Lo más visto

Más de Revistas

El “te vas a arrepentir” que precede a un feminicidio

A inicios de este año, la Fiscalía General de la República le declaró a una agencia de noticias que en El Salvador se comete al menos un feminicidio por día. En 2012, Small Arms Survey, una organización no gubernamental de Suiza, colocó a El Salvador en la cima de los países más feminicidas. Un total de 12 crímenes de odio por género por cada 100,000 personas. El feminicidio es, sin embargo, solo la expresión más extrema de una cultura que tolera la violencia contra las mujeres y que día tras día le va ganando terreno a la vida de mujeres como Ana, Lida, María, Yamileth, Carmen Edith…
Enlace copiado
Ausencias.  Allegados de Rosa Pineda reaccionan ante la noticia de su asesinato. Su compañero de vida le incrustó un pedazo de vidrio en el estómago cuando se encontraban dentro de su apartamento en San Salvador.

Ausencias. Allegados de Rosa Pineda reaccionan ante la noticia de su asesinato. Su compañero de vida le incrustó un pedazo de vidrio en el estómago cuando se encontraban dentro de su apartamento en San Salvador.

Manuel Gutiérrez.  El primer acusado por feminicidio se desempeñaba como gerente de una empresa. Su esposa murió de un disparo en la cabeza. Fue absuelto del delito. El año pasado fue requerido por los tribunales para reabrir el caso pero este no se presentó.

Manuel Gutiérrez. El primer acusado por feminicidio se desempeñaba como gerente de una empresa. Su esposa murió de un disparo en la cabeza. Fue absuelto del delito. El año pasado fue requerido por los tribunales para reabrir el caso pero este no se presentó.

José Sandro.  Él y su pareja tuvieron una discusión en una calle de Mejicanos. Cuando una unidad del transporte colectivo de la ruta 23 se acercaba, él empujó a Berta Bejarano a la calle para que muriera atropellada. Según la acusación fiscal, en el bus que atropelló a Berta se transportaban por casualidad dos hijas de la víctima.

José Sandro. Él y su pareja tuvieron una discusión en una calle de Mejicanos. Cuando una unidad del transporte colectivo de la ruta 23 se acercaba, él empujó a Berta Bejarano a la calle para que muriera atropellada. Según la acusación fiscal, en el bus que atropelló a Berta se transportaban por casualidad dos hijas de la víctima.

Manuel Antonio Bermúdez.  Amarró a su compañera de vida y le roció gasolina encima. Luego encendió el fuego y la dejó calcinarse dentro de la casa de habitación que compartían. Fue sentenciado a 40 años de prisión por feminicidio agravado.

Manuel Antonio Bermúdez. Amarró a su compañera de vida y le roció gasolina encima. Luego encendió el fuego y la dejó calcinarse dentro de la casa de habitación que compartían. Fue sentenciado a 40 años de prisión por feminicidio agravado.

Día de Muertos.  La familia de Ana Elizabeth, asesinada en manos de su expareja a los 18 años, se reunió para arreglar su tumba y recordarla. El padre trabajó durante tres días consecutivos para tener la tumba limpia y lista para la conmemoración.

Día de Muertos. La familia de Ana Elizabeth, asesinada en manos de su expareja a los 18 años, se reunió para arreglar su tumba y recordarla. El padre trabajó durante tres días consecutivos para tener la tumba limpia y lista para la conmemoración.

Ulises.  El padre de Ana muestra los dos retratos que guarda de su hija. El de la izquierda muestra cómo era ella antes de acompañarse con su agresor y el de la derecha fue tomado meses antes de su asesinato.

Ulises. El padre de Ana muestra los dos retratos que guarda de su hija. El de la izquierda muestra cómo era ella antes de acompañarse con su agresor y el de la derecha fue tomado meses antes de su asesinato.

Abandono.  La casa en la que habitaba Ana junto a su madre y su hijo ha quedado abandonada después del asesinato. El jardín que Ana cuidaba se empieza a adentrar en la casa que antes estaba rodeada de láminas.

Abandono. La casa en la que habitaba Ana junto a su madre y su hijo ha quedado abandonada después del asesinato. El jardín que Ana cuidaba se empieza a adentrar en la casa que antes estaba rodeada de láminas.

Tradición.  Durante el día de muertos, niños de la zona ofrecen sus servicios para pintar cruces. Escribir el nombre de Ana en la cruz le costó $2.50 a la familia. Cada letra costaba $0.10.

