Emigración para sobrevivir y cambiar

“La norma es que quien se cansa en el camino se queda, de 15 que cruzábamos el desierto solo yo sobreviví. Desperté en casa de unos lugareños que me rescataron inconsciente”.
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El Salvador cuenta con 6.5 millones de habitantes, según Censo de 2007, a lo que se suman unos 2.5 millones en el exterior, dato solo estimado pues no se tiene estadísticas exactas por la calidad de emigrantes sin documentos: los soldados desconocidos de la diáspora, lo que “nunca se sabe de dónde son”, como dice el poeta. Resulta más cómodo afirmar que de cada cinco salvadoreños, dos están fuera de su territorio, parámetros que se repiten en otros países aunque no en tan elevada proporción. Esta realidad migratoria implica reconsiderar los elementos de identidad salvadoreña. Porque la emigración, producto de exclusiones, es por paradoja fuente de progreso nacional, repercute en un impacto microeconómico favorable al país si lo medimos por las remesas, también significa cambios culturales de trascendencia que ha echado raíces hasta agregar señales de identidad diferentes, para bien y para mal.

El fenómeno migratorio masivo lleva años, comenzó en la década de los setenta del siglo pasado, con un acontecimiento que podría parecer intrascendente, aunque tuvo una repercusión innegable: la toma de la Universidad de El Salvador en varios períodos, una de ellos implicó la destrucción total, excepto los edificios, y solo existía una universidad privada, que obligó a muchos jóvenes viajar al sur, sobre todo Costa Rica y Panamá. Los familiares mayores y los sectores excluidos detectaron en el norte la posibilidad de obtener ingresos más allá de los de sobrevivencia dentro del país. Honduras, después de la guerra de las 48 horas, había dejado ser el destino de los campesinos pobres, y Guatemala dejó de significar el paraíso de los marginados salvadoreños: “por ladrones, por marihuaneros, por estafadores, los sospechosos de todo”, como dice el poeta Dalton. Y descubrieron las oportunidades en el norte del continente. “Lo que percibo en un año en El Salvador lo ganó en una quincena en Estados Unidos”, me dijo en la ciudad de Virginia un campesino salvadoreño a quien le descubrí su humildad, pese a ir vestido de saco y corbatín como trabajador de restaurante. Le expresé mi observación por su vestimenta elegante. Me respondió que se puso zapatos por primera vez cuando viajó a Washington. “Me vine por avión”. El corbatín se lo exigían por trabajar en un restaurante de primera. “Has logrado bastante”, le digo. Su respuesta es inmediata: “Mi sueño es traer a mi papá y a mi mamá y a mi mujercita que dejé con un hijo para que vengan a vivir conmigo, gano lo suficiente como mesero”.

Cuando me encontré con este campesino, la emigración era amigable, no significaba reunirse con la muerte, a diferencia de ahora que el depredador desierto espera paciente para devorar. Actualmente, debido a lo letal del desierto de Arizona, solo en la morgue de Tucson se registra un promedio de 170 muertos al año (desde 2010), solo los no identificados. Cruzar ese infierno requiere como mínimo tres días, transitando por lugares solitarios y peligrosos para eludir a las autoridades migratorias. “El peligro es morir de sed”, me dice otro salvadoreño ya naturalizado como estadounidense. “Solo de agua necesitas cargar una pichinga de 20 libras de peso. Imposible. Hay que aguantar, y aguantan los más fuertes o los que tienen la bendición de Dios”. Además de los animales venenosos, le replico. Y me responde que eso no es nada comparada con el sol ardiente y con algunos alguaciles racistas, tan peligrosos como los escorpiones, las víboras y los coyotes, pero estos últimos, por lo menos podemos cazarlos y comerlos”, me dice con sentido del humor. “Ahora me doy el lujo de vivir de mi literatura y doy conferencias en centros escolares o culturales”.

Otro emigrante es propietario de un restaurante en Maryland. También llegó por Arizona. “La norma es que quien se cansa en el camino se queda, de 15 que cruzábamos el desierto solo yo sobreviví. Desperté en casa de unos lugareños que me rescataron inconsciente”. Me dice ser originario de Chirilagua, San Miguel, y como paisano escritor me invita a comer. Antes pide una botella de vino. “Tenía 15 años cuando emigré”.

Le pregunto cómo ha logrado tener un negocio de tres plantas, con mesas en las aceras, tipo Europa, y parqueo para decenas de vehículos. Además al cliente se le da cupo por una señal computarizada mientras espera en el bar situado a la antesala de la primera planta. “Todas las que atienden el equipo de cómputo son salvadoreñas y de Chirilagua”, se ufana con orgullo. “Este país da oportunidades pero hay muchas tentaciones, si uno es derrochador jamás te alcanzará lo que ganas”. Él decidió no caer en vicios, comenzar en pequeño, vendiendo pupusas, tamales y refrescos de horchata y tamarindo. “Solo tienes clientela salvadoreña y no se gana mucho, la clave está en ganarse al gringo con comida de calidad”.

Me dice que le gustaría contarme su vida de niño campesino, pero le interesa contarme su casi muerte en el desierto. Lo salvaron unos cabreros de origen mexicano. “Estuve con ellos tres años, me trataron como un hijo. Al cumplir mi mayoría de edad partí de aquel mar de fuego, piedras y arena”. En Houston trabajé limpiando rascacielos. “Ahorré y puse el negocio de pupusas”. Después de 10 años le tentó el espíritu de aventura y viaja a Nueva York donde aprendió a ser cocinero.

Con sus ahorros se traslada a Maryland donde puso un pequeño restaurante. “Mi menú es de platos americanos, italianos y caribeños, aunque no olvido la comida salvadoreña”. Le pregunto si ha visto a la familia que le salvó la vida. “Imposible, encontrarlos en el desierto”, responde.

Su trabajo en restaurante lo comenzó desde bajo. “Se llega temprano a hacer limpieza del local, colocar manteles y utensilios para comer. “Luego ascendí a mesero y gané la gloria, por las propinas”. Nada fácil porque debes aprender inglés. “Y si se llega a cocinero como yo, ya la hiciste”. Todo un honor conocer a un campesino salvadoreño que escapó de la muerte para construir otra vida

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