El pueblo de los expatriados

Nahuaterique era la última frontera de El Salvador a más de 2,100 metros sobre el nivel del mar. Hasta que en septiembre de 1992 esta tierra pasó a ser territorio de Honduras con el fallo de La Haya. Miles de familias quedaron en el limbo. Y a 20 años del fallo, Nahuaterique parece ser tierra de nadie, un lugar sin ley. La historia de este pueblo no es una de lejanía, sino de abandono.
Enlace copiado
El pueblo de los expatriados

El pueblo de los expatriados

Enlace copiado
<p>Marcos Argueta es ley en este poblado sin leyes. Todos en Nahuaterique lo saben. Por eso, mientras él camina por el centro del asentamiento, la gente lo mira con respeto. Las mujeres que están sentadas en las bancas de la iglesia más próximas a la puerta y los hombres que, en este anochecer, juegan naipes en la plazoleta del lugar. Marcos Argueta es un alcalde sin investidura y alguacil sin pistolas pero, a fin de cuentas, es la ley.</p><p>Y solo unos días atrás, Marcos demostró su autoridad. Fue un domingo cuando un borracho amenazaba con un corvo a todos los que se cruzaban por esta misma plaza central. Marcos Argueta le pegó al borracho con una tranca, le quitó el corvo, y junto a otros hombres de su confianza lo amarraron de pies y manos. El borracho pasó dos días maniatado hasta que les juró a sus vecinos no volver a probar trago de alcohol.</p><p> Pero ahora, Argueta camina a paso lento por la plaza central del pueblo. Camina bajo la luz mortecina del tendido eléctrico. Nahuaterique es una versión montañesa de un pueblo del Lejano Oeste, fuera de cualquier jurisdicción. Hace exactamente 20 años, una corte internacional de justicia con sede en La Haya, Holanda, dictaminó que Nahuaterique pertenecía a Honduras y no era parte del territorio salvadoreño, como se pensó por 291 años. Pero aquí los límites siguen siendo difusos y la gente sigue viviendo ignorada por dos gobiernos, haciendo sus propias leyes. Salarrué ya escribió sobre los salvadoreños perdidos en Honduras, en “el silencio de su montaña bárbara y cruel, donde no llega la ley”. Y así sigue siendo el pueblo de Nahuaterique.</p><p>Miércoles 15 de agosto. 12 de la tarde. Nahuaterique es una montaña y luce inmensa desde Rancho Quemado, el último asentamiento de El Salvador antes de cruzar la frontera con Honduras. Una oscura tormenta se avecina. Una muchacha delgadísima –que vive en Nahuaterique pero viene a estudiar a Rancho Quemado– camina por la calle de tierra. Lleva un cuaderno bajo su brazo derecho. Y mientras camina cuenta una vieja historia lenca.</p><p> —Nahuaterique está sobre el lecho de un lago –comienza la joven, señalando la montaña.</p><p>Es una historia triste. El lenca Masula, dueño de la montaña, se encandiló de una mujer llamada Audencia y comenzó a hacer un lago para vivir junto a ella en el corazón de Nahuaterique. Pero ella se fue con otro hombre y el viejo Masula, decepcionado, prefirió llevarse su lago a Yojoa, Honduras, y convertirse en un pez. Condenando al poblado Nahuaterique a vivir siempre a espaldas de los demás, a ser un pueblo marcado por el abandono. El cuento aparece en el libro “Los hijos del Copal y la Candela” de la autora norteamericana Anne Chapman, quien rescató decenas de historias lencas del sur de Honduras. La estudiante de bachillerato que camina por Rancho Quemado dice que escuchó el cuento de boca de un anciano.