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El sonido de todos

Por primera vez en 40 años del Premio Nacional de Cultura, el reconocimiento se entregará a un representante de la música popular. La rama, a priori, reporta una alta complejidad, pues es capaz de aglomerar a artistas de los más variados estilos, desde la cumbia hasta la canción de protesta. Este reportaje es un recorrido por sus pormenores y algunos de sus posibles candidatos.
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CONCIERTO DE LA ORQUESTA MATICES EN LA HACIENDA DE LOS MIRANDA. 07112015 FOTO LPG MELVIN RIVAS

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Desde el otro lado del mundo, más concretamente desde Hiroshima, Japón, Álvar Castillo recuerda cuando tuvo que salir del país en 1980, “10 días después de la muerte de Monseñor Romero”. El viaje lo llevó hasta México, donde se incorporó a una agrupación llamada Yolocamba I Ta, fundada cinco años antes por Franklin y Roberto Quezada.

A su memoria llegan una parvada de recuerdos: cuando tocaron por primera vez el “Poema de amor” de Roque Dalton en Toronto, Canadá, donde ya comenzaba a vislumbrarse una fuerte comunidad salvadoreña exiliada por el conflicto; o cuando alternaron en un escenario de Barcelona con los chilenos de Inti-Illimani y con el cantautor catalán Joan Manuel Serrat. O las interpretaciones de la “Misa popular” en diferentes iglesias de la comunidad cristiana en Europa, con la letra traducida en papel para aquellos que no eran hispanohablantes. También acuden a la memoria los días difíciles en México, de poco dormir y poco comer para recaudar fondos y hablar sobre la causa de la guerrilla en El Salvador, esa que, como partido político, terminaría llegando al poder.

Y Álvar rememora los detalles en torno a una posibilidad: que los autores de “El profeta” puedan convertirse en los primeros ganadores del Premio Nacional de Cultura dedicado a la música popular. En efecto, en las cuatro décadas del galardón (este año las cumple), jamás se había reconocido esta rama.

En ese periodo, solo dos músicos han sido honrados con el premio, pero en lo referido a música académica: Esteban Servellón (1998) y Germán Cáceres (1982). Todo un contraste con, por ejemplo, literatura e historia, con cinco para cada una.  

Castillo, sin embargo, no permaneció mucho tiempo en la agrupación, que ha continuado viva hasta la actualidad gracias a sus fundadores, aunque sus manifestaciones son cada vez más intermitentes. La música del grupo, que combina instrumentos tradicionales de la música salvadoreña y de diferentes países latinoamericanos (como la marimba de arco o los caparazones de tortuga) con recursos modernos como los sintetizadores y la computadora, se ha escuchado en todo el mundo no solo en conciertos, sino también en otras plataformas, como la película “Salvador”, del reconocido cineasta estadounidense Oliver Stone. Su discografía la conforman una decena de discos, compuestos por temas originales y algunas adaptaciones.  

Franklin Quezada todavía vive en San Salvador y se dedica al grupo y a la creación de sus propios discos, como solista. A través del teléfono, habla con alegría de la posibilidad de que el grupo que fundó hace cuatro décadas pueda ser consagrado.  
“No parece, pero en este país hay una enorme cantidad de música popular que ha calado en su pueblo, y es diversa… pero, en mi opinión, la creatividad, el trabajo original, debe ser lo primordial para entregar este premio. En eso el Yolocamba tiene la ventaja”, comenta Franklyn.

Otros de los candidatos para este año, según fuentes internas de la Secretaría de la Cultura y algunos postulantes, son los solistas Glenda Gaby y Álvaro Torres, los grupos de música de protesta Tepehuani y Torogoces de Morazán, y la banda juvenil Frigüey.

Protesta. Yolocamba I Ta utilizó su música para la causa de la guerrilla salvadoreña durante el conflicto armado.

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“Esta promete  ser la entrega del Premio Nacional de Cultura que más ruido genere”, dice Guillermo Cuéllar, por un tiempo parte de Exceso de Equipaje y uno de los miembros del comité organizador del premio este año. Guillermo se refiera a una particularidad de la rama a reconocerse en esta ocasión: se trata de un contenido que se encuentra más cerca de la cotidianidad de los grandes conglomerados y que no necesita de grandes recursos o formación para disfrutarse. No es lo mismo una cumbia que una sinfonía.

La rama, sin embargo, comporta un gran nivel de complejidad, por la gran cantidad de manifestaciones que es capaz de guardar el concepto. Las bases del premio lo han definido así: “abarca un conjunto de variados géneros y estilos musicales, que no requiere de la academia para su creación y/o interpretación, que se erigen como expresión genuina de un pueblo y se transmite de generación en generación”. Así, en la misma categoría podrá competir un grupo de corte contestatario con uno de cumbia, uno de salsa o un solista dedicado a los temas románticos.

