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El secreto mal guardado de Jujutla

El cantón Guayapa Abajo, en el municipio de Jujutla, Ahuachapán, fue entre 2009 y 2011 parte de un estudio para ayudar a determinar las causas y el tipo de enfermedad que estaba afectando a los habitantes. Desde entonces, muchos más han muerto por daño en los riñones sin que hasta el momento las familias afectadas hayan recibido una atención integral.
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Cadena.Los estudios también han apuntado una relación entre el cultivo de la caña de azúcar, las altas temperaturas y los ingresos hospitalarios por ERC.

Cadena.Los estudios también han apuntado una relación entre el cultivo de la caña de azúcar, las altas temperaturas y los ingresos hospitalarios por ERC.

En pareja.Los esposos Carmen y Ricardo Ávalos residen en el cantón Guayapa Abajo. Él recibió tratamiento por daño en los riñones durante cuatro años. Ella sufre ceguera por un mal procedimiento médico.

En pareja.Los esposos Carmen y Ricardo Ávalos residen en el cantón Guayapa Abajo. Él recibió tratamiento por daño en los riñones durante cuatro años. Ella sufre ceguera por un mal procedimiento médico.

Tratamiento. Una vez diagnosticados, los afectados deben seguir un tratamiento que incluye medicamentos renoprotectores para evitar el avance del daño. Los riñones no se pueden regenerar.

Tratamiento. Una vez diagnosticados, los afectados deben seguir un tratamiento que incluye medicamentos renoprotectores para evitar el avance del daño. Los riñones no se pueden regenerar.

Práctica. De acuerdo con disposiciones del Ministerio de Agricultura, las personas deben utilizar equipo de protección a la hora de aplicar cualquier clase de químico a los cultivos, algo que muy pocos cumplen.

Práctica. De acuerdo con disposiciones del Ministerio de Agricultura, las personas deben utilizar equipo de protección a la hora de aplicar cualquier clase de químico a los cultivos, algo que muy pocos cumplen.

Factores de riesgo. El 57 % de las personas a las que se les encontró daño en los riñones en el cantón Guayapa Abajo, de Jujutla, afirmaron tener contacto con agroquímicos, de acuerdo con un estudio realizado entre 2009 y 2011.

Factores de riesgo. El 57 % de las personas a las que se les encontró daño en los riñones en el cantón Guayapa Abajo, de Jujutla, afirmaron tener contacto con agroquímicos, de acuerdo con un estudio realizado entre 2009 y 2011.

El secreto mal guardado de Jujutla

El secreto mal guardado de Jujutla

El secreto mal guardado de Jujutla

El secreto mal guardado de Jujutla

El secreto mal guardado de Jujutla

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El camino está plagado de muertos: “En esta casa de aquí no más, murió un muchacho hace una semana”; y de enfermos: “El señor que vive en esta casa tiene el mismo mal, pero él está bien, porque va a lo privado”. Para los habitantes del cantón Guayapa Abajo, en Jujutla, Ahuachapán, lo raro es enfermar o morir de algo distinto a un padecimiento renal. “A donde Mirnita, que vive allá atrás, no podemos ir, dicen que está mala y que no la van a traer hoy del hospital; vamos a ir a ver a don Ricardo”.

La casa de Ricardo Ávalos está a unas 8 o 10 cuadras de la unidad de salud del cantón. El calor de este casi mediodía hace que la ropa se pegue al cuerpo y la vista casi se nuble. No se respira con normalidad. Se jadea. A la entrada de la casa de los Ávalos hay lirios. La flor abierta y naranja parece hecha para esta zona en donde sobra sol y falta agua. Pasado el corredor de plantas, Ricardo descansa en una hamaca. Tiembla de fiebre.

