El empleo sigue limitado por el género

Las personas transgénero se enfrentan a todo tipo de discriminación en El Salvador. Una de ellas es la laboral. Estas tres mujeres han logrado sortear los obstáculos para acceder a una forma de trabajo diferente a aquellas en las que tradicionalmente se encasilla a sus iguales.
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Identidad.  Algunos países, como Brasil o Argentina, permiten que una persona transgénero utilice un nombre acorde con su expresión de género. En El Salvador no está legislado.

Identidad. Algunos países, como Brasil o Argentina, permiten que una persona transgénero utilice un nombre acorde con su expresión de género. En El Salvador no está legislado.

Autoridades.  David Morales, de la PDDH, afirma que la discriminación hacia hombres y mujeres transgénero es general en el país. Ha denunciado varios crímenes de odio.

Autoridades. David Morales, de la PDDH, afirma que la discriminación hacia hombres y mujeres transgénero es general en el país. Ha denunciado varios crímenes de odio.

Científico.  Según la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos, la sensación de estar en el cuerpo del género

Científico. Según la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos, la sensación de estar en el cuerpo del género "equivocado" debe durar al menos dos años para establecer que una persona es transgénero.

El empleo sigue limitado por el género

El empleo sigue limitado por el género

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Lesly camina por este centro comercial con su altura, su pelo largo rubio, sus formas de mujer. Acaba de salir de su trabajo en una institución de Gobierno, donde se desempeña como recepcionista. Parece que nadie se ha percatado de su presencia, en un país como El Salvador, con altos niveles de intolerancia a las personas transgénero.

Nació como un hombre, aunque desde los 14 años sabía que era diferente a los otros varones. Constantes y anormales cólicos la llevaron al médico, quien le reveló su condición fisiológica. Su familia, desde entonces, apoyó su decisión de cambiar de sexo y le financió un tratamiento con hormonas, destinado a obtener una apariencia física femenina.

Lesly está cansada, pues ha tenido que manejar, desde la institución en la que labora, en Santa Ana, y tendrá que conducir por otro largo tramo hasta su vivienda, en San Martín. A ella, sin embargo, no le importa: la satisface el hecho de contar con un empleo, suerte con la que muchas personas en la misma situación no cuentan.

Según datos de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos y el PNUD, más del 90 % de la población transgénero en El Salvador no ha podido acceder a un empleo formal. Y las oportunidades de trabajo se limitan a cuatro ramas: estilista, vendedora informal, empleada de una ONG (enfocada en la comunidad LGBTI) y, la más común, servidora del sexo.

Lesly reconoce que ella también se vio obligada, en un momento de crisis, a ejercer esta última actividad en una de tantas oscuras calles de San Salvador. Su llegada a la institución de Gobierno donde hoy labora estuvo precedida de sinsabores.

Estudió en la universidad la carrera de Enfermería, algo para lo que se vio obligada, en los años que duraron los cursos, a renunciar a su expresión de género. Vistió como un hombre, con pantalones y el pelo recortado. Sus pechos tuvieron que ser fajados. Terminó los estudios y decidió que ya no podía más. Ponerse ropa de mujer se le hizo indispensable.

La apuesta fue arriesgada: nadie le dio trabajo. Ni las influencias de su padre pudieron ayudarla en 2011. Le exigían verse como el hombre que aparece en su documento de identidad. Una persona que trabaja aún en uno de los hospitales privados en los que Lesly fue rechazada, que pidió no ser identificada, asegurará en unos días que les parecía lo suficientemente calificada para el empleo. Pero una orden superior cambió la decisión.

Lesly recaló en una ONG, Entre Amigos, y ejerció su profesión de enfermera haciendo trabajo ad honorem para el Ministerio de Salud, en sus unidades móviles contra el VIH. Trabajó en campañas de visibilización de los derechos de la comunidad trans, lo que le ha dado un conocimiento privilegiado de las condiciones de sus iguales. Esta labor le abrió la puerta para la plaza que ahora tiene.

Lesly es una afortunada, pues es una de las 13 mujeres transgénero que tienen acceso a Seguro Social, según un estudio de 2015, de más de 250 personas contabilizadas. Es una afortunada pues forma parte de las mujeres trans con empleo formal en el sector público, a las que puede contar, casi literalmente, con los dedos: cinco en diferentes oficinas de Ciudad Mujer y una más en el “call center” de la Secretaría de Inclusión Social de la Presidencia. Lesly es una afortunada y forma parte de un grupo de mujeres trans salvadoreñas que han logrado romper los estereotipos en uno de los campos más difíciles: el laboral.


