El paso de un asteroide visto desde San Juan Talpa

El lunes 26 de enero un asteroide pasó a 1.2 millones de kilómetros de distancia de la Tierra, y se pudo observar desde el parque astronómico en San Juan Talpa. Aunque el país casi no invierte en el desarrollo científico, hay algunos salvadoreños que creen que esto es lo que nos introducirá al siglo XXI.
Enlace copiado
El paso de un asteroide visto desde San Juan Talpa

El paso de un asteroide visto desde San Juan Talpa

El paso de un asteroide visto desde San Juan Talpa

El paso de un asteroide visto desde San Juan Talpa

Enlace copiado
Fotografías de Francisco Alemány Josué Guevara

L

os científicos de la NASA están en alerta máxima. Un asteroide acaba de ser descubierto por un telescopio en Nuevo México y datos preliminares empiezan a indicar peligro: hay probabilidades de una en cuatro de que el asteroide de 30 metros de largo choque contra la Tierra en las próximas 36 horas. No son buenas.

Los científicos empiezan a considerar hacer una llamada. No cualquier llamada. Quizá es tiempo de levantar el teléfono, marcar a la Casa Blanca y pedirle al presidente de Estados Unidos que lo anuncie al mundo.

Se necesitan más datos, pero nubes bloquean los telescopios que podrían determinar esta información. Durante ocho largas horas de ese 13 de enero de 2004, científicos de la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio (NASA, por sus siglas en inglés) están en crisis y a punto de llamar al entonces presidente George W. Bush.

Un astrónomo aficionado logra ver a través de un hueco en las nubes e informa que no hay un objeto visible en esa parte del cielo. Los científicos respiran. Cancelan la llamada. El susto pasa.

Parece una escena sacada de una mala película de Hollywood sobre el fin del mundo, pero los detalles de esa falsa alarma fueron expuestos 13 días después en una conferencia sobre Protección Planetaria en California y reportados en el momento por los medios de comunicación ingleses The Guardian y BBC.

El objeto, que en realidad medía 500 metros de largo, pasó a una distancia segura de 12 millones de kilómetros de la Tierra. Este tramo es alrededor de 32 veces la distancia entre nosotros y la Luna.

Tan solo 18 días después, científicos descubrieron otro asteroide, al que nombraron 2004 BL86 y que 11 años después está por pasar mucho más cerca que aquel que generó la crisis. Se desplazará a solo tres veces la distancia entre la Luna y la Tierra, a 1.2 millones de kilómetros de distancia, y podrá verse con telescopios. Esta noche del 26 de enero de 2015 lo observaremos desde una colina a poco más de 200 metros sobre el nivel del mar, en las afueras de San Juan Talpa.

Faltan dos días para que el asteroide 2004 BL86 sea visible desde la Tierra, y en San Juan Talpa la tarde viene acompañada de un calor pegajoso. La propiedad de una manzana y media que la Asociación de Astronomía de El Salvador (ASTRO) tiene a las afueras del pueblo está llena de carros y con más de medio centenar de personas pululando entre la sala principal y el campo abierto.

El sol empieza a bajar y el cielo cambia entre anaranjados, amarillos y rosados. Las estrellas más brillantes se empiezan a ver y el ingeniero eléctrico Fernando García pide a los visitantes que entren al salón.

No todos caben en este cuarto de alrededor de 100 metros cuadrados. Solo 29 personas logran conseguir una silla y están apretadas. Alrededor se apretujan otras 25 de pie, mientras otro par de decenas se quedan afuera usando los binoculares, tomando fotos o simplemente platicando. Adentro el calor es más intenso.

Fernando, un hombre de unos 60 años, empieza la última charla del taller de astronomía que la asociación ofrece cada año. En este momento, los participantes tienen la oportunidad de ver las estrellas desde telescopios de la asociación y algunos de los socios, pero primero Fernando dará una charla de 10 minutos, al menos según la programación.

En realidad, Fernando, miembro fundador de ASTRO, pasa casi una hora explicando cómo funcionan los telescopios, las técnicas básicas para ubicarse en el cielo, sus experiencias viendo eventos astronómicos y recomendando algunas aplicaciones para celular.

A medida pasa el tiempo, el calor se vuelve más intenso y hace que uno de los visitantes, un señor de camisa polo, empiece a cabecear y finalmente quedé envuelto en el sopor. Fernando va y viene de manera contante entre dos telescopios y una computadora con un proyector que están al frente del salón.