Tiene 51 años de edad. El daño en los riñones se lo detectaron hace seis años y hace cuatro se puso en tratamiento. Sí, como la mayoría de personas en este lugar, hizo vida en la agricultura. Sembraba de todo. Y no, como para la mayoría de personas en esta y otras zonas agrícolas del país, usar protección a la hora de aplicar químicos a los cultivos no estaba entre sus prioridades, no estaba en las prioridades de ninguno. En aquel tiempo no se hablaba demasiado acerca de que buena parte de lo que usaban en los cultivos podía causar daño a la larga. Tampoco, como afirmarán más adelante otros habitantes y confirmarán las autoridades, les habían hablado de los riesgos de vivir tan cerca de cultivos de algodón o caña de azúcar. Para Ricardo –con ojos vidriosos, pómulos saltados y piel reseca pegada a los huesos–, la agricultura era la ruta natural, eso a lo que la gente se dedicaba y se sigue dedicando porque es lo que hay a mano.

La insuficiencia renal crónica es la etapa final de la enfermedad que afecta a los riñones y que se categoriza por estadios que van del 1 al 5. Solo el año pasado, los establecimientos de Salud Pública recibieron a 13 personas de Jujutla que consultaron por primera vez ya en esta etapa final. Entre ellos, ocho hombres y cinco mujeres. Al margen quedan las personas que deciden no consultar. Padecen y mueren en sus casas sin alcanzar a llamar la atención lo suficiente como para ser parte de alguna estadística oficial. En 2015, en Jujutla, se registraron dos muertes en hospitales por esta causa. Y solo de enero a marzo de este año ya van cuatro, según los centros asistenciales y siete, en el mismo período, según la alcaldía municipal.

La enfermedad renal crónica tradicional, repiten los especialistas, se relaciona con la diabetes y la hipertensión. Y se ha estudiado también una enfermedad renal crónica de causas no tradicionales. Esta es una variedad que en el país afecta sobre todo a las comunidades agrícolas, en donde una sola población reúne varios factores de riesgo: pobreza, exposición a químicos que dañan la función renal, nutrición no adecuada, dificultades para conseguir agua segura y estrés térmico, entre otras.

Guayapa Abajo es una de estas comunidades con todo en contra. Y pese a que las autoridades sanitarias, medioambientales, municipales y de agricultura reconocen que reúne cada una de estas características que la hacen vulnerable, la población no ha recibido la atención adecuada. Los habitantes se van muriendo en silencio y casi solo los vecinos llevan no un registro, sino que un mero conteo en honor de los que caen. A Ricardo, en su hamaca, un par de vecinos y un representante de la alcaldía le dan la mano y le dan una especie de mirada de compasión: “Esta enfermedad lo mata a uno”, les alcanza a decir con una voz apenas audible mientras, con esfuerzo, les extiende la mano derecha que está caliente y temblorosa.
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La enfermedad renal crónica (ERC) se define como la presencia de daño estructural y/o funcional al riñón. Una de las frases que más repite el nefrólogo Carlos Orantes, del Instituto Nacional de Salud y quien coordinó el estudio Nefrolempa, es que la ERC es una enfermedad silenciada. La pobreza de quienes la padecen hace que sea invisible. Y esto ocurre a pesar de que el daño en los riñones en los pobladores de Guayapa Abajo, entre otras comunidades agrícolas, está plenamente identificado.

Ya entre 2009 y 2011 se realizó un estudio en el que se determinó “una prevalencia puntual de enfermedad renal crónica de 20.5 % con un predominio del sexo masculino 29 % sobre el sexo femenino 14 %; y una prevalencia puntual de insuficiencia renal crónica de 13.3 % con un predominio del sexo masculino 22.4 % sobre el sexo femenino 6.3 %”. Quiere decir que había 20 personas de cada 100 que tenían, al momento del muestreo, enfermedad renal crónica en Guayapa Abajo. Y por lo menos 13 personas, de cada centenar, se encontraban en la etapa terminal de esta enfermedad. En ese mismo año, El Ministerio de Salud registró cuatro muertes por insuficiencia renal en Jujutla. Pero estos números no son ya ni cerca lo que ocurre en el cantón.



Riesgo. El Ministerio de Salud ha certificado estudios que indican que el riesgo de ERC en menores de 60 años se ha cuadriplicado.

