Es fea la Reconciliación

Hay clásicos ignorados: frente al Hospital Rosales, Emilio Álvarez, el padre de la cirugía en El Salvador, yace en medio de un estrecho parqueo. Y a un costado del Parque Infantil pocos reparan en un obelisco del siglo XIX, el de los héroes de 1880.
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San Salvador acumula muchos monumentos feos. Y pronto será inaugurado otro, el de la Reconciliación.

Se ubica a orillas del bulevar Monseñor Romero, es imposible no verlo. Se trata de una mujer colosal, cuyos rizos cobrizos contrastan con sus senos barnizados con lo que parece pintura al aceite en tono piscina.

Creo que a muchos nos desagrada; sin embargo, he llegado a pensar que se trata del deseo febril de denuncia del artista que lo hizo, o quizá es una protesta enmarcada en el movimiento artístico del feísmo, que busca que el público tenga conciencia de la realidad y cambie de inmediato. Lo ignoro.

Bien lo decía María Félix, la actriz mexicana: “El pueblo no compra obras de arte, las encuentra en su calle. Los ricos son los que tienen obras de arte en su casa, el pueblo en su calle. Las calles le pertenecen al pueblo, por eso no estoy de acuerdo con que les den gato por liebre”. Y al pueblo salvadoreño desde hace varias décadas nos están dando gato.

Algunos de los últimos monumentos: Los Masones de Merliot -revestido de losas para piso–, Juan Pablo II, Manyula, Antoine de Saint-Exupéry, el Romero de la Roosevelt, Masferrer, la Minerva de la UES, El Aborto, El Sida, la Libertad de Expresión, Las Vendedoras del Mercado Central… y, claro, el Cristo de la Paz y los próceres cabezones del bulevar homónimo. Hay tanto adefesio que el monumento a la Construcción, una plomada gigantesca inaugurada hace dos años, resulta graciosa y vanguardista.

El que quiera ver arte contemporáneo salvadoreño debe visitar el MARTE o el hogar de artistas como Conchita Kuny Mena o Titi Escalante. Y el que crea que nuestros antepasados indígenas y españoles eran “chambones” para la cerámica y la escultura debe desengañarse en el MUNA. El Disco del Jaguar es muchísimo mejor que el indio Atlacatl de Antiguo Cuscatlán.

La estética salvadoreña no tiene lógica. Se descarta lo que sí y se entroniza lo que no. En 2005 casi pulverizan el monumento a la Virgen del Rosario, ubicado en la alameda Enrique Araujo, a pesar de ser más antiguo (1942) y estético.

Otro monumento resultó muy revolucionario en la década de los cincuenta, pese a que tenía el sabor de los grandes muralistas mexicanos: La Revolución de 1948, vulgarmente apodado “El Chulón de la San Benito” o “La Teja”. Solo eso explicaría que el 14 de diciembre de 1960 hayan tratado de dinamitarlo. Según una vieja nota de este periódico, con un barreno abrieron tres agujeros en la parte trasera y ahí colocaron las bombas. Por suerte no estallaron “porque se les cayeron las mechas”.

Antes, en 1955, la alcaldía capitalina decidió demoler –sin razón alguna, con cincel y martillo– el único sobreviviente del incendio de la antigua Universidad de El Salvador: el monumento a Pablo Buitrago, expresidente nicaragüense que radicó en este país.

Hace dos años el especialista en educación Óscar Picardo Joao sugirió que cuando un presidente o alcalde quiera erigir (o quitar) un monumento debería estar sujeto a “un jurado serio y profesional” que califique las propuestas de los artistas con base en estética, paisajismo, material y currículum”.

Algo que debió tomar en cuenta el exalcalde migueleño Wilfredo Salgado. En 2012 removió un antiguo e icónico arcángel de bronce que marcaba el centro de la ciudad. En su lugar construyó un parqueo y un quiosco muy tosco coronado con la estatuita. El Gobierno lo sancionó tardíamente.

De momento, para deleitarse con obras de arte en espacios públicos habrá que seguir contemplando a viejos monumentos como los del soyapaneco Valentín Estrada, que desde 1950 adornan el Parque Balboa; o el Monumento al Mar (Fuente Luminosa), una metáfora a la naturaleza del español Benjamín Saúl (1970).

Hay clásicos ignorados: frente al Hospital Rosales, Emilio Álvarez, el padre de la cirugía en El Salvador, yace en medio de un estrecho parqueo. Y a un costado del Parque Infantil pocos reparan en un obelisco del siglo XIX, el de los héroes de 1880.

Como las opiniones que arranca la céntrica iglesia del Rosario, muchos dirán que la belleza de un monumento es subjetiva porque se le critica desde el Clasicismo y hasta el clasismo. En lo personal, me parece tan bonita como los búnkers alemanes. Pero en todo caso, mejor que los bustos del bulevar de Los Próceres o el nuevo monumento a la Reconciliación.

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