</p><p> La muchacha avanza con paso ágil para lograr resguardarse de la lluvia. Está acostumbrada a caminar. Cada día recorre más de tres horas para llegar al centro escolar. Y solo es una de las decenas de niños que hacen la travesía a diario, en la que se ven obligados a cruzar la frontera que delimitó la Corte Internacional de Justicia (CSJ). Porque cuando los juristas José Cámara (Brasil), Shigeru Oda (Japón), Roberty Jennings (Inglaterra), Nicolás Válticos (Grecia) y Santiago Torres (España) firmaron el acta que dejó a Nahuaterique del lado hondureño nunca pensaron dónde iban a estudiar estos niños de la montaña. Todos en el gran salón de justicia del palacio de la paz en La Haya calificaron el fallo como un “éxito”. Incluso Roberto Castrillo Hidalgo, embajador salvadoreño en Holanda por aquellos días, aseguró que todas las poblaciones “importantes” quedaron del lado de El Salvador, y que eso “(los salvadoreños) lo podemos celebrar con toda alegría”. El Salvador perdió 161 kilómetros cuadrados en Nahuaterique, la tierra con forma de gorro al norte de Morazán. Ninguno de los 6,500 salvadoreños que vivían en ese lugar celebró la resolución del largo diferendo limítrofe.</p><p> —Mis papás todavía se lamentan el fallo –dice la estudiante del bachillerato sin perder el paso.</p><p> Después del fallo, Nahuaterique reforzó su autonomía como tierra de nadie. El Gobierno de Honduras prometió atender a los pobladores del lugar, pero sus esfuerzos fueron míseros. Se construyeron escuelas, pero en un inicio los profesores hondureños solo daban clases tres días de la semana acusando la lejanía del poblado, y algunos solo llegaban a emborracharse a Nahuaterique. Por eso, en agosto de 2010, los mismos lugareños decidieron cerrar la escuela y echar a los profesores del pueblo. Les dijeron que no los querían volver a ver. La vieja ley de la montaña. La escuela abrió hasta que llegaron nuevos maestros. Pero los problemas persisten: la estructura del centro escolar es tan básica que se imparten hasta tres grados en un salón. La mayoría de niños que han nacido en Nahuaterique después del fallo limítrofe, anunciado el 11 de septiembre de 1992, prefieren caminar tres horas hasta las escuelas de El Salvador. La muchacha que cuenta la historia lenca solo es una de ellos. </p><p> Miércoles 15 de agosto. 9 de la noche. El viejo Gumersindo abre la puerta de su casa frente a la plazoleta del centro de Nahuaterique. Afuera es una noche brumosa y gélida. Nadie deambula por los caminos del pueblo. Pero en el portal del anciano hay cinco hombres flacos que disfrutan de una velada jugando con una baraja de cartas viejas. Los campesinos están sentados en una banca de madera bajo la luz tenue de un bombillo. Los hombres ríen, de cuando en cuando, mofándose de uno de ellos cuando tiene una mala mano.</p><p>A esta hora, Nahuaterique parece un pueblo fantasma de casas construidas con tablones de madera, una vieja iglesia católica y un par de tiendas con pocas provisiones. En la penumbra, Gumersindo sonríe al oír reír a sus vecinos. Es el hombre más viejo de todo Nahuaterique y casi siempre anda sonriendo. Parece que a sus años aprecia la compañía. Gumersindo es uno de esos campesinos escuálidos que se encuentran en cada pueblo recóndito: bonachón, humilde y sincero. Uno de esos viejos de los que advirtió el escritor africano Amadou Hampaté Ba, porque cuando Gumersindo muera será como quemar una biblioteca llena de libros, hojas y hojas de historias de Nahuaterique, del ataque hondureño al pueblo en la guerra de las cien horas, de los desplazados por la guerra civil, de los expatriados por el fallo limítrofe, del contrabando de madera, de El Salvador, del abandono.</p><p> Esta noche, la casa de Gumersindo huele a aserrín. El anciano acaba de venir del único taller de carpintería del pueblo y ha regado los restos de la madera sobre el suelo. Quiere evitar que las botas llenas de barro, de los cinco campesinos que juegan cartas, ensucien las baldosas de su portal. No hay muchos ancianos como Gumersindo en Nahuaterique. La mayoría de hombres de su edad huyeron o murieron en tiempos de guerra civil, cuando la insurgencia se apoderó del poblado –aprovechando que esta siempre ha sido una tierra sin leyes– y tomó la vetusta casa de Gumersindo como su comandancia. O también cuando el Ejército salvadoreño realizaba un esporádico operativo en la zona y acampaba en la plazoleta del pueblo.