El mal renal es un fantasma que campea a sus anchas por estas calles adoquinas y veredas polvosas. Los líderes comunales, con dificultad, alcanzan a contar a los que han muerto solo en este año en sus respectivas localidades. Ricardo Bonilla, uno de los representantes de la comunidad, en un esfuerzo por recordar, al menos, a las víctimas más recientes, enumera: “Entre los caseríos Las Delicias, El Cocalito y el Ceibillo se han muerto seis en este año (hasta marzo) por eso mismo de los riñones, no sé si fueron alguna vez a tratamiento, pero ellos no se murieron en el hospital, quedaron en sus casas”.

La mitad de la población afectada por la ERC en Guayapa Abajo se dedica a labores agrícolas. Y el 57 % de los afectados tuvo, en algún momento, contacto con agroquímicos. Así lo define el estudio “Epidemiología de la enfermedad renal crónica en los adultos de las comunidades agrícolas salvadoreñas”. En este se toman en cuenta 15 factores de riesgo aplicados a una población de 595 personas, entre ellos está el consumo de antibióticos nefrotóxicos, algo común en el 93 % de la muestra poblacional. Lo de Guayapa se sabe, y a pesar de que se sabe, de la constante afectación de personas no habla nadie más que los mismos vecinos que se consideran a sí mismos candidatos a padecer ERC.

Carmen Ávalos es la esposa de Ricardo. Es quien cuida de él. Está ciega debido, cuenta, a un mal tratamiento del glaucoma. Es ella la que pone a alto volumen una radio cristiana que marca pauta en esta casa. Ricardo ha sido parte activa de la iglesia en la que se congregan. “Ahora él cosecha todo lo que sembró”. Carmen lo dice porque son los hermanos los que se han estado encargando de llevarlo en vehículo a pasar consultas y a hacerse las diálisis. “Yo sola, ¿cómo iba a poder?”. La pregunta de Carmen guarda una tragedia. Las personas que ya están en la etapa de insuficiencia renal y no tienen seguro social deben viajar a Santa Ana a hacerse la diálisis, que es un proceso en el que una máquina hace el trabajo de limpieza del organismo que ya no puede hacer el riñón. En este viaje, que involucra una carretera de dos carriles llena de curvas pronunciadas, apenas cuentan con el apoyo de la Alcaldía de Jujutla que, ante la necesidad de los pobladores de Guayapa Abajo, ha reservado un vehículo solo para hacer dos viajes al día, uno de ida que recoge a las personas en sus casas de madrugada y otro de regreso, por la tarde que, a veces, se hace por la noche.

Pero incluso esta asistencia de la alcaldía es insuficiente. Carmen, por ejemplo, no conocía del servicio hasta hoy, cuando un empleado de la institución ha servido de guía en el cantón. “Aquí estamos por fe, la fe es la que nos hace creer en que él se nos va a curar”. En un par de días les toca ir a Sonsonate por la diálisis, van en el carro de un amigo que se ha ofrecido. Ricardo cuenta con el beneficio del Instituto Salvadoreño del Seguro Social y por esta razón no tiene que viajar hasta Santa Ana. Carmen, sentada a la mesa de madera del comedor, hace memoria y cuenta que él había estado estable hasta finales de 2015, cuando a todos en la casa les dio chikunguña, eso, dice, lo desequilibró. Desde entonces, Ricardo se fue quedando cada vez más tiempo en la hamaca colocada entre dos pilares de cemento bajo un techo de palma, en medio de un montón de pertrechos y al lado del pick-up rojo que solía manejar, en el que muchos de los vecinos lo recuerdan. Carmen asegura que la última vez que le hicieron el análisis, él tenía la creatinina a 28. El rango que se considera sano no pasa de 1.

