El secuestro del empleo

Conseguir empleo no se trata solo de demostrar las habilidades para el puesto. También significa medir los riesgos de salir e ingresar a zonas que las pandillas han reclamado. Las mismas autoridades han dado cuenta de cómo es esta división territorial, pero se han negado, en repetidas ocasiones, a hacer pública la información.
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Espacio.  Muchas personas son asesinadas cuando pandilleros descubren que viven o trabajan en zonas de sus rivales, así lo registran las mismas autoridades.

Espacio. Muchas personas son asesinadas cuando pandilleros descubren que viven o trabajan en zonas de sus rivales, así lo registran las mismas autoridades.

El secuestro del empleo

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A Martín le pareció atractiva la oferta de empleo de panadero que leyó en el periódico aquella mañana de noviembre de 2015. Sin embargo, las tres líneas del anuncio clasificado no le despejaban su duda más importante: qué pandilla operaba donde estaba ubicado el negocio. Antes de entrar en la panadería, un día después de leer el anuncio, Martín recorrió la zona inmediata al establecimiento, ubicado en Ciudad Delgado, para buscar alguna señal que le ayudara a responder esa pregunta. No tardó mucho en encontrarla. En una esquina cercana al negocio, una pared gris con repello de cemento, le dio la respuesta de forma gráfica: una M y una S escritas con un estilo gótico. Ver ese grafiti, característico de la Mara Salvatrucha (una de las dos pandillas más numerosas del país), hizo que Martín respirara tranquilo. Se trataba de la misma pandilla que tiene presencia en su colonia, en otro municipio, a unos 15 kilómetros de la panadería.

Martín, de 38 años, recuerda en esta mañana sabatina de marzo aquel primer contacto con su nuevo trabajo. Acomoda dentro de una bolsa unos moldes para hacer galletas que compró minutos antes en un local de Mejicanos, municipio donde ha vivido desde hace 21 años. Está sentado frente a la entrada principal del edificio de la comuna, bajo la sombra de un pequeño árbol que resalta en la explanada de concreto que sirve de estacionamiento y que hace las veces del parque central que debería tener este municipio. Aquí, dice que vivir y trabajar en zonas donde opera una misma pandilla es una ventaja; aunque, reconoce, no es lo único importante.


Reservado.  La PNC ha dicho que si se publica la información de la ubicación geográfica de las pandillas se “creará alarma social”.


“A un par de cuadras de aquí mataron, hace tres días, a un pobre hombre solo porque vivía en una zona distinta de donde trabajaba”, dice Martín mientras señala con el índice hacia el frente, por donde esta mañana se mueven cientos de personas, entre vendedores y compradores, en un estrecha calle pavimentada inundada de canastos y puestos de ventas.

Martín se refiere al homicidio de José Luis Cortez Domínguez, de 58 años, quien fue baleado ocho veces con una pistola 9 milímetros desde una motocicleta cuando caminaba  entre la 4.ª calle poniente y la avenida 14 de Diciembre, cerca del mercado de Mejicanos. La víctima, según le contaron los testigos a los investigadores, se dedicaba a jalar bultos y colaborar con los vendedores a cambio de unas monedas. Los agentes que procesaron la escena escribieron en el acta del levantamiento del cadáver que Cortez Domínguez fue asesinado “porque trabajaba en una zona dominada por pandilleros del Barrio 18 y en el lugar donde vivía, en la Montreal, están afincados los miembros de la MS”, rivales a muerte del B18.

Para conseguir el empleo como panadero, Martín dice que tuvo que sortear dos entrevistas: una con el dueño del establecimiento y otra con el jefe local de la pandilla. Sus credenciales como empleado en una panadería tradicional y su destreza con la harina hicieron que el propietario se convenciera rápido de contratarlo; sin embargo, en esa misma plática, el dueño le dijo que debía hablar con el “palabrero” (pandillero encargado de trasladar las órdenes de mandos superiores) de la zona porque era parte del acuerdo que tenía con ellos: cada vez que tuviera intenciones de contratar a alguien, la pandilla debía cerciorarse de que no era un espía, un policía o un rival infiltrado en “su territorio”. Solo al verificar eso, podrían darle el visto bueno a la contratación.


Datos.   En un reportaje para televisión, un jefe policial de Usulután explicó las áreas de presencia de diferentes grupos de pandilla con un mapa detallado de todo el departamento de Usulután, con sus respectivos municipios.
 

El encuentro entre Martín y el pandillero ocurrió en una pupusería de Ciudad Delgado. Allí, un tipo cuarentón, serio, alto, moreno y sin tatuajes a la vista le ordenó, mientras comía pupusas, que le mostrara el Documento Único de Identidad (DUI) para verificar su dirección de residencia. Además, le pidió que le describiera algunas zonas del lugar donde vive. Tras verificar que no le mentía, según Martín, le dijo que no había problema, que podía comenzar a trabajar; pero había una condición más que debía comprometerse a cumplir para evitar problemas con la pandilla. Algo que, esta mañana de marzo, Martín aún no se anima a revelar.



***

Un mes antes de que Martín leyera el clasificado en el periódico, los noticieros hablaban del homicidio de dos empleados de una empresa telefónica en la periferia de El Paisnal, al norte del departamento de San Salvador. En resumen, los reportes periodísticos de ese día de octubre de 2015 consignaban, basados en las declaraciones que testigos le dieron a la policía, que las víctimas buscaban a un cliente para instalarle la señal de televisión pagada y una línea telefónica cuando fueron interceptados por un grupo de pandilleros. Los privaron de libertad, casi al mediodía, y se los llevaron de la zona dentro del vehículo de la compañía. Ese mismo día, a las 5 de la tarde, habitantes del cantón Las Garcitas, en el kilómetro 41 de la carretera Troncal del Norte, alertaron a la policía sobre la presencia de un vehículo, tipo panel, con una escalera sobre el techo, estacionado a la orilla de la polvosa vía. Tenía manchas de sangre. Un jefe policial encargado de la zona, recuerda, cinco meses después, que los tres agentes que envió a verificar la información descubrieron en el interior del vehículo los cadáveres mutilados de dos hombres dentro de unos sacos. Más tarde, dice, confirmaron que se trataba de los dos empleados de la empresa telefónica que habían sido rodeados por pandilleros horas antes en el municipio. El jefe policial señala que la investigación arrojó que pandilleros cometieron el delito porque se trataba de personas ajenas a El Paisnal. “Esa intromisión al territorio sin el aval de ellos es considerada un delito grave, que, en muchos casos, se paga con la muerte”, sentencia el jefe policial.

Esa lucha por el territorio es, en parte, lo que mantiene una guerra a muerte entre pandilleros rivales. Se trata de una demarcación que está presente en los 14 departamentos del país. En 2012, el Ministerio de Justicia y Seguridad Pública realizó un censo con la idea de medir la cantidad de pandilleros. De ese estudio, solo se conoció que las autoridades monitorizaron 1,765 colonias de 184 de los 262 municipios, en las que ubicaron 1,955 estructuras de las seis pandillas más numerosas que operan en el país. En promedio, hay un grupo delincuencial por cada colonia.


Activos.  Tras realizar un estudio, en 2013, se calculó que había 32,310 miembros activos de pandillas dentro y fuera de los centros penitenciarios.

 

Las autoridades iniciaron la monitorización teniendo como punto de partida la tregua entre pandillas, iniciada en marzo de 2012. Seguridad estimó, de acuerdo con los parámetros del censo y la metodología que definieron, que una clica o tribu (grupo de pandilleros) está conformada por al menos 15 personas. Lo que significa que en el país existía, en 2013, un promedio de 29,325 miembros de pandillas activos. Sumado a todas las personas vinculadas con cada pandillero (colaboradores, niños que les hacen favores y familiares), las autoridades estimaron en más 450,000 las personas que en el país tenían nexos con pandillas en ese entonces. Una investigación titulada “El Salvador: Estudio institucional y de gasto público en seguridad y justicia 2012”, realizada por el Banco Mundial (BM) y el Ministerio de Seguridad, detalla que en 2008 operaban cuatro pandillas en el país, con 12,500 miembros repartidos en 381 clicas o tribus. Si se comparan esos datos con los arrojados por el censo realizado después del pacto entre pandilleros para no agredirse entre sí, se infiere que de 2008 a 2013 la cantidad de miembros de pandillas aumentó en un 134.6 %. En resumen, unas 1,574 estructuras más de las 381 que se registraban en 2008. Las proyecciones del ministerio apuntaban en ese entonces a que, al finalizar el censo, la población salvadoreña en una relación con las pandillas podía sobrepasar los 660,000 habitantes, lo que representaba el 11 % de la población del país.

