Ensayo sobre la vejez

Si no es ventaja ser joven en El Salvador –por los estigmas, la violencia y el desempleo–, ¿qué debe esperarse en la vejez? No sé. Y mejor ni pienso en pensiones, no quiero extradeprimirme.
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Todavía no tengo canas, pero reconozco que he empezado a deslizarme en el tobogán de la vejez. Facebook me lo restriega casi a diario mostrándome cómo lucía años antes. Y noto las diferencias, como las que la prensa rosa nota en el “envejecido” actor de “Mi pobre angelito” –Macaulay Culkin–, quien justamente tiene mi edad. Qué sensación tan sosa. De sopetón uno deja de ser joven. El estado de gracia se destartala rápido como un sorbete al sol. Lo dijo Óscar Wilde, quien murió a los 46 años sintiéndose viejo y vejado: “El drama de la vejez no consiste en envejecer, sino en haber sido joven”.

A diferencia de la juventud, la vejez debe ser asimilada engullendo varias cucharadas soperas de sensatez. Empezaré por no estirar mi primavera como lo ha hecho La Tigresa del Oriente o Maradona. Al menos, como nunca fui guapísimo, no tendré que justificar que lo fui, como fue el caso de la actriz alemana Marlene Dietrich, quien decidió confinarse en su apartamento –que despedía un gran hedor a orines– para que nadie viera su senectud.

No criticaré más a ese tío que se estacionó en los años setenta vistiendo siempre guayabera y pantalón acampanado. Tampoco a un excompañero de trabajo que desde 1998 escucha los mismos éxitos musicales en su carro y en su casa. Estaba siendo hipócrita, porque mi cantante favorita sigue siendo Natalie Imbruglia, quien también envejeció y ya solo aparece en VH1 Clásicos.

Un amigo coetáneo me invita a ser valiente como él: “¡Con el paso del tiempo mejoraremos como el vino!” ¿Pero qué tal y si mi naturaleza es la de un banano? ¡Los bananos se ennegrecen y se mosquean!

El mundo pinta fea la vejez, no es sexi: use esta crema para disimular las arrugas, no sea “old fashion”, actualícese, beba estos antioxidantes… Sí, pero igual me oxido.

Hace poco fui a una discoteca y sentí que mis piernas se iban llenando de arañas vasculares; me apetecía más encontrar un rincón silencioso, un banquito o la puerta de salida. Cuando era adolescente, mi mamá me advertía que fumar envejecía, pero no la escuché porque pretendía ser un “joven cool y rebelde”, hasta llegué a sentirme inmortal como Highlander (el de la teleserie de los noventa). Ahora, pasada la edad de Cristo, me importa un reverendo rábano si resulto aburrido, “parto helado” o un histérico. ¿Habré madurado? Entendí por fin que ni yo ni nadie tiene los genes de Highlander.

La mía es la genética de mis dos abuelas salvadoreñas y una ya murió. Cuando era un niñato imberbe, disfrutaba ver sus rostros ajados y escuchar sus consejos no pedidos. Sin embargo, nunca me puse en su piel, aunque me gustaba tocar la piel flácida que colgaba de los brazos de mi abuela María. Supongo que me toleraba porque reflexionaba algo: uno puede ser idiota a cualquier edad, pero solo con los años, equivocándose y escuchando consejos, se puede llegar a ser sabio. Y esa vieja era sabia.

Aún me resta una abuela: Mamá Mila. Hace unas semanas la acompañé a revalidar su pasaporte a una sucursal de Migración y Extranjería. Y ahí, a sus 85 años, se sintió vieja. No le encontraron huellas dactilares y pese a tener una primorosa caligrafía de maestra, le costó muchísimo firmar exactamente igual que en su viejo pasaporte. El indignante trámite de más de tres horas nos reenvejeció a ambos. Si no es ventaja ser joven en El Salvador –por los estigmas, la violencia y el desempleo–, ¿qué debe esperarse en la vejez? No sé. Y mejor ni pienso en pensiones, no quiero extradeprimirme.

De momento soy docente, como lo fue mi abuela Mila. Un día de estos, además de ver mis patas de gallo en el retrovisor del carro, alcancé a ver a varios jóvenes que fumaban, reían y hacían señas desde otro vehículo. No era un déjà vu, eran algunos de mis alumnos universitarios –rabiosamente jóvenes– que llevan semanas bromeando con la idea de que hagamos una “carrera de autos” en la avenida Jerusalén. ¡Diocuarde!

A estas alturas del partido, cuando he experimentado tantas cosas, prefiero decantarme por el privilegio de aconsejarles. Como son tan jóvenes, ellos también tienen el privilegio de decidir no escucharme. Igual, les daré el mismo consejo ancestral: aprovechen mejor su tiempo. La juventud termina de sopetón y las arrugas lucen peor sin sabiduría

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