</p><p>Gumersindo fue uno de los pocos que decidieron quedarse. Muchos lugareños murieron por ser acusados de cooperar a un bando o al otro. Los muertos eran enterrados en las hermosas montañas llenas de pinos que rodean al pueblo sin que nunca nadie volviera a preguntar por ellos. Otros ni siquiera eran sepultados y los cadáveres eran devorados por zopilotes. Un hijo de Gumersindo, de 17 años, murió en la guerra. El anciano –que ahora ve las cartas en la mano de un campesino que juega en su portal– se quedó en Nahuaterique cuidando a sus 28 cabezas de ganado. Pero entre la guerrilla y el Ejército se comieron sus 28 vacas.</p><p>Sin nada, el anciano se escapó hacía la ciudad de San Miguel pero no soportó la melancolía. Volvió a Nahuaterique cuando la guerra civil terminó y cuando al pueblo llegó el rumor que la tierra donde vivían no era parte de El Salvador sino que de Honduras. Muchos creyeron que solo era un mal chiste. Después de sufrir toda la guerra, no era más que un disparate asegurar que este pueblo era menos salvadoreño que Perquín, Arambala, Joateca o Gotera. Pero pronto llegaron personeros de Honduras para decirles que tenían que legalizar sus tierras como hondureñas. Un proceso que 20 años después del fallo todavía continúa en Nahuaterique.</p><p> —El Salvador no ha trasladado los registros de propiedad a Honduras –dirá Mario Beltrán, del Instituto Nacional Agrario, días después del juego de cartas frente la casa de Gumersindo.</p><p> —¿Cómo se catalogan las tierras del ex bolsón?</p><p> –El pueblo está en el limbo… de más de 3,000 parcelas solo se han registrado 632.</p><p>Los jóvenes campesinos que juegan cartas en el portal del viejo Gumersindo solo son una parte de los pobladores que no han logrado legalizar sus terrenos. Y todos los días caminan hasta tres horas para ir a sembrar en una tierra que por herencia les pertenece, pero que legalmente no es de nadie. Gumersindo se ve cansado y, al notarlo, los cinco hombres deciden que es hora de irse a dormir. El murmullo de una leve llovizna comienza a escucharse en la noche. Uno de los campesinos guarda la baraja de cartas. El único juego donde sienten tener un poco de suerte.</p><p>Jueves 16 de agosto. 4 de la tarde. Un perro blanco con puntos negros vaga por uno de los senderos de barro rojizo en Nahuaterique. Avanza olfateando, sin rumbo aparente, y con su larga lengua de fuera. El perro ha andado de arriba para abajo todo la lluviosa tarde y nadie lo ha podido capturar. Hoy ha sido un día de vacunación contra la rabia en el pueblo, y el dálmata/“aguatero” ha sido uno de los animales que se ha librado de la aguja. Marcos Argueta –el hombre de la ley en Nahuaterique– se ha encargado de vacunarlos y ya descansa en su casa.</p><p> Dos cultos evangélicos y la misa católica están a punto de empezar. Por los senderos fragosos del poblado –que no son caminos ni calles– transitan feligreses que vienen desde los caseríos circundantes. Jueves de rutina en Nahuaterique. Solo se ha escuchado un motor en toda la tarde: la maestra de la escuela que se fue en una motocicleta hace media hora. Después solo ha habido lluvia y silencio. Pero cerca de la casa donde vive Marcos Argueta se escucha el ritmo de música tropical. El alguacil del pueblo acaba de llegar a su casa después de la larga faena.