De explicar cómo se orienta el eje del telescopio en dirección al eje polar de la Tierra, de Norte a Sur, pasa a hablar del evento astronómico que vieron durante este sábado en la madrugada. Tres de las lunas de Júpiter hicieron eclipses solares de manera simultánea. Las proyecciones de sus sombras sobre el planeta se podían ver desde la Tierra en un hecho que no volverá a suceder hasta dentro de un par de siglos.

A pesar del calor, la mayoría del público sigue la charla con interés. Fernando pasa a explicar qué estrellas se ven a diferentes horas y cómo a diferentes latitudes se ven diferentes constelaciones. Le dice a su público que dentro de unos minutos podrá observar esto con los telescopios. “Vamos a pasar a la observación”, comenta, pero un segundo después se escucha la voz de otro de los socios de ASTRO, Ricardo Lewy, quien dice “está nublado” y la sala se colma de risas.

La noche está nublada y apenas se logra vislumbrar la Luna. Faltan dos días para el paso del asteroide y los cielos no son buen presagio.

La fascinación del ser humano por las estrellas está presente a lo largo de la historia, incluso en pinturas rupestres de hace 40,000 años. Los conocimientos adquiridos por observar las estrellas ayudaron a nuestros antepasados a determinar cambios de estaciones, pero también veneraban a los astros como dioses y consideraban los eventos astronómicos como augurios de malas noticias. El universo siempre ha atraído a la humanidad.

“La gente se interesa en el cielo por una razón, una necesidad humana... La gente quiere saber, independiente de su nivel cultural, cómo es el mundo en el que vive”, comenta el físico Francisco Américo Mejía en su oficina en la Universidad de El Salvador.

Por esa curiosidad, niños de 10 años le anuncian a sus padres con orgullo que han visto los cráteres de la Luna. El promedio de 30 a 40 personas que participaron en las charlas previas del taller casi se triplicó en la visita al observatorio que está lleno de jóvenes universitarios que vinieron con sus amigos, amas de casa junto a sus esposos, padres treintañeros con sus hijos, adolescentes con sus padres. Incluso un extranjero, un colombiano, tomó el curso y ahora llega acompañado de su esposa.

Más allá de nuestra curiosidad, Francisco asegura que conocer el universo es importante porque “hay peligros, peligros tan grandes que son peligro de extinción”.

Francisco tiene el pelo negro pintado por un par de canas que contrasta con su barba espesa y casi totalmente blanca. Aunque su área es la física, su interés por la astronomía nació en los setenta y desde entonces estudia el tema y entusiasma a otros, especialmente estudiantes, con un taller libre de astronomía que dirige todos los años desde 2009.

“Los asteroides son miles de rocas que están orbitando entre Marte y Júpiter”, declara mientras se reclina sobre su silla. Según la NASA, estos son objetos rocosos, sin atmósfera, que orbitan el Sol, pero que son demasiado pequeños para ser clasificados como planetas.

Son remanentes de la formación del sistema solar y generalmente se encuentran en el cinturón de asteroides donde la gravedad de Júpiter, el planeta más grande, compite con la gravedad del Sol. Pero hay ciertos asteroides que pasan cerca de la Tierra o cruzan su órbita. A estos se les llama asteroides cercanos a la Tierra.

El que se verá el lunes desde San Juan Talpa cae en esta categoría de asteroides que son constantemente observados y estudiados por científicos del mundo, especialmente por el Programa de Objetos Cercanos a la Tierra de la NASA, creado en 1998.

De 10,003 asteroides cercanos a la Tierra descubiertos hasta el 19 de junio de 2013, 1,409 están clasificados como potencialmente peligrosos ya que podrían ser una amenaza para la Tierra.

Si ya la NASA en Estados Unidos y la Agencia Espacial Europea (ESA, por sus siglas en inglés) en Europa y otras agencias, públicas y privadas, en otros países invierten en conocer el espacio, ¿por qué un país como El Salvador, que tiene tantos problemas y tantas carencias, se debería interesar por la exploración del espacio o en todo caso por cualquier ciencia pura?

“La respuesta más corta es porque vivimos en el siglo XXI y porque vivimos en un momento de la historia en que la ciencia y tecnología determinan el bienestar de los seres humanos. Estamos al margen del resto del mundo”, dice Napoleón Cornejo, ingeniero en Computación radicado en Holanda, quien lleva a cabo un proyecto aeroespacial en El Salvador.

La búsqueda de conocimiento sobre el espacio, dice, ha hecho posible mucha tecnología que usamos a diario. Desde microprocesadores para computadoras y el microondas de la cocina hasta tenis con amortiguadores y comida para bebés surgieron solo del programa Apolo de misiones a la Luna. “La comida para bebés viene de un proceso que tuvieron que inventar para llevarle comida a los astronautas”, comenta.