“En 2011, lo que se hizo con todos esos estudios fue que se identificó la cantidad de personas enfermas, pero no se dio tratamiento”, explica el alcalde Víctor Manuel Martínez. “La gente se nos estaba muriendo, porque no tenía para transporte para ir a que le hicieran la hemodiálisis. En vista de eso fue que empezamos a mandar un carro. Igual, ya se nos murió cantidad de personas de insuficiencia renal y el Ministerio de Salud no nos ha apoyado en básicamente nada”, replica con molestia e insiste: “Todo lo que nosotros podemos hacer es ayudar a la gente que está en estado terminal, pero con eso estamos ya solo esperando a que se muera; la prevención de la enfermedad o un seguimiento serio a todos los que van apareciendo enfermos, no se ha dado. Estamos esperando todavía esa colaboración del Ministerio de Salud”.
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Hablar de las causas de la alta incidencia de ERC es hablar de una “tormenta perfecta”, de acuerdo con el doctor Orantes, una voz más que reconocida en la materia a escala nacional e internacional. La metáfora hace referencia a que hay poblaciones que son vulnerables por todos lados. Como esta, Guayapa Abajo, en donde casi todos tienen algún recuerdo de cuando el cultivo vecino era el algodón y no la caña de azúcar. Una comunidad en la que el 16.1 % tiene antecedente familiar de ERC, el 29 % tiene sobrepeso; el 20 %, obesidad y el 39 %, obesidad central. Además de lo ya dicho: que el 49 % se dedica a labores agrícolas bajo un sol intenso y a altas temperaturas con limitadas posibilidades de hidratación y el 57 % tiene contacto con agroquímicos sin que la protección sea una prioridad.



Práctica. De acuerdo con disposiciones del Ministerio de Agricultura, las personas deben utilizar equipo de protección a la hora de aplicar cualquier clase de químico a los cultivos, algo que muy pocos cumplen.


A esto se suma un factor transversal que acaba por complicar todo cuanto toca: “Nuestros resultados muestran una clara vulnerabilidad de estas comunidades agrícolas pobres con respecto del riesgo para la ERC, su progresión y sus complicaciones. Esto es consistente con los resultados de una investigación que se realizó en el Reino Unido en 1,657 pacientes, que relacionó el bajo estatus socioeconómico con la severidad de la ERC y demostró que los pacientes con menor estatus socioeconómico tenían el mayor riesgo de disminución de la tasa de filtración glomerular, después de ajustar otras variables sociodemográficas, conductuales y clínicas”. Se lee en el estudio publicado en abril de este año y firmado por el doctor Orantes, junto a otros colegas.

Mirna Aracely Ramírez, Mirnita, como le dicen los vecinos, volvió por fin del hospital y se encuentra en una hamaca, bajo un techo de lámina y sobre un piso de tierra; a la intemperie, de no ser por un cerco ralo. A los 46 años, dice que nunca ha vivido de la agricultura. “Solo me acuerdo de que a veces, cuando era pequeña, le ayudaba a mi abuelo a ‘acarriar’ el sulfato de amonio y el 20-20”. En 2010, fue una de las 595 personas que participaron en el estudio realizado por el Ministerio de Salud. Ella, hasta entonces, supo que estaba en estadio 3 de la ERC. Es decir, ya había perdido una buena parte de la función de sus riñones.

Como parte del estudio que estaba realizando el Ministerio de Salud hace seis años, le dijeron a Mirnita que debía hacerse una biopsia, pero ella no pudo asistir a realizársela. Recibió una referencia hacia el Hospital San Juan de Dios, en Santa Ana, pero ella jamás había estado en Santa Ana. No sabía ni cómo llegar. Así que no fue ni para pasar consulta o recibir tratamiento. Y la función del riñón siguió disminuyendo hasta que en 2015, los vómitos, el mareo, el dolor y la fatiga se hicieron insostenibles.

Con esa primera crisis, Mirnita fue a pasar consulta a Sonsonate, en donde le dijeron que sus molestias se debían a que tenía el hígado inflamado. De esa época recuerda los constantes ingresos al hospital y la falta de medicinas. Así, hasta que el 22 de enero de este año, pudo ir al Hospital San Juan de Dios de Santa Ana y le pusieron un catéter peritoneal, un tubo que queda pegado con gasas a la parte baja del estómago y por medio del cual se le hacen las diálisis para limpiar el cuerpo. El mismo que se le infectó a las pocas semanas. El 15 de febrero le pusieron otro, que tampoco duró mucho. En abril también se le infectó el catéter que le habían dejado en el lado izquierdo del cuello. Se lo movieron al lado derecho, donde ahora lo tiene. Ella es una de las que cada ocho días utiliza el transporte de la alcaldía para ir a hacerse la diálisis. No puede trabajar y vive con el temor de que este otro catéter también se infecte.