Se trata de una población, según un investigador de la División Central de Investigaciones (DCI) de la Policía Nacional Civil con quien se acordó no revelar su nombre en este texto, que mantiene constante vigilancia sobre quienes visitan y residen en las colonias y barrios. Se trata de un control del territorio donde operan. Se trata de un control sobre quienes trabajan y estudian en esas zonas, porque pueden ser considerados rivales o espías de rivales y de las autoridades. Se pueden considerar “soplones”.


Ataques.  La PNC manifestó que el mapeo podría servir a los grupos delincuenciales como una estrategia para cometer delitos contra miembros de la otra pandilla.

 
 
***

Armando lo sabe. Para poder vender los jocotes que esta mañana de abril empuja dentro de una carretilla de albañilería, no debe violar la demarcación pandilleril. Varias estructuras de la MS y el Barrio 18 se han dividido las 250 cuadras que conforman el centro de la capital. “Hay que conocer cómo se han repartido el centro los muchachos”, dice con impasividad este cincuentón, flaco, de ojos saltones que siempre mantiene totalmente abiertos, como si se fueran a salir de las órbitas. Está parado con su venta sobre el pavimento de la calle Rubén Darío, frente al imponente edificio gris plomo donde funcionaban las oficinas centrales de la extinta  Administración Nacional de Telecomunicaciones (ANTEL), conocido como el Telégrafo. Acá, habla, entre dientes y disimulando que despacha jocotes, sobre lo que debe sortear cada día para poder trabajar.

Armando es uno de los casi 11,000 vendedores ambulantes, según estimaciones de la Alcaldía Municipal de San Salvador, que recorren a diario entre las reducidas calles de este entramado de ventas esparcidas por todo el centro que se han adueñado de casi todas las aceras. Este hombre, de piel curtida por el sol, dice que ha empujado el carretón desde siempre, no recuerda haber realizado otro trabajo; sin embargo, el reciente control de los pandilleros de la zona le ha obligado a modificar su itinerario en busca de clientes.

Describir la repartición que han hecho del centro capitalino los pandilleros es complejo, pero Armando lo hace con una simpleza que solo logran quienes prácticamente viven acá. Todo vendedor sabe que el edificio del Teatro Nacional hace las veces de frontera entre dos estructuras rivales. Del teatro hacia el poniente opera la MS y del teatro hacia el oriente lo hace una tribu (grupo de pandilleros) del Barrio 18. Los comerciantes ambulantes que ya estaban ahí cuando se “oficializó” esa delimitación, según Armando, fueron obligados a quedarse en el lado que coincide con la pandilla que opera en los lugares donde viven. Los nuevos, obvio, se ubican con el mismo criterio, asegura.


Red de apoyo.  En 2013, se dio cuenta de que al menos 470,264 personas tenían algún vínculo o relación con miembros de pandillas.


Armando dice que todos, informales o no, entregan una cantidad de dinero a la pandilla en concepto de extorsión, independientemente “del lado que te toque vender”. Agrega que pagar ese “impuesto” no es el problema. Se trata de no ser catalogado como espía de los rivales. Una función que realizan “miles” de personas que colaboran con las pandillas: vigilantes, despachadores de buses, comerciantes y los mismos pandilleros disfrazados de vendedores.

Un investigador policial encargado del centro capitalino, y que pidió no mencionar su nombre, reconoce el enfrentamiento a muerte que existe por controlar esa parte de la capital entre las dos pandillas más numerosas del país. Sin embargo, el jefe policial prefiere hablar de “operaciones” y no de un efectivo control del territorio.

Un homicidio reciente, de acuerdo con el investigador, que tuvo como razón esa lucha por el centro de San Salvador ocurrió en enero pasado tres cuadras al norte de donde Armando ofrece, a gritos, 100 jocotes por $1. Ahí, Alexánder, un adolescente de 15 años, fue asesinado por tres tiros en la cabeza.

