único dedo. Lleva los mismos apellidos de su madre, como si fueran hermanas, porque no ha conocido a su padre y tampoco es que le importe tanto. Nunca lo menciona.

— Quiero ser directora de orquesta —dijo en una primera plática y ocultaba, no sin cierto rubor, el brazo lisiado bajo la funda del violín.

Eso lo dijo hacía unos 20 días, pero, adolescente al fin, al cabo de unas semanas dirá que lo que en verdad le nace es estudiar medicina forense. “Hay muchos asesinados acá y no se sabe quién los mata. Yo quiero investigar y saber quién los mató para que no los entierren nada más así”. Para eso aún le faltan tres años. Por ahora se inscribirá en el Colegio de Bachilleres. Tal vez dentro de tres años.

También, al cabo de varias pláticas en diferentes días, Élida olvidará la pena y mostrará sin problemas su brazo derecho.

Sin pago a maestros

La Orquesta Infantil de la colonia Bonfil, en la que Élida y otros 73 chicos ensayan, es la continuación de la Orquesta Renacimiento, creada en 2012 a instancias del gobierno de Ángel Aguirre Rivero. Ese año fue el más violento en Guerrero. Según la Fiscalía General del Estado, hubo 2,310 asesinatos; de ellos, la mayoría en Acapulco, que ese año cerró con una tasa de 143 asesinatos por cada 100,000 habitantes.

Desde 2012, la Orquesta Renacimiento ha sido dirigida por el violinista Amílcar Montero, y los maestros que instruyen a los chicos son parte de la Orquesta Filarmónica de Acapulco, creada también por Aguirre Rivero cuando fue gobernador interino, de 1996 a 1999. El proyecto creció rápido y formaron otras agrupaciones en las colonias Colosio, en la Casitas y en la Bonfil, que junto con la Renacimiento integraron el Sistema Estatal de Orquestas Infantiles y Juveniles Renacimiento, con un total de 480 alumnos.

“La formación de orquestas fue en respuesta a la violencia que se vivía, que se vive en Acapulco”, dice Amílcar cuando termina de dirigir a los chicos músicos en un galpón prestado al que llaman Faro, de la colonia Zapata. “Lo que buscamos es darle otra opción de vida a los chicos, acercarles la música para mostrarles con arte que es posible otro tipo de vida”.

Ahora, además de las orquestas de Acapulco, que tienen 150 alumnos, hacen lo mismo en Iguala, con 150 niños; Chilpancingo, con 80; Zihuatanejo, con 50; y Ometepec, 50, con un presupuesto anual de

6,250,000 pesos, según la secretaria de Cultura, Alicia Sierra Navarro, quien es nueva en el puesto y en el tema, de modo que no conoce a fondo el proyecto. Cuando se le pregunta ¿cuál es la apuesta?, dice: “Que los chicos conozcan la música de otras regiones”. No menciona que se crearon para contrarrestar el avance de la violencia en 2012.

Comenta que no les está resultando fácil gestionar los recursos para que el sistema siga funcionando, pese a que están presupuestados. Lo dice porque durante cinco meses, de enero a mayo, no se les pagó a los profesores. Eso generó inconformidad en los padres de familia, que le exigieron solución. Apenas en junio pasado se les pagaron los tres primeros meses.

Violencia: in crescendo

La propuesta de las orquestas llegó a Acapulco en el año más violento: 2012. Se dijo que era un modelo traído de Caracas, Venezuela, que encabezaba el ranking de las ciudades más violentas del mundo, según el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal. Ese año, Acapulco ocupó el tercer sitio, y lo sostuvo hasta 2014, de acuerdo con la misma fuente.

De 2012 a 2016 no hay mucha diferencia. Según recuentos periodísticos, solo en el primer semestre de este año hubo 1,077 homicidios dolosos en Guerrero. De ellos, 16 ocurrieron contra chicos de entre 18 y 26 años. En siete casos eran menores de edad: de entre seis y 18 años. Acapulco cerró junio con 77 homicidios, 18 de los cuales eran jóvenes de entre 14 a 25 años.

