Ese bache en el camino de la justicia

Desde 1998, la Fiscalía General de la República ha utilizado testigos criteriados. A cambio de su libertad, los criminales confesos prometen revelar responsables y cómplices de ilícitos. Sin embargo, al no haber una investigación sólida paralela, no hay manera de asegurar que sus declaraciones no han sido manipuladas para afectar o beneficiar a terceros.
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Saturados.  De acuerdo con estadísticas de la Procuraduría General de la República, a escala nacional, cada defensor atendió un promedio anual de 229 imputados en 2011.

Saturados. De acuerdo con estadísticas de la Procuraduría General de la República, a escala nacional, cada defensor atendió un promedio anual de 229 imputados en 2011.

Ese bache en el camino de la justicia

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<p>El 31 de julio de 2010, a las 11 de la mañana, Pedro recibió una llamada. Eran investigadores de la policía. Siete meses antes, los había ayudado a capturar a uno de sus vecinos, a quien acusaban de asesinato. “Mirá, necesitamos que vengás y declarés de nuevo, porque si no, pueden soltarlo”, le dijeron. Se vistió rápido. Le susurró un “te amo” a la mujer con quien, ese día, estaba cumpliendo tres meses de casado. En un par de horas, estaba frente a uno de los juzgados de Instrucción de San Salvador en el que trabajaba.</p><p> —¡Parate ahí! Te vamos a registrar– lo agarraron antes de que pudiera saludar a sus compañeros del juzgado.</p><p> —Vas a quedar detenido por homicidio agravado– le informaron mientras le ponían las esposas.</p><p>Supo lo que acontecería tras su captura, porque había organizado cientos de aperturas a juicios y procesos para audiencias y sentencias en ese mismo centro de justicia. Lo acusaron de ser pandillero, de haber colaborado en el asesinato de un traidor, y de ser parte de una red de extorsiones. “Cómo me iba a imaginar que algo así me podía pasar a mí. Nunca me he metido con nadie”, asegura hoy Pedro, después de más de dos años desde que sucedió lo que califica como una pesadilla.</p><p>&nbsp;</p><p>El mismo hombre al que ayudó a capturar pidió el recurso de criterio de oportunidad. En pocas palabras, aceptó ser culpable, habló de otros cinco delitos y denunció a más de una veintena de supuestos cómplices –entre los que mencionó a Pedro– a cambio de su libertad. Le fue concedida. Pedro contaba con pruebas testimoniales que respaldaban su inocencia, contra las afirmaciones del testigo con criterio de oportunidad, la única prueba acusatoria de la fiscalía. </p><p>&nbsp;</p><p>Gracias a los testigos criteriados se ha podido dar con el paradero de los restos de cientos de salvadoreños desaparecidos. También se han podido desarticular bandas delincuenciales y castigar a los responsables de una variedad de delitos. “Pero la fiscalía debería investigar más, presentar más pruebas que un simple testimonio”, defiende Pedro hasta el cansancio. Considera que así como él fue víctima de una venganza, muchos otros podrían estar pagando una pena a causa de falsos testimonios. Lamenta haber estado en prisión un poco más de 16 meses mientras su acusador disfrutaba de la libertad que, asegura, le pertenecía. </p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>Hoy Pedro –39 años, moreno, robusto, frente amplia y voz pastosa– está sentado sobre una silla de metal, en una especie de corredor-cocina-comedor que colinda con uno de los pasajes que conecta su casa con el resto del vecindario. Aquí, las paredes están descascarando pintura celeste. Es jueves 23 de agosto, y el vecino de enfrente grita con euforia cada vez que surge un gol entre los equipos españoles Real Madrid y Barcelona. El sonido del partido se cuela en esta casa. </p><p>&nbsp;</p><p>Con la narración del comentarista deportivo de fondo, Pedro, quien ha pedido que se oculte su identidad por la seguridad de su familia, confiesa ser fanático del Barcelona. Recuerda que salió en libertad el 10 de diciembre de 2011, justo para un clásico español. “Ese día no me importó ningún partido, solo quería ver a mi esposa y decirle que ya no iba a volver a ese infierno”, afirma segundos antes de quedarse callado. Dirige la mirada al vacío. Su rostro se queda inexpresivo. </p><p>&nbsp;</p><p>Dice que su estadía en prisión fue gracias a haber colaborado con la policía a ubicar el paradero de un presunto homicida. A pesar de que no presenció nada, escuchó lo sucedido de la boca de los propios testigos, quienes no se atrevieron a declarar. Pedro asegura haberse armado de valor y haberle contado a la policía lo que decían. Alfredo, un pandillero reconocido de la zona, había invitado a un deportado de Estados Unidos a beber. Era la Nochebuena de 2009. Lo llevó a su casa –varios lotes después de donde Pedro vivía– y se embriagaron. Discutieron y Alfredo lo agarró a machetazos hasta matarlo. Lo arrastró hasta un montarrascal, dejando un camino pintado de sangre. Estaba tan alcoholizado que no se percató de que su ropa también estaba ensangrentada. </p><p>&nbsp;</p><p>El 25 de diciembre por la mañana, tras una denuncia anónima, agentes policiales estaban preguntando por Alfredo. Pedro lo había visto en una cantina, y les informó dónde se encontraba. Alfredo se dio cuenta. Intentó escapar, y Pedro se unió a los policías en la persecución. “Por querer hacer un bien, me terminé haciendo un mal”, dice Pedro en tono de reproche, porque fue luego de la captura de Alfredo que declaró lo que sus vecinos no se atrevieron. Más adelante, un examen de ADN de la sangre que Alfredo llevaba en la ropa determinó que había fluido del vecino asesinado. </p><p>&nbsp;</p><p> “Algunos amigos me decían que me cuidara, que ese varón no se iba a quedar así. Yo seguí mi vida y le dejé todo en las manos a Dios”, afirma encogido de hombros y con los dedos entrecruzados. </p><p>&nbsp;</p><p>En esos siete meses que pasaron, Alfredo había negociado con la fiscalía, y le habían concedido el criterio de oportunidad con régimen de protección. A cambio, habló de cinco asesinatos más en los que había participado. Denunció que otros 29 hombres habían participado en uno o varios de esos homicidios, y los acusó de pandilleros. Solo por el crimen por el que lo detuvieron hubiera que tenido que pagar hasta 45 años, sin contar los que le hubieran correspondido por los otros cinco homicidios. Pero su disposición a colaborar lo convirtió en uno de los testigos criteriados cobijados por el Programa de Protección de Víctimas y Testigos. Los datos actualizados por este programa, hasta junio de este año, revelan que un aproximado de 144 testigos –del total de 240 protegidos– son criteriados. Consiguió la libertad, a diferencia de varios de los hombres a quienes delató.</p><p>&nbsp;</p><p>En un conversatorio con los editores de este periódico, Romeo Barahona, el fiscal general, aseguró a finales de 2011 que, a pesar de no tener datos exactos, se utilizan testigos criteriados en una cantidad considerable de casos que involucran a pandillas. Sin embargo, recalcó que lo deseable sería poder presentar otro tipo de pruebas ante un tribunal, “algo diferente a un soplón”. </p><p>&nbsp;</p><p>Denunciaba que Pedro había sido cómplice en uno de los cinco homicidios, el de un pandillero retirado, ejecutado en agosto de 2009. Afirmaba que Pedro lo había trasladado con engaños al taller automotriz donde lo esperaban para matarlo. Sin embargo, además del testimonio de Alfredo, no había ninguna otra prueba que demostrara su culpabilidad. La autopsia realizada al cadáver por el que Alfredo lo había involucrado en su listado de cómplices no pudo revelar nada más que la hora y razón de la muerte. </p><p>&nbsp;</p><p>Saca de un llavero una fotografía que le tomaron pocas semanas después de haber salido de la cárcel. Su rostro parece una calavera forrada en piel morena. Sus pómulos están muy marcados. Tiene un par de hoyos por mejillas y los ojos hundidos en unas ojeras muy profundas. Bien pasaría por el rostro que podría tener un enfermo en fase terminal. “Nadie me reconocía. Después de pesar 215 libras antes de entrar a la cárcel, salí pesando 130. La pena moral de estar pagando algo que no debía me estaba matando”, insiste. </p><p>&nbsp;</p><p>Dice que todavía le duelen esos meses desperdiciados, que quisiera olvidarlos, pero que no puede. Cuando recuerda, le tiembla el rostro, se le humedecen los ojos y se le entrecorta la voz. Asegura que no puede sacar de su mente las veces en que los soldados lo obligaron, junto a otros reclusos, a correr desnudo y hacer flexiones y pechadas por simple antojo. Dice que todavía le rebotan los recuerdos de cuando los mismos uniformados de verde se orinaban en el techo bajo el que dormía; que al principio el hedor que expedían las láminas, cuando se secaban con el sol, era insoportable, pero que se acostumbró a la pestilencia. Tampoco olvida las veces que su esposa lo encontró con el rostro colorado y los ojos hinchados por haber recibido alguna nube de gas lacrimógeno que les arrojaban a las celdas, de vez en cuando.</p><p>&nbsp;</p><p>Marina, su esposa, se ha sentado a la par suya con el nuevo miembro de la familia, un bebé regordete de tres meses. Cuando Pedro salió libre, ella tenía cuatro meses de llevarlo en su vientre. Mientras amamanta al pequeño, también regurgita sus recuerdos. “Las soldadas nos desnudaban a todas. Nos decían que nos diéramos vuelta y que hiciéramos flexiones. Nos metían y sacaban los dedos en la vagina y en el ano. Nos hacían toser cuando nos tenían el dedo adentro. A veces dejaban las cortinas medio abiertas y bien veía que los soldados lo espiaban a uno. A algunas hasta lavado vaginal les hacían.” Llora. </p><p>&nbsp;</p><p>“De ese tipo de cosas nunca tuve conocimiento. De los cateos al desnudo sí, pero eso es en aras de evitar que introdujeran teléfonos celulares a los centros penales. Pero que se orinaran sobre los techos y cosas así no creo, porque ellos estaban en posiciones no arriba del techo de los privados de libertad, sino que estaban en los garitones, en posiciones internas, pero abajo”, dirá al respecto Nelson Rauda, el director de Centros Penales, dentro de unos días. “La fuerza armada no manejaba gas lacrimógeno. Son armas de fuego letal las que tienen. Por eso dudaría” complementará antes de decir que aún no ha habido resultados de las investigaciones sobre los castigos en los que desnudaban a los reos. “Hubo un par de casos que denunciaron, pero nunca fueron comprobados”, dirá. </p><p>&nbsp;</p><p>A Marina le sigue pareciendo injusto todo lo que tuvo que pasar para visitar a su esposo. “Él (Pedro) me decía que ya no regresara, que le dolía saber que me humillaran así, pero no lo podía dejar solo.” En una de esas visitas fue que quedó embarazada. Recuerda que cuando se supo en cinta les pedía que tuvieran cuidado al invadir su cuerpo, pero que siempre parecían no escucharle. </p><p>&nbsp;</p><p> “Tenemos certeza de que varias mujeres han sufrido aborto debido al registro indecoroso por parte de los miembros del ejército cuando ellas llegaban en estado de embarazo a visitar a sus familiares detenidos”, aseguró Nelson Flores, el coordinador del área de seguridad ciudadana y justicia penal de FESPAD, en junio de 2011. Pero el embrión de Marina, que estaba en sus primeros meses de gestación cuando Pedro seguía detenido, las resistió. </p><p>El ministro de Justicia y Seguridad Pública, David Munguía Payés, informó que, desde junio de 2012, los militares dejarían de hacer los registros a los familiares. Enfatizó que era por las denuncias de abusos y no como consecuencia de la tregua entre pandillas. Y es que en todo 2011 el Ministerio de Defensa y el Estado Mayor de la Fuerza Armada acumularon 348 denuncias por