El informe policial dio cuenta que tres tipos interceptaron al muchacho en la 11.ª avenida sur y calle Arce. Uno de ellos le disparó.

Testigos contaron que el adolescente viajaba todos los días desde la colonia Montelimar, en Olocuilta (departamento de La Paz), para vender de forma ambulante en el centro capitalino. En Montelimar opera el Barrio 18, en la zona donde fue atacado, domina la MS.

El investigador de la DCI reconoce que hay zonas donde las personas no pueden circular libremente, se convierten en territorios vedados, exclusivos para pandilleros, sus familias, colaboradores y para quienes ellos avalan por medio de la presentación del DUI. Reconoce, incluso, que muchos de los homicidios tienen como razón lo absurdo de vivir en una zona contraria a donde opera otra pandilla. Sin embargo, este jefe policial no es capaz de cuantificar la magnitud de ese problema.

En 2015, según datos consensuados por las tres instituciones involucradas en procesar las escenas del crimen, ocurrieron en El Salvador 6,657 asesinatos. Solo en el departamento de San Salvador fueron cometidos 525 asesinatos el año pasado, la tasa departamental fue de 166 por cada 100,000 habitantes. Una cifra mucho más alta que la alarmante tasa de asesinatos a escala nacional: 103 homicidios por cada 100,000 habitantes: uno de cada 100 salvadoreños fue asesinado. Tan alarmante, que el país acaparó titulares en los principales medios de comunicación del mundo con el penoso título del país más violento del planeta.

Este año, las cifras de homicidio a escala nacional muestran una tendencia todavía más complicada que el año pasado: en el primer trimestre de 2016, de acuerdo con datos preliminares de la Policía, ya suman 2,003 homicidios. 2,003 personas, salvadoreños, nombres, familias que vivieron el dolor y luto. Sin embargo, las autoridades no saben qué tantos de esos homicidios son consecuencia directa de “invadir” los territorios de los pandilleros.

Armando, de pie acá en el Centro Histórico de San Salvador, por el contrario, sí sabe que si camina en línea recta hacia el oriente, en la calle Rubén Darío, no debe llegar hasta el parque Libertad, no debe, ni siquiera llegar a una cuadra antes de ese parque. Si no, “me desaparecen”, dice mientras avanza con la carreta hasta perderse en la interminable columna de personas que caminan, en ambos sentidos, sobre el caliente asfalto.


***

Jorge y Rigoberto son dos trabajadores inactivos, por ahora, que no contaron con la “suerte” del aval pandilleril para poder trabajar en zonas alejadas de sus casas. Esto fue lo que le ocurrió a cada uno de ellos, por separado, en distintas zonas del Área Metropolitana de San Salvador, contado en sus palabras:

Jorge, albañil de 33 años, seis meses de no trabajar.

Me reuní con pandilleros para que me dejaran formar parte de un proyecto de una compañía pequeña que construía varias obras en una colonia. En resumen, había que levantar un muro de seis metros de alto por 25 de largo. Como un perímetro al costado de una calle que da acceso a una colonia donde hay un montón de pandilleros del Barrio 18. Hablé con ellos y me dieron permiso de trabajar, pero solo duró mediodía.

Cerca de las 11 de la mañana, llegaron dos pandilleros hasta donde estaba buscando las piedras que se ajustaran al muro. Me separaron del resto de trabajadores y me dijeron que debía abandonar la zona de inmediato. Si no me iba, tenían orden de matarme. Claro que no espere más. Me fui inmediatamente. Solo recogí el maletín donde cargaba la ropa para cambiarme.

Dos días después, compañeros me dijeron que me habían amenazado y ordenado largarme porque mi nombre es igual a uno de los cabecillas de la pandilla rival, por lo que uno de los cabecillas ordenó, desde el penal, que me echaran o me mataran.

Estoy desesperado, ya era difícil encontrar trabajo, pero ahora hay que saltar nuevos obstáculos: Imagináte que he cambiado DUI cuatro veces en cuatro años, todos con direcciones falsas para que sean acordes a las pandillas que operan en donde he conseguido proyectos: pero ya me cansé. Estoy desesperado.