“No es solo por agroquímicos, ni es solo por el estrés térmico. Es la combinación de todos los factores que constituyen una tormenta perfecta donde el denominador común es la pobreza del campesino con todas sus secuelas y sus acompañantes; unas condiciones higiénico ocupacionales inadecuadas que no van solo de las condiciones salariales que reciben, sino también de las condiciones insalubres a las que se enfrentan desde temprana edad”, explica el doctor Orantes en las instalaciones del Instituto Nacional de Salud.



Factores de riesgo. El 57 % de las personas a las que se les encontró daño en los riñones en el cantón Guayapa Abajo, de Jujutla, afirmaron tener contacto con agroquímicos, de acuerdo con un estudio realizado entre 2009 y 2011.

El denominador común es la pobreza. Mirnita tiene hijos, cuatro. Tienen 23, 21, 17 y 12 años de edad. Unos son estudiantes; otros, albañiles. Ninguno, a estas alturas, se ha hecho un chequeo básico, ni siquiera como para saber cómo anda la creatinina. Cuando uno de ellos empezó a sufrir “maldiorín” y dolor de cabeza, Mirnita le dio aguas de jiote, tempate y caulote. “Eso le cayó bien”. El consumo de plantas medicinales es catalogado como un factor de riesgo de ERC, como la familia de Mirnita, el 52 % de los pobladores de Guayapa Abajo recurre a las plantas en busca de alivio. Mirnita vive a una cuadra y media de la unidad de salud.
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El siguiente paso a la publicación de la investigación acerca de la ERC en comunidades agrícolas era fortalecer la red de atención para hacer diagnósticos en los primeros estadios de la enfermedad. Porque, como apuntan los especialistas, un riñón dañado no se puede regenerar; pero, al cumplir algunas medidas, un paciente puede retrasar el deterioro. “A usted le pueden diagnosticar estadio 2 de la ERC. En lugar de que en un año esté en estadio 3, podemos pasar ocho o 10 años sin que se mueva del estadio 2. Y pueden pasar ocho años más para que llegue al 4. Con eso ya le dimos un total de casi 20 años de sobrevida. A lo mejor va a morir de enfermedad renal, pero no a los 40 ni a los 50, se va a morir a los 65 0 70 años”, dice enérgico y optimista Raúl Palomo, coordinador de la unidad de atención a las enfermedades prevalentes desde las oficinas del MINSAL.

Uno de los exámenes que se pueden hacer para detectar la ERC en estadios tempranos es el que mide dosificación de creatinina, que es una enzima que en rangos normales va de 0.5 a 1.1, y esto habla del funcionamiento del riñón. Con la simple dosificación de creatinina no se obtiene un diagnóstico certero, pero sí una idea de cómo está funcionando un riñón. Si las dosis de creatinina se elevan, ya se puede sospechar que hay daño. Las fórmulas médicas necesarias para dejar en firme el diagnóstico incluyen la repetición de exámenes cada tres meses y una evaluación en la que se toma en cuenta también el peso y el género del paciente. Pero, en principio, la creatinina sirve como parámetro. Al menos es lo que se estila en casos normales.

El de Guayapa Abajo, sin embargo, no es un caso normal, de acuerdo con lo que apuntan Orantes y otros 13 colegas en un documento publicado por una revista médica: “En nuestro estudio, la ausencia relativa de marcadores de daño renal en la orina, incluso en muchos pacientes en los estadios avanzados de ERC, refuerza la idea de un daño primario tubulointerstitial más que un daño glomerular. Junto a la elevación en la prevalencia en el estadio 3a, esto hace pensar en un considerable subdiagnóstico de los estadios 1 y 2, en las personas con ERC que no pueden ser diagnosticadas porque la pesquisa en los estadios tempranos depende de los marcadores de daño renal. Si este es el caso, la ERC es como un gran “iceberg” que debajo de la superficie amenaza a muchas personas no diagnosticadas”.

