El poder de la costumbre

La fuerza de la costumbre nos hace normalizar situaciones, eventos que se vuelven rutina porque se repiten una y otra vez, y sin darnos cuenta simplemente lo hacemos porque “así es”. Pero la violencia y la delincuencia ¡no son normales!
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Algunos dirán que mantener una rutina es bueno, saludable: comer a la misma hora, saber dónde poner las llaves, lavar la ropa, seguir un horario para dormir, ir al trabajo, sobrevivir el tráfico, ir al súper, llevar los niños al colegio, ir a visitar al novio, llamar a la mamá… y así pasan los días, las semanas… los años, obedeciendo un esquema programado que nos acomoda y hace todo más eficiente.

Si llevamos esto a un esquema más específico, también seguimos rutinas para nuestras tareas diarias: la ropa se lava de tal forma, el shampú se deja en tal lugar, hay que darle de comer al perro a tal hora, las sábanas se doblan de esta forma…

Las rutinas se convierten en costumbre y poco a poco, olvidamos por qué hacemos las cosas de la forma en que las hacemos y se lo atribuimos a la costumbre: porque siempre lo hemos hecho así, porque así funciona, porque así me enseñaron, porque así es. No nos cuestionamos si la rutina o la costumbre es buena o mala, simplemente es así. No hay espacio para detenerse a cuestionarse por qué y tampoco es necesario saber si mi rutina es correcta o incorrecta, simplemente es.

Pero un buen día, vamos de visita a la casa de algún familiar, vamos de viaje, tomamos vacaciones en otro país y empezamos a darnos cuenta que las cosas ahí se hacen distinto: la gente hace fila para subirse al bus, los semáforos y los pasos peatonales se respetan, la cena se sirve a las 10 de la noche y los bancos cierran a las dos de la tarde. Cosas triviales, pero que ponen en cuestionamiento las costumbres propias.

Pensemos ahora en aquellas costumbres que hemos adoptado los salvadoreños, porque así es, porque así funciona, porque siempre lo hemos hecho así: las ventanas del carro se suben en los altos, porque si pasa una moto te puede asaltar; en la noche, los semáforos se pasan en rojo, porque es peligroso quedarse parado esperando; las líneas de peatón no se respetan, porque los peatones igual se cruzan por todos lados; en tal calle no hay que pasar, porque es punto de asalto; a cierta hora, mejor manejar más rápido, por precaución; ¿vas a ir sola?, ¿ningún hombre te va a acompañar? ¡Qué peligroso!; ¿te asaltaron en el bus? ¡Mínimo!...

La fuerza de la costumbre nos hace normalizar situaciones, eventos que se vuelven rutina porque se repiten una y otra vez, y sin darnos cuenta simplemente lo hacemos porque “así es”. Pero la violencia y la delincuencia ¡no son normales!

Lo que sucede es que en El Salvador la situación de inseguridad se ha extendido durante tanto tiempo que ha llegado a normalizarse, a vestirse como parte del contexto. Nos hemos acostumbrado a vivir inmersos en una inseguridad asfixiante que, poco a poco, ha ido permeando hasta las más insignificantes decisiones que tomamos.

Ignorar la realidad no la hace desaparecer. Esconder el polvo bajo la alfombra no elimina la suciedad, pero te hace sentir mejor, porque parece que todo se ve más limpio.

Mi objetivo es recalcar que la violencia no es normal. No dejemos que se vuelva parte de nuestra rutina.

¡Qué la delincuencia, la violencia, los asaltos no sigan pareciendo costumbre!

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