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El teatro de todos para todos

El concepto de teatro comunitario se refiere a aquel que se hace entre vecinos, para disfrutarse en comunidad. En El Salvador, donde el acceso a la cultura es escaso, representa la única posibilidad de contacto con este tipo de arte para algunos grupos poblacionales. Sus exponentes también se enfrentan a una lucha cuesta arriba para que estas iniciativas se mantengan vigentes.
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Exportación.  TNT ha realizado algunas giras en otros países que son parcialmente pagadas por quien invita. La más reciente fue en Alemania, para un festival de teatro infantil y juvenil.

Exportación. TNT ha realizado algunas giras en otros países que son parcialmente pagadas por quien invita. La más reciente fue en Alemania, para un festival de teatro infantil y juvenil.

Instalaciones.  La sede de TNT está en el centro cultural Jon Cortina, de San Antonio Los Ranchos, pequeño municipio de Chalatenango.

Instalaciones. La sede de TNT está en el centro cultural Jon Cortina, de San Antonio Los Ranchos, pequeño municipio de Chalatenango.

Equipo.  Estela Ábrego permanece en el sitio donde Esartes guarda vestuario para sus presentaciones. Algunos actores, como Estela, han tenido la oportunidad de viajar al festival Stratford, en Canadá.

Equipo. Estela Ábrego permanece en el sitio donde Esartes guarda vestuario para sus presentaciones. Algunos actores, como Estela, han tenido la oportunidad de viajar al festival Stratford, en Canadá.

Mudanza.  Esartes cambió de local hace tres meses. Por lo mismo, el escenario que antes decoraba sus instalaciones está ocioso en un rincón.

Mudanza. Esartes cambió de local hace tres meses. Por lo mismo, el escenario que antes decoraba sus instalaciones está ocioso en un rincón.

Lo estatal.  El gobierno central ahora cuenta con una iniciativa parecida en La Colmenita, modelo que cuenta con una inversión de $271,000.

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Realidad.  A diferencia de con TNT en Chalatenango, Esartes ha tenido problemas para su implementación debido al dominio territorial de pandillas.

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Música.  Además de teatro, los talleres de educación artística de TNT incluyen otras ramas del arte, que también son explotadas en espectáculos en las comunidades.

Música. Además de teatro, los talleres de educación artística de TNT incluyen otras ramas del arte, que también son explotadas en espectáculos en las comunidades.

El teatro de todos para todos

El teatro de todos para todos

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María Irma Orellana habla con toda la energía que le permiten sus 63 años. En el salón que usualmente es utilizado para los almuerzos de Tiempos Nuevos Teatro, rememora el emprendimiento que más la llena de orgullo en su vida. A pesar de cargar con un yeso para un brazo recientemente lastimado, es una marejada de expresión corporal.

La guerra que asoló El Salvador por 12 años, y con especial intensidad a esta zona, la noroccidental de Chalatenango, había terminado apenas hacía un año cuando a María, una excombatiente de la facción guerrillera, y otros dos colegas los empezó a inquietar una idea: ¿cuál sería el proyecto más adecuado para sembrar un espíritu de comunidad, de cohesión, entre los grupos de personas que habían comenzado a repoblar estos terrenos antes arrasados y que ahora se preparaban para el futuro?

Tras pensarlo mucho, llegaron a una conclusión: un grupo de teatro en el que cualquiera que quisiera incorporarse lo hiciera sin ningún obstáculo. Serviría también para que las comunidades contaran con un elemento que las hermanara, además de su común pasado de persecución.

“Queríamos contribuir con la parte artística al proceso de la educación popular”, dice María Irma, con un dejo de la retórica que le fue propia cuando era militante en la guerrilla. Ahora su identificación con el FMLN es mucho más leve que en esos años.

El inicio fue pobre y la vida se mantuvo gracias a la insistencia, a la tenacidad de un grupo de personas que luchaban por volver a tener algo que, entre balas, les había sido arrebatado: una identidad. Luego llegaron tiempos mejores, con el apoyo de varias ONG extranjeras.