Mirnita no apareció en el mapa de las autoridades sanitarias hasta el estadio 3, como apunta este estudio realizado en Guayapa abajo. Mientras ella cuenta todo su periplo entre hospitales y catéteres, Mario Sánchez, Secretario del comité de ADESCOS, explica que en la unidad de salud que está a cuadra y media de esta casa, no hacen creatininas. Que para hacérsela, un vecino de Guayapa Abajo debe hacer un viaje intermunicipal hasta Guaymango, por cerca. Adentro de la unidad de salud de esta que a todas luces es una comunidad en alto riesgo de ERC, solo hay una alusión gráfica al daño renal, es un cartel en el que se lee: “Para proteger tus riñones, sigue las siguientes recomendaciones”. Y abajo, se muestran una serie de circunstancias ilustradas en las que están la hipertensión arterial, la infección en vías urinarias, que se debe hacer ejercicio, que se debe usar equipo de protección para aplicar agroquímicos, que se deben consumir frutas y verduras y que se debe consumir agua segura. En esta ocasión no se puede hablar con el director de la unidad porque no se encuentra. Está en una reunión en otro municipio y ha quedado a cargo una doctora que no tiene facultad para dar declaraciones.



Tratamiento. Una vez diagnosticados, los afectados deben seguir un tratamiento que incluye medicamentos renoprotectores para evitar el avance del daño. Los riñones no se pueden regenerar.

El doctor Palomo defiende las acciones del Ministerio de Salud. “Al paciente con factores de riesgo se le aplican sus exámenes, se le toma la creatinina y se le valora cómo está su funcionamiento renal; si está bien, solo se le da educación, le dicen las causas de la enfermedad renal y se le dice que lo vamos a ver en seis meses. Si ya tiene un grado de ERC, entra en un tratamiento farmacológico renoprotector y en plan educativo y hemos diseñado un plan educativo específico para prevención de progreso de daño renal. Esto se hace a todo nivel, lo pueden hacer hasta los Equipos Médicos Comunitarios (ECOS)”. Pero Mario Sánchez, el líder comunal que ha escuchado el periplo de Mirnita, que conoce a los esposos Ávalos y a decenas de vecinos más afectados también por la ERC, cuenta, meses más tarde, que debido al poco apoyo que han recibido y a las constantes muertes de sus vecinos, han solicitado una reunión para el próximo 22 de julio con autoridades variadas, entre ellas el Ministerio de Salud. “Queremos que nos apoyen con acercarnos los tratamientos y los exámenes, porque uno de los mayores problemas es la viajadera solo para saber si alguien está o no está enfermo, sin contar el tratamiento”.



En diálisis. Mirna Ramírez fue diagnosticada con enfermedad renal crónica cuando ya estaba en estadio 3. Desde entonces se le han tenido que colocar varios catéteres por infecciones reincidentes.

“Consuma frutas y verduras”, se lee en el cartel de la unidad de salud de Guayapa Abajo. Carmen, en un intento para que Ricardo coma algo, le elabora, con asistencia de una de sus hijas, una ensalada: pepino, lechuga, aguacate y algo de requesón. Lentamente, Ricardo se va llevando a la boca los trozos de comida, trata de que el temblor de la mano no interfiera mucho en la misión.

A Ricardo lo llevaron un miércoles al centro asistencial del ISSS en Sonsonate. De ahí, como a las 10 de la mañana, de acuerdo con Carmen, lo remitieron al Hospital Médico Quirúrgico, en San Salvador. “Ya puesto allá, ya no habló, ya no me conocía”. La fiebre se convirtió en una constante y ni con los cuidados médicos le bajó. A Carmen todavía hoy le mortifica lo que la noche del martes, antes de llevarlo a Sonsonate, le dijo su compañero de décadas: “Me pidió que no lo hospitalizara, que lo iban a molestar mucho, pero ya ve que uno se aferra, que aunque Dios le indique las señales, uno busca creer en los especialistas, por eso me lo llevé”.

