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El municipio de la Armonía Cuscatleca

La música no es prioridad en los centros escolares. Jefferson, de 10 años, demuestra los beneficios de aprender a tocar un instrumento al ser uno de los estudiantes de Armonía Cuscatleca, única escuela de música en San Pedro Perulapán, uno de los municipios más violentos del país. El único profesor de la escuela, Pablo Méndez, se esfuerza por sacar adelante el proyecto, a pesar de la falta de financiamiento.
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Responsabilidad.  Érika Bautista, madre de Jefferson, lo acompaña a todas sus clases de violín.

Responsabilidad. Érika Bautista, madre de Jefferson, lo acompaña a todas sus clases de violín.

Único profesor.  Pablo Méndez, de 31 años, es el único profesor de música en Armonía Cuscatleca.

Único profesor. Pablo Méndez, de 31 años, es el único profesor de música en Armonía Cuscatleca.

Clases de música.  Pablo Méndez enseña violín y cello a 35 alumnos del Centro Escolar General Francisco Morazán.

Clases de música. Pablo Méndez enseña violín y cello a 35 alumnos del Centro Escolar General Francisco Morazán.

Curiosidad.  Es la primera vez que se imparten clases de música en el Centro Escolar General Francisco Morazán, en San Pedro Perulapán.

Curiosidad. Es la primera vez que se imparten clases de música en el Centro Escolar General Francisco Morazán, en San Pedro Perulapán.

Cellistas.  Armonía Cuscatleca está formando una orquesta sinfónica con violines y cellos. Hasta hace poco no tenían instrumentos suficientes.

Cellistas. Armonía Cuscatleca está formando una orquesta sinfónica con violines y cellos. Hasta hace poco no tenían instrumentos suficientes.

Dedicación.  Jefferson Bautista practica el violín todos los fines de semana. El violín se lo entregaron en Armonía Cuscatleca para que practique en casa.

Dedicación. Jefferson Bautista practica el violín todos los fines de semana. El violín se lo entregaron en Armonía Cuscatleca para que practique en casa.

El municipio de la Armonía Cuscatleca

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El municipio de la Armonía Cuscatleca

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En San Pedro Perulapán, lo menos por lo que se preocupan las familias de aquí es por llevar a sus hijos a clases de música. Al ser uno de los 10 municipios más violentos del país, la preocupación de los padres es que sus hijos lleguen a salvo a la escuela. Y que regresen a salvo de ella. Por eso, fue una novedad cuando apareció, desde Estados Unidos, Pablo Méndez con el deseo de dar clases de violín y cello.

Antes de él no había quien diera clases de música. De hecho, los centros escolares públicos no imparten música ya que no está contemplado en el currículo educativo. La música, y cualquier actividad artística y cultural, es un complemento a la educación, es decir, si el alumno tiene los medios y la motivación de querer aprender a tocar cualquier instrumento, tendría que buscar en otra parte.

Las familias perulapanecas no están en condiciones de mandar a sus hijos afuera del municipio. Un 95% de la zona es rural. La mayoría de los habitantes se distribuyen entre los 17 cantones del lugar. Solo 5 % pertenece al casco urbano y, aun así, hay familias en el centro de San Pedro Perulapán que no tienen energía eléctrica.

A pesar de esas condiciones, Pablo Méndez montó su escuela de música, Armonía Cuscatleca, en San Pedro Perulapán. Ya lleva cuatro meses y medio dando clases a 35 alumnos que provienen tanto de la zona rural como urbana. Pablo no cobra a los alumnos por sus clases y hasta les dio sus propios instrumentos para que practicaran en casa.

Jefferson Bautista es uno de los alumnos de Pablo. Sin este proyecto, lo más seguro es que Jefferson jamás hubiera aprendido a tocar algún instrumento, menos violín. Su familia no puede pagar clases extra. Él es un claro ejemplo de lo que, en un tiempo tan corto, se puede lograr a través de la música: es más disciplinado en la escuela, se lleva mejor con sus compañeros y se ha acercado a sus papás.
Cellistas.  Armonía Cuscatleca está formando una orquesta sinfónica con violines y cellos. Hasta hace poco no tenían instrumentos suficientes.


