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El hombre del año

Como buen CEO, Francisco sabe que para consumir los servicios antes se debe crear un mercado, o bien recuperarlo.
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Antónimo gradual

¿Quién dijo que el cambio es sinónimo de juventud y rebeldía? Quien hasta marzo de este año era conocido como Jorge Mario Bergoglio, ahora Francisco, a sus 77 años ha demostrado que la rebeldía intelectual es un valor que debe conservarse intacto y que sin importar la edad puede obrar maravillas. Con su sotana blanca y sus zapatos negros, Francisco irrumpió en escena con la fuerza de un Elvis Presley en los cincuenta. El éxito de Francisco es quizá el contrario de lo que es espera de una estrella. Su sencillez en lo estético y en lo formal es un contraste gigante con lo ambicioso de sus primeras acciones. Su primer año al frente de una Iglesia católica desangrada y con éxodos masivos de fieles es similar a la estrategia de un nuevo CEO al mando de una gran empresa que ha visto sus mejores días.

Francisco tiene la ventaja única frente a cualquier otro líder mundial de no tener que cumplir promesas de campaña. Sus promesas, si es que las hay, se profieren únicamente frente al Colegio Cardenalicio, sus colegas de junta directiva, y no frente a los cerca de 1,200 millones de seguidores que, sin votarle ni elegirle, le deben obediencia en cuestiones de fe. De allí que Francisco, como pocos, comenzaba teóricamente con carta blanca para innovar en una corte papal plagada de escándalos, desde lavado de dinero y prostitución interna hasta la desconexión más absoluta con las realidades vividas fuera de los muros vaticanos. La cara de Francisco en la portada de The Advocate, la revista de derechos homosexuales más importante de Estados Unidos y bajo el título del “Hombre del año” fue sorprendente. El abandonar la obsesión malsana de la Iglesia con la sexualidad humana es solo uno de los primeros y asombrosos pasos de Francisco en su cruzada para rescatar la Iglesia. Como buen CEO, Francisco sabe que para consumir los servicios antes se debe crear mercado, o recuperarlo.

La crítica dura desde el trono de San Pedro en contra del capitalismo a ultranza, que llevó a la crisis global de 2008 y que continúa cercenando el futuro de millones en todo el planeta, cayó como balde de agua fría entre quienes también aplaudían el cambio de tono del papa frente a temas considerados tabúes por sus antecesores. Sus palabras han puesto a élites que suelen defender todo lo que sale del Vaticano como incontestable en una posición difícil, a la que es mejor responder con silencio pero sin acción.

Para Francisco, subirse al tren de los tiempos y abrir las pesadas puertas de bronce de San Pedro a las realidades sociales del mundo será más fácil que tratar de incidir en la mente de quienes dirigen los destinos económicos del mundo. Su reto más grande es que esas palabras se escuchen en países como el nuestro, donde las élites suelen hacer de la religión su leitmotiv cuando se trata de perpetuar siglos de exclusión y discriminación, pero hacen oídos sordos y combaten como el enemigo feroz cuando se habla de justicia social.

Así entonces, Francisco ha hecho bien en no mudarse a la corte vaticana y mantenerse en la casa de huéspedes donde llegó como cardenal Bergoglio. Si quiere reconectar con el mundo, no lo hará sentado desde un trono, sino recorriendo las calles donde se viven las consecuencias del enorme peso social que todavía tiene su palabra. Es un enorme avance con respecto a su antecesor, cuyo movimiento más recordado será quizá el de renunciar a un cargo tomado como irrenunciable. Así entonces, no es de extrañar que Francisco sea, por mucho, el hombre del año.

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