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En el limbo cultural

El sentido de pertenencia se congestiona cuando se está lejos de la tierra donde uno enterró el cordón umbilical. Se ama tanto el nido de donde se voló que nunca se puede terminar de llamar hogar al destino extranjero.
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Comparar puede ser muy molesto. Sin embargo, exponer un elemento frente a otro para evaluar y contraponer sus características es una práctica común y necesaria. Es gracias a esa acción de identificar opuestos y semejantes que los seres humanos empezamos a construir significados durante las primeras etapas de nuestra vida, por ejemplo. Y aunque mantengamos cierta relación de amor-odio con esta forma de entender el mundo, abordamos la existencia en gran medida a través de las comparaciones.

Así, comparando, es como muchos migrantes nos adaptamos con más fluidez a los entornos que desconocemos. Eso discutía hace unos días con colegas provenientes de varios países hispanohablantes. La tertulia que se desencadenó por un comentario frívolo sobre la calidad de un tomate en un almuerzo de planificación terminó haciéndonos reconocer que, sin importar lo derrumbado que esté el lugar de donde provenimos, siempre anhelamos volver a él. Y que cuando volvemos, ya somos otros. Regresamos híbridos entre dos culturas, y que son las comparaciones las que nos permiten mantenernos conectados con ambas realidades.

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