Los buenos resultados en alumnos como Jefferson no parecen ser suficientes. Armonía Cuscatleca podría terminarse para el siguiente año. La única escuela de música en San Pedro Perulapán no tiene fondos para sostenerse. Tampoco tiene otros maestros que ayuden a Pablo a atender a los niños. A duras penas han conseguido los instrumentos suficientes para cada uno de los alumnos.

 

***
 

Todos los jueves ensaya la orquesta. Las clases de música por lo habitual inician a las 8:30, pero los jueves se reúnen una hora más tarde. Este jueves, Jefferson, su mamá y su hermana salieron a la carrera: los platos quedaron sin lavar, el piso quedó sin barrer y la cama sin arreglar. Ellos viven en El Zanjón, cantón La Cruz, a medio kilómetro del casco urbano de San Pedro Perulapán.

Es una zona aislada, ahí habitan la familia de Jefferson y tres familias más. Para salir del caserío, tienen que cruzar un empinado camino de piedras y maleza por 10 minutos antes de llegar a la calle principal. Desde aquí, bajan hasta la escuela de Jefferson, el Centro Escolar General Francisco Morazán, lugar donde se encuentra Armonía Cuscatleca. Cuando se apresuran, hacen un total de 20 minutos caminando.

Hoy se confiaron porque Sharon, la hermana menor de Jefferson, no tuvo clases en el kínder. No tiene a alguien que ayude a cuidarla, así que Érika se la llevó al ensayo de su hermano mayor. A Sharon también le gustaría aprender a tocar violín.

Desde que Jefferson empezó sus clases de música, Érika va con él hasta la escuela y espera hasta que termine. Desde mayo, cuando le dieron permiso para llevarse su instrumento a la casa, Érika sintió un mayor compromiso para acompañarlo. Teme que en el trayecto le pase algo a su hijo porque va con su violín, que se lo quieran robar o peor.


Responsabilidad.  Érika Bautista, madre de Jefferson, lo acompaña a todas sus clases de violín.

Érika no es la única en tomar estas medidas con sus hijos. Los padres de los alumnos que vienen desde cantones más alejados que el de Jefferson, como La Loma, Buenos Aires o El Carmen, toman medidas similares: van a dejar a sus hijos al inicio de clases y están pendientes de la hora de salida para ir a traerlos, los dejan en el bus junto a otros compañeros o, si algún familiar tiene carro, los mandan con él.

Las precauciones no están de más: desde enero a mayo de este año San Pedro Perulapán registra una tasa mensual de 16 homicidios por cada 100,000 habitantes. Esto lo convierte en el cuarto municipio más violento del país, por encima de Soyapango, San Miguel, Apopa y Mejicanos. Por esta razón, los padres hacen lo posible para que sus hijos no caminen solos. En todo caso, prefieren no mandarlos a clase de música antes que exponerlos a cualquier riesgo.

Pablo nunca expulsaría a alguien por faltar a clases. Pero sí ha visto cómo algunos estudiantes han ido abandonando el proyecto poco a poco. Al principio iniciaron 50 alumnos tanto del turno matutino como del verpertino. De ellos, hasta la fecha se salieron 15. Y de esos 15 un par se vio obligado a retirarse por problemas con las pandillas.

La mamá de una de las niñas que inició en el programa, cuyo nombre y lugar de residencia no fueron especificados, se vio obligada a sacarla por ese motivo. Después de recibir su violín para que practicara en casa, empezó a recibir amenazas de extorsión. Su madre tuvo miedo y, luego de hablar con Pablo, optó por retirarla.

En la escuela de Jefferson hubo 27 niños que se retiraron este año por cambio de domicilio. Muchos de ellos huyeron de las amenazas de pandillas. Todos ellos provenían de la zona rural, en su mayoría del cantón La Loma, o de los alrededores de la zona urbana.

Las únicas tres veces en que Jefferson faltó a clases de música durante estos cuatro meses y medio fue porque su mamá no pudo ir con él. Jefferson ha tenido la suerte de que en el caserío donde vive no ha habido este tipo de problemas. También tiene la suerte de que su mamá lo acompaña. Los niños que llegan desde los cantones se arriesgan por ir a clases de música y, aun así, siguen asistiendo.


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Cuando Jefferson llega al centro escolar, al filo de las 9 de la mañana, el ensayo de la orquesta aún no ha empezado. Deja a su mamá y a su hermana sentadas en una mesa plástica a las afueras del salón. Esperarán hasta las 11, hora de salida. Algunos de los compañeros de Jefferson ya están adentro, sacan el polvo del aula y preparan las bancas donde se sentarán.

Pablo, su profesor, también está aquí. Espera a que estén completos los 18 alumnos del turno matutino. Consigo ha llevado tres cellos nuevos que entregará a los cellistas del grupo. Los ha obtenido luego de recaudar fondos y de donaciones de la alcaldía municipal y la Asociación de Salvadoreños en Los Ángeles (ASOSAL). Antes de hacer esta adquisición, los siete cellistas tenían que compartir los cuatro cellos que Pablo había facilitado para ellos.

Una de las razones por las cuales los niños de Armonía Cuscatleca continúan asistiendo a clases es porque también se los llevan a la casa. La meta de Pablo es construir una orquesta juvenil en San Pedro Perulapán. Para ello, necesita que sus estudiantes practiquen en los tiempos libres. Pero en un lugar donde, según la municipalidad, el 95 % vive con escasos recursos, no se puede comprar un violín que puede llegar a costar entre $500 y $2,000.

Pablo se propuso entonces obtener los instrumentos, ya que estaba consciente de que los padres de los niños no podrían comprar uno. Pablo consiguió violines y cellos que no utilizaban en su antiguo lugar de enseñanza, Harmony Project. Desde Los Ángeles trajo 25 violines y cuatro cellos. Acá consiguió el resto de instrumentos. Intentó gestionar apoyo con la Secretaría de Cultura y casas de la Cultura, sin mayor respuesta.

Clases de música.  Pablo Méndez enseña violín y cello a 35 alumnos del Centro Escolar General Francisco Morazán.

También es Pablo quien cubre los gastos del mantenimiento de los instrumentos, ya que implican cuidados delicados. Un violín o un cello se despegan a temperaturas demasiado altas, como las de San Pedro Perulapán, y requieren de cambio de cuerdas y revisión de arco al menos una vez cada seis meses. Estas revisiones pueden costar entre $10 y $40, dependiendo de la cantidad de trabajo que implique.

Esto lo tiene que hacer un luthier, un especialista en ello. En todo El Salvador solo hay uno, Mauricio Solís. Tiene su taller en San Salvador. Pablo es quien le lleva los instrumentos despegados a Mauricio, y él le hace precios especiales debido a la buena labor que está realizando en el municipio. Si no fuera por eso, los niños ya se hubieran quedado sin tocar.

“Nosotros no lo hubiéramos podido lograr”, comenta Érika, la mamá de Jefferson. “Ni siquiera podíamos pagar una clase de estas con un profesor como él”, explica. En la familia de Jefferson, solo su papá, Víctor Pérez, trabaja. Es maestro en Istagua, otro cantón de San Pedro Perulapán.

Por eso Jefferson cuida mucho de su violín. Lo guarda en su cuarto, en una mesita a la par de su cama. No deja que nadie lo toque, por miedo a que se lo puedan arruinar. Él practica solo fines de semana ya que el resto de la semana la tiene ocupada con actividades de la escuela. Sus papás lo animan cuando le salen las notas. “Se oyó bien”, le comentan. Cuando no le sale algo, se frustra, pero sigue practicando.

Antes Jefferson solo iba a la escuela y a su casa, era la misma rutina. No tenía otra actividad en la cual él pudiera participar. Hoy tiene las clases de música a las cuales les dedica tiempo y esfuerzo.


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A Jefferson le cuesta escuchar las indicaciones de Pablo, ya que su voz se pierde entre las melodías de sus compañeros y los gritos de los niños de afuera. Ellos ya están en recreo y se asoman por las ventanas del salón para ver el ensayo. Por el ruido, Jefferson se sienta adelante. “Cuenten conmigo: uno, dos, tres, cuatro”, grita Pablo. Sus alumnos repiten detrás de él. Ya practicaron las escalas básicas y ahorita trabajan las improvisaciones.

Este año es la primera vez que el Centro Escolar General Francisco Morazán imparte clases de música. Antes de eso, había actividades de bandas de paz, pero nada constante. Los niños de afuera se asoman curiosos.


Curiosidad.  Es la primera vez que se imparten clases de música en el Centro Escolar General Francisco Morazán, en San Pedro Perulapán.

Desde 2015 se le ha dado prioridad a San Pedro Perulapán en materia de actividades encaminadas a la prevención de la violencia debido a la ejecución del plan El Salvador Seguro. Entre estas actividades, la alcaldía municipal y los centros educativos realizan jornadas y actividades deportivas y culturales para que participen los estudiantes.

En ese mismo año, San Pedro Perulapán también entró en la lista de municipios donde se reabriría una Casa de la Cultura y Convivencia. En realidad, el municipio tiene 15 años de tener ese espacio, ubicado siempre en el casco urbano, pero hasta el año pasado se le dio mayor importancia: brindaron talleres en música, dibujo y pintura. Aun así, al igual que Armonía Cuscatleca, la Casa de la Cultura cuenta con una persona que la dirige, no da abasto para todos los cantones de la zona y sigue en un proceso de formación.

Desde hace dos años el Ministerio de Educación (MINED) empuja programas de recreación, deporte, arte y cultura a través del programa Un Sueño Posible. Sin embargo, estas actividades aún no llegan a San Pedro Perulapán. De cualquier forma, se siguen viendo como un complemento a la educación. En el currículo educativo nacional no hay una materia de música. Esta se engloba en Educación Artística, que incluye otras ramas, como la danza y la pintura. Pero esta no se imparte en todos los centros escolares públicos.

En la escuela de Jefferson, por ejemplo, no impartían música hasta que llegó Pablo con su proyecto. Y aun así no se abarca a todos: son 404 alumnos registrados este año en el Centro Escolar General Francisco Morazán; de ellos, solo 35 reciben clases en Armonía Cuscatleca. El resto se conforma con ver las clases desde afuera a la hora del recreo.

En San Pedro Perulapán los espacios para que los niños puedan desarrollar sus habilidades artísticas están aún en desarrollo, no son constantes o no son accesibles.


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Érika, la madre de Jefferson, vigila a su hijo desde afuera. Pablo los ha regañado por no prestar atención a los tiempos. Jefferson la vuelve a ver nervioso, teme que ella también lo regañe después. Pablo coge su propio violín y decide tocar junto a los niños. Si Pablo no amara lo que está haciendo, se hubiera ido en abril, cuando tenía planeado irse.

A Pablo siempre le gustó enseñar. En Los Ángeles, donde habita con su familia, también daba clases de música junto a su papá. Fue él quien le enseñó a tocar violín: desde los cinco años, siempre tuvo un violín en la mano. Cuando Pablo quiso montar Armonía Cuscatleca, su mayor opositor fue su papá. Le decía a Pablo que no sabía lo que estaba haciendo, que la situación en San Pedro Perulapán estaba fea, que iba a dejar oportunidades de trabajo.