Francisco reflexiona el aporte de la astronomía así: “Entre más conocimientos tenemos, más condiciones de vida se pueden lograr. Tienes una cámara fotográfica en el teléfono. Esa cámara de alguna manera nació por los astrónomos. Los astrónomos son los que se plantearon la idea de que se miran cosas en el cielo e hicieron un aparato que pudiera captar la mayor cantidad de luz posible y se inventaron una cosa que se llama la cámara CCD, de la que se deriva la cámara portátil. La cámara, sus orígenes están en los trabajos de la astronomía. Y así muchas cosas provienen de la astronomía”.

Antes de que se esconda el Sol de este sábado, los visitantes del parque astronómico toman fotografías con sus celulares de la vista desde este cerro, toman fotos de las imágenes que se ven desde un telescopio e incluso crean un grupo de WhatsApp para compartir esas fotos. Como lo cuenta Américo, eso no fuera posible si al ser humano no le hubiera interesado mirar hacia arriba.

Un informe del impacto socioeconómico de la NASA enlista como productos derivados de sus misiones al Sistema de Posicionamiento Global (GPS), sensores remotos, telecomunicaciones, entre otros. Algunos de estos productos los usan los astrónomos aficionados que se reúnen ahora en San Juan Talpa.

En su charla, Fernando recomienda el software Stellarium como ayuda en la observación de estrellas. Al igual que otras aplicaciones, este usa el GPS para hacer un mapa del cielo de acuerdo con la ubicación del usuario.

Después de la charla de Fernando, un joven moreno de pelo negro y jeans oscuros se acerca a Ricardo Lewy, mientras este ubica con un láser verde el cometa Lovejoy C/2014 Q2 y Pléyades, más conocida como las Siete Cabritas. El joven le muestra su celular y la aplicación que ha bajado para mapear el cielo nocturno, Skymap. Ricardo saca su celular y le muestra la que él tiene. “El mío se llama SkySafari4, es carísimo... Me costó $0.99”, dice antes de soltar una carcajada.

La plática pasa del software a las estrellas mismas. “Y esa Siete Cabritas, ¿qué es?”, le pregunta el joven. Se quedan hablando a oscuras mientras Ricardo saca de nuevo su láser y empieza a responderle al joven.

Para enfatizar el punto de los beneficios que puede traer invertir en el desarrollo científico, Napoleón Cornejo cita números. Resalta que por cada $1 que se invirtió en el programa Apolo de misiones a la Luna, $8 se crearon de riqueza en la economía de Estados Unidos.

“Imagínese todo lo que nos estamos perdiendo por no invertir en ciencia. Está bien que seamos un país agrícola y que queramos vender frijoles y maíz y tortillas al resto del mundo, pero eso no nos va a sacar adelante en el siglo XXI”, reflexiona.

El presidente de ASTRO, Jorge Colorado, ve que el país está en una especie de barbarie tecnológica. “Somos mentes medievales con tecnología del siglo XXI”, determina, haciendo referencia a que usamos teléfonos celulares pero no tenemos idea de cómo funcionan, de qué tecnología hay detrás de ellos o de dónde vienen, por ejemplo.

En El Salvador, en 2013, universidades e instituciones gubernamentales solo invirtieron un 3 % de su presupuesto en actividades científicas y tecnológicas, $7.6 millones de un presupuesto total de $265.57 millones, según cifras publicadas por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT).

De esos $7.6 millones, solo un 9 % se invirtió en ciencias exactas y naturales, mientras que, en comparación, un 39 % fue dirigido a Ciencias Sociales y Humanidades.

Ese mismo año El Salvador obtuvo el puesto 155 en el ranking de SCImago, por debajo de Haití, Guyana Francesa, Honduras y Nicaragua. SCImago clasifica a los países de acuerdo con la cantidad de investigaciones científicas publicadas, las citas que sus publicaciones reciben y la importancia de estas de acuerdo con ciertos indicadores. En 2013 en El Salvador solo se publicaron 81 investigaciones.

Otro indicador que se toma en cuenta para determinar el desarrollo científico de un país es la cantidad de patentes que se registran cada año. En 2012 hubo 268 solicitudes de patentes, de las cuales 17 fueron hechas por residentes. Del total de solicitudes, solo 48 fueron otorgadas, de las cuales 10 eran de residentes del país.

