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En la libreta de apuntes

Acababa de concluir su jornada de trabajo y no tenía ninguna tarea personal por hacer, lo que le dejaba unas cuantas horas disponibles para divagar por los espacios de su preferencia. Lo que tenía más a la mano era aquel estrecho y sinuoso callejón de comercios tradicionales, en los que siempre hallaba alguna cosa de su gusto; y se dirigió hacia ahí entre el gentío normal a esa hora.
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Entró en su cafetería favorita y pasó a sentarse en su silla habitual: la que daba hacia la calle, con la tienda de antigüedades en la otra acera. Pidió un té verde, y se dedicó a monitorear el movimiento del negocio de enfrente. Nunca lo había hecho, y esa era la novedad del día.

En ese momento iba entrando en la tienda una pareja de jóvenes que daban toda la impresión de ser recién casados. Inmediatamente después de ellos llegó una pareja de adultos mayores, que parecían andar en busca de novedades inocentes.

El mesero le ofreció otro té, pero él le pidió la cuenta. Luego de pagar, salió. Y lo que hizo de inmediato, por impulso no previsto, fue cruzar la calle entre los vehículos que aumentaban a cada instante.

Empujó la puerta principal de la tienda, pero estaba cerrada. Se desconcertó y fue a tocar un timbre que apenas se advertía junto al quicio. Por el intercomunicador le llegó la voz femenina: “Disculpe, señor, la tienda ya está cerrada. Mañana, a partir de las ocho y media, podemos atenderle”. Él reaccionó: “Pero si no han salido las dos parejas que entraron hace unos momentos…” La voz de adentro pareció sorprenderse: “Debe haber un error, señor, porque hoy por la tarde nadie ha venido…”

Se fue del lugar directamente a su casa, que estaba muy cerca. Su mujer lo vio extraño e indagó la causa:

—¿Qué te pasa, Aníbal, tuviste algún contratiempo en la empresa?

—No, nada. Solo estoy un poco cansado. Voy a ver tele un rato.

Ella lo conocía bien y lo dejó hacer. Cuando se hallaba ensimismado era impenetrable. A la mañana siguiente salió temprano para el trabajo. Aunque llegara un poco más tarde que de costumbre, y ya hallaría excusa para ello, lo que en verdad se proponía era pasar por la tienda de antigüedades a encontrarle alguna explicación a lo que había observado la tarde anterior.

Cuando llegó acababan de abrir. Nunca antes había estado en el lugar, porque en verdad no le llamaban la atención los objetos antiguos. Pero como un interesado nato, empezó a recorrer todos los escaparates y las vitrinas del lugar. La mujer de la voz que le respondió la tarde anterior lo saludó preguntándole si necesitaba algún auxilio, pero él hizo el gesto de “estoy bien, gracias”.

Iba llegando al fondo de la tienda, en el sitio donde estaban las piezas de buen tamaño, cuando se detuvo de golpe, como si una fuerza superior le cerrara el paso. ¡Ahí estaban! Las dos parejas que él vio entrar hacía sólo unas horas, convertidas en figuras inmóviles, evidentemente de otro tiempo. Los dos jóvenes mostraban el clásico estilo de los enamorados del tiempo del Romanticismo decimonónico. Los dos mayores bien hubieran podido ser personajes de los cuentos de los hermanos Grimm. ¿Alucinación o revelación? Algo tenía que ser. Hay que dejar que los misterios maduren por su cuenta.

Salió de ahí sin decir palabra. Por hoy se guardaría para sí la experiencia, en la intimidad de su libreta de apuntes personales.

CONFESIONES TRENZADAS

Incidentalmente empezó a sospechar que su marido tenía un affaire con alguna de las integrantes del grupo teatral que él dirigía para una institución dedicada a promover la cultura en el ambiente. No dijo nada, no reclamó nada; como siempre, lo que más temía era abrir su propia caja de Pandora.

