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En defensa del patrimonio

“Solo el daño al verdadero patrimonio nacional, la selección de fútbol, explica la celeridad de la fiscalía y su investigación.”
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OPINIÓN (Desde acá)

Me gusta cuando callas

*Periodista

El jueves por la madrugada me llegaron varias fotos del operativo policial. Parecía un operativo cualquiera, de esos que la policía monta para botar puertas, poner a los pandilleros como garrobos y luego detenerlos acusados, casi siempre, de agrupaciones ilícitas. Pero esta vez los policías tocaron la puerta. Incluso dieron las buenas noches. Del otro lado los que abrieron las puertas fueron, en su mayoría, futbolistas, seleccionados nacionales vigentes y glorias del pasado. Entonces vinieron las fotos: Alfredo Pacheco hecho a un lado por policías encapuchados, Cheyo Quintanilla con rostro de cordero degollado mientras los fiscales le urgan los papeles, policías revisando hasta los calzoncillos de Miguel Montes.

Los héroes defenestrados. Lo de vender partidos ha calado duro. Por eso aquellas imágenes fueron lo más parecido a la sed de venganza del aficionado ante la traición, que aunque hubiera preferido un linchamiento (literal) público frente a la Catedral Metropolitana, se tiene que conformar con ver a sus antiguos ídolos retratados como pandilleros en una noche de operativo.

Lo del decreto 743 fue un chiste. Lo que estamos viviendo ahora es una verdadera indignación nacional. La afrenta ha sido descomunal. Esos jugadores han traicionado al único patrimonio de El Salvador: la selección mayor de fútbol. No se rían que no es broma. ¿Se entiende de otra manera la indiferencia ante la destrucción de sitios arqueológicos para montar restaurantes de pollo, ante el recorte silencioso en los bosques para construir centros comerciales donde sentirnos seguros, ante los que llegan a la presidencia para aprovecharse de las ilusiones de cambio?

Solo ello, el daño casi irreparable del patrimonio nacional, es lo que explica la celeridad de la fiscalía para montar un operativo relámpago tras la suspensión de los 22 futbolistas. Si el respeto a las leyes, por ejemplo, fuera un valor digno de estar en nuestro podio patrimonial, probablemente las acciones legales contra diputados relacionados con el narcotráfico fueran constantes y hasta eficaces. Pero resulta que no.

Aquí tenemos amañadores de todo tipo. Diputados que reciben dinero para cambiarse de partido político, policías que reciben dinero para facilitar el trabajo de los narcotraficantes, periodistas que reciben dinero para callar, magistrados que cobran bonos para retirarse en paz... No era extraño, pues, que tarde o temprano nos enteráramos de que los futbolistas también le entran a las costumbres locales.

Acostumbrados a desayunar cada lunes con el fútbol español, sorprende que haya alguno al que aún le interese el fútbol nacional, esos equipos cuyas camisas recuerdan a las páginas amarillas de las guías telefónicas y que cada domingo, bajo el sol que no deja pensar, le dan patadas a una pelota más o menos de forma consciente. Hubo un antecedente relacionado con los amaños en el fútbol nacional, en el lamentable caso que involucra al FAS, que no causó tanto alboroto. Nadie amenazó con suicidarse ni mucho menos. Pero la selección es cuestión diferente, tema sagrado, algo que atañe a nuestra identidad más profunda, al sentimiento de pertenencia a esto que llamamos país. No quiero ni imaginarme si algún día se descubriera que uno o dos jugadores de los equipos españoles que idolatramos estuvieran amañados. El Salvador se levantaría en armas contra, contra... suponemos que contra Honduras por la costumbre.

Nunca tendré claro por qué, en cualquier caso, nos dejamos la vida por la selección nacional. Está claro que su funcionamiento es bastante predecible: casi siempre pierde e invariablemente decepciona. Sucede lo mismo con los partidos, con candidatos nefastos que estafan durante las campañas, que demuestran lo peor de sí mismos cuando llegan a la Asamblea y a la presidencia del país, pero que de todas formas volvemos a votar por ellos al cabo de tres o cinco años.

Una parte de mí supone que ese masoquismo de esperar algo de la selección de fútbol es un intento desesperado de tener un poco de alegría, algo totalmente necesario en un país donde el mejor candidato a la presidencia, el más creíble y honrado, es una dona de chocolate. Pero si la alegría se limita a ir al estadio para aventar una bolsa de orines al compatriota de abajo, entonces de plano no entiendo para qué seguir a la selección.

Un comentario final para los que difieran conmigo. Los puristas que piensan que la pupusa es nuestro verdadero patrimonio nacional, inclúyanla en la bandera, no vaya a ser que un día a esa masa rellena de queso se le ocurra confesar que en realidad es hondureña. Entonces arderá el cañal.

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