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Según el procurador para la Defensa de los Derechos Humanos, David Morales, el acceso al trabajo formal es una más de las discriminaciones que sufren mujeres como Lesly en El Salvador. La empresa privada está poco abierta a darles una oportunidad y las instituciones de Gobierno, a excepción de la Secretaría de Inclusión Social (incluso la PDDH lo incumple), siguen esta tónica. Ni siquiera ha ayudado la apertura, en 2015, de una ventana LGBTI en el Ministerio de Trabajo, que ha dado apenas un par de plazas, más que todo para personas gay. La discriminación, sin embargo, no termina allí, y se señala a organismos como la Policía Nacional Civil (PNC), el Cuerpo de Agentes Metropolitanos (CAM) y la Fuerza Armada como los entes públicos que más agresiones han cometido en contra de esta comunidad.

“En El Salvador ya existe el decreto 56, que busca erradicar de las instituciones del Ejecutivo las prácticas discriminatorias, pero en la práctica las instituciones no ejecutan”, comenta Morales.

En un informe sobre los derechos de la población LGBTI publicado en 2013, un 85 % de los encuestados se mostró de acuerdo con agredir a un transgénero. La sociedad salvadoreña es una donde gravita el odio más allá de las pandillas.


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“El hombre que se exhibe en las calles con blusa ombliguera y tacones –dice ahora Pedro Julio Pardo– es consciente de que su decisión tiene un precio y está dispuesto a pagarlo. Sabe que en tales condiciones ninguna empresa le dará empleo. Sabe que se pone en la mira de extremistas capaces de matarlo. Pero ya a esas alturas no hay punto de retorno ni a él le interesa devolverse. Asume su cruzada con la certeza de que en ella encontrará, al mismo tiempo, su reafirmación y su suicidio”, dice una crónica publicada en 2011 por el periodista colombiano Alberto Salcedo Ramos, enfocada en un equipo de fútbol conformado por mujeres transgénero.

Según varios relatos de mujeres trans y datos de la PDDH enfocados en crímenes de odio cometidos contra miembros de esa comunidad, parece acertado el dictamen de que asumir su identidad de género resulta, al mismo tiempo, su “reafirmación y suicidio”. ¿Pero quién en su sano juicio elegiría una exclusión tan extrema solo para lucir como quiere?

Esa pregunta se le hace a Itati Hernández, una salvadoreña transgénero residente en Washington. Para alguien que no está en sus zapatos, le resulta interesante saber cuál es la condición psicológica de un transgénero todavía no transformado.

“Nos sentimos frustradas. Es como que te entierren viva. Son las palabras más exactas: enterradas vivas. Porque una está existiendo en el mundo, está sintiendo todo, pero no puede salir como quien una es, no se puede expresar lo que se siente, está como atada al círculo de la gente, de la sociedad. Esa, creo yo, es la imagen más exacta para describirlo”, dice Itati a través de una llamada por Skype, para la que no ha tenido tiempo de maquillarse.

En la capital estadounidense, Itati, al contrario de Lesly, sí ha logrado ejercer su profesión como enfermera. Actualmente trabaja para un centro médico llamado La Clínica del Pueblo, que atiende en su mayoría a público latinoamericano, pero fue creada para salvadoreños. Itati fue la primera mujer transgénero en laborar en el sitio, fuera de los programas específicos para personas trans.

Su presente laboral, dice, es inmejorable, algo que no pensaba poder conseguir en 1998, cuando todavía estaba en su país natal y comenzó a estudiar un Doctorado en Medicina en la Universidad de El Salvador. Los dos primeros años los cursó con una identidad de género masculina. Pudo pasar inadvertida. Pero en 2000, dice, ya no pudo más.

Para la fiesta del estudiante de Medicina, decidió llegar maquillada, ataviada con un vestido y con peluca. Después de algunos días recibió, comenta, el acoso de sus compañeros. Pero no fue eso lo que la sacó de su país. Era 2001 y su hermano se hizo adicto al crack. Comenzó a robarles a su madre y a ella para mantener su vicio. Itati sorteó el tercer año del doctorado con cosas prestadas.

Pero la decisión final llegó cuando su madre la corrió de su casa, tras acompañarse con un hombre que le dijo que Itati lo acosaba para acostarse con él. Sus amigos la ayudaron a emprender el camino de manera ilegal.

“Pasé de todo en el trayecto. Pero dije ‘allá es Estados Unidos y no hay discriminación’”, comenta.


