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El escritor del futuro

Varios de ellos escriben para la web, sea por trabajo o porque tienen un blog. El hábito de escribir las ideas de manera concentrada parece haberles creado algunos cajones de escritura de los cuales cuesta salir.
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Desde el surgimiento de los blogs hasta las redes sociales actuales, internet le ha metido mucho ruido al ya desafinado concierto del mundo. Internet no solo ha permitido socializar el conocimiento, mantener comunicadas e informadas a las personas de forma instantánea y global, y agilizar varios de nuestros asuntos cotidianos. También puso a disposición del individuo común una herramienta de expresión.

El acceso a internet permite la participación abierta y masiva en la comunicación como nunca antes. Hoy en día, millones de seres sobre el planeta escriben sobre cualquier cosa, toman fotos, graban música o videos, reflejando para el mundo la imagen de lo que somos, con todo lo bueno y lo malo que eso significa. El sentido de lo íntimo y de lo privado se ha diluido. Todos parecen urgidos de derramar su vida y pensamientos de manera abierta y pública, sin dejar ya nada a la discreción, la imaginación o el asombro.

Hay material de valor y calidad indiscutible en la red, es cierto, pero también hay mucha basura, material cuya única razón de ser es impactar al lector de la peor manera y engancharlo a través del morbo, con el objetivo expreso de hacer crecer los números de visitantes a una web. Los artículos más leídos o consultados son aquellos que nos hablan de temas espinosos o tabú (“la primera vez que hice tal cosa”, “confieso que soy blablabla”). La cantidad prima sobre la calidad. Lo que no es capaz de convertirse en una marca generadora de ganancias económicas puede considerarse obsoleto o muerto. Algunas veces da la impresión de que escribir se ha transformado en una competencia de golpes de efectividad. La regularidad de las actualizaciones, el número de clicks, de seguidores y de likes son los que determinan la vigencia de lo que existe en la red.

Ese exceso de información con el que somos bombardeados todos los días y que ha reducido nuestra capacidad de atención tiene también incidencia en el tipo de libros que se leen y se escriben en la actualidad. Se subestiman elementos como la belleza del lenguaje, la imaginación y la profundización de tramas y personajes, para priorizar la producción de textos de lectura “fácil” que nuestros atribulados contemporáneos puedan digerir sin mayor esfuerzo, porque vivimos cansados y en prisa permanente.

El tema confesional, la autoficción y la no ficción que se encuentran en muchos de los contenidos de internet están influenciando al escritor contemporáneo a imaginar menos y escribir más a partir del recuerdo, la vida propia y de la coyuntura geográfica que se vive. Las numerosas novelas que se vienen publicando en los últimos años en España, centradas en el tema de la crisis económica, son ejemplo de ello. Que el Premio Nobel de Literatura de este año haya sido entregado a una periodista por su trabajo de no ficción también resulta llamativo.

La limitación en la extensión de los textos que se escriben para la red se refleja en la imposibilidad de escribir textos más extensos para el papel. Esto lo veo con frecuencia en algunos de los participantes de mis talleres de narrativa, quienes se quejan de escribir “muy corto”, con ideas puntuales y precisas, sin demasiadas ampliaciones. Varios de ellos escriben para la web, sea por trabajo o porque tienen un blog. El hábito de escribir las ideas de manera concentrada parece haberles creado algunos cajones de escritura de los cuales cuesta salir.

Por otro lado, publicar en una editorial establecida resulta complicado. No es solo asunto de tener el contacto adecuado para que un manuscrito sea leído y tomado en consideración para su publicación. También debe coincidir el interés como empresa comercial que tiene la editorial con la propuesta literaria del escritor. La posibilidad de publicación en internet permite al escritor evadir esos obstáculos. Incluso ha servido como plataforma de lanzamiento para que más de alguno salte a la publicación en papel y a una fama inesperada. Eso fue lo que le ocurrió a E. L. James, cuya trilogía “Cincuenta sombras de Grey” comenzó como una reescritura de algunos capítulos y escenas de la saga “Crepúsculo” de Stephanie Meyer, reescritura que colgó en internet.

En el último par de años he tenido oportunidad de trabajar e intercambiar opiniones con personas menores de 30 años, activas en blogs y medios sociales que, sin tener una aspiración clara de escribir algo que termine convirtiéndose en un libro impreso, no dejan de sentir o pensarse como escritores. Uno de ellos me comentaba que con algunos compañeros de universidad cuestionaban si a futuro se veían “escribiendo libros”, sin que eso signifique dejar de escribir o publicar en algún tipo de plataforma, y sin que eso les impida considerarse y ser reconocidos como escritores.

Puede ser que la figura del escritor, tal como la conocemos ahora, mute o se extinga. Quizás el escritor del futuro no concebirá sus textos en forma de novelas o cuentos, ni mucho menos pensará en la metamorfosis del manuscrito a esos objetos que llamamos “libros”. Quizás no tenga interés en escribir literatura. Quizás, en el futuro, la figura del escritor ya no exista o sea algo tan común como lo es hoy en día en Islandia, donde una de cada 10 personas escribe y publica un libro.

Es interesante tratar de imaginar cómo el ser humano se relacionará con la escritura, la lectura, los libros e internet de aquí a unos 50 o 100 años. Los cambios en los hábitos de conducta que se han producido a partir de la evolución de los medios tecnológicos sin duda tendrán influencia en cómo escribiremos en el futuro. Es posible que surjan géneros diferentes, híbridos curiosos, nuevas formas de leer o de conectarse a la web, todo lo cual supondrá una evolución en el oficio y en la creación literaria.

Si eso será mejor o peor para el ya desafinado concierto del mundo, solo el tiempo lo dirá.

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