“La música popular es tan diversa como nuestra nación, que es un concepto que nos unifica, pero no nos uniforma. La música popular es una función espiritual del ser humano que no se puede constreñir”, comenta Cuéllar.

Para el premio, que comenzará a deliberarse por parte de los jueces la próxima semana, hay cuatro aspectos que se tomarán en cuenta: la trayectoria, la originalidad de su obra, la difusión de su trabajo y la contribución al establecimiento de una identidad nacional.

“Los cuatro elementos se relacionan entre sí, no hay uno más importante que otro. Es como en una mesa de cuatro patas, no se puede sostener si solo tiene dos o tres”, comenta Cuéllar. Según otro miembro del comité organizador, Fátima Merino, se recibió una veintena de postulaciones hasta el cierre de las inscripciones el 31 de julio.

Eduardo Fuentes tiene una carrera como cantante que supera los 50 años. Y es alguien que puede hablar mucho sobre cómo se define un Premio Nacional de Cultura, pues fue uno de los jueces encargados de entregarlo el año pasado, cuando lo recibió el cineasta David Calderón.

Uno de los primeros elementos a tomar en cuenta, dice, es que la institución que presenta la postulación sea de una seriedad reconocible: en efecto, una candidatura al premio solo puede ser presentada por una entidad con personería jurídica comprobable. Eso pasó con David Calderón, que contó con el respaldo de varias instituciones.

Después de eso está la semilla sembrada por el candidato en el país, lo que en el cineasta era comprobable en sus alumnos, su pionera obra e, incluso, los manuales en los que compartió su conocimiento.

“Con eso decimos que la fama no es lo más importante, sino el legado… Álvaro Torres es un caso particular, es quien tiene una imagen internacional muy superior al resto de nosotros, pero hay que ver su legado, lo que ha logrado dejar aquí”, opina Fuentes.

La promesa. En 2017, según la secretaria de Cultura Silvia Elena Regalado, el Premio Nacional de Cultura entregará $2,000 dólares más a su galardonado. Para el presente son $5,000.

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Arnoldo Flores  recuerda, ahora, el momento más difícil para la agrupación que dirige desde hace 56 años: la ocasión en la que, en el marco de la Verbena Sonsonateca de 1980, vio morir a un hombre sobre sus instrumentos. Venía huyendo de un miembro de los cuerpos de seguridad y entró a la fiesta en busca de protección, pero las balas no dejaron de alcanzarlo, en medio del asfalto que le servía de escenario a la orquesta. Otros siete cayeron ante el fuego. La música no fue escudo suficiente para las víctimas. La música, como todo, fue alcanzada por la desmesura de la guerra.

Eso, y el año y medio de autoexilio en Estados Unidos que siguió a esta escena, toma en cuenta Arnoldo Flores para hablar sobre la ininterrumpida permanencia de su agrupación, Los Hermanos Flores, en el imaginario salvadoreño, lo que la hace una candidata para recibir el primer Premio Nacional de Cultura que se entrega a la música popular desde que el galardón fue creado, en 1976.

La profundidad de la influencia de la orquesta se puede percibir a flor de piel: no hay una agrupación con más prestigio y que represente con más potencia a El Salvador en el exterior. Sin embargo no todo ha sido un camino de rosas para la institución: en 2005, Arnoldo Flores fue acusado de un caso de violación en menor e incapaz. La madre de la víctima aseguró que los hechos ocurrieron un año antes. Sin embargo el músico fue absuelto. La acusadora no se presentó a testificar cuando era requerido.

En este aspecto, el de representar con potencia a El Salvador en el exterior, Los Hermanos Flores solo es superada por Álvaro Torres, un artista que ha calado en toda Latinoamérica, especialmente en Cuba, donde sus pobladores han convertido a su obra en la banda sonora de sus relaciones amorosas.

“Somos una orquesta que nunca ha parado. El legado que hemos dejado es ese, darle año tras año música a nuestra gente… jamás he conocido el Teatro Nacional y ni creo que podamos tocar en un escenario como ese… pero esta es la cultura musical del país, la que convoca a miles de personas”, comenta Arnoldo. Pero lo popular sí ha logrado colarse a los escenarios de lo académico, como en el caso de los Ángeles Azules, de México, que recientemente grabaron sus éxitos en compañía de una orquesta filarmónica.  

La constante migración de salvadoreño al exterior ha cambiado un poco el concepto de identidad. La cultura se lleva a cualquier parte del mundo. Eso lo saben las orquestas del país, especialmente Los Hermanos Flores, que aparta tres meses de su año para pasarla entre aviones y escenarios.  

La cumbia. Es uno de los géneros que de mejor salud goza entre la población salvadoreña. Los Hermanos Flores están entre sus principales representantes.

