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Frente al mar de Galilea

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Se hospedó en una pequeña posada, que era antecedente milenario de los actuales hoteles boutique. La playa estaba inmediata, y desde el ventanuco podía contemplar la espuma, que era su principal razón de estar ahí. Por los alrededores arbolados de palmeras y de cocoteros circulaban constantemente los visitantes, casi todos descalzos de seguro para aprovechar las alfombras naturales de fino relieve.
Él también fue a hacer lo mismo que los otros. Sin proponérselo, estaba de pronto al borde de la playa donde en aquel momento el efluvio blanco parecía ensayar una pieza interminable de ballet contemporáneamente inmemorial. Dejó las sandalias antes de tocar la arena y se dirigió con los pies desnudos hacia el encuentro con los primeros encajes espumosos.
En cuanto el agua efervescente tocó su epidermis la sensación fue de éxtasis, y tal sentir se le convirtió en palabras en voz alta:
-¡Qué felicidad la de estar otra vez en contacto íntimo con mi Mar de Galilea!
Un desconocido que estaba muy cerca sin que él se hubiera dado cuenta quiso corregirle la plana:
-Hombre, ¿a quién se le ocurre? Este no es ni podría ser nunca el Mar de Galilea.
Él le respondió sin mirarlo, como si hablara para el aire:
-Todos los mares son el Mar de Galilea, porque las espumas de ese mar se mueven dentro de cada uno de nosotros, y desde ahí se dibujan en los oleajes exteriores disponibles…   
                                          
LA BOLSA Y LA VIDA
Entreabrió los ojos cuando ya la claridad del día estaba envolviéndolo todo. Se incorporó a medias sobre el perraje con lamparones malolientes. El cemento de la acera, inhóspito como siempre, era su único refugio disponible. En aquella calle principal había pernoctado por tiempo indefinido, y las fechas se le habían ido volviendo murciélagos sigilosos. Aspiró con fuerza el aire contaminado, y la necesidad de oxígeno le hizo sentir que recibía el efluvio de un bosque tupido como aquel que había sido su hábitat en la lejanísima infancia.
Cuando iba incorporándose se dio cuenta de que algo le faltaba:
-¡Fueron los cabrones que andan por los alrededores!
Se habían llevado sus únicas pertenencias, que eran cosas sin valor pero que para él significaban literalmente todo. Las llevaba siempre consigo en una bolsa plástica de buen tamaño que había sacado del basurero de un supermercado.
Inició entonces un recorrido aleatorio, para ver si encontraba algún indicio. Y ahí, en el rincón de una esquina próxima, estaba aquel cipote que parecía sabedor de todo lo que pasaba en los entornos:
-¿Busca sus cosas, men? Se las llevó el Cadejo. Yo lo vi.
-¿Y viste también por dónde se fue?
-Por ahí, mire, por ese montarrascal.
Hacia ahí se dirigió el despojado, y al instante el cipote corrió sigilosamente en dirección contraria. Entonces el lugar quedó solo, como si así hubiera estado siempre. Ni siquiera los insectos más comunes hacían presencia.  
¿Cuánto tiempo duró aquella sensación de la que nadie era capaz de dar testimonio? Hasta que sonó la ráfaga de disparos. El cuerpo del indigente se desplomó como otra bolsa inútil. Cualquiera hubiera podido decir que para aquel desventurado callejero la bolsa y la vida eran lo mismo.   

EL OTRO ORÁCULO
Aquella había sido desde siempre una comunidad de gente dedicada a las labores de la tierra, y tal condición establecía entre todos ellos una conexión existencial que nadie se planteaba como motivo de reflexión. Era así, simplemente. Ninguno tenía ni siquiera la formación escolar mínima, porque durante muchísimo tiempo la escuela más cercana estuvo a muchos quilómetros de distancia; pero los tiempos cambian a pesar de todo, y ahora, por efecto de los criterios expansivos de la responsabilidad educativa, se acababa de abrir un pequeño centro escolar en uno de los cantones inmediatamente vecinos. 
No todos los padres se animaron a enviar a sus hijos a recibir enseñanza formal, y por eso la escuelita comenzó con población mínima. Al comienzo, en aquel enero saturado de ventiscas y animado de floraciones silvestres, sólo había unos cuantos niños en las bancas rústicas dentro del espacio cerrado, aguