El país de las despedidas

Si desprenderse de los hijos fuera un deporte olímpico, tendríamos una honorable posición 14 en la clasificación mundial. El éxito de nuestra República para expeler gente solo es superado por algunas naciones como Somalia, Siria y Micronesia.
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Hay poco en esta vida más incómodo que decir adiós. Y no me refiero a esas escenas lacrimosas, llenas de abrazos, sollozos y fluidos, dignas de alguna refrita telenovela mexicana. Más bien, aludo a ese baldazo de hielo que golpea la espalda de quien reconoce que está dejando el nido.

Emigrar, bajo las condiciones que sean, es un giro lo suficiente radical como para producir un amasijo de emociones y dudas. A pesar de cualquier miedo, estoy seguro de que un salvadoreño promedio siempre tiene la certeza de que quiere partir. Es más, me atrevo a apostar que en El Salvador la mayoría de los que todavía no se han ido quisieran irse.

Puede que usted admita que la idea le suena o le ha sonado tentadora más de alguna vez, y empiece a recordar el tsunami de violencia, la miseria, la podrida clase política y más. O puede que se moleste y quiera rasgarse la camisa que adquirió por $80 en alguna tienda suntuosa –quizá después de haberse bebido una mutación de café de $10– porque considera que los que nos vamos somos cobardes.

No pretendo generar un cuadrilátero de odio de clases o de polarización –ya estamos divididos de sobra. Solo quiero abordar la insatisfacción, la desesperación y el hastío que puede implicar la decisión de cortar el cordón umbilical de la tierra de la que uno brotó. Si usted todavía no ha sentido nada de eso, es en verdad resiliente o su burbuja es robusta.

Abordemos con números esta realidad. Por cada 1,000 nacidos en El Salvador, ocho se marchan, de acuerdo con la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA, por sus siglas en inglés). Si desprenderse de los hijos fuera un deporte olímpico, tendríamos una honorable posición 14 en la clasificación mundial. El éxito de nuestra República para expeler gente solo es superado por algunas naciones como Somalia, Siria y Micronesia.

De entre los desprendidos, los que más preocupan son esos que salen para evitar que sus familias sean engullidas por la hambruna o para escapar de la muerte violenta que les anda rondando. Porque en nuestro país hay niños que sueñan con un imposible plato de cereal con leche, y otros que preguntan a sus madres “¿y ese sonido fue un ‘cuete’ o un balazo?” Porque en El Salvador Impresionante el subsuelo se queda sin agua y la superficie se empapa con sangre.

Estados Unidos sigue portando el mítico seudónimo de “tierra de oportunidades”, y es, según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el país destino de la mayoría de salvadoreños que emigran. Cuando se viene hasta acá por vías oficiales, lo más tortuoso que puede pasar es un retraso en el vuelo, o ser interrogado por autoridades de Migración.

En cambio, las vejaciones a las que se está expuesto cuando se intenta ingresar por vías extraoficiales son abundantes. Se han mencionado tanto que ya están sobreentendidas y casi trivializadas. Imagine cuán desesperado se debe estar para emprender un viaje tan incierto. Y cuando se tiene tanto coraje para afrontarlo con tal de escapar, no hay campaña publicitaria gubernamental que persuada. De hecho, es insultante, como cuando un agresor pide a su víctima que se quede.

El nuestro es un país de despedidas, la mayoría alcibarada. Todos tenemos nuestra cuota de responsabilidad ante esta crisis. Atienda la suya antes de que su única opción también sea partir.

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