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El llanero solitario

Aventurarse con uno mismo es descubrir lo que uno es capaz –o incapaz–. Y lo mejor: no hay itinerarios. Uno va a donde quiere.
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Hace siete años tuve un finiquito amoroso. Y me deprimí; llegué a sentir que no conseguía respirar. Me enfoqué en el trabajo, pero un día me vi reflejado en el cristal de mi computadora y no me reconocí.

Me busqué en un mapa de El Salvador. Llevé mi dedo índice hasta uno de los departamentos más apartados, Morazán. Allí, al ras de la frontera con Honduras, encontré un puntito que decía Joateca. Le pregunté a la editora si podía pasar unos días en ese municipio –solo–. Y aceptó a cambio de que volviera con una historia.

Joateca resultó ser la suma de dos tiendas y poco más. A las 6:30 de la tarde todas las puertas se cerraban y se entronaba una noche negrísima y silenciosa. Sin Wi-Fi y nadie despierto para platicar, intenté dormir en una hamaca alquilada, pero solo conseguí retorcerme durante horas y lloriquear ¿qué carajo hago aquí?

Al amanecer abandoné Joateca. Y caminé, caminé, caminé hasta alcanzar un caserío llamado Las Cañas. Allí conocí a Efigenio y Yoni, dos niños que habían caminado –enchancletados– muchísimo más con tal de cursar un tercer grado. Ninguno conocía el mar o San Salvador. No sabían de distancias, ni de perspectivas existenciales. Lejos de eso, sus vidas parecían prediseñadas: iban a estudiar hasta sexto grado y luego trabajarían la tierra y cosecharían pobrezas infinitas. Tras publicar esta experiencia, mis problemas me parecieron banales.

Entendí que a veces era terapéutico alejarse, perderse. Y que despertar solo, en un poblado recogido como Joateca, obligaba a mi mente a abrirse. Reaccionar a escenarios desconocidos terminaba siendo grato, siempre y cuando tuviera un mínimo de humildad.

“Nadie adquiere una visión amplia, saludable y generosa si se queda en una esquina de la Tierra toda su vida”, dijo Mark Twain, el escritor-viajero estadounidense.

Antes de Joateca no contemplaba viajar aún más lejos y solo. Pensé que viajar era para adinerados o para afortunados como Justine Shapiro, la expresentadora de Lonely Planet, el programa de viajes que solía ver. Pero no. Con subastas, ahorros y becas he conseguido desgastarme los pies y aprender. Viajar es una inversión (de vida) cuando existe la capacidad de asombrarse por un arroyo en Joateca o una playa caribeña. Encima, los viajes pueden abaratarse si se compran, con antelación, en aerolíneas “low cost”. Hostel World también ayuda. El año pasado, cuando estudiaba en España, encontré un vuelo a Estambul por 230 euros. Ofertón. Pero nadie quiso acompañarme. Me acusaron de loco por querer ir solo, “¿sabías que la película “El expreso de medianoche” ocurre en Estambul?”.

La locura fue aterrizar allí y no saber cómo comunicarme. Pregunté direcciones a transeúntes que no sabían inglés y todo lo veía escrito en turco: “Sen üzülme”, “degisir mevsim”. El olor a kebab, el rezo musulmán a todo volumen y ver a tanta gente –y gatos– me apabulló más. Un joven inmigrante iraquí se compadeció y me animó a viajar en metro juntos. Cuando me bajé, prácticamente me había contado toda su vida, llena de sacrificios, como el de tener que pernoctar en el aeropuerto. Era difícil asimilar su historia frente a la belleza hiriente de Estambul. De hecho, quería comérmela.

Un joven turco me acercó un menú en la calle y le señalé dos fotografías. Poco después regresó con una vianda que desbordaba arroz, cordero, ensalada, panecillos, té de menta y pastel de pistacho. “Tú pediste esto”, me advirtió en inglés. Sabía delicioso, pero era tanto que pedí para llevar. En el camino al hostal, entré a un bar para fumadores con “narguile”. Pedí mi pipa y con la primera inhalación tosí, eché humo por la nariz y sentí arcadas. A los fumadores otomanos no pareció causarles gracia. A mí sí, aventurarse con uno mismo es descubrir lo que uno es capaz –o incapaz–. Y lo mejor: no hay itinerarios. Uno va a donde quiere.

Por nada del mundo cambiaría esa sensación que tuve hace poco, cuando manejé hasta Tikal al amanecer: la neblina elevándose por encima de lo que construyó la naturaleza y el hombre, la selva y las pirámides. Cuando fui a Israel, vi con menosprecio a los que se arrodillaban a besar el suelo del Santo Sepulcro, cuando hice lo mismo me dio por llorar. Tenía prejuicios de gringos, griegos, españoles, judíos y palestinos hasta que los conocí in situ.

Quisiera viajar más –no importa si es conmigo mismo–. Sé que todos tenemos el mismo destino (morir). Mientras tanto, quiero llenar mi equipaje con recuerdos bonitos, como el del día que escapé a Joateca. Allí, cuando me perdí, me encontré.

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  • viajes
  • soledad
  • humildad

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