El marido no parecía darse cuenta de nada, aparentemente embebido en la obra que montaba: “Un sueño con olor a ensueño”. Pero ella, que era observadora excepcionalmente perspicaz, había descubierto de nuevo en él ese leve tic que le sacudía los labios cuando ellos hacían el amor en sus momentos más apasionados, hacía tiempo desde luego.

Pero ninguna de esas señales despertaba en ella las reacciones comunes en situaciones semejantes; más bien lo que estaba comenzando a experimentar eran unas vibraciones desconocidas, que parecían mensajes de lo profundo. Y un día de tantos se concentró en su situación anímica, para tratar de llegar al verdadero interior de sí misma. Estaba haciéndolo cuando él se le acercó con una sonrisa ya casi olvidada:

—¿Querés que vayamos a dar un paseíto por la playa?

Lo tomó como una oportunidad esclarecedora. El mar no estaba muy lejos, porque vivían en una colonia a la orilla de la carretera al puerto. Llegaron al restaurante que conocían; dejaron ahí el vehículo, avisando que volverían a tomar algo, y se fueron a caminar descalzos por la arena.

—Necesitaba el apoyo del agua en movimiento para hablarte de lo que siento y lo que quiero… –avanzó él, como si se liberara.

Y agregó mientras caminaban con los pies envueltos por las gasas acariciantes:

—Debo confesarte que me he enamorado, y anhelo que compartas mi experiencia…

—No entiendo –dijo ella, sin acritud pero a la defensiva.

—Sí, me he enamorado…

—¿Y quién es ella?

—¿Ella? No es nadie. Me he enamorado de mi pasión por poner la vida en escena. Se trata, como dice el título de la obra que estoy montando, de un sueño con olor a ensueño. Estoy enamorado de esa fragancia. Y es una revelación orgásmica deliciosa… ¿Te animas a sentirla?

—¿Y cómo?

—Dejándote ser la musa que necesito. Sería como el recomienzo de nuestra vida.

Ella le sonrió con todo su cielo interior despejado, y se abrazó a él para hacerle su propia confesión:

—Qué agradecida me siento conmigo misma de no haber puesto a funcionar mis sospechas como bombas de tiempo. Las verdaderas musas somos así…

MISIÓN DE LA MEMORIA

Estaba entrando la estación lluviosa, y en contraste con los inviernos anteriores esta vez se anunciaban precipitaciones extendidas y caudalosas. El Servicio Meteorológico ponía en alerta a la población, aunque aún no se había presentado ninguna señal de alarma en el terreno.

Los que residían en casas seguras ni siquiera les prestaban atención a los anuncios climáticos. Los que vivían en lugares vulnerables parecían oterar los entornos por si alguna emergencia se presentaba de repente. Y los que no tenían dónde vivir levantaban la vista como si quisieran pedirles explicaciones a las nubes que transitaban constantemente por el aire.

Él era uno de ellos. Un “homeless”, como les dicen en el Norte. Y andaba de un lado a otro en busca de algún alero donde protegerse. ¿Cómo había llegado a tal condición? Ni siquiera recordaba cómo. El tránsito se le borró de los recuerdos quizás porque fue demasiado traumático. Y ahora sólo tenía algunas imágenes dispersas de su más remoto pasado. Entre esas imágenes, muy nítidas por cierto, circulaba una que bien podía ser una estampa perteneciente al álbum favorito de algún coleccionista de anhelos realizables.

Era una pareja de adolescentes que miraban hacia la cámara con toda la luz de la vida por delante en las pupilas. Él y ella, sin ninguna duda posible. En ese instante restalló un relámpago que parecía estar encima y se oyó un trueno ensordecedor. Pero la imagen, en vez de rodar en pedazos, se incorporó más en la pantalla de la conciencia.

—¡Amor mío, gracias por estar aquí, a mi lado, aunque nos vaya a caer un diluvio!

Y en ese preciso instante comenzó a caer el agua torrencial, que de pronto parecía una llovizna cariñosa.

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