Tradición. Durante el día de muertos, niños de la zona ofrecen sus servicios para pintar cruces. Escribir el nombre de Ana en la cruz le costó $2.50 a la familia. Cada letra costaba $0.10.

Marca.  “Aquí habitaba ella”, dice Medardo, el tío de Ana. La cruz hecha de palos marca el sitio en el que su sobrina murió por las heridas que le hizo Miguel Ángel. Por varios días después de su muerte, la familia encendió una vela en este sitio.

Marca. “Aquí habitaba ella”, dice Medardo, el tío de Ana. La cruz hecha de palos marca el sitio en el que su sobrina murió por las heridas que le hizo Miguel Ángel. Por varios días después de su muerte, la familia encendió una vela en este sitio.

El “te vas a arrepentir” que precede a un feminicidio

El “te vas a arrepentir” que precede a un feminicidio

El “te vas a arrepentir” que precede a un feminicidio

El “te vas a arrepentir” que precede a un feminicidio

El “te vas a arrepentir” que precede a un feminicidio

El “te vas a arrepentir” que precede a un feminicidio

El “te vas a arrepentir” que precede a un feminicidio

El “te vas a arrepentir” que precede a un feminicidio

El “te vas a arrepentir” que precede a un feminicidio

El “te vas a arrepentir” que precede a un feminicidio

El “te vas a arrepentir” que precede a un feminicidio

El “te vas a arrepentir” que precede a un feminicidio

El “te vas a arrepentir” que precede a un feminicidio

El “te vas a arrepentir” que precede a un feminicidio

Enlace copiado
A Ana le rompieron el corazón. Sucedió después de que había empezado a usar vestidos bonitos, ir a la iglesia y asistir a los bailes de las fiestas patronales. Creció en un caserío de Usulután cerca de Miguel, un joven al que los vecinos describen como tranquilo, respetuoso y trabajador. Ella tenía 12 años y él 20 cuando empezaron a ser novios. Un par de años más tarde, se mudaron juntos y a los 15 ella se convirtió en madre. Cuando ella cumplió la mayoría de edad y se cansó del maltrato al que Miguel la sometía, decidió terminar la relación. Miguel no lo aceptó y le perforó la aorta. Le clavó un puñal sobre la principal arteria del cuerpo.


Ana. Este es uno de los dos retratos de la joven que cuelgan en sobre la pared del hogar de Ulises, su padre.

Ana hizo todo lo que se supone deben hacer las mujeres que se saben en peligro. Habló, pidió ayuda y denunció las amenazas de Miguel ante las autoridades. Fue asesinada el domingo 20 de octubre de 2013. Así, se convirtió en una de las 215 mujeres a las que se les quitó la vida ese año.

La tumba de la joven de 18 años se ubica en el punto exacto en el que las ramas más largas de un guanacaste del cementerio se entrelazan con las de una ceiba centenaria. Hoy es Día de Muertos y la tumba de Ana tiene que verse reluciente. Por eso, es el tercer día consecutivo en el que la familia viene a limpiarla.

Una de sus primas cuenta que “ella era bien bonita”. Dice eso y alarga las sílabas, como quien enfatiza algo. Le pide el teléfono a un familiar y muestra una foto donde aparece Ana. Se le ve en la calle, sonriente, pelo suelto, una falda pegada y su hijo al lado. A esa mujer le falló El Salvador entero. Creció y murió demasiado pronto.

***

Un feminicidio ocurre cuando alguien mata a una mujer por motivos de odio o menosprecio por considerarla un ser inferior o un ser que le pertenece. Así lo contempla la Ley Especial Integral para una Vida Libre de Violencia para las Mujeres que entró en vigor en 2012.

En la ley, el odio no es entendido como lo contrario al amor. Es un término jurídico que ayuda a caracterizar casos en los que existió violencia previa o en los que el autor del delito se aprovechó de situaciones de superioridad y desigualdad por género antes de cometer el crimen. Por ello, se habla del feminicidio como un crimen de odio.

Ya que el feminicidio es un crimen de odio, no se le llama así a todas los asesinatos de mujeres. Por ejemplo, las muertes de mujeres producto de la violencia arbitraria social como balas perdidas y asaltos armados no son consideradas como feminicidios por la legislación salvadoreña. Esos casos se procesan bajo el Código Penal como homicidios.