Aunque porcentualmente los residentes obtuvieron más patentes que los no residentes, la Red de Indicadores de Ciencia y Tecnología usa este dato para determinar el coeficiente de invención, es decir, cuántas patentes se autorizan por cada 100,000 habitantes de un país. En 2012 El Salvador tuvo un coeficiente de 0.27, una disminución considerable en relación con el año anterior, cuando se obtuvo 0.78. Canadá, por ejemplo, tuvo en 2012 un coeficiente de 13.54.

Aunque en El Salvador no haya un interés gubernamental o industrial en el espacio, desde finales de la década de los ochenta y principios de los noventa un grupo de astrónomos aficionados empezó a reunirse y a hacer actividades hasta que finalmente fundaron la Asociación de Astronomía (ASTRO) en enero de 1991. En esa época, ASTRO era un grupo de 11 o 12 personas, cuenta Jorge Colorado, quien ahora es el presidente.

La asociación se financia con la membresía de los socios, las visitas al parque astronómico y con los talleres de astronomía como el que termina este sábado. Pero las nubes de esta noche dificultan la visión.

Sin importar las nubes, las personas quieren usar los telescopios y aprovechan los raros momentos despejados para ver, sobre todo, la Luna. Así, niños y adultos van pasando de binoculares a telescopios observando el astro más cercano a la Tierra.

Esta noche la asociación ha puesto a disposición del público dos telescopios y unos binoculares. Pero además, uno de los miembros de ASTRO está permitiendo que los visitantes utilicen el suyo.

Al igual que otros socios, el neurocirujano Francisco Sanzivirini tiene su propio telescopio instalado en el parque. La cúpula que lo alberga es una estructura circular blanca y para entrar hay que subir unas gradas para luego bajar a esa especie de hoyo con un telescopio en el centro y aparatos y cajas acomodadas en las orillas.

Hay una larga fila. Quienes bajan y suben las gradas lo hacen con mucho cuidado. El parque está en total oscuridad desde que terminó la charla y las únicas luces que se ven son las luces rojas de las linternas de cabeza que los miembros de ASTRO usan y alguna que otra luz de un celular. En general, las luces que no sean rojas están prohibidas en el parque porque cierran las pupilas y evitan una buena visión nocturna.

El cielo se nubla y la Luna desaparece de nuevo, pero Francisco ya ayudó a algunos visitantes a tomar fotografías con el celular y alguno que otro con el adaptador para cámaras. Aprovechando que no se puede usar el telescopio, algunos de los visitantes empiezan a atacarlo con preguntas. ¿Qué días está abierto el observatorio? ¿Por qué son redondos los planetas? ¿Ese es Géminis? ¿Cuál es la nebulosa de Cáncer?

Parado dentro de ese hoyo, el doctor empieza a contar la historia de Orión mientras señala la constelación con un láser verde para que su público se ubique. “Los griegos decían que Orión era un gigante que peleaba y se robaba princesas y tenía dos perros que lo cuidaban, el can mayor y el can menor”, le anuncia a su público que ve hacia donde señala el láser.

“Al robarse la princesa, le mandaron un alacrán a picarle el talón. Por eso cuando Orión está aquí, el alacrán está acá”, dice y señala con el láser un punto apenas arriba del horizonte. Sin darse cuenta casi apunta el láser a uno de los visitantes y todo el público empieza a reír. Cuando para el revuelo, el doctor señala nuevamente el lugar donde se ve el alacrán. “Cuando Orión está acá, el alacrán sale aquí. El alacrán lo va siguiendo para picarlo”, dice. “Pero nunca lo alcanza, en las historias”.

Así como el alacrán persigue a Orión, en el país se busca constantemente llegar al desarrollo. El problema no es que no haya recursos humanos, como dicen diferentes salvadoreños que han logrado avanzar en campos relacionados con la exploración espacial. “Lo que cuesta es romper esa pared, cambiar la mentalidad”, dice Jorge Zapparoli, un salvadoreño especializado en ingeniería eléctrica que trabaja para Lockheed Martin, una empresa estadounidense contratista de la NASA.

Llega el lunes y las nubes se han ido gracias a los vientos nortes que iniciaron el día anterior. Desde la ciudad se puede ver un cielo despejado y después de 45 minutos de camino al observatorio, no hay señales de nubes, pero ese viento puede ser arma de doble filo. Para empezar, ya ha avivado un incendio en las cercanías del observatorio. Desde aquí se ve el reflejo de las llamas.