Los casos pueden contarse de manera escueta: el lunes 4 de julio, un niño de seis años fue asesinado en un velorio en la colonia Renacimiento, Acapulco. Fuentes policiacas indicaron que a las 7 de la noche, dos chicos, uno de ellos menor de edad, dispararon desde un automóvil contra quienes se encontraban en el funeral. Mataron al niño e hirieron a la madre.

El 18 de julio, un chico de 12 años fue asesinado en Chilapa cuando cuidaba una tienda familiar. Todo ocurrió cuando hombres armados llegaron al lugar, en la calle Zaragoza, colonia Vista Hermosa, para asaltarlo, luego de lo cual le dispararon. Eran las 3:30 de la tarde.

Meses antes, el 6 de enero, en Zitlala, región centro, Reinaldo Marabel, de 14 años, fue asesinado junto con cinco personas más. Hombres armados entraron en la madrugada a Quetzalcoatlán de Las Palmas y luego de que buscaron a sus víctimas en sus casas, las ejecutaron.

El sábado 9 de enero, un chico de 18 años, Juan Carlos Flores Rodríguez, fue asesinado en el poblado La Venta, en Acapulco. Fue hallado por policías federales dentro de un automóvil Jetta junto con otro hombre de 30 años.

El 13 de enero, un niño de dos años fue herido de bala durante un ataque a un taller mecánico en Coyuca de Benítez, donde mataron a un hombre de 25 años.

El 23 de enero, hombres armados se llevaron a Ángel y Jesús Grande Montor, de 8 y 9 años, del poblado Carrizal, en Ajuchitlán del Progreso, en Tierra Caliente.

El 31 de enero, Abdiel y Kevin Islas Salto, de 18 y 16 años, y su primo Narciso Mercado, de 17, fueron asesinados en una balacera en un festejo de 15 años en El Cundancito, Tierra Caliente. En este hecho murieron siete personas más.

Canchas escolares, la sala de ensayos

La Bonfil es una colonia a 27 kilómetros del centro de Acapulco, donde se respira con calma y parece que no pasa nada, donde no hay noticias de asesinatos, y no gracias a la Gendarmería o los militares o la Marina, sino a la paz establecida por el narco. Con un bulevar bien pavimentado y un sol que tuesta la piel como si estuviera en un comal. Aquí está la primaria Josefa Ortiz de Domínguez, a unos metros de donde revienta el mar en cuyas olas Élida surfea desde hace tres años, los mismos que tiene tocando el violín.

— Tampoco lo hace tanto, ni tan bien —dirá su madre cuando se le pregunta del tema.

La Josefa Ortiz de Domínguez es la escuela del pueblo y es la sede prestada de la Orquesta de la Bonfil, aunque eso sea mucho decir. En realidad es un aula donde guardan los instrumentos cuando terminan las prácticas. Los chicos ensayan a la intemperie. La cancha de básquetbol reverbera. Del techo solo queda la estructura de hierro que lo sostenía, oxidada.

Los maestros que enseñan instrumentos de viento lo hacen cobijados en la sombra de la parte trasera de una hilera de aulas. Los de cuerda, dos maestras güeras, ojiclaros, y un maestro más se refugian en aulas igualmente prestadas, hirviendo, y otra en una techumbre de cartón. El de percusiones enseña en el área que usan de bodega una vez que los demás sacan sus instrumentos.

Las dos orquestas restantes de Acapulco no están en mejores condiciones. La de la colonia Colosio ensaya igual en la cancha de básquetbol, cubriéndose del sol por un edificio del Infonavit en el que da clases el venezolano César Orangel; si llueve, se meten a una casa que ocupan como bodega. Al menos, porque en la Bonfil de plano suspenden clases.

Las condiciones de la orquesta de la colonia Casitas parece en realidad la suma de todas las deficiencias de las demás.

El futuro

— Soy enojona, relajista, bipolar. Caprichosa, sentimental. Estoy mensa. A veces me pongo triste —dice Élida cuando se le pide definirse.

Lleva el violín terciado en la espalda como una mochila escolar.

— ¿Qué te pone triste?

— Que no me salga una nota. Por eso me pongo a llorar, me enojo y tiro todo —dice.

Entonces se le sugiere si eso no la acerca más a directora de orquesta que a criminalista, las dos profesiones que, dice, quiere ejercer

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