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En la vecindad de los invisibles

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En la vecindad de los invisibles

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La repentina ráfaga de balazos de arma de grueso calibre rompió de manera abrupta y despiadada el silencio nocturno, pero en el segundo siguiente todo volvió a la perfecta calma.

Al amanecer, empezaron a darse algunos movimientos indagatorios. Todos los vecinos se conocían por efecto de la prolongada convivencia, y aunque algunos eran más antiguos y otros más recientes, como siempre ocurre, la familiaridad era lo que imperaba en aquel ambiente suburbano, que desafortunadamente se había venido volviendo cada vez más inseguro. Las pandillas dominaban los alrededores y tenían perfectamente demarcadas sus fronteras, y ¡ay de aquél que traspasara los límites!, aunque fuera de la forma más inocente.

Unos cuantos vecinos se reunieron en el rústico café donde con frecuencia iban a tomar algo de desayuno los fines de semana; pero ese día era miércoles, y de seguro lo que los convocaba era aquel curioso incidente de la noche anterior.

El mayor de los que estaban ahí tomó la palabra:

—¿No será todo esto una señal del más allá?

Las risas no se hicieron esperar:

—¡Ya te volviste esotérico! 

—Bueno, ¿por qué no? Si los delincuentes se imaginan y ponen en práctica cualquier barbaridad, que nos dejen al menos el derecho a inventar lo que se nos ocurra…

—¡Qué lástima que es de mañana y no hay guaro disponible!

—¿Y quién dice que no? ¡A ver, joven, tráiganos por lo menos unas cuantas birrias!

En ese justo instante otra ráfaga de balazos de arma de grueso calibre se hizo sentir muy cerca. Y ahora sí hubo consecuencias: todos los que estaban entorno a aquella mesa cayeron al suelo, exánimes. Pero ninguno de los otros comensales se dio cuenta…

A ellos les había tocado sumarse esta vez a la legión de los que desaparecían sin dejar rastro. 
           

CICLO 
VITAL

Los huéspedes de la casa de retiro que llevaba aquel nombre tan curioso –La Mansión Circular– tenían que estar reunidos casi siempre, y no porque lo buscaran, sino porque los espacios eran inevitablemente compartidos. Pero como es natural en cualquier actividad de la vida, no faltaban los que querían salirse del huacal, por tendencia o por travesura. Y él era uno de ellos.

Por las mañanas se iba al predio baldío inmediato a las construcciones y ahí tenía un lugarcito ya señalado: aquel rincón donde la escasa vegetación formaba una especie de toldo casi en forma de capilla. Por las tardes subía al piso más alto de la casa, que era un tercero con azotea, desde el cual podía entrar en absorta contemplación de los rituales de la luz. Y por la noche se quedaba solo en el reducido salón de lectura, donde ya tenía su silla y su lámpara y desde luego el volumen correspondiente a cada jornada.

Pero aquel día, sin decir agua va, el orden de los factores sí alteró el producto. Por la mañana, sesión de lectura. Por la tarde, sesión de capilla. Por la noche, sesión de azotea. 

En la hora de lectura, su mente fue quedando en blanco, como si ninguna de las palabras recorridas se le quedara prendida entre las sienes. Al momento de irse al refugio de hojas que invitaba al recogimiento interiorista descubrió que un hormiguero había brotado muy cerca y los insectos parecían en plan de ataque. Y ya con todas las sombras alrededor, en el cielo abierto se empezó a visualizar un pequeño racimo de estrellas que casi le hablaban con parpadeos intermitentes. 

La confusión se apoderó de su ánimo. ¿Quién había movido todas las fichas de su rutina cotidiana hasta dejarlo a él hundido en ese desconcierto en el que no había de dónde asirse? 

Era hora de dormir, y acudió a su ínfima estancia de anciano con las horas contadas. “¿Pero contadas por quién?”, se preguntó entonces mientras apartaba la esmirriada sábana para entrar en el lecho casi inexistente.

Y en ese preciso instante se dio cuenta de que todo lo poco que había a su alrededor comenzaba a girar como si fuera el anuncio de que cuanto lo rodeaba estaba a punto de alzar vuelo. El aparente trastorno de su horario de seguro no era más que el preámbulo de aquella sensación.

Todas las luces se encendieron. No afuera, sino en la interioridad de sí mismo. Y el nombre de la casa de retiro adquirió sentido súbito: la Mansión Circular.

A la mañana siguiente su cama se hallaba vacía. Nadie pareció preocuparse por tal ausencia. Los encargados de la limpieza lo arreglaron todo para recibir al próximo inquilino. 

Cuando este llegó, todo como si nada. Lo primero que hizo fue a verse en el espejo. Y la reacción fue instantánea:

—Esta cara me resulta conocida.
 

COSA DEL 
DESTINO

Aquel hombre ya de mediana edad acababa de regresar del Norte y no por su propia voluntad. Y para no ser presa de las especulaciones malévolas, que nunca faltan en ninguna parte, se apuraba a explicar por su cuenta:

—Volví deportado, porque me cachó la Migra. 

Las reacciones eras variadas, pero casi siempre intrascendentes, porque a muy pocas personas les importa en realidad la suerte de los demás; y esto abarca aun a familiares y a conocidos.

Estaba iniciando la búsqueda de ocupación, y así acudió a ver a un primo lejano que tenía instalada una empresa de distribución de productos novedosos, de esos que hoy llaman tanto la atención de la gente, desde ropa hasta electrodomésticos, desde aparatos electrónicos hasta piezas esotéricas, y así. 

—Hola, Cirio, cuánto tiempo de no verte. Andabas allá arriba, ¿verdá?

—Pues sí, pero aquí estoy, y ando en busca de chamba.

—Ya veo que estabas entre mexicanos…

—Allá hay de todo, hasta gringos. Lo que necesito ahora es trabajar. ¿Tenés algo?

—Pues siempre hay. Voy a pensar y te aviso.

Y unos días después le llegó la respuesta en un WhatsApp:

“Tengo un puestecito como promotor de audífonos para oír a Dios. ¿Te interesa?”

Él respondió de inmediato:

“No solo me interesa: me encanta. ¿Oír a Dios? Si eso es lo que he querido toda mi vida”. 

El primo comentó por su cuenta:

“¡Ah!, pero esto no es propaganda barata, sino auxilio de veras. Por eso su costo no es para cualquiera. ¿Entendés, verdá? Lo que me da buena señal es tu nombre, porque llamarse Cirio significa que estás hecho para ser una llama prendida frente al Señor”.

—“Ja, ja, eso nunca lo había pensado, pero lo acepto. Y además, si mi trabajo tiene éxito voy a poder reunir lo necesario para poder pagarle al coyote la cuota para que me lleve de nuevo para allá. Diosito va a poner de su parte”.

—A trabajar, pues, que Dios no espera…

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  • Historias sin cuento
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