violaciones a los derechos humanos en penales, de acuerdo con los registros de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH). LA PRENSA GRÁFICA buscó la posición de la Fuerza Armada de El Salvador respecto a esas denuncias, sin embargo, no hubo respuesta de la institución. </p><p>&nbsp;</p><p>A pesar de todo, esta pareja atribuye todas esas humillaciones que afirman haber recibido a una especie de plan divino. Hablan de la “voluntad de Dios” y de los sufrimientos que, enfatizan, “debe pasar todo hijo suyo”. Parecen hablar de una receta automedicada para catalizar su frustración e impotencia. Aseguran que la única justicia que esperan es la divina. </p><p> Alfredo, el testigo criteriado, decía que Pedro había sido parte de la pandilla desde 1994, que tenía un solo tatuaje escondido en el cuerpo. Había enfatizado en que sus funciones, al igual que las del resto de pandilleros, eran movilizar drogas dentro del territorio de la clica, extorsionar buses y comerciantes y asesinar a quien se le ordenara. Así lo registró el documento emitido por el Tribunal Cuarto de Sentencia de San Salvador, después del juicio.</p><p>&nbsp;</p><p>En su declaración inicial, ante el grupo de fiscales del caso, Alfredo dijo que Pedro participó en una reunión el 13 de agosto de 2009, junto a otros 11 pandilleros. Ahí se dio “luz verde” –orden de matar– a un joven por haberse retirado de las pandillas y haber suplido los tatuajes que lo identificaban por una imagen decorativa. Las instrucciones eran acabarlo donde lo encontraran.</p><p>&nbsp;</p><p>Aseguró que Pedro y otro hombre encontraron al pandillero desertor en una cantina. Lo invitaron a tomar. Pedro lo subió a su carro y lo llevaron un taller de mecánica, ubicado en una colonia territorio de la clica. Le avisaron a un tercero, quien fue acompañado por Alfredo. Después de varios tragos, de acuerdo con este testimonio, el acompañante de Pedro le aporreó el cráneo con un bate de béisbol. Alfredo confesó haberle incrustado un cuchillo varias veces en el pecho. Luego dijo que, mientras Pedro observaba, el tercer pandillero lo agarró a patadas y le insertó un puñal en el cuello, hasta que dejó de respirar. Subieron el cadáver en el carro de Pedro y lo llevaron hasta un basurero. </p><p>&nbsp;</p><p>Pedro recuerda que en la primera audiencia lo hicieron declarar. Menciona que iba con las piernas temblorosas, porque los soldados le habían puesto a hacer más de 500 flexiones. Una vez dentro del tribunal, lo sentaron y empezaron a interrogarlo. Se declaró inocente del asesinato que le imputaban. Habló de Alfredo. Dijo que no dudaba haber sido incriminado por él, como venganza por haber ayudado a la policía en su captura. Pidió justicia.</p><p>&nbsp;</p><p> “Es increíble la cantidad de personas que se maneja que son pandilleros por el simple dicho de un criteriado. Ahí puede ir vinculado el que me cae mal o la mujer que me traicionó. Esta persona a quien se le ha dado el criterio de oportunidad puede tratar de vengarse de alguien y aprovecharse para vincularlo en los delitos”, aseguró hace unas horas René Coto, abogado defensor de la Procuraduría General de la República (PGR). Entonces acababa de atender a un hombre trigueño, delgado, de mirada penetrante y con la piel tapizada –hasta la cabeza– de tatuajes que aludían a una pandilla. El hombre había llegado, custodiado por agentes policiales, a solicitar un defensor público por no tener dinero para contratar a un abogado particular. </p><p>Registró los datos del solicitante. Luego aseguró que, a diario, él y sus compañeros atienden docenas de imputados que llegan a solicitar ser defendidos cuando ha habido redadas de la PNC y les ha tocado atender hasta 269 solicitudes de una sola vez. Aseguró que entre ellos es frecuente encontrar gente acusada de haber cometido algún delito, quienes, aunque terminen logrando comprobar su inocencia, no pueden escaparse de semanas, meses y