El espejo detrás de la puerta

Llegó el día del matrimonio civil, y todo estaba preparado al detalle. Sería en un pequeño resort de playa, y ahí arribaron los pocos parientes y amigos de ambos. Luego de la ceremonia, oficiada por un joven abogado que contrataron al azar, los recién casados fueron a caminar por la playa. En silencio. Cada quien iba oyendo un sonido distinto: ella el susurro de una marea sigilosa; él la crispación de la espuma contra las rocas del acantilado.
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Unos días después, el enlace religioso fue en una capilla de suburbio. Luego de quedar consumada la unión ante la voluntad de Dios, los contrayentes quedaron en repentino suspenso, que pareció efecto de la emoción del momento. Ella sentía en vivo el coro de la iglesia de sus años infantiles; él se sumergía en una onda de luz envolvente.

Comenzó la vida en común, sin que hubiera ningún signo aparente de que aquel entendimiento tenía un desagüe oculto. En unos pocos meses, los signos del embarazo comenzaron a hacerse sensibles. Él, cuando se enteró del suceso inminente, fue como si se hallara frente a una llanura de horizonte invisible, con nubes en movimiento alrededor; ella tuvo la inmediata impresión del encierro en una habitación sin ventanas al aire.

Llegó por fin el día del alumbramiento. En el hospital ginecológico la parturienta llegó a ocupar el único espacio disponible, que era un cuarto ubicado casi en la azotea. Cuando comenzaron los anuncios de alumbramiento inminente nada auguraba novedades fuera de lo común. Pero el trabajo de parto fue cuestión de muchas horas, durante las cuales la madre pareció levitar en estado de gracia mientras el padre tiritaba como si lo sacudiera una fiebre angustiosa.

A partir de aquel acontecimiento, sin embargo, se les fue produciendo una especie de nivelación de sensaciones que, por supuesto, tampoco se les hacía explícita en palabras. Y por extraño contraste eso empezó a desatar entre ellos la natural desconfianza que tiende a prevalecer entre desconocidos. Era como si la parte invisible del ser de cada uno quisiera empezar a buscar compensación por todo el tiempo que había permanecido en la sombra.

El recién nacido había abierto los ojos, y su mirada se juntó a las de ellos. En el centro de aquel triángulo de miradas brillaba otra mirada no identificable, que tenía todos los signos de ser el enlace ansiado subconscientemente por tanto tiempo.

Pero el primer domingo que se dispusieron a salir al aire libre con su bebé en brazos alternados se produjo la ceremonia sideral que acompañaría para siempre al bautismo religioso. Él compró tres globos de distinto color –rojo, azul y amarillo— y cuando estuvieron en el pequeño parque él la abrazó a ella con el niño bien abrigado junto al pecho de ambos y soltó los globos, que emprendieron en un segundo la ruta ascendente hacia el infinito.

Y cuando iban de vuelta hacia la casa los dos experimentaron el mismo pulso de emoción: todo en su pasado había sido como si el espejo de sus respectivas existencias hubiera estado escondido detrás de la puerta y de pronto, al abrirse la puerta, ambos espejos descubrían que se hallaban frente a frente, invadidos por una sonrisa sin rostro.

El niño comenzó a llorar con reclamo, porque era hora de tomar su alimento vespertino. Las estrellas iban apareciendo en el espacio distendido. El cielo de seguro tiene también sus propios espejos…

LA REDENCIÓN DEL SILENCIO

Activó la combinación de la caja fuerte, que su padre le había dejado escrita a mano en una hoja de papel bond. En un principio pareció que la clave no funcionaba, y él pensó que algún número estaba equivocado, pero al nomás pensarlo se movió el mecanismo y la puerta metálica cedió gustosa. El padre no había dejado testamento formal, sólo unas líneas manuscritas en una hoja de cartulina, y el bien heredado más enigmático era aquella caja fuerte que había sido originalmente del bisabuelo que vino del Norte en un barco mercante.

Dentro de la caja fuerte sólo había un depósito metálico con unos cuantos papeles doblados y un retrato de estudio. Los papeles eran documentos legales y el retrato era de una joven desconocida, al menos para él. Dejó la caja vacía abierta y se llevó su contenido para revisarlo en la tranquilidad de su alcoba.

