Etnia lenca de Honduras pierde a su líder ambiental

Berta Cáceres fue asesinada en su casa, tras recibir varias amenazas de muerte por su trabajo en representación de la etnia lenca y en contra de proyectos que atentaban el equilibrio ambiental. Fue, a inicios de los noventa, quien ayudó a cientos de salvadoreños que huían a Honduras a causa de la guerra civil.
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La etnia lenca de Honduras perdió el jueves a su líder Berta Cáceres, una mujer defensora de los derechos humanos y los recursos naturales, por lo que en varias ocasiones se enfrentó a las autoridades y empresarios de su país.

Berta aprendió desde su infancia a trabajar por otros, ya que su madre, partera y enfermera, asistió no solo a sus comunidades sino también a decenas de miles de refugiados salvadoreños que ingresaron en Honduras en la década de los ochenta huyendo de la guerra civil.

En 1993, tras el retorno de los refugiados a El Salvador, Cáceres fundó, junto a su entonces esposo Salvador Zúniga, el Consejo de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH), que aglutinaba las diferentes tribus lencas que habitan en cuatro departamentos del occidente de Honduras.

Cáceres fue asesinada de cuatro balazos por presuntos sicarios que el jueves en la madrugada rompieron la puerta de su casa. Había sufrido numerosas amenazas. Cáceres trabajó 22 años por lograr que más de 400,000 indígenas lencas pudieran recuperar sus tradiciones, sus tierras arrebatadas y tuvieran la posibilidad de mejorar sus perspectivas.

Tanto Cáceres como Zúniga se dedicaron a luchar contra los terratenientes locales que despojaban a los indígenas de sus tierras e iniciaron la lucha contra compañías mineras y generadoras de energía que, con concesiones otorgadas por el Gobierno, operaban en la región. Según los pobladores, las labores degradaban los suelos.

En la década de 1990, recién fundado el COPINH, acompañó a decenas de indígenas lencas que llegaron en varias ocasiones a Tegucigalpa a protestar ante el Parlamento hondureño para exigir derechos conculcados a su etnia. Aquellas protestas incluso las llevaron hasta los predios de la Casa Presidencial durante el Gobierno de Carlos Roberto Reina (1994-1998).

El trabajo de Cáceres junto a los pobladores logró que varios proyectos de empresas hidroeléctricas paralizaran sus actividades y que las compañías se retiraran de la región, al igual que el financiamiento de organismos internacionales como el Banco Mundial.

La dirigente lenca logró atraer la atención internacional sobre su lucha en pro de los recursos naturales y obtuvo apoyo de diversos organismos del mundo. En 2015 fue distinguida con el Premio Goldman por la defensa del ambiente y los derechos de los pueblos indígenas, el mismo que ganó en 2011 el salvadoreño Francisco Pineda, presidente del Comité Ambiental de Cabañas, por su lucha contra la minería en ese departamento.

Cáceres también fue recibida el año pasado en El Vaticano por el papa Francisco, a quien le expuso sobre la situación de los indígenas hondureños y la realidad de su país, según dijo su madre, llamada igual que la activista.

Su activismo no solo le valió reconocimiento, sino también la ira de terratenientes y empresarios. Cáceres denunció haber recibido reiteradas amenazas de muerte de sectores poderosos y aseguró haber sido hostigada y sometida a persecución en varias ocasiones por parte de policías y guardias privados.

Pero Cáceres no se dejó amedrentar por esta realidad. Pese a que las radioemisoras comunitarias también sufrieron amenazas, no dejó de lado una de sus principales causas: el rechazo de la construcción de la represa de Agua Zarca. “Cuando iniciamos la lucha contra Agua Zarca yo sabía lo duro que iba a ser pero sabía que íbamos a triunfar, me lo dijo el río”, aseguró por entonces, convencida de su lucha.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) ordenó al Estado de Honduras que le brindara protección policial, pero la asignación de dos agentes a todas luces fue insuficiente. El jueves en la madrugada, varios presuntos sicarios ingresaron violentamente en su residencia en la localidad de La Esperanza, en el occidental departamento de Intibucá, y la mataron a disparos.

Ya en abril de 2015 la organización Global Witness publicó un informe titulado “¿Cuántos más?” denunciando que Honduras es el país más peligroso para quienes defienden el medio ambiente. Las cifras eran escalofriantes: de los 116 activistas medioambientales asesinados en 2014 a escala mundial, el 40 % de los casos se había producido en Honduras.

La fotografía en la que Berta aparece saludando al papa Francisco fue colocada sobre el ataúd a petición de su madre.

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Berta Cáceres decía que desde niña aprendió “a defender los ríos” porque se lo había enseñado su madre.

Además era de la opinión de que “el capitalismo verde” pretendía imponerse en Honduras con proyectos hidroeléctricos que promovían organismos como el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, la Unión Europea y Estados Unidos.

Decía además que los gobiernos jugaban “con la miseria de los pueblos”, incluidos los indígenas, por lo que a través del CPOINH estaban en “una lucha de resistencia”,

Cáceres definía a los pueblos indígenas como “fuertes” después de más de 500 años de la conquista española. “Ahora los pueblos indígenas luchamos por sobrevivir y nos enfrentamos a poderes más fuertes que al de hace 500 años”, dijo Cáceres en una de sus recientes movilizaciones en defensa de los ríos del occidente del país.

Los retos de los pueblos indígenas, según Berta Cáceres, son la pobreza, la miseria, la exclusión social y el racismo. Su muerte violenta, en la que al parecer habrían participado dos hombres con armas de fuego, ha causado conmoción en Honduras y la comunidad internacional.

La coordinadora del Comité de Familiares de Detenidos Desaparecidos en Honduras (COFADEH), Bertha Oliva, dijo que Cáceres era “una líder social” y que “su asesinato es un claro ataque a los líderes de derechos humanos” en el país centroamericano.

“También es un desafío a las estructuras internacionales de protección de derechos humanos, es un golpe más pero los autores de su muerte deben saber que se equivocaron y que lo que han hecho es una indignación más que suma a la que el pueblo ha tenido rezagada”, agregó.

En su opinión, “mientras no se logre demostrar lo contrario, su muerte es un asesinato político”.

“Nadie podrá decir que su muerte ha sido por robarle, por un crimen pasional o por pleitos entre organizaciones sociales, como a veces pretenden justificar algunas autoridades cuando se trata de muertes selectivas”, expresó Oliva.

En abril de 2015, al recibir el premio Goldman, Berta Cáceres cerró su discurso así: “La Madre Tierra militarizada, cercada, envenenada, donde se violan sistemáticamente los derechos elementales, nos exige actuar. Construyamos entonces sociedades capaces de coexistir de manera justa, digna y por la vida. Juntémonos y sigamos con esperanza defendiendo y cuidando la sangre de la tierra y los espíritus. Dedico este premio a todas las rebeldías, a mi madre, al pueblo lenca, a río Blanco y a las y los mártires por la defensa de los bienes naturales”

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