Aquella ensalada de pepino, lechuga, aguacate y requesón fue la última comida de Ricardo Ávalos. Murió después de permanecer varios días ingresado. La fiebre nunca cedió. Murió cuando los médicos que lo atendía querían conectarlo a una máquina, pero Carmen ya no accedió. Ella y una sobrina hacían los trámites para que le dieran el alta y poder llevárselo a Jujutla, a su Guayapa Abajo, para que muriera en casa, cerca de los lirios, el pick-up rojo, la hamaca y la radio en la que solo se oye la estación cristiana. No hubo tiempo. La vela fue un sábado, entre los asistentes estaba Mario Sánchez. Aquel domingo, Guayapa Abajo enterró a una víctima más de la enfermedad de los riñones.

Antes de despedirse, una Carmen sensible, emocionada y con un par de lágrimas, agradece la visita. Agradece que en esta semana la familia y los hermanos de la iglesia no la hayan dejado de venir a verla. Porque, pese a todo, es como se siente sin Ricardo, sola.
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Marta Santos también quedó viuda por la insuficiencia renal. Su esposo, José Armando González, murió el 20 de enero. En palabras de Marta, empezaron a notar la enfermedad porque a él “se le bajaba el potasio” según los médicos del Equipo Comunitario de Salud Familiar (ECO) con los que pasaba consulta. “Mire, aquí pasamos consulta hasta que ya caemos enfermos y hasta ese momento empiezan a hacerle a uno los exámenes”. Su esposo estuvo en tratamiento durante tres o cuatro meses.

La vivienda de la familia González Santos es vecina de un cañal. Apenas unos cuantos metros los separan de una extensión de terreno a la que no se le alcanza a ver el límite. Todito está cubierto de caña de azúcar de no más de una cuarta de alta. Varias hileras de estas plantas fueron sembradas por la hija adolescente de Marta. El trabajo implica abrir hoyos en la tierra e ir metiendo las plantas en surcos y separadas por unos 20 centímetros. Los surcos fácilmente miden unas tres o cuatro cuadras. Es un trabajo que hace agachada, bajo el sol, en jornadas en las que no gana más de $10. Cuando termina, regresa a su casa, en donde el agua que se consume es de pozo; solo cuando parece necesario, se pasa por un colador.

Se ha logrado estudiar la relación entre el tipo de cultivo que predomina en una comunidad y la incidencia de esta enfermedad. “La proximidad a las zonas agrícolas (especialmente las destinadas a caña de azúcar) junto con las elevadas temperaturas del ambiente pueden influir en la tasa de ERC no especificada en El Salvador”, indica el documento titulado “Distribución espacial de la enfermedad renal crónica no especificada según el área cultivada y la temperatura del ambiente en El Salvador”, también firmado por el nefrólogo Orantes y tres colegas más.



Espacio compartido. El agua domiciliar no llega a todas las familias de las zonas rurales de Jujutla. Muchos hogares que están cercanos a los cultivos de caña de azúcar se abastecen de agua de pozo.

Esta comunidad ha naturalizado el uso de los agroquímicos. La mochila plástica con la manguera para aplicar estas sustancias es algo presente en cada hogar como si se tratara de una cacerola o un huacal. La de los González Santos es azul y está cerca de mesa, de un silo, de las sillas, en medio de todo. Marta no recuerda a su esposo usando protección, pero sí recuerda que usaba para su trabajo como agricultor cuatro clases de químicos, entre ellos, el paraquat. Esto sin contar con el agroquímico utilizado para hacer madurar la caña de azúcar que, hasta hace un par de años, era aplicado cada octubre vía aérea. La familia en pleno recuerda el paso de esa avioneta sobre sus cabezas y aquel olor que quedaba.