hasta años de prisión inmerecida. “Porque alguien haya dicho que usted cometió tal delito, lo pueden detener fácilmente y tiene que pasar todo el proceso que puede ser bien tardado”, enfatizó. </p><p>&nbsp;</p><p> Si Pedro hubiera acudido a la PGR para solicitar un defensor, es probable que lo hubiera conocido cinco o 10 minutos antes de la primera audiencia, o quizá ni lo hubiera visto porque habría estado atendiendo otro caso. Esto es porque, a diario, el área de defensoría penal de esta institución debe atender decenas de casos en un mismo día. Durante 2011, atendieron 63,459 casos entre adultos y menores de edad, lo que implicó desplazarse a 93,428 audiencias en los diferentes juzgados del país. “Un defensor este día puede tener, por ejemplo, cuatro o cinco audiencias. Entonces lo que hacemos ahí es darle prioridad. Su obligación es estar en la audiencia más complicada”, aseguró varios días antes Milton Barahona, el procurador auxiliar del área de Defensoría Penal. </p><p>&nbsp;</p><p>De acuerdo con Barahona, los 278 abogados que integran la defensoría penal a veces deben ingeniárselas para leer los casos que van a defender cinco minutos antes de las audiencias. “Estamos llegando ya a un límite en que se nos dificulta brindar asistencia como nosotros quisiéramos, y volvemos a los recursos. Generalmente, cuando uno habla con funcionarios que tienen que ver con el presupuesto, lo que le piden a uno es creatividad. Que si es muy poco el dinero que hay en las arcas del Estado. Que uno tiene que hacer uso de toda su creatividad para ir saliendo con la prestación de sus servicios”, lamentó. </p><p>&nbsp;</p><p>Pedro no conoció la incertidumbre que otros acusados, culpables o no, pasan cuando su caso es manejado por dos o tres abogados diferentes, o cuando el defensor asignado no puede llegar a tiempo a la audiencia, porque la creatividad del equipo de la PGR no alcanzó a estirarse lo suficiente. Él contó con la ayuda de sus padres, quienes viven en Estados Unidos. Así fue como pudo pagar al abogado que lo defendió.</p><p>&nbsp;</p><p> Después de la declaración de Pedro, el juez que presidía el caso decidió que Alfredo no debería declarar ni detrás de un biombo, ni con gorros pasamontañas, ni con distorsionador de voz. “Los imputados sabían quién era el testigo. No tenía sentido que el tribunal siguiera manteniendo el régimen de protección y se lo quitó. Sin régimen de protección ya no quiso declarar”, dirá Rubén Angulo, el abogado defensor de Pedro, dentro de dos días.</p><p>&nbsp;</p><p>Como la única prueba que lo involucraba de manera directa con el homicidio que le atribuían era el testimonio de Alfredo, no había manera de incriminarlo. “El testimonio de una persona que goza de un criterio de oportunidad tiene que ser unido a otras pruebas que confirmen la participación. No es correcto que el testimonio, como se ha hecho en muchos casos, sea la única prueba. Así se viola ese derecho de inocencia del que debe gozar toda persona”, insistirá Angulo. </p><p>&nbsp;</p><p>Antes de saber que estaba absuelto del cargo por homicidio, a Pedro le notificaron que también sería procesado por extorsión. Unos policías aseguraban haberlo visto, en 2008, cobrando “renta” a un vendedor en una entrega controlada (vigilado mientras exigía el dinero). Pedro demostró que, en la fecha en que aseguraban había realizado la extorsión, había estado trabajando para una empresa de seguridad privada, la que le había asignado custodiar el ministerio de una institución de gobierno. “Al presentar las constancias que negaban la posibilidad de que (los policías) lo hubieran visto extorsionando, quedó claro que habían mentido. Era otro falso testimonio”, enfatizará Angulo desde su oficina atiborrada de documentos.