“Ahora me dice ‘God bless you, hijo’”, ríe Pablo al recordar la última vez que habló por teléfono con su papá. “A él también le gustaría hacer lo que yo estoy haciendo ahorita”, comenta.

A pesar del reciente apoyo, su papá tuvo razón en algo: Pablo sí dejó pasar muchas oportunidades de trabajo porque su tiempo de estadía se alargó. En un inicio, él estaría por tres meses en lo que sentaba las bases del proyecto, conseguía los instrumentos, enseñaba las bases y contrataba a un profesor de música.

Pero hasta finales de mayo completó los instrumentos que necesitaba. Aún no ha encontrado un profesor de música que sea de su confianza como para entregarle Armonía Cuscatleca. Necesita a alguien que enseñe violín y cello, y en San Pedro Perulapán no hay quien lo haga.

Por otro lado, si Pablo instala a otro profesor para sustituirlo, debe pagarlo él. Un profesor de violín, por ejemplo, cobra entre $15 y $25 la hora clase. Pablo da 16 horas a la semana, es decir que tendría que pagar entre $240 a $400 cada semana. Los fondos que Pablo posee, que vienen de su cuenta, son escasos. Tiene que mantener sus gastos personales y considerar gastos para el mantenimiento de los instrumentos. Él no tiene ninguna institución que lo apoye monetariamente; además, Pablo no recibe ningún sueldo por su labor.

Ha tocado las puertas de la Secretaría de Cultura, del Ministerio de Educación y otras organizaciones no gubernamentales para ver si puede conseguir algún tipo de apoyo, pero hasta el momento no ha funcionado.

Pablo volverá a Los Ángeles el 1.º de julio, después de las fiestas patronales de San Pedro Perulapán. Regresará al municipio a mediados de agosto, ya que no puede dejar abandonado el proyecto. Si lo hace, todo lo que ha logrado en estos últimos meses se vendría abajo.

“No me puedo ir. Los niños valoran las clases, a ellos les gustan. Los papás ven la necesidad y se lo toman en serio. Aprovechan el programa”, menciona Pablo. Entiende que está en una situación complicada. Pero si Pablo no amara lo que está haciendo, no hubiera decidido quedarse más tiempo.


Único profesor.  Pablo Méndez, de 31 años, es el único profesor de música en Armonía Cuscatleca.


***

Jefferson mira atento hacia el frente, su profesor ha pedido voluntarios para que improvisen un par de notas. Se anima y levanta la mano. Acto seguido, se acomoda su violín y toca: re mi fa mi re. Arrastra unas notas y Pablo lo corrige. Entonces, vuelve a preguntar quién más quiere intentarlo.

Durante el período en que su profesor esté fuera, Jefferson aprovechará para practicar violín por las mañanas. Les han dicho que tendrán una vacación de un mes, pero que no deben dejar de tocar. Cerca de su casa, aproximadamente a dos cuadras, tiene una compañera que también va a Armonía Cuscatleca, pero en otro horario. Irá donde ella para practicar lo que más le cuesta. Si Jefferson viviera cerca de sus demás compañeros, también los buscaría para ensayar.

Su mamá, Érika, le da permiso de ir porque ya la conoce. Conoce a todos sus compañeros porque lo espera hasta que sale de sus clases. Desde que comenzó Armonía Cuscatleca, ella está más pendiente de lo que su hijo hace en la escuela. A veces, mientras practica en la casa, Jefferson le explica el movimiento que tiene que hacer con el arco para obtener una nota. Érika no entiende, pero lo escucha.

Mientras su hijo ensaya, a ella le entra la duda de lo que pasará el próximo año. Ella escuchó que querían contratar a un profesor, que querían incluir a más zonas, pero hasta el momento no ha habido más. La partida de Pablo en julio también la llena de incertidumbre. Si el proyecto se acaba, es probable que su hijo tenga que devolver el violín y regresar a su rutina.

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