Los documentos contenían escrituras de propiedades que habían dejado de pertenecer al difunto, salvo la de aquella casa donde ahora vivía el descendiente; y el retrato tenía en la parte posterior un nombre escrito a mano con tinta verde y una fecha: Emma, 1975.

Empezó a revisar las escrituras: aquellas propiedades constituían un patrimonio de alto valor económico en cualquier época. Y de inmediato le surgió la interrogante: ¿Qué había hecho su padre con el dinero obtenido de todas aquellas ventas, si siempre vivió en permanente escasez? Y en cuanto al retrato, de pronto se le encendía el foco: ¿No sería acaso la hermana menor de su madre, la que desapareció del entorno familiar sin que volviera a ser ni siquiera mencionada en el mismo? Preguntas sin respuesta a la vista, que abrían rendijas en la aparente uniformidad de la pasada vida en común. Y no había a quién preguntarle, porque su padre fue el más longevo de los hermanos, los primos se habían ido al extranjero hacía muchos años y las amistades siempre brillaron por su ausencia. ¿Cómo resolver tales enigmas en un páramo de silencio?

La caja abierta y vacía daba de pronto la impresión de que estaba queriendo decirle algo. Se le acercó. Se trataba de una de aquellas cajas de hierro que se quedaban fijas en su lugar como moles imperturbables. Se arrodilló junto a ella y, en un impulso no pensado, introdujo la mano cuanto pudo en el reducidísimo espacio entre su base y el piso. Un sobre parecía estar ahí. Lo extrajo. Tenía la apariencia de ser envío reciente. Lo abrió, extrajo la hoja que era copia de un texto escrito en una laptop y así, arrodillado, lo leyó.

Luego se fue al ventanal, casi tiritando. En los días siguientes, su mujer y sus hijos lo vieron extraño, pero no preguntaron nada. Él era reservado por estricta naturaleza. La vida volvió a su ritmo normal. Para él, sólo los sueños habían dado un giro. Hoy, todo lo no vivido le aparecía en ellos. Emma, su verdadera madre, con quien su padre tuvo un affaire traumático, que hizo que el mundo familiar se resquebrajara de súbito. Y los espacios rurales que formaban el patrimonio paterno, y que también se desvanecieron, porque su padre, trastornado por su propio destino y por la culpa que lo asolaba, repartió el dinero entre las dos hermanas, ambas ausentes.

La casa donde ahora él vivía se salvó de milagro. En ella vivió él con su padre hasta la muerte de este. Y ahí se instaló luego con su mujer y con los dos hijos que les vinieron. Esa casa representaba el único espacio familiar disponible, de antes y de ahora. Había que celebrarlo a todo ruido gozoso, con amigos y música. Su mujer le preguntó:

—¿Y qué estamos celebrando?

Él respondió sonriendo como nunca:

—Que se abrió por fin la caja fuerte.

Ella hizo el gesto de “algo le pasa a éste, pero es algo que me gusta”.

JUEGO DE AROMAS

La vida diaria está sobrecargada de obligaciones y de tribulaciones. La excusa de siempre. Pero aquel día ambos amanecieron con una vibración olvidada. No había pasado nada fuera de lo común ni en sus condiciones económicas ni en su balance familiar: era simplemente un sentir que estaba ahí, queriendo brotar de sus respectivas interioridades. Él rompió el velo:

—Estoy aquí, Jenny. ¿Me recuerdas?

—¡Ay, Fred, qué pregunta es esa! Dormimos uno al lado del otro desde hace 20 años…

—Bueno, pero yo no hablo de dormir, sino de despertar.

—¿Y qué tiene el despertar que no tenga el dormir?

—Movimiento. Cuando uno está dormido las sábanas abrigan; cuando despierta las sábanas estorban…

—¿Y entonces?

—¿Me recuerdas despierto?

—Déjame oler… ¡Sí, hueles a eucalipto!

—¡Y tú a salvia!

—¡Perfecta alianza! ¡Manos a la obra!

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