Un viaje al observatorio no es solo llegar, sentarse y ver las estrellas. Para logar ver el paso del asteroide 2004 BL86, Jorge Colorado, el presidente de ASTRO, inicia un proceso que le tomará casi dos horas. Debe montar el telescopio, alinearlo con la rotación de la Tierra y luego buscar el lugar preciso en el firmamento donde será visible el objeto.

Jorge, al igual que el doctor Sanzibirini, tiene su propio telescopio montado en el parque. El suyo, sin embargo, no tiene una cúpula tan elaborada. En lugar de la típica estructura circular, su telescopio está al centro de una estructura rectangular de no más de 2 metros de largo por 1 metro de ancho. Desde fuera parecen casas diminutas con techo a dos aguas con una inclinación bastante pronunciada. Más o menos seis de estas estructuras están repartidas a la entrada del parque. A forma de broma, los miembros les llaman los “tutu”, porque dicen que parecen champas de la Tutunichapa.

El “tutu” tiene una puerta al frente. Jorge entra agachado y desde adentro despliega el techo y al centro del “tutu” queda un telescopio descubierto. Este no es el que usará para ver el asteroide. Entonces Jorge debe desmontarlo y montar el que trae en el baúl de su carro.

Jorge, un antropólogo y profesor universitario, entró a la asociación solo tres meses después de su fundación, cuando todavía era adolescente. Su interés en la astronomía, cuenta, nació de un libro sobre dinosaurios que le envió una tía desde Estados Unidos. “Fue algo muy accidentado que quizá mis padres no le pusieron mucha atención, pero para mí sí tuvo un gran peso”, comenta.

Así como nació su interés, dice, puede que nazca el de otros niños si se les pone en contacto con este tipo de eventos. “A los niños hay que ponerles una gama de experiencias para que ellos escojan las que prefieren... quizá si 10,000 niños se dan cuenta de que pasa un asteroide cercano, 10 realmente se interesen y digan yo quiero dedicarme a hacer algo en el futuro que tenga que ver con el espacio o la astronomía o cualquier ciencia”, agrega.

Después de casi 2 horas de ajustar el telescopio dos veces, buscar una estrella cercana al sitio en el cielo donde se tiene que vislumbrar el cometa y pelear con el viento que golpea las paredes de lámina de los “tutu” y mover el telescopio, Jorge lo encuentra.

Desde el aparato se ve como otra estrella más. Un punto blanco cerca de otro punto blanco, la estrella Asellus Australis, como si no fuera un asteroide catalogado como potencialmente peligroso.

El viento se llevó las nubes del sábado, pero trajo consigo otro problema. Cuando Jorge lo trata de fotografiar, es necesario subir una de las partes del “tutu”, para evitar que el viento mueva la montura del telescopio. Esto, sin embargo, no evita que el viento genere turbulencia en la atmósfera, dejando la idea de fotografiar el paso del 2004 BL86 de lado.

Aunque desde San Juan Talpa el asteroide eludió la cámara, en Goldstone California hubo otro desenlace. Científicos de la NASA lograron fotografiar el asteroide utilizando antenas de 70 metros de diámetro parte de la Red del Espacio Profundo (DSN, por sus siglas en inglés), un programa en el que un salvadoreño participa. Las imágenes mostraron que el asteroide no viajaba solo, sino que acompañado de una pequeña luna.

Bernardo López, un ingeniero aeroespacial, es parte del Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA desde hace 16 años y ha sido parte de proyectos como la fabricación de la nave espacial que llevó a Marte al carro robótico Curiosity. Ahora su papel en la DSN es darle mantenimiento desde la ingeniería mecánica a esas antenas que ahora fotografiaron a nuestro asteroide y al igual que sus colegas, tanto profesionales como aficionados, cree que la exploración científica, tanto en la Tierra como en el universo, debe ser una aspiración del país. “Creo que las sociedades tienen una responsabilidad implícita a inspirar a su sociedad, a sus pueblos, a su gente, a individuos la curiosidad de llevar a cabo investigaciones, a satisfacer esas curiosidades, a desarrollar conocimiento. A medida que se invierta en eso, pueden entonces los jóvenes a aspirar a alcanzar nuevas metas”, comenta.

El asteroide 2004 BL86 no volverá a pasar cerca de la Tierra hasta dentro de otros dos siglos, pero en medio hay otros que sí se acercarán mucho más a nuestro planeta, dándonos oportunidades de estudiar nuestro universo. Quizá para entonces El Salvador ya haya alcanzado el siglo XXI

Tags:

  • astro
  • jorge colorado
  • asteroide
  • nasa
  • san juan talpa
  • observatorio
  • telescopio
  • tierra
  • galaxia

Lee también

Comentarios

Newsletter