Ahora, 24 años después, las cosas son un poco diferentes. El grupo, al que bautizaron Tiempos Nuevos Teatro (TNT), se ha convertido en una institución y en una referencia en el país, a pesar de que su sede está en la periferia, concretamente en San Antonio Los Ranchos, uno de los municipios más pequeños del país y que, según las proyecciones de la DIGESTYC para 2017, cuenta con una población de 1,603 habitantes.

Y TNT es una referencia de algo que se conoce como teatro comunitario, aquel que está enfocado más en que un grupo de personas determinado (puede ser un barrio, una región o, como en el caso de Chalatenango, comunidades organizadas) se reúna, agrupe y comunique a través del teatro. Según la académica argentina Marcela Bidegain, lo más común es que en esta modalidad los participantes sean vecinos-actores, es decir, personas que hacen trabajo en el teatro por la simple pasión de hacerlo, sin la intención de recibir un pago a cambio o considerar una carrera sobre las tablas.

Sin embargo, el concepto tiene una variación en un país como El Salvador: en sitios donde en ocasiones los servicios básicos no terminan de llegar, ver una obra de teatro o un espectáculo en directo es considerado como un lujo inalcanzable. Ni soñar con estar alguna vez sobre un escenario.

Iniciativas como TNT, que tiene como eslogan “Hacer del arte algo cotidiano”, representan la única posibilidad de tener algún contacto con el arte para muchos jóvenes que ven a las labores agrícolas como su único medio de subsistencia. Ese es el caso de los municipios de esta parte de Chalatenango, incluyendo a varios cantones de la cabecera departamental, como Las Minas.

De este lugar proviene Alfonso Cartagena, uno de los casos de éxito más representativos de la idea que María Irma y sus dos colegas tuvieron 12 meses después de finalizada la guerra. De 26 años, ingresó a TNT cuando tenía 15. Estuvo en uno de los programas de educación artística que la institución implementó en su comunidad y, tras eso, fue escogido para formar parte de la compañía teatral de la entidad, una especie de grupo más profesional con la que TNT incentiva a sus participantes a alcanzar nuevos niveles.

El muchacho aún recuerda su primera presentación dentro de su propia comunidad, en Las Minas. Lo más resaltante en la memoria es el recuerdo del posible juicio que aquellos que lo conocían de toda la vida pudieran hacer de su trabajo, uno que hablaba, precisamente, del pasado de las guindas, de los operativos de tierra arrasada, del que muchos de sus espectadores habían sido protagonistas en la vida real.

La obra se llamaba “Memorias de un recuerdo”. Y todo lo hacía peor el hecho de que se usara maquillaje, dice Alfonso, en un hombre, una cosa al parecer impensable para muchos. En todo eso pensaba mientras decoraba su rostro y se ponía el vestido para el espectáculo.

“Veía sus rostros al verme sobre el escenario. Ha sido uno de los momentos de más tensión en mi vida, porque estaba hablando de mis orígenes para los míos. Y lo hacía más que todo con comunicación corporal, algo de lo que no estaba seguro que ellos fueran a entender. Pero fue un éxito, nos felicitaron a todos. Fue una fiesta comunitaria”, comenta Alfonso.

Cartagena ingresó a TNT en un programa de educación artística. Ahora es el director del departamento que en Tiempos Nuevos Teatro se encarga de este rubro, gracias a su Licenciatura en Educación obtenida con una beca brindada por la misma institución. En los últimos años y bajo su dirección, los programas han llegado a varias ADESCO, cuatro escuelas y tres alcaldías en el departamento de Chalatenango, además de los cursos un tanto independientes con los que ha contado TNT al menos desde la década pasada.

Alfonso formó parte de la gira de presentaciones más larga en un país extranjero que ha tenido Tiempos Nuevos Teatro, realizada de mayo a junio de 2016, cuando nueve jóvenes, incluyéndolo, viajaron a varias ciudades de Alemania por dos meses para presentar “El color del dolor”, una historia sobre la migración que formó parte de la Caravana Cultural de la Niñez y la Juventud. Excepto para él, era la primera vez que los jóvenes se subían a un avión o, en el caso de Nohemy Ortega, que salían de El Salvador.