</p><p>&nbsp;</p><p>La mayoría de las personas involucradas en los homicidios consiguieron la libertad, porque Alfredo se abstuvo de declarar ante la corte. Otros cuantos siguieron procesados y fueron condenados debido a otros delitos cuyas bases acusatorias fueron más sólidas y pudieron comprobar su culpabilidad. A pesar de no haber cumplido con su compromiso de aportar su testimonio. Alfredo consiguió la libertad, porque el Tribunal Quinto de Sentencia ya había aprobado un sobreseguimiento definitivo, lo que implicaba que no podrían volverlo a procesar por esos delitos. </p><p>&nbsp;</p><p>Al respecto, Óscar Torres, jefe de la Unidad Especializada de Delitos de Homicidio de la Fiscalía General de la República, dirá que si un testigo criteriado no declara en un juicio, debe revocársele el beneficio. Dentro de una oficina espaciosa e iluminada aceptará los riesgos de que el testigo criteriado tienda a “falsear los hechos o a distorsionar la información”. También estimará que en el 80% o 90% de casos especializados de homicidio se hace uso de ese recurso. “Todo caso no va única y exclusivamente con la versión de la persona criteriada. Siempre tiene que ir prueba científica y prueba testimonial, aunque sea de referencia pero que rodee la credibilidad del testigo criteriado”, dirá en oposición a lo que aseguran Rubén Angulo, abogado defensor de Pedro, y René Coto, defensor público. También defenderá que las declaraciones de estos testigos permiten encontrar restos de personas desaparecidas, y que logran la desarticulación de estructuras criminales. Y enfatizará que hay que “ver cuántos delitos se van a investigar y cuántas personas van a ser procesadas” por los hechos que ha declarado el testigo criteriado a cambio de su libertad. Afirmará que hay que analizarlo “desde el punto de vista costo-beneficio para la justicia”.</p><p>&nbsp;</p><p> Permanecer en prisión durante 16 meses fueron los costos que Pedro asegura que tuvo que pagar por ayudar a la justicia. Tiene ocho meses de vivir alejado de la prisión en la que asegura que se dedicó a predicarle a sus compañeros reclusos de las bondades de Dios. Esta casa, cuyas paredes que descascaran pintura, está lejos del juzgado donde no dudaron en volver a darle la oportunidad de hacer interinatos como ordenanza y como mensajero. También está alejada de su antigua morada, cerca del territorio que la pandilla con la que lo involucraron reclama como suyo.</p><p>&nbsp;</p><p>Esta casa pequeña y un poco descuidada está incrustada en una zona que tampoco se escapa de la influencia de pandilleros, pero aquí, quien se atribuye el dominio de los alrededores es el bando contrario a la pandilla con la que lo implicaban. “Yo confío en que, si Dios me sacó de esta, me va a proteger por donde vaya. No puedo dejar de ir al juzgado porque de ahí consigo ajustar para la comida de mi familia”, recalca Pedro luego de que Marina, su esposa, le entregue en sus brazos al bebé que concibieron en la cárcel. </p><p>&nbsp;</p><p>Dice que sigue viendo a los policías que declararon en su contra y que siempre que lo miran le hacen malas caras. También debe relacionarse con los fiscales que querían que se mantuviera en prisión durante 45 años. Cuando no hay fotocopias que sacar, pisos que barrer y trámites que realizar, lava los carros de los empleados que sí aparecen en la planilla del juzgado, así amortigua la falta de un salario fijo. </p><p>&nbsp;</p><p>Repara en que la policía debería hacer mejor su trabajo y que la fiscalía tendría que investigar más, para evitar que más gente como él pague lo que no debe. Dice que, a pesar de todo, ha salido con la frente en alto. Y repite hasta el cansancio, como si quisiera convencerse, que todo lo va entregar a la justicia divina.</p><p>&nbsp;</p><p>—Mis amigos del juzgado me dicen que le ponga una demanda a los policías por falso testimonio y que hasta a los mismos fiscales podrían irse en cuenta. Pero yo no quiero ganarme más enemigos. Tengo suficiente con esta mala experiencia que me gané por buscar justicia.

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