Esta ley definió siete tipos de violencia que van más allá de los golpes físicos y abarcan las agresiones sexuales, económicas y simbólicas. Con esta legislación se pretende que el Estado salvadoreño aprenda a reconocer y castigar las situaciones de violencia a las que algunas mujeres se enfrentan. La ley especial recrudece las penas carcelarias para los que se encuentren culpables de los crímenes ahí contemplados. Un feminicidio agravado puede condenarse con hasta cincuenta años de prisión.

La violencia ahí regulada sanciona desde el hecho de que a una mujer se le vulnere su libertad de elección –como vestirse de cierta forma– hasta casos de feminicidio como el de una señora en San Salvador que tras años de soportar violencia intrafamiliar murió, porque su pareja la amarró a un sillón, roció gasolina y le prendió fuego.


Ausencias.  Allegados de Rosa Pineda reaccionan ante la noticia de su asesinato.Su compañero de vida le incrustó un pedazo de vidrio en el estómago cuando se encontraban dentro de su apartamento en San Salvador.

La Asamblea Legislativa estudió y aprobó esa ley pero, no hubo una institución que tomara en sus manos el programa exhaustivo de capacitar a jueces, fiscales y policías en esa materia de manera sostenida en el tiempo. Algunos jueces desconocen la ley y otros simplemente se niegan a aplicarla.

Por ejemplo, el Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer (ISDEMU) ha dado a conocer casos como el de un juez en San Miguel que en una vista pública cambió la tipificación del delito de feminicidio agravado a homicidio agravado, y no porque no hubiera motivos para creer que era un crimen de odio. Argumentó: “Si consideramos que es un feminicidio estaríamos violentando los derechos de las personas del sexo masculino que frente a una situación similar no tienen una ley especial que los ampare”.

Sin embargo, esta ley especial viene a cubrir un vacío dentro de la legislación penal. Fue creada dentro de la corriente del derecho antidiscriminatorio, es decir, dentro del marco de leyes que existen para dar protección a grupos socialmente marginados. Así lo explica Alba Évelyn Cortez, investigadora, presidenta de la Unión de Mujeres Abogadas Salvadoreñas y capacitadora de cursos especializados para jueces sobre feminicidio.

Para Cortez, el problema a la hora de procesar estos delitos es que el sistema judicial aún no logra dimensionar la discriminación que existe contra algunas mujeres. “A veces, es como si yo hablo en chino y ellos están en japonés”, dice la capacitadora a manera de broma para ejemplificar el desconocimiento de la ley.

Admitir la discriminación en estos delitos implica aceptar que entre las partes hay un juego de poder desigual que sienta las bases para el crimen. “Cuando usted como jueza quiere interpretar un delito de discriminación extrema como un delito común, que es en donde las partes están en un mismo plano de igualdad, ya no pega”, asegura la abogada.

De acuerdo con un informe del Observatorio de Violencia de Género de la Organización de Mujeres Salvadoreñas (ORMUSA), la Fiscalía General de la República (FGR) reportó que en 2015 hubo 718 mujeres asesinadas y hubo 44 condenas por esas muertes. Sin embargo, no conocen si las penas fueron obtenidas bajo la figura de feminicidio u homicidio.

Un estudio del ISDEMU presentado el año pasado, indica que desde la entrada en vigor de la ley especial hasta junio de 2014, se reportaron 628 asesinatos de mujeres, de los cuales solo 34 habían llegado a la fase de vista pública con calificación de feminicidio o feminicidio agravado.

Séptimo Sentido obtuvo, a través del Centro de Documentación Judicial de la Corte Suprema de Justicia (CSJ), un consolidado de las sentencias emitidas por feminicidios (simples, agravados y tentados a escala nacional). Desde el 1.º de enero de 2012 hasta julio de 2016, Medicina Legal ha registrado 1,744 asesinatos de mujeres. Sin embargo, en los últimos cinco años, el centro de documentación registra 34 casos que han llegado a la última etapa del proceso penal tipificados como feminicidio o como intento de feminicidio.

Un juez, que pidió el anonimato, explicó que el Centro de Documentación Judicial –el ente encargado de procesar la información que producen los tribunales y mantenerla resguardada– no cuenta con un archivo actualizado. No todos los tribunales cumplen con la obligación de enviar las sentencias que se producen en sus oficinas, y así no es posible saber a cabalidad cuántas personas han sido absueltas o condenadas en tribunales con solo leer las sentencias ahí disponibles.