***

Estela Ábrego es menuda y esta mañana de enero luce sus rizos sin un orden aparente. Dueña de unos inquisidores ojos hundidos, habla pausado de la primera vez que soñó estar sobre un escenario, mientras salía al monte a recoger frutas para comer en El Barío, una de las comunidades repobladas en 1986 en el municipio de Suchitoto.

Sin embargo, los siguientes años se fueron en las actividades habituales para una muchacha de su edad: estudiar en la escuela y trabajar en labores agrícolas, triscando el maíz y basureando entre la caña. O elaborando productos típicos para luego vender en la turística ciudad. O trabajando de manera eventual en la pupusería de una prima.

En marzo de 2010, cuando ella contaba con 27 años y tenía un hijo de siete, llegó la oportunidad que tanto esperaba con una organización llamada Esartes, que llegaba para echar a andar un proyecto de teatro comunitario. El objetivo era que se integraran no solo personas del casco urbano de Suchitoto, sino de las decenas de comunidades a su alrededor. La esperanza fue grande, pues se anunció que la iniciativa sería apoyada por el festival de teatro canadiense Stratford.

Así, maestros de ese país vinieron a El Salvador para compartir sus conocimientos con sus nuevos alumnos salvadoreños. También profesores nacionales que Estela recuerda con mucho cariño, como Tatiana de la Ossa, Patricia Rodríguez o Mario Salazar.

En ese entonces, en sus comunidades no comprendían por qué este grupo de jóvenes dedicaban tanto de su tiempo a un proyecto que, pensaban, no les iba a traer ningún rédito.

“Nos decían ‘los locos de Esartes’. Costó que aceptaran algo como esto… Mire qué bonito, Esartes me cumplió mi sueño cuando yo tenía 27 años”, comenta.

Era la primera vez, dice Estela, que podía contar con algún grado de formación en lo que tanto había soñado. Antes, en su escuela, había recibido uno que otro taller, pero que se limitaba a un par de horas. Nada tan constante como formar parte de Esartes. Ahora, tanto ella como su hijo, Vicente, de 14 años, forman parte de esa primera generación de actores.

Ambos son un ejemplo de constancia: en la primera convocatoria asistieron más de 80 jóvenes. De esos, solo se graduaron 22. Y de ellos, dentro de las actividades de Esartes solo perseveran 16. A los otros los ha consumido la rutina de un país que no alienta a sus artistas.

Estela ahora (al menos desde hace tres meses) puede decir que vive del teatro: es la asistente de dirección artística dentro de la entidad.

Esartes nació con una ambición: convertirse en el foco que, en un futuro, generara una industria, al formar a los jóvenes no solo en actuación, sino en otras ramas indispensables en un espectáculo teatral, como el diseño de vestuario, la iluminación, el sonido. En un principio, hace siete años, contaba con el apoyo de la alcaldía, pues fue el mismo alcalde de entonces, Javier Martínez, quien pidió la llegada de un proyecto como este.

Sin embargo, las necesidades están lejos de ser cubiertas. Hasta ahora solo se han podido formar dos generaciones de jóvenes, que apenas pasan de la treintena. Y los miembros de la entidad resienten el poco apoyo dado por el Estado. El de la alcaldía, por ejemplo, se limita al préstamo de espacios para las presentaciones, como el del teatro municipal para su más reciente festival.

Esartes ahora ha tenido que mudar su sede a una casa en la 2.ª avenida sur del barrio El Calvario, en el centro de Suchitoto, mucho más pequeña que aquella con la que contaban en el barrio Concepción, famosa por contar con un escenario coronado por un enorme árbol de mango para la realización de presentaciones.

Ahora las tablas de este yacen en un rincón del patio trasero, a la espera de un nuevo espacio para poderse utilizar. En este mismo espacio, Vicente, hijo de Estela, señala los árboles que muy pronto se constituirán en el escenario del nuevo proyecto de obra: “Sueño de una noche de verano”, de William Shakespeare, una obra fantástica para la que un director de Canadá pensó que sería perfecto este ambiente alternativo. Sin embargo se les ha advertido que, por lo tanto, solo podrá ser presentada aquí, para el público del casco urbano de Suchitoto.

