El estadio que remodelaron las pandillas

En El Salvador las pandillas cobran renta, elevan los índices de asesinatos y mantienen en jaque al Gobierno; también remodelan estadios. Esta es la historia de cómo lo hicieron en Cojutepeque.

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Espacio. El estadio de Cojutepeque se encuentra en abandono. Pese a la reconstrucción, no se desarrollan actividades deportivas en el lugar.

Espacio. El estadio de Cojutepeque se encuentra en abandono. Pese a la reconstrucción, no se desarrollan actividades deportivas en el lugar.

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El estadio Alonso Alegría Gómez tiene sus páginas históricas en Cojutepeque, muchas relacionada al fútbol; ninguna como la que sucedió entre abril y septiembre de 2014, cuando se decidió remodelar el recinto. Bajo amenazas, pandilleros que residen en zonas cercanas al estadio lograron que la empresa encargada del proyecto los contratara como mano de obra, un hecho que fue del conocimiento de la Policía Nacional Civil (PNC) y del Instituto Nacional de los Deportes (INDES).

El recinto nació a mediados de los ochenta, en plena guerra civil salvadoreña, y actualmente le pertenece al INDES, institución que a inicios del año pasado, cuando el exfutbolista Jaime Rodríguez aún era su presidente, decidió emprender un proyecto de remodelación que abarcaría obras en los portones, los graderíos y en la cancha de fútbol, todo valorado en $54,040. En el plan, las obras debían ser terminadas en 45 días, pero en la práctica este plazo se extendió a cinco meses.

Lo que sucedió en Cojutepeque durante ese período es difícil de catalogar. Luis Montes, apoderado legal de la empresa Profesionales de la Ingeniería y Medio Ambiente (PROIMA S. A. de C. V.), que ganó el proyecto, prefiere pasar la página y admite que nunca más quiere volver a Cojutepeque, a ese estadio y en especial a sus alrededores. Dice que tuvo pérdidas económicas, como las tienen hoy muchas empresas privadas que son víctimas de la delincuencia que azota al país.

Montes llegó al estadio el 3 de abril de 2014. Instaló a su gente –un equipo de 12 albañiles, dos especialistas y un encargado de obra– y se fue del lugar. Minutos después le informaron que uno de sus trabajadores había sido golpeado por pandilleros de la zona, aparentemente por andar un tatuaje (del nombre de su novia) en la pierna, y amenazaron al resto con el mismo destino si volvían al estadio. Entonces la obra tomó un rumbo inesperado.

“La remodelación se paralizó. Casi nos matan al muchacho. Nosotros quedamos en medio de dos bandos. Por un lado pedíamos seguridad (de la PNC), para terminar la obra, porque teníamos que terminarla, pero eso molestaba a la gente de la localidad; por el otro tuvimos que negociar con los muchachos (pandilleros) para que nos dejaran avanzar, pero nos pusieron ciertas condiciones”, contó Montes.

En ese proceso de negociación pasaron tres meses mientras bajaban las aguas. La gente de los alrededores, entre los que no todos son pandilleros, solo accedió a que se continuara la construcción bajo dos condiciones: que se contratara a jóvenes de la zona, entre ellos pandilleros, y que no llegara más la Policía.

Este relato se construye con las versiones de representantes de la empresa y de agentes de la PNC, una institución que tiempo después negaría lo sucedido.

 

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En los ochenta el equipo Cojutepeque Fútbol Club jugaba en la Tercera División y lo hacía en una cancha llamada El Tiangüe, un terreno al que los lugareños recuerdan como un hoyo a la orilla de la carretera Panamericana. Alonso Alegría Gómez fue el principal impulsor para que se construyera un estadio en Cojutepeque. La intención era darle a los jóvenes de la zona una instalación digna para desarrollar actividades de diversa índole. Don Loncho, como lo recuerdan los cojutepecanos, fue un comerciante que tenía una devoción particular por los deportes y fundó obras como el Club de Leones de Cojutepeque. 