“Raras. Esas sentencias son raras”, dijo un empleado del Centro de Documentación Judicial cuando se le consultó la frecuencia con la que procesan este tipo de resoluciones.

***

El viernes 23 de marzo de 2012 Lida le sirvió la cena a su esposo. Manuel regresaba de trabajar y había que atenderlo. Él trabajaba como gerente de una venta de automóviles y su familia vivía en la colonia Escalón, en una calle de casas con piscinas y canchas de tenis.

La violencia intrafamiliar y el feminicidio sucede en todos los estratos sociales. Los tres hijos del matrimonio estudiaban en colegios privados y a veces, cuando Manuel tenía viajes de trabajo, Lida lo acompañaba y cruzaban juntos el océano atlántico.

Así pasaba la vida familiar. Los fines de semana solían ir a la playa o visitar a sus familiares. Lida había trabajado en la misma empresa que su esposo, pero después de casarse se dedicó al cuido del hogar y a la crianza de sus hijos. Alguno de sus allegados dijo haberla escuchado decir que necesitaba dinero para sus cosas. A pesar de que sus niños estudiaban en un colegio exclusivo, quienes la conocieron la describen muy sencilla. Cuatro años después de su muerte, alguien cuenta que él nunca la trató como igual.

A Manuel no se le conocía precisamente por manejar bien el alcohol. Un expediente judicial da cuentas de cómo personas cercanas a la familia relataron que cuando él tomaba, se transformaba. Ese viernes Lida se fue a dormir temprano y Manuel se embriagó. Sábado cerca de las 3 de la mañana, la empleada doméstica escuchó unos gritos. Era Manuel pidiéndole que le ayudara.

La empleada doméstica tuvo miedo pero salió de su cuarto y subió a la segunda planta de donde venían los gritos. Ahí, sobre un sillón y envuelto en una sábana estaba el cadáver de Lida con un disparo en la cabeza.

Los vecinos llamaron a la policía. Cuando los agentes se presentaron a la casa vieron un espejo quebrado y el desorden. Nervioso, Manuel contó que su esposa se había quitado la vida. Ante las preguntas de la policía, cambió su versión. Contó que habían peleado, tuvieron un forcejeo y el arma se disparó. “Es una tragedia”, dijo meses después en el juicio.


Manuel Gutiérrez.  El primer acusado por feminicidio se desempeñaba como gerente de una empresa. Su esposa murió de un disparo en la cabeza. Fue absuelto del delito. El año pasado fue requerido por los tribunales para reabrir el caso pero este no se presentó.

La acusación fiscal, a través de estudios sociales del entorno de la familia, probó que hubo episodios previos de violencia intrafamiliar y control. Un peritaje concluyó que Manuel incluso le regulaba las comunicaciones y las horas para ver televisión.

El perito en análisis físico químico de la División de Policía Técnica y Científica encontró residuos de disparo de arma de fuego en las manos de Manuel. Aún así, el cuerpo sin vida de Lida pasó a convertirse en un sinónimo de la impunidad para algunas organizaciones que trabajan en pro de los derechos de las mujeres. Manuel Gutiérrez fue el primer hombre procesado por feminicidio y también fue absuelto aunque él declaró que la mató.

El juez Cuarto de Sentencia argumentó que lo absolvía porque “la parte fiscal no logró probar el dolo del sujeto activo en el hecho”, es decir la voluntad de matarla. El juez no negó la participación de Gutiérrez en el asesinato. El juzgador agregó: “No hay motivos probados que hayan determinado la forma de cómo el delito aconteció”.

El juez también razonó que no podía existir misoginia en esa relación porque, como la empleada doméstica señaló, Lida incluso tenía trajes bonitos en el clóset. También tradujo las tareas domésticas que Lida hacía como una prueba del amor que existía en la familia. “Ella no tenía nada más que hacer en la casa y por esa razón atendía personalmente a su esposo e hijos, el que lo fuera a dejar al carro y le llevara su traje y su computadora era siempre una forma de atenderlo”, se lee en la sentencia.

Así, el 13 de marzo de 2013, Manuel Gutiérrez queda absuelto del delito de feminicidio. Al salir del juicio, cinco mujeres se le abalanzan. Lo abrazan. Lloran. Él sonríe.