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Encontrar a Paris Hilton no es fácil. Algunas mujeres de la ONG ASPIDH Arcoíris dicen que, tras ser despedida de su puesto como ordenanza en la Dirección Nacional de Centros Penales, ahora se prostituye en los alrededores de la avenida Independencia, en el centro de San Salvador. La hora elegida para la búsqueda son las 9 de la noche. Ya en el sitio, un señor sale de un local para decir que ella no está ahí, que quizá se le pueda ubicar en la calle Franklin D. Roosevelt.

En la nueva dirección, una mujer transgénero que se prostituye en el sector afirma que la conoce y da algunas puntadas de su apariencia física. Comenta que tiene un teléfono, pero pide algún dinero para darlo. Al final, regala un número inventado, que no funciona. Otra mujer trans, que ha oído la conversación, decide apoyar a quien pregunta por Paris Hilton en su búsqueda.

“Me han dicho que está en el parque San José”, cuenta. Hay que volver al centro de San Salvador, casi un pueblo fantasma a esta hora. Unas cuantas transgénero aguardan clientes cerca del lugar indicado. Dicen que la conocen, pero dan una noticia inesperada: Paris Hilton ya no se prostituye. Logró hacerse de algún dinero para ahora regentar un bar en la plaza que está frente al parque. Es el último del tercer piso.

Es jueves y no hay muchos clientes. Aquí sí está Paris Hilton, cuyo documento de identidad dice otro nombre. La noche tiene un color como de mal sueño. Paris prefiere dejar para mañana después de las 10 de la mañana la buscada plática.

Es viernes y Paris llega al bar con una cuadrilla de jóvenes para limpiar su local. Viste una camisa y un pantalón. Trae también una pañoleta tachonada de flores, con la que recoge su largo cabello.

Dice que solo pudo estudiar hasta noveno grado. Las constante golpizas en su escuela cuando comenzó a vestirse de mujer lo hicieron abandonar sus estudios.

En este punto, Paris está en el promedio. Según el informe publicado el año pasado por la PDDH y el PNUD, a pesar de que un porcentaje relativamente alto de mujeres trans accede a la educación formal, la proporción de aquellas que finaliza la educación secundaria (bachillerato) es de 36 % y solo un 4 % alcanza algún nivel superior, técnico o universitario.

Para ella, abandonar sus estudios fue una mala decisión: no consiguió trabajo ni siquiera como vendedora informal, pues las nuevas realidades imponen nuevas reglas en El Salvador. Su destino, entonces, fueron las calles y los cuartos de hotel. Hasta que un cliente, del que no quiso revelar el nombre, le dio la oportunidad de trabajar en la Dirección Nacional de Centros Penales. Juró, entonces, que nunca más volvería a prostituirse.

El ambiente, comenta, le fue hostil, pues un motorista de la institución sentía repulsión hacia ella. Llegó hasta el punto de agredirla físicamente, con un golpe que la mandó al hospital. Con la asesoría de ASPIDH Arcoíris interpuso una demanda, que no fue contestada. En la Dirección de Centros Penales afirman que tales cosas no pasaron y que Paris fue despedida más por negligencias en su trabajo y por ausentarse varios días (ella dice que fueron aquellos en los que estuvo hospitalizada). En la calle se hizo de un amigo, que le prestó para iniciar este nuevo negocio. Es un bar que muchos considerarían de poca clase, pero para Paris significa una oportunidad de ganarse el pan más allá de la prostitución.

Meses después, Paris abandonará este bar para dedicarse a administrar otro en una zona diferente del centro de San Salvador.


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Itati Hernández asegura que en Estados Unidos, país al que llegó en 2001, también sufrió discriminación, aunque no en los niveles de El Salvador. Allá encontró autoridades que le ayudaron a hacer valer sus derechos. También manos amigas, como la de un novio que la acompañó 10 años.

Se graduó como Asistente Médico en 2005 y, gracias a ello, pudo trabajar en The Washington Hospital Center, uno de los más grandes de la ciudad. Tras eso estudió la carrera de Enfermería en la Universidad de Carolina del Norte, que concluyó en 2011. Eso la capacitó para ser jefa de enfermeras en su actual trabajo, en La Clínica del Pueblo. Itati es una especie de heroína entre las mujeres trans en El Salvador, el punto para alcanzar o superar.

“No soy doctora, pero es lo más cercano a lo que soñé siempre… me gusta que cada uno de mis pacientes, al final del día, no ven el estereotipo, ven a la enfermera del día, a la mujer que les está ayudando”, cuenta Itati desde Washington, apurada porque tiene que arreglarse para, en unos minutos, ir a trabajar (meses después de esta conversación, Itati logró conseguir un puesto en la unidad de cuidados intensivos del Washington Hospital Center, una de las más importantes de ese centro médico).

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