En estas comunidades, las violaciones a las leyes no se alcanzan a distinguir, no hay información ni educación para que la población sepa hacerlo. Para realizar fumigación aérea, se debe dar una aviso a los pobladores para que desalojen el área y no se vean expuestos a los químicos directamente. Miguel Turcios, coordinador del área de registro y fiscalización de insumos del Ministerio de Agricultura explica que esto está especificado en un acuerdo ministerial. Además, la fumigación aérea no se puede realizar a menos de 500 metros de cuerpos de agua. No se especifica, sin embargo, qué pasa con los pozos de los cuales se abastecen familias vecinas de cañales como la González Santos. “El glifosato se aplica generalmente antes de la cosecha de la caña de azúcar como “madurante” para incrementar la concentración de sacarosa. La exposición a glifosato aumenta la urea y el ácido úrico en sangre y produce considerable estrés oxidativo debido a la presencia de especies de oxígeno reducido”, dice este estudio. Incluso, si estos avisos de desalojo se hubieran dado de forma oportuna, no habría habido forma de proteger los pozos.

En las oficinas de las autoridades de todo nivel se conoce la situación. “Son las avionetas que riegan un tipo de químico para que la caña de azúcar madure más luego. Lo tiran a una altura a la cual, es lógico, con la brisa eso agarra hacia las casas. Porque no tenemos con enfermedad renal solo a ancianos agricultores, sino que también a cantidad de jóvenes”, explica el alcalde de Jujutla. El mismo Ministerio de Salud reconoce estudios en los que apunta que el riesgo de ERC se ha cuadruplicado en personas menores de 60 años. El medio del ímpetu, el alcalde Martínez también reconoce que “la caña es un producto imprescindible que genera divisas, difícilmente lo van a dejar de sembrar, al contrario, más gente va buscando sembrar ese producto”.

Marta tiene un hijo mayor a quien ya se le diagnosticó daño en el riñón. Y hoy es uno de los cerca de 12 muchachos que anda aplicando paraquat en la plantación de caña de azúcar. El agroquímico los transportan en el manubrio de la bicicleta. Ninguno lleva delantal, máscara, botas o guantes. Turcios, de Agricultura, explica con numeral el inciso en donde es está normado que los agroservicios pueden vender químicos como el paraquat solo a personas a quienes se les compruebe que cuentan con el equipo de protección para aplicarlo. Y añade que de que esto se cumpla se encargan técnicos inspectores. En la actualidad, Agricultura cuenta con ocho inspectores para verificar los cerca de 900 establecimientos de todo el país en donde se venden agroquímicos.

El estudio, este que se conoce desde hace dos años, dice de una forma clara: “En algunos países desarrollados se ha restringido el uso de muchos pesticidas que contienen paraquat, glifosato, y 2,4-D como ingredientes activos, sin embargo, aún se utilizan en El Salvador y en otros países, sin una adecuada comprensión de las consecuencias que trae la exposición a ellos. Si se asume que estos agroquímicos se están aplicando en los campos agrícolas en El Salvador (una suposición plausible dada la cantidad de pesticidas importados), las toxinas asociadas pueden comprometer la salud del riñón, especialmente si hay un considerable contacto físico”.

Así como las causas de la ERC son tan variadas, también debería serlo su discusión. Para la ministra de Medio Ambiente, Lina Pohl, por ejemplo, uno de los grandes problemas es que se somete a un territorio tan pequeño y poblado a un alto grado de toxicidad. En este marco, evitar la contaminación de cuerpos de agua es muy difícil. Y con el agua, se contamina todo lo demás. La falta de recursos de las comunidades agrícolas también tiene que ver con la regulación del salario mínimo, que establece para quienes trabajan en la zafra el más bajo de todos: $109.20, sin derecho a prestaciones como el seguro social. Quiere decir que la mayoría de habitantes de las comunidades agrícolas no tienen más opción que los centros asistenciales de Salud Pública, que, para el caso de Guayapa Abajo, coloca la realización de diálisis más cercana en Santa Ana.

Mientras desde los despachos de los funcionarios tanto municipales como de Salud, Agricultura, Medio ambiente y Trabajo, entre otros, siguen invocando la necesidad de plantear una respuesta integral a la luz de estudios e investigaciones puntuales, las comunidades como Guayapa Abajo siguen enterrando a sus muertos y viendo cómo hacen para atender a sus enfermos. Marta mantendrá el recuerdo de su esposo, igual que Carmen, mientras ve cómo sus hijos siguen trabajando sin que las circunstancias que comprometen su salud cambien de una forma considerable

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