***
 

Silvia Juárez, la coordinadora del programa para una Vida Libre de Violencia de ORMUSA, se lleva las manos a los ojos, frunce el ceño y da a entender que lo que está pronunciando le sobrepasa. Piensa en la muerte de Lida y sostiene que en ese caso, “claramente el sistema favoreció a la impunidad. No fue tan necesaria la astucia de ese agresor, que encima confesó su crimen en las primeras etapas del proceso, sino que bastó un sistema totalmente indolente e insensible”.

El caso de Lida solo es uno de los tantos que no obtienen justicia. Juárez afirma que según las estadísticas del observatorio, en este tipo de delitos, el margen de impunidad es del 78 %.

De las 34 sentencias por feminicidio a las que esta revista tuvo acceso a través de la CSJ, en 18 casos la tipificación del delito se cambió. En más de la mitad de sentencias de la muestra, el delito se transformó en uno más laxo, restándole importancia al elemento agravante aunque hayan existido condicionales que hacen más grave el crimen.

En cuatro casos sucede que se ha modificado el delito a “homicidio”. Los delitos se tipifican como homicidios, en un sentido general, cuando el motivo del autor es solo acabar con la vida del otro sin que haya de por medio misoginia. Los feminicidios se diferencian en que la víctima fue atacada por el mero hecho de ser mujer. Y para algunos agresores condenados por feminicidio, ser mujer significa ser propiedad, no tener derechos.

En otro par, la tipificación inicial de feminicidio tentado es condenado como lesiones, aun cuando el cónyuge le colocó un lazo alrededor del cuello a la mujer y la intentó asfixiar.


***
 

“¿Qué significa ser buena niña?” se pregunta desde su oficina Larissa Brioso, máster en psicología social y catedrática de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. “Ser una niña buena es ser una niña calladita, invisible, dócil. Esos elementos que introyectamos nos acompañan en todas nuestras relaciones”, se responde ella misma.

Para ilustrar cómo ciertas cosas configuran la manera en que las personas se comportan en las relaciones de confianza, Brioso pone de ejemplo los castigos físicos en la niñez. “Al niño y a la niña se les enseña que cuando los padres lo van a disciplinar, nadie tiene que correrse. El niño y la niña saben que los van a agredir, pero les decimos: sea buen hijo. Quédese”.

Este ejemplo puede ayudar a entender por qué a veces es tan difícil salir de los círculos de conflicto, de acuerdo con la psicóloga. “Se nos va aumentando el umbral de tolerancia a la violencia y al maltrato y cuando vemos estas relaciones abusivas, se le pregunta a la niña: ¿y por qué no te fuiste? Porque me enseñaron a quedarme”, relata Brioso.


Día de muertos.  La familia de Ana Elizabeth, asesinada en manos de su expareja a los 18 años, se reunió para arreglar su tumba y recordarla. El padre trabajó durante tres días consecutivos para tener la tumba limpia y lista para la conmemoración.

En ocho de las sentencias por feminicidio revisadas para este texto, la Fiscalía intenta probar la violencia en la que vivían las mujeres al presentar estudios donde se demuestra que la víctima presentaba síntomas del síndrome de indefensión aprendida. En la teoría psicológica, este síndrome intenta explicar por qué algunas personas no denuncian o no salen de una situación que les hace mal. Sienten que su problema no tiene solución. Mujeres diagnosticadas con este síndrome se reconocen solas, desesperanzadas e indefensas.

Sin embargo, en un país como El Salvador, sin hogares de acogida adecuados para las mujeres violentadas, con niveles altísimos de violencia social y con la ausencia del Estado en lugares remotos, sentirse indefensa no siempre es una percepción.


***

Ana, la joven del caserío Miramar, quería estudiar después de terminar su sexto grado. La escuela más cercana no ofrecía tercer ciclo, así que le pidió permiso a su papá para seguir estudiando en otro centro escolar. Su padre cuenta, desde el cementerio, que no le dio permiso porque tenía miedo de que le pasara algo malo en otra zona.

Cuando Ana tenía 14 años, Miguel Ángel le propuso acompañarse. A los 15, la niña ya había parido un hijo. “Quizás van a hacer buen hogar”, pensó Ulises al ver a su hija tranquila en su nueva casa. Eso no duró mucho. Después vinieron los celos, las peleas y la violencia.

Ana pidió toda la ayuda que pudo para intentar vivir en paz. Reconoció el peligro que representaba su pareja como lo reconocía en otros hombres. Una de sus primas tiene 19 años y ya es madre. Antes tenía una pareja que le pegaba. Por eso, Ana la aconsejaba. “Dejalo –le decía– ese hombre te va a terminar matando”. Hoy, con bebé en brazos y frente a su tumba, la prima reflexiona... “Mire, al revés terminó siendo”.