</p><p>Fue uno de sus primeros días como ayudante en la clínica comunal de Nahuaterique. Una precaria unidad de salud donde no trabaja ni un médico y se guardan pocos medicamentos. La única persona que permanece en la clínica es una enfermera, que en caso de emergencia remite a los pacientes hasta la unidad de salud en Rancho Quemado, a una hora de camino. Tiempo suficiente para que cualquiera en estado crítico se agrave. Marcos Argueta sabe de emergencias. Hace cuatro meses su esposa comenzó a sufrir de un dolor intenso y a sangrar en el tercer mes de su embarazo. Marcos pidió aventón a un pick up para ir hasta Rancho Quemado. Pero no llegaron a tiempo. A mitad del camino, en medio del bosque, su esposa tuvo un aborto espontáneo en el asiento trasero del vehículo. Hubiera sido el tercer hijo de la pareja.</p><p>Marcos Argueta es flaco, achinado y dueño de un vozarrón grave. Como si siempre estuviera listo para cantar una ranchera. Sus vecinos creen que es un buen orador. Ahora se escucha su voz grave sobre la música a todo volumen. El alcalde y alguacil de Nahuaterique baila animado junto con sus hijos en la sala de sus casa. Todavía no se ha quitado las botas con las que trabajó todo el día. A sus 33 años, Marcos es un líder del ex bolsón, y cuando en 2009 se realizaron unas elecciones organizadas por la misma comunidad, a Marcos se le envistió con el poder que ahora tiene. Es policía circunstancial –porque en Nahuaterique no hay puesto de policías– y el alcalde en funciones.</p><p>Por eso, fue él quien separó a Natividad Hernández y Rafael Lemus cuando estaban a punto de matarse a machetazos el año pasado, y posteriormente se reunió con las dos familias para tratar de mediar en el conflicto. Y también, fue Marcos quien salió en los periódicos hondureños a principios de mayo de 2012, cuando él junto a 11 campesinos de Nahuaterique acamparon en las afueras del Congreso de Honduras, e hicieron una huelga de hambre que duró dos días, hasta que los diputados aceptaron escuchar del abandono que han sufrido.</p><p> —Venimos porque queremos que Nahuaterique sea un municipio –le dijo Marcos Argueta a los congresistas cuando por fin los recibieron.</p><p> El territorio de Nahuaterique se ha dividido entre los municipios de Márcala, Yarula y Santa Elena, del departamento de La Paz, después del fallo de 1992. Pero seguramente era la primera vez que muchos de los congresistas escuchaban hablar de Nahuaterique. Los partidos políticos hondureños ni siquiera se acercan al pueblo en época de elecciones. El asentamiento siempre se ha visto como un lugar donde solo viven salvadoreños, y ¿para qué ir a visitar gente que no tiene la tarjeta de identidad hondureña para votar? Los únicos políticos que vienen a regalar banderas y camisetas a Nahuaterique son salvadoreños, como la Gran Alianza por la Unidad Nacional (GANA), del vecino Perquín. Aunque según datos someros de la directiva del pueblo, casi un 90% de la población ya tiene la doble nacionalidad.</p><p> Marcos Argueta apaga la música, entre las risas de sus hijos, y sale de su casa rumbo al centro del pueblo. Sus botas hacen ruido cuando se hunden en los charcos de los senderos. Los lugareños que se cruzan con Marcos lo saludan con respecto. La neblina cae con la tarde. Estos son días de ilusión para la gente de Nahuaterique. El presidente de Honduras, Porfirio Lobo, recorrió los mismos senderos aguanosos donde ahora camina Marcos Argueta hace menos de un mes. El mandatario vino a entregar bonos de 10,000 lempiras para las madres de escasos recursos que envían sus niños a la escuela, y a expresar su apoyo para que Nahuaterique se convierta en el municipio 20 del departamento de La Paz. “Quiero que se sientan abrazados, vamos a cumplir con una deuda histórica que muchos gobiernos han tenido con ustedes”, dijo Lobo en el acto que se montó en la plazoleta del pueblo.