Rigoberto, docente, 48 años.

Varios pandilleros me rodearon los últimos días de marzo pasado cuando viajaba a la escuela donde he dado clases durante los últimos 12 años. Me notificaron que desde ese día iba a colaborar con ellos entregándoles $20 al mes. Se trató de un aumento del 100 % de la extorsión: pagaba $10 mensuales.

Tres días después de ese encuentro, el pandillero que dice ser el jefe de ellos en el sector donde está la escuela llegó a la institución y le exigió al director que yo debía abandonar el centro escolar en un lapso de 24 horas, porque si no atacaría a los demás docentes y estudiantes. La razón: yo corregí el actuar de un alumno vinculado con ellos y eso provocó el enojo de los muchachos.

Desde entonces, hace casi 15 días, ya no he vuelto a llegar. Me encuentro en incertidumbre, no sé qué va a pasar conmigo. Me han ofrecido trasladarme a otro centro escolar; pero primero debo averiguar qué pandilla es la que domina en esa zona. Porque si son contrarios a los que viven en mi colonia, seguro vuelvo a tener problemas.


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El 22 de octubre de 2015, un periodista de LA PRENSA GRÁFICA solicitó a la Oficina de Información y Respuesta (OIR) de la PNC la “ubicación geográfica a escala nacional de las zonas donde la Policía ha detectado que operan las principales pandillas, MS y B 18 (en dos facciones), entre enero y septiembre de 2015; para que la información sea comprendida, que sea (entregada) a través de mapas donde se detallen por municipios los lugares donde estas pandillas tienen presencia”. La petición fue rechazada y el reportero apeló ante el Instituto de Acceso a la Información Pública (IAIP). La negativa se fundamentó una declaración de reserva del 5 de octubre de 2015, efectuada por el subdirector Antipandillas, el comisionado Pedro González.

En enero de este año, el IAIP resolvió que la información recabada entre enero y junio de 2015 con la que se arma el mapa de localización de las pandillas en todo el país debía ser desclasificada y pública.

Pero solo un mes después, el instituto se desdijo. Clasificó la información como reservada y le dio la razón a la PNC. Los argumentos de la Policía para no entregar la información oscilaron entre que dichos datos en manos de particulares dañaban sus estrategias y que se podía poner en peligro la vida de los miembros de las pandillas. Otra justificación fue que si tal información se difundía, podía “subirle la moral” a dichas estructuras.

En la tregua.  Las autoridades iniciaron la monitorización teniendo como punto de partida la tregua entre pandillas, iniciada en marzo de 2012.

 

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Martín se anima, una semana después de su charla frente a la Alcaldía de Mejicanos, a contar la otra condición que le puso el jefe de la pandilla para poder trabajar: le debía enseñar a hacer pan a dos de sus mascotas (niños que hacen favores a pandilleros). Recuerda que con dos días en su nuevo empleo, llegaron a la panadería dos adolescentes, de unos 13 años, que no conocían nada del oficio. “Ni siquiera sabían que había varios tipos de harina”, dice mientras le da otro sorbo al café con canela que pidió minutos antes en una cafetería de un centro comercial de San Salvador.

Según Martín, la pandilla que opera en las cuadras donde está su trabajo mantiene vigilancia por medio de esos dos adolescentes que fingen aprender un oficio. Desde la ventana ante la cual amasan la harina, se tiene una vista privilegiada. Se puede ver todo lo que se mueve sobre la calle principal del municipio.

Este panadero dice que la clave es adaptarse a los movimientos de los pandilleros para no resultar “afectado”. “Acá se debe aprender a ignorar, a no ver, a no prestarle importancia... No sé si eso es algo anormal para los que viven en zonas exclusivas, pero acá hace ratitos que este tipo de vida es normal”.

Martín, Armando, Jorge y Rigoberto son cuatro trabajadores que decidieron contar su historia a cambio de no ser identificados por su propio nombre en este texto, sin embargo, no son los únicos a los que les toca adaptarse al control territorial que ejercen las pandillas en El Salvador. A diario, miles de salvadoreños deben cumplir con las exigencias que les imponen las pandillas para laborar.

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