La idea de Alegría Gómez tuvo buena recepción y el estadio se inauguró en 1987, cuando el equipo choricero celebraba su ascenso a Primera División y el recinto pasó a llevar su nombre. Alegría estuvo siempre pendiente del estadio hasta que falleció, en 2003.

Con el paso de los años, llegaron las pandillas. Hoy el escenario deportivo está rodeado por un cordón de colonias y comunidades a las cuales pocos se atreven a entrar.

Cojutepeque estuvo entre los 16 municipios con mayor tasa de homicidios durante 2013, según el programa “Prevención del crimen y la violencia” de la Agencia Internacional de Unidos para el Desarrollo (USAID). Y hasta junio de 2015 estuvo en el puesto 25 de los municipios más violentos, según datos de la PNC. El Gobierno incluyó a Cojutepeque en sus planes de prevención durante este año, con el proyecto plan El Salvador Seguro.

La situación por la que pasó la empresa PROIMA al querer interceder el estadio cojutepecano no era difícil de predecir. Pero las negociaciones que inició Montes, el representante de la empresa constructora, llevaron a un escenario inesperado: los pandilleros le dijeron que si quería trabajar el estadio, debía contratarlos a ellos.

Y así fue como el 21 de julio las obras se reanudaron. Montes mantuvo solo al encargado de obra y a dos especialistas, se deshizo de los 12 albañiles y contrató a 25 personas impuestas por la pandilla local. “A nosotros nos convenía, porque entre más gente, más rápido terminaríamos, y lo que queríamos era acabar la obra e irnos. Lo malo fue que les tuvimos que pagar más”, confesó.

PROIMA pasó de pagar $9 diarios a sus albañiles a brindar $10 por día a los jóvenes que habían llegado. “Aunque ellos tenían un jefe y a ese le pagábamos más”, recordó el representante legal de la constructora.

Ese dinero salió de la bolsa de Montes, porque el INDES, pese a que se le notificó de la situación, sostuvo que no aumentaría el presupuesto. Funcionarios del instituto se reunieron con ellos y con la PNC para evaluar la situación, pero la entidad no metió sus manos en el problema y la empresa se quedó sola en el asunto.

“La proyección del INDES para ese contrato era bastante limitada. Había demasiadas necesidades en el proyecto y la inversión era mínima. Básicamente lo que se quería era recuperar y rehabilitar el estadio, pero hubo cosas que salieron de imprevisto y nosotros tuvimos que cubrir”, recuerda Montes.
 

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Las obras de remodelación siguieron su curso hasta el 22 de julio, cuando sin aviso la PNC llegó al estadio y realizó un cacheo entre los trabajadores. Así se estableció que todos los “nuevos empleados” de PROIMA tenían antecedentes.

La autoridad no pudo hacer nada más por petición de la empresa constructora, que prefería evitarse problemas con los lugareños; la PNC envió un oficio al INDES en el que dejaba constancia de la situación. El instituto se cruzó de brazos y enterró el documento en sus archivos; los agentes que lo emitieron hoy niegan el hecho o dicen no recordarlo con claridad.

El subcomisionado José Vigil Ulloa era el jefe de la delegación de Cuscatlán durante ese período de tiempo y él firmó el documento que llegó a las oficinas del INDES el 23 de julio. En el escrito manifiesta que un día antes la PNC llegó al lugar y encontró a pandilleros trabajando en el estadio.

“Llegó gente nuestra (agentes) y nos dijeron que no necesitaban nuestra intervención, porque la gente que trabajaba era gente local y con ella no había problemas, solo con los que llegaban de afuera”, recordó Vigil Ulloa.

El subcomisionado afirmó que él solo documentaba la situación para el INDES, pero que el principal responsable era el jefe de operaciones de la delegación de Cojutepeque, a quien identificó como el inspector Sandoval Mejía, pero este negó el hecho cuando fue contactado para conocer su versión.

