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Empacho político

Pareciera que para uno y otro partido político la justicia es únicamente aplicable al opositor, no al correligionario. Y esta visión es trasladada a gran parte de la población salvadoreña que continúa polarizada y pasivamente expectante, como si viera una serie incluida en su suscripción de Netflix.
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Hace ocho años reporteé uno de los últimos mítines proselitistas de Mauricio Funes. Ocurrió sobre una polvorienta cancha de fútbol en Apopa, donde habló de alternancia y antídotos para la desigualdad y la impunidad. “Estuve 21 años como periodista y no me vendí. Denuncié las arbitrariedades de los que ostentan el poder. Como presidente, ¡voy a trabajar por ustedes!” Cientos los ovacionaron.

El clímax llegó cuando vio un arcoíris en el horizonte y luego apuntó al cielo gris y turbio de Apopa: “¡Esta es una señal que nos están mandando! Si Dios lo permite —porque Dios quiere el bien, la justicia y la solidaridad para el pueblo salvadoreño—, vamos a ganar”. Fue una epifanía, decía tener venia divina para gobernar. Hasta hubo una anciana que lloró al escucharle.

Ha llovido mucho desde aquel mitin de 2008. Aunque lo más seguro es que pocas cosas hayan cambiado en aquella colonia de Apopa. De hecho, esta semana el Fondo Monetario Internacional (FMI) aseguró que el actual gobierno y los dos anteriores (el de Mauricio Funes y Antonio Saca) inflaron las cifras de crecimiento económico y que en realidad estamos más jodidos. Nos han dado atol con diferentes dedos.

A estas alturas, muchos salvadoreños, me incluyo, hemos perdido hasta la última onza de fe en los políticos. Y me parece grave, porque de la política surgen las decisiones que dan un norte a una nación. Da la sensación de que la clase política no hace ni deja hacer; y que la retórica política o la falta de ella disimula corrupciones o la incapacidad de gestionar bien lo público.

En Facebook —donde muchos seguimos a “nuestros” políticos y gobernadores— abundan los memes de salvadoreños empachados de lo mismo: “Los malos gobiernos del pasado son los culpables de que la gente haya votado por los malos gobiernos del presente”.

Hace pocos días, la Universidad Centroamericana (UCA) dijo que no deseaba exculpar al expresidente Mauricio Funes de los delitos de enriquecimiento ilícito que se le imputan, sino subrayar “la indecencia de algunos políticos que en su momento no defendieron al expresidente Francisco Flores y que ahora desean vengarlo” a través de procesos judiciales. Lo cual es pernicioso.

La UCA advirtió que ni la parcialidad del sistema judicial ni la cultura política predominante —“más motivada por oscuros deseos de revancha que por racionalidad y derecho”— contribuyen a erradicar la impunidad. Una impunidad tan evidente que fomenta y multiplica la delincuencia común.

Pareciera que para uno y otro partido político la justicia es únicamente aplicable al opositor, no al correligionario. Y esta visión es trasladada a gran parte de la población salvadoreña que continúa polarizada y pasivamente expectante, como si viera una serie incluida en su suscripción de Netflix.

Ante tanto discurso político incongruente, algunos salvadoreños han traído a cuenta a Monseñor Romero —el religioso que “inspiró” a Mauricio Funes. Dicen que en plena guerra civil, y a pesar de sufrir repetidas amenazas de muerte, Romero jamás buscó escoltas ni asilos. Remarcan que se quedó en su país, fiel a su compromiso de estar con los pobres.

Por todo esto y más, muchos tenemos empacho político. Un día ocurre un mitin donde alguien habla de señales divinas, bienestar y justicia, y ocho años después esa misma voz se jacta de vivir en otro país, donde sí existe “la paz y la seguridad” que no pudo sembrar en su propia tierra cuando tuvo su oportunidad.

Si algo puedo rescatar de tanto revés político es la parábola de que como individuos, o como colectivo, somos los únicos que tenemos la posibilidad de cambiar el rumbo del país. Suscribo lo dicho por el escritor mexicano Carlos Monsiváis: “Gane quien gane en las presidenciales, siempre gana el peor”

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