Después de cuatro años de vivir con Miguel Ángel, Ana decidió terminar la relación. Tomó sus cosas y se fue a la casa de su mamá, a 5 minutos a pie de la casa de Miguel. Pero él la seguía hostigando, llegaba y se llevaba al niño cuando quería. Por eso, en junio de 2013, Ana fue hasta Ciudad Mujer Usulután y pidió ayuda para recuperar a su hijo, luego de un episodio en el que Miguel Ángel no lo regresaba.

Al siguiente mes, la joven regresó al mismo sitio para pedir asesoría por maltrato intrafamiliar. El Juzgado de Paz le dio medidas de protección vigentes por seis meses en las que se especificaba que su expareja no podía acercarse a ella.

Miguel no soportaba que Ana se arreglara para salir. “Eso lo enojaba, como él es bien feo”, dice con rabia una pariente de ella. La seguía al río para ver con quién hablaba y qué hacía. La acusaba porque, supuestamente, había iniciado una relación con otro hombre.

En el país no existe un registro oficial de quiénes son las personas que tienen medidas de protección y quienes son sus potenciales agresores. Así lo ha denunciado ORMUSA. Tampoco se coordina en todos los juzgados el trabajo con la PNC para verificar que el potencial agresor no se acerque a su víctima. “No existe distancia entre un papel de medidas de protección y una bala”, señala Silvia Juárez.

Un agente policial del puesto de Concepción Batres relata que una vez él llegó a la casa de la joven tras una llamada en la que ella denunciaba que alguien rodeaba su hogar. El policía fue y no encontró a nadie. “Tal vez es que el tipo la andaba vigilando y al ver que llegaba la policía a alumbrar se iba... Son casos bien extremos”, dice.

El domingo 20 de octubre de 2013, Miguel llegó por la mañana a pedir la ropa del niño para llevárselo del todo con él. Ana se la negó. “Te vas a arrepentir”, le dijo. Ella sabía que él hablaba en serio y salió a pedir ayuda a Ciudad Mujer. Pero, ese centro de atención especializada para mujeres, atiende de lunes a viernes en horario de oficina, aún cuando el Observatorio de Violencia de ORMUSA, ha identificado que los sábados y domingos son los días en los que más agresiones suceden. El vigilante le dijo que regresara lunes.

La noche de ese domingo, en San Salvador una mujer celebraba que había ganado $18,000 en un programa de televisión nacional. A dos horas y media de la capital, Ulises, el papá de Ana y Medardo, su tío, veían la celebración televisada desde su casa con piso de tierra. Afuera caía una tormenta. La mujer de la televisión se hacía acompañar de otras tres que celebraban junto a ella. Mujeres con pelo planchado, tacones, maquillaje y joyas tan distintas a las de Miramar.

A unos 200 metros de su padre, Ana y su mamá frieron unos chiles y tomates para la cena. Miguel volvió a espiarla por la noche. Ella sabía que no debía salir porque era probable que se lo encontrara en la puerta. Pero, en la casa de su madre no había baño y necesitaba salir a orinar, aunque fuera al lado de la puerta. Se acurrucó y en ese momento de distracción, Miguel aprovechó para atacarla con un puñal. Le dejó heridas en la cara, los brazos y el pecho.

“¡Mama!”, alcanzó a gritar Ana, así, sin acento, como le decía de cariño. Su madre escuchó el grito, tomó una raja de leña y empezó a golpear a Miguel. Fue en vano. Miguel se enfureció más y siguió hiriéndola. Es difícil comprender cómo, pero Ana logró dar unos pasos y caer dentro de la casa. Las mujeres lograron cerrar la puerta y dejar a Miguel afuera.

Un vecino vio todo y salió corriendo hacia la casa en la que vivían los hombres de esa familia. La ayuda llegó muy tarde y Ana murió desangrada.


Marca.  "Aquí habitaba ella", dice Medardo, el tío de Ana. La cruz hecha de palos marca el sitio en el que su sobrina murió por las heridas que le hizo Miguel Ángel. Por varios días después de su muerte, la familia encendía una vela en este sitio.

A Medardo le enoja haberse caído. Cuando supo del asesinato corrió hacia esa casa y alcanzó a ver a Miguel. Lo persiguió por todo el caserío y cuando lo tenía cerca, se resbaló y lo perdió. Ulises, el padre de Ana también emprendió la búsqueda que llegó hasta las 4 de la mañana. Parecía que Miguel había desaparecido. Descalzo y con la ropa manchada de sangre, se escondió debajo de la carreta de un vecino que lo vio salir hasta la mañana siguiente. Cuando Miguel se supo perseguido por la policía, se inyectó agroquímicos para suicidarse. La PNC lo capturó a las 9 de la mañana del lunes, pero, primero lo llevaron al hospital.

La Fiscalía acusó a Miguel de feminicidio agravado y violación en menor e incapaz por haber iniciado convivencia marital con ella cuando solo era una niña.

“¡Cobarde!”, le dijo Medardo a Miguel cuando lo encontró en el juicio. El imputado declaró que sí, que la mató porque quería arrebatarle al nuevo novio de Ana lo mismo que a él “le habían quitado”. Se explicó diciendo que había caído en “un trauma sicológico y al no soportar los celos y la traición” la agredió.

Sobre el delito de violación en menor, declaró que siempre fue un padre responsable y dispuesto a “cumplir la promesa de casarse” que le había hecho a la joven. Al juez esa respuesta le pareció suficiente. Lo condenó a 30 años de prisión por feminicidio agravado y lo absolvió del delito de violación. El argumento del juez fue que “tanto a la víctima como al acusado, les faltó una orientación sexual adecuada, ello incluso llevó a que el acusado no tuviera la experiencia suficiente para dimensionar la responsabilidad de sus actos”, se puede leer en la sentencia.

A pesar de que una niña –sin madurez emocional ni independencia– sostuvo una relación amorosa desde los 12 años con un joven de 20, el juez consideró: “El ánimo del acusado no fue el de lesionar la libertad sexual de la menor, sino, por el contrario, (...) mantener una relación de pareja, en la cual, lógicamente, incluyeron relaciones sexuales”.

El mismo juez que condenó a Miguel por feminicidio agravado justificó absolverlo del delito de violación porque “en el presente caso no aparece que la conducta de violación en menor incapaz atribuida a Miguel Ángel sea contraria a derecho, ya que no fue acreditado ningún deterioro, lesión”, argumentó.

A Ana le falló un país entero. Le falló la escuela que no le ofreció más educación. Le falló un Juzgado de Paz que emite medidas de protección que solo sirven para anexarse en un expediente. Le falló la policía que no previó el riesgo reiterado en el que esta mujer que les pedía auxilio se encontraba y le falló Ciudad Mujer diciéndole: “Venga mañana”. Lo único que hizo El Salvador por ella fue levantar su cadáver.



***
 
A veces el padre de Ana camina unos metros y regresa al lugar en el que su hija respiró por última vez. Vuelve a la casa en la que Ana pensó que encontraría paz. Los demás habitantes de ese espacio y su nieto que quedó huérfano se han mudado a otro pueblo. La casa ya no tiene paredes y una espesa naturaleza empieza a rodearla. En medio, sobre el suelo, hay una cruz que marca el lugar donde cayó Ana, la más bonita de la familia, la que le hizo caso a su papá para no seguir estudiando porque afuera estaba muy peligroso, la que siempre sonreía, la que bailaba bachata en los bailes de las fiestas patronales.


Abandono.  La casa en la que habitaba Ana junto a su madre y su hijo ha quedado abandonada después del asesinato. El jardín que Ana cuidaba se empieza a adentrar en la casa que antes estaba rodeada de láminas. 

“Todas estas piedras quedaron bañadas de sangre”, dice Ulises y respira lentísimo y profundo. Es el mediodía, los chejes cantan, pero dentro de este espacio hay una ausencia que silencia todo. Ulises contiene las lágrimas. Cuenta que la ha llorado justo cuatro veces. Y es que Ana se le apareció en un sueño y le dijo que no la anduviera llorando, ni siquiera cuando la vea en fotos. “No crea que aquí estoy bien”, dice el hombre de apariencia ruda y corvo a la cintura. Se da la vuelta. Afuera, crecen las flores que ella sembró.

Tags:

  • feminicidios
  • homicidios
  • muerte violenta
  • mujeres
  • el salvador
  • ormusa
  • lida gutierrez
  • violencia contra la mujer
  • ciudad mujer
  • impunidad

Lee también

Comentarios