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¿Qué significa recibir  un Premio Nacional de Cultura en El Salvador? Para Gloria de Calderón, esposa del recientemente galardonado David Calderón, la respuesta resulta un poco ambigua. En la ceremonia del año pasado, estuvieron acuerpados por todas las autoridades de la Secretaría de Cultura, y se tomaron una foto sonrientes con el entonces titular de la institución, Ramón Rivas, y con todos los jueces. Antes de eso, a David le habían entregado el diploma de reconocimiento y el cheque con el dinero referente al premio, $5,000, que luego se convirtieron en $4,250 ya pagados los impuestos. Días después se realizó un concierto en su honor, interpretado por la Orquesta Sinfónica Nacional, con un repertorio que incluía piezas de Claude Debussy y el brasileño Marlos Nobre.

Tras ese día, todo ha sido poco más que silencio por parte de la institución. Según Gloria, la última comunicación que tuvo con la Secretaría de Cultura, la máxima autoridad gubernamental en el tema en El Salvador, fue cuando llegaron a su casa para darle los folletos sobrantes de la entrega del premio, en noviembre pasado.

Nadie la ha buscado para un evento en el que se presente la obra de su esposo, conformada por un largometraje de ficción, “Los peces fuera del agua”, y media docena de cortos y documentales. Nadie le ha informado sobre la exhibición del trabajo de David en las embajadas de El Salvador en el exterior. Nada, en fin, ha cambiado en cuanto a la distribución por parte de las instituciones gubernamentales de la labor de toda una vida de su marido, considerado el pionero del cine en El Salvador.

“Sin embargo, nosotros nos conformamos con ese premio. Creímos que nunca se lo iban a dar en vida”, comenta Gloria, aliviada porque su pareja, que casi llega a los 90 años, goza de una salud estable.

Silvia Elena Regalado tomó las riendas de la Secretaría de Cultura el año pasado, luego de que el presidente Salvador Sánchez Cerén le pidió la renuncia al anterior titular. Consciente de las limitaciones en los alcances del premio, afirma que las cosas cambiarán.

“Un premio como este no debe limitarse a su entrega... hemos pensado en mecanismos más permanentes en la relación con los artistas, para lo que la Ley de Cultura nos da una ventaja. Es un llamado muy justo”, comenta la funcionaria.

El último. El cineasta David Calderón (al centro de la fila del frente) recibió el galardón en 2015. También se trató del primer Premio Nacional de Cultura que se entregó para los audiovisuales.

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La orquesta Matices  nació apenas hace seis años. Pero en poco tiempo se ha ganado el respeto de la comunidad artística salvadoreña, por lo que es un posible candidato al Premio Nacional de Cultura. Para su mánager, Carlos Gómez, eso tal vez se deba a que surgieron con una filosofía, la de “dignificar al artista”.
Así se ha conformado en una especie de empresa, que paga seguro social, AFP y salarios mensuales a sus músicos, lo que, haciendo un sondeo rápido en El Salvador, no es cosa común: solo agrupaciones gubernamentales o patrocinadas por otra entidad (como la Platinum) son capaces de hacerlo.

La orquesta ha logrado reunir a algunos de los músicos con más trayectoria en el país para su propuesta, como Alberto Caminos o Carlos Romero. Y su prestigio fuera la ha hecho merecedora de contratos que superan los $40,000 por concierto.

Matices, hasta ahora, ha grabado cinco discos. El último será producido por una compañía colombiana. Pero el que más lo identifica es el segundo, “Antología de música salvadoreña”, en la que grabaron 15 temas de música compuesta por artistas salvadoreños.

Este nació de un engaño. Luego de que Carlos Gómez observó la buena recepción que tuvo en una de sus presentaciones en Cuba la interpretación de piezas nacionales, le comentó a los dueños del conjunto que los músicos querían grabar un disco con este tipo de piezas cuando los artistas ya le habían dicho que era una locura. A los ejecutantes les dijo que era un encargo de sus jefes. Así nació el disco que los ha vuelto una especie de sello identitario fuera de El Salvador, al menos gracias al servicio diplomático, pues 300 copias se distribuyeron en las embajadas del país en todo el mundo.  La inversión para crearlo fue de $5,000, pero su distribución ha sido gratuita.

Carlos, ahora, invita a ver otra de las ventajas del grupo: su propio estudio de grabación, lo que amortiza los costos cuando de grabar un material se trata. Allí hay varias consolas y hasta tres salones para grabar. El proyecto parece haber alcanzado cuotas de autosuficiencia.

“En este país hay ausencia de apoyo para todo… lógicamente, el arte está al fondo, aún más la música popular, la que se considera para el vulgo… pero aquí esta también se hace con calidad y, en suma, representa la identidad de todo un pueblo. Esperamos que este premio, al fin, dignifique el trabajo de tantos”, dice Carlos, cerrando las puertas del estudio-sala de ensayos que, semana a semana, se llena de música.

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