</p><p>El alcalde de Nahuaterique, sin investidura, camina lento hasta el centro del pueblo. Decenas de hombres “tiran los chivos (dados)” en rústicas mesas de cemento que se construyeron con fondos de la comunidad. Marcos Argueta es parco cuando algunos de sus vecinos lo interpelan sobre la promesa que el presidente de Honduras hizo hace un mes en esta plaza.</p><p> —Esas solo fueron palabras, vamos a ver qué pasa –dice Marcos, taciturno.</p><p>Viernes 17 de agosto. 11 de la mañana. Una pacotilla de niños con escoba en mano limpian los alrededores de la plazoleta de Nahuaterique. El pasto seco que quedó de las chozas que los mismos niños hicieron para celebrar el 20 de julio, día del indio Lempira. El cacique lenca que luchó contra los conquistadores españoles a unas pocas montañas de distancia del pueblo. El mismo indígena que aparece en los billetes hondureños. Adelina, hija mayor del viejo Gumersindo, observa a los niños sentada en una antigua banca de madera. Es la primera mañana soleada desde hace tres días en el pueblo.</p><p> Gumersindo sale de la casa después de unos minutos. Este día, el anciano luce una camisa azul a rayas y un sombrero de ala ancha. El anciano camina hasta una casa a la vuelta de la esquina que es propiedad de su hijo, quien vive en la ciudad de San Miguel. Gumersindo va a la casa de vez en cuando para cerciorarse que todo esté en orden. La vivienda de paredes grises sin pintar es acogedora. Aquí pasó unas vacaciones Rufina Amaya, única sobreviviente de la masacre perpetrada por el Ejército salvadoreño en El Mozote, donde murieron más de 900 personas. La hija de Rufina Amaya es la esposa del hijo de Gumersindo.</p><p> Pero cuando el anciano está a punto de entrar en la casa de su hijo, un hombre chele se acerca hasta donde está para hablarle. El campesino luce desesperado.</p><p> –Mi hermana acaba de morir en Rancho Quemado y no se cómo irme– bisbisea el hombre, dirigiéndose al viejo Gumersindo.</p><p> La noticia se corre rápido entre los habitantes de Nahuaterique. En poco tiempo, y por suerte del enlutado, un pick up sale del pueblo rumbo a El Salvador. Gumersindo se despide del campesino. El carro avanza veloz por la montaña. Nahuaterique se ve como un campamento provisional a la distancia, como si los lugareños esperaran que alguien viniera a ayudarles y terminar de construir. A 20 minutos de haber salido del pueblo, el vehículo llega al único puesto militar en el ex bolsón, un sitio llamado Palo Blanco.</p><p> Dos jóvenes flacos vestidos con uniformes militares mal puestos salen del destacamento. Los militares lucen tan abandonados como todo en esta montaña. Llevan ocho días de alta pero parece que llevaran meses sin comunicación con el exterior. Los soldados, con rostros de adolescentes, son la única representación del Gobierno hondureño y sus leyes en Nahuaterique. Pero la mayoría de lugareños dicen que los soldados hacen poco o nada en el lugar.</p><p>—¿Cuáles son sus principales tareas aquí? –se le pregunta a uno de los militares.</p><p>—¿Misiones? </p><p>—Sí, sus misiones.</p><p>—Proteger la soberanía… la soberanía –responde el joven militar, dubitativo.</p><p>Hace poco, unos ladrones se robaron la merienda de una escuela del ex bolsón, a pocos metros del puesto militar. Los campesinos, indignados, cuestionaron a los soldados del por qué habían permitido que se llevaran la comida de los niños bajo sus narices. Los militares les dijeron que la seguridad de la escuela no era su función, y que tampoco se les permite hacer detenciones. Salarrué ya escribió de los salvadoreños perdidos en Honduras, donde a los hombres “se les deja tener buen o mal corazón, ser crueles o magnánimos”. Así es Nahuaterique.</p><div class="blogBox"></div>

Tags:

  • revistas
  • septimo-sentido

Lee también

Comentarios

Newsletter