“Yo sé que vino una empresa a remodelar el estadio, pero no tengo conocimiento de ese hecho (la contratación de pandilleros). Nosotros sí dimos seguridad a la empresa que llegó (PROIMA), no sé quién reportó lo contrario”, manifestó.

Incluso, contradijo a su superior: “Lo que habrá sucedido es que muchas veces, en varios proyectos, las alcaldías, las empresas o las instituciones contratan mano de obra local. No sé por qué el subcomisionado Vigil informó eso (lo de las pandillas)”.

Sandoval Mejía negó la existencia de cualquier otro reporte sobre el cacheo que se hizo aquel 22 de julio a los pandilleros que se contrataron para remodelar el estadio. Tampoco recordó que algún empleado de PROIMA fuera golpeado el 3 de abril, pese a que su superior y las otras fuentes confirman lo contrario.

“En todo el país existen pandilleros, también en esa zona (del estadio), pero no recuerdo que se haya contratado a pandilleros para esa obra. Imagine si eso hubiese pasado, que notición sería”, dijo para cerrar el tema.
 

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Atrás quedaron los años cuando el Alonso Alegría Gómez se llenaba de lugareños para presenciar partidos de Primera División. El equipo, por el que pasaron seleccionados nacionales como Mauricio “el Tuco” Alfaro, José Luis “Chelís” Rugamas o el panameño Percibal Piggott, hoy está en tercera categoría y juega en canchas prestadas, como la Jorgito Meléndez de Soyapango.

El INDES recibió el “remozado” estadio cojutepecano el 5 de septiembre de 2014, cuando el profesor Jorge Pérez Quezada ya había relevado en la presidencia del instituto a Jaime Rodríguez.

Pese a que Quezada ha sido bastante mediático en la presentación de varias de sus obras, en Cojutepeque no hubo reinauguración. Ni siquiera el departamento de comunicaciones de la entidad tiene fotos de cómo quedó el estadio y desde el órgano deportivo aceptan que el recinto está en una zona conflictiva, por lo que nadie lo cuida, no tiene vigilantes y tampoco hay actividades regulares programadas porque prefieren realizarlas en otro escenario municipal llamado “el Campito”. En conclusión, el Alonso Alegría Gómez está en completo abandono, a pesar de los casi $55,000 de fondos públicos que se invirtieron en él hace un año.

“La zona es complicadísima y hay cosas que son difíciles de controlar para nosotros en esas áreas. Hasta donde yo sabía la gente del Cojute (el equipo profesional) estaba ocupando el estadio, hasta se les dio material para que crearan una escuelita de fútbol. Remodelamos el estadio con la idea de que fuera ocupado y confiamos en que la gente en Cojutepeque tenía coordinado todo”, manifestó Quezada cuando fue consultado sobre la actual situación del estadio.

El presidente del INDES aceptó que el año pasado se enteró de que PROIMA iba a contratar pandilleros para trabajar en la obra, pero aseguró que no podía hacer nada al respecto. “Se nos informó que era el mejor mecanismo (contratar pandilleros), porque era parte de las quejas que tenía la gente de la zona, porque no se les incluía y era parte de las garantías para dar apertura al proyecto. Nosotros contratamos a la empresa (PROIMA) y más allá de eso no tenemos incidencia, la gente que ellos contraten ya no depende de nosotros”, explicó sobre el proyecto.

La colonia Vista al Lago, ubicada en los alrededores del estadio, es una de las señaladas como conflictivas de Cojutepeque, y los agentes policiales, quienes de vez en cuando recorren la zona, aseguran que nunca han visto a un administrador en el estadio, ni tampoco gente que haga deporte en él, pero sí saben que los pandilleros locales se congregan en el lugar y ese es el principal motivo por lo que el fútbol no ha vuelto.

“Es una lástima. Hace unos 15 años aún se veían bonitos partidos en esta cancha”, recordó el oficial García, un agente policial que acompañó la visita para revisar el lugar y constatar que el estadio, salvo su fachada, está en deterioro y rodeado de jóvenes que, desde la colonia vecina, vigilan quién entra y sale del lugar

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