En ti (des)confío

El barco no parece haber encontrado la fórmula para navegar de forma estable: empresa y Gobierno no han logrado establecer una relación sana.
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OPINIÓN (Desde allá) Chile

Hace tres años atrás, mientras en algún hotel capitalino se celebraba el ENADE 2013, el entonces presidente Mauricio Funes comparaba a El Salvador con un navío que se hundía y hacía referencia a que las primeras en huir de los naufragios eran las ratas. Esa era la narrativa con la que el presidente se dirigía a los empresarios ahí reunidos. La instancia se convirtió en un escenario de dimes y diretes bastante intensos, entre el exmandatario y el máximo representante de ANEP.

En aquel momento, dicho intercambio poco elegante me pareció –además de innecesario–, una señal preocupante del rumbo que ambos dirigentes señalaban como futuro del país: un navío en vías del colapso. Las conversaciones, sin embargo, no se centraron en el fondo del problema, sino en la forma en la que Mauricio Funes se había apersonado a confrontar a los empresarios en su propio evento, como si se tratara de un triunfo. Ese método confrontativo y polarizador fue el sello del mandato de Funes.

La semana pasada se llevó a cabo el ENADE 2016 y tres años después, aunque sin la participación del exmandatario, el barco no parece haber encontrado la fórmula para navegar de forma estable: empresa y gobierno no han logrado establecer una relación sana. Incluso, en esta ocasión, ningún representante del Gobierno se hizo presente en la actividad.

La no participación del Gobierno es una señal de desconfianza poderosa para los empresarios no solo nacionales, sino también para los escasos inversionistas extranjeros que pudiesen contemplar a El Salvador como un destino para sus negocios. Sumemos a esto que el tema del encuentro era “El Salvador libre de corrupción”, siendo que parece complicado abordar dicho contenido sin contar con la participación ni la colaboración de la contraparte gubernamental.

La sana relación estado-empresa es crucial para el desarrollo de un país, sobre todo uno como el nuestro que se dirige diariamente hacia un horizonte cada vez más turbio. Pero ninguna de las partes parece estar muy interesada en generar una relación que, dentro de lo que establece el estado de derecho, nos lleve a buen puerto.

Es necesario reconocer que al estar viviendo en la era de la transparencia y la información es cada vez más fácil reconocer las oscuridades de la corrupción y se hace más difícil confiar tanto en empresarios, como en funcionarios públicos. Todos caben en el mismo saco.

Eventos como los papeles de Panamá han hecho evidentes los vínculos maliciosos que existen a escala mundial entre empresarios y gobiernos; cada día se destapa un nuevo escándalo relacionado con corrupción o colusiones; es cada vez más frecuente leer sobre funcionarios con abultadas cifras en sus cuentas bancarias que no pueden respaldar. Todos, eventos que atentan contra la confianza en las instituciones y las personas que las encabezan.

La crisis de confianza, si bien es un problema mundial, para nuestro país implica una tarea incluso más difícil. Un relevo generacional se hace urgente. Una nueva ola que traiga, ojalá, empresarios confiables y gobernantes menos propensos a la corrupción, que tengan como fin común hacer que este barco no siga naufragando. La confianza que hemos perdido en las actuales estructuras de poder, tendrán que ser reconstruidas desde ya, por quienes anhelamos un país distinto.

Déjenme soñar con un El Salvador que no se hunda.

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