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El fotógrafo del óleo se niega a desaparecer

Juan Tomás Batres es un artesano dedicado a transformar fotografías convencionales en pinturas al óleo, una técnica que le ha dado el sustento a él y a los suyos durante décadas. Desde su estudio en el centro de San Salvador, lucha por mantener vivo un oficio que parece estar cerca de desaparecer por la invasión de las nuevas tecnologías.
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Historia.
En la primera foto aparece el niño de tres años José Armando Amaya González junto a su hermana Ana. La siguiente es el retrato de José con su esposa, María, ya siendo un hombre. La última imagen corresponde a la hija de ambos, Ana Vilma Amaya González.




Diminutas.  Un tiraje de fotografías de la hija de Juan, Alejandra, tomadas en 1992. Podría ser el inicio de toda una serie de retratos en grandes dimensiones. El proceso de Juan les da un toque del que carecen los trabajos digitales: el de la pieza única.

 

De sus 70 años, Juan Batres ha dedicado 50 a la adaptación de retratos al óleo. El proceso es complejo: se ocupa sobre el lienzo una película de resolución rápida para copiar el original en blanco y negro, que después será quemado en una ampliadora para darle el tamaño buscado. Tras eso, se revela en un cuarto oscuro. El último paso es la pintura a mano. Algo que parece anacrónico en los tiempos del Photoshop y las aplicaciones de celulares. 






Libertades. Si bien se trabaja sobre un retrato fotográfico, este tipo de labor permite algunas licencias, como la elección de los colores y los fondos. Este retrato fue pintado
hace más de 30 años.



Infancia detenida.  La imagen utilizada como base para este trabajo fue tomada hace 25 años, los mismos que tiene de existencia esta pieza. El proceso les da un soplo de vida distintivo. Estos niños ahora tienen el color de lo irrecuperable.


  















Dos versiones.  En cada pareja de imágenes, arriba están los antiguos retratos en blanco y negro de rostros que ya no existen. En el grupo de estampas de abajo, las fotos ya pasaron el filtro del óleo: una joven pintada hace 40 años que ya no llegó a recoger el trabajo que la inmortalizó, la jefa de enfermeras del Hospital Militar en 1975 y la muchacha a la que los empleados del Banco Central de Reserva eligieron como la reina de sus festividades en 1975.



Nostalgia. Juan da los últimos retoques a uno de sus cuadros en medio de la penumbra. Puede ser que esté dando los últimos retoques a un oficio en agonía.



Colección de piezas.
 Juan ha retratado a personas desconocidas, clientes, miembros de su familia y figuras de la historia salvadoreña, como el beato Óscar Romero. Cuando comenzó, dice, existían miles de estudios fotográficos en el país, de los que solo queda el recuerdo.


 

Siete años le tomó a Juan Batres aprender el oficio de la fotografía, allá por 1953, cuando solo eran en blanco y negro. “La fotografía se convirtió para mí en una gran ilusión, me gustó el arte”, dice el artesano. Vio una forma de unir estas dos pasiones en su oficio, que le ha dado el sustento casi toda su vida y varios clientes que lo han visitado durante décadas.
 




La máquina.
La ampliadora está compuesta por una fuente de luz, un filtro que permite variar la temperatura de color de la luz, un portanegativos y un objetivo que puede ser sustituido.




 

Tags:

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