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El tren de la mañana

Fue el que llevó a Magnolia al sitio ubicado en aquella colina que daba al norte. Se bajó en la estación con su pequeño equipaje y ya en el andén se dio cuenta de que no había nadie para recibirla.

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Le preguntó a alguien que andaba trabajando por ahí hacia dónde tenía que ir para dirigirse a su lugar de destino, y el jornalero se lo indicó. El camino polvoriento iba subiendo entre árboles y matorrales.

La casa era una construcción que parecía producto de la imaginación de un ermitaño de otro tiempo. Llegó a la pequeña explanada que estaba enfrente, y desde ahí se volvió para observar el entorno. Terrenos cultivados, algunas viviendas dispersas y al fondo el cielo abierto con nubes inmóviles. Un perro se acercó para olfatearla. Ella se dirigió hacia el interior de la casa.

—¿Hay alguien por aquí?

Silencio.

Recorrió los tres cuartos y llegó a la cocina.

Más silencio.

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