Uno que, según Estela y otros jóvenes formados por Esartes, se ha mostrado apático a las presentaciones de la entidad, incluso cuando estas se ofrecen de forma gratuita. Una breve encuesta entre los lugareños muestra esta realidad, pues de 10 interrogados solo dos afirman que han presenciado un espectáculo montado por los muchachos.

La realidad es diferente en las comunidades, donde, dicen en Esartes, el público se ha mostrado mucho más receptivo, incluso en Milingo, una comunidad ubicada un poco antes de la entrada del pueblo, donde los foráneos no son bienvenidos. Para ello cuentan con un control de acceso vehicular en la que solo aquel con el permiso de sus habitantes puede ingresar. Los jóvenes formados por los cursos ahora están facilitando espectáculos y talleres regulares en las escuelas de las comunidades.

Estela, quien ha tenido que mudarse al casco urbano ante las exigencias de su trabajo, visita a su familia en El Barío. El acceso es complicado, pero el vecindario se nota ordenado, con ningún vestigio de basura en sus caminos. Ahí está su madre, quien la recibe con un fuerte abrazo y conversa de los inicios de su hija en el teatro, aquellos que le resultaban incomprensibles.

“Es como uno de pobre no entiende esos bolados, solo piensa en cómo sobrevivir. Pero la verdad es que es importante, porque uno aprende a conocerse mejor a uno mismo, pues en las obras le hablan de cosas nuestras, nacidas aquí, en las comunidades”, dice la señora.

Ahora es tiempo de visitar a otra de las jóvenes que han estado dentro de Esartes desde su fundación. Se trata de Éricka Martínez, de 27 años, quien vive en una casa donde rebosa arte, con máscaras pintadas en las paredes y una flor que, hecha de papel pintado, reina en uno de los costados de su hogar.

Éricka, como Estela, se muestra como una enamorada del proyecto, algo que se convirtió en su luz cuando, debido a la escasez de recursos, tuvo que dejar de estudiar la carrera de Administración de Empresas en la Universidad de El Salvador. Por eso una de sus mayores preocupaciones, viendo el poco apoyo, aparte de la cooperación canadiense, con el que cuenta la iniciativa, es que el grupo tenga que llegar a su final.

“Tenemos ese miedo, que un día de estos nos digan ‘vamos a cerrar Esartes’. Si no es ahí, ¿hacia dónde iremos?”, comenta una preocupada Éricka, quien ya ha aparecido en más de una docena de obras de teatro.



***

Miguel Ángel Cañénguez observa los ejercicios de sus actores, niños y adolescentes de entre siete y 15 años. Con un golpe de voz corrige una mala postura, un gesto que se antoja falso o una alocución quizá demasiado tímida que, en una presentación, no sería escuchada por el público sentado en los asientos de atrás.

—¿Cómo? No se oye –dice Cañénguez casi al oído de un alumno, que en este caso es su propio nieto, quien recompone su parlamento en el instante frente a las miradas atentas del resto.

“Hay que ser un poco duro”, explicará después. “Eso los ayuda a tomarse esto con mayor seriedad. Aunque se juega, también aquí se busca un resultado”, afirmará, tocando su barba rala.

Es un profesor riguroso con sus alumnos y con él mismo. Actualmente, con 63 años sobre los hombros, se encarga de la limpieza del auditorio de la Procuraduría General de la República y es miembro de la directiva de su comunidad en San Antonio Abad, uno de los más activos según cuentan sus vecinos. Pero lo que él quisiera que lo definiera como persona es su labor en el teatro.

Su trabajo mantiene vivo un grupo de teatro al que ahora le queda demasiado grande el nombre: Instituto de Cultura y Arte Latinoamericano (ICAL). Creado en 1983, en sus orígenes estaba conformado por adultos y tuvo la oportunidad de presentarse en importantes escenarios fuera del país, como en Guanajuato, cuando la obra “Divinas palabras”, del autor español Ramón del Valle Inclán, fue presentada en el Festival Cervantino en 1984, precisamente la primera obra en la que Cañénguez participó con la compañía.

En 1999, el grupo estuvo a punto de desaparecer. Enamorado del proyecto, decidió tomar su dirección y transformarlo en lo que es hoy: un grupo de teatro que da cabida a los niños y adolescentes de San Antonio Abad que quieran tener algún contacto con el arte. Pero exige disciplina: los ensayos son programados de lunes a viernes de 5 a 6:30 de la tarde.

Así, con pequeñas obras de teatro, que el mismo Cañénguez escribe basado en cortes de periódicos o pasajes de su vida, el cantón San Antonio Abad puede disfrutar de espectáculos en directo nacidos dentro de su propia comunidad y que, en la mayoría de las veces, contempla sin pagar un solo centavo.

Quizá la obra más recordada en San Antonio Abad de las nacidas de la pluma de Cañénguez, quien si bien participó en grupos de teatro en la Universidad de El Salvador durante su juventud llegó hasta el sexto grado, es “El hambre de mis zapatos”.

Ahí describe la vida de una familia pobre de El Salvador, encabezada por un padre alcohólico que también es maltratador. El centro del relato, sin embargo, es el hijo varón del matrimonio: un niño despierto que se gana la vida como vendedor de periódicos y cantante de buses y que sirve como contrapeso a un progenitor irresponsable.

—Mamá, ya no quiero ir a la escuela, porque los demás niños hacen chistes sobre mí. Es que como mis zapatos están rotos, dicen que tienen hambre, igual que yo –dice uno de los parlamentos del personaje, el mismo que sacó la carcajada y conmovió al público de San Antonio Abad en la década pasada. También de otros lugares de El Salvador. Incluso tuvo varias presentaciones en la televisión pública salvadoreña.

Ahora la obra lleva años sin poderse montar debido a que las dimensiones del grupo, a diferencia de lo que existía en épocas pasadas, no permiten otra cosa.

“Pero yo estoy orgulloso de esa obra, quizás la hemos presentado unas 400 veces, en teatros, en la calle, allí donde nos hayan prestado ojos y oídos para que viva”, dice un Cañénguez entusiasmado por el recuerdo.



***

Para TNT, las finanzas también son un problema. Sin apoyos gubernamentales y solo con algunas ayudas municipales, ha sido necesario, año con año, hacer malabares financieros para continuar con el proyecto.

Anualmente necesitan unos $240,000 para mantener los programas de educación artística, pagar sueldos, sostener al grupo de teatro semiprofesional e incluso sustentar el local desde el que funcionan, que en la práctica también sirve como Casa de la Cultura de San Antonio Los Ranchos. Los ingresos vienen de las presentaciones que logran vender y, sobre todo, de la cooperación internacional.

Sin embargo, para Wálter Romero, el director de la entidad y nacido en la zona, esto último se ha convertido en una especie de círculo vicioso: un cooperante los apoya un año para, al siguiente, decantarse por uno de naturaleza distinta. Pero es una dinámica en la que están dispuestos a continuar para mantener su proyecto de 24 años andando.

“Esto les da a los jóvenes una oportunidad de soñar, de descubrir que hay algo más, que es posible que dentro de ellos haya talentos que sería un crimen no explotar. Con un solo joven que lo haga creo que es un triunfo para nosotros”, dice Romero.

Uno de esos que alguna vez fueron jóvenes es Tito Murcia, natural de San Antonio Los Ranchos y actual director del Teatro Nacional de San Salvador, histórico edificio que este año cumplirá 100 años de existencia. Alguien que, según ha expresado en otras entrevistas, le debe mucho al teatro que pudo hacer para los suyos en los últimos años del milenio pasado.

“Agarrábamos nuestras mochilas y nos íbamos a hacer teatro popular debajo de un árbol, en una iglesia, en un parque... TNT nace en el 93 y ya lleva más de 20 años y se ha mantenido, siempre ha tenido más de diez personas... Es decir, se puede sobrevivir", comentó para un medio digital el actual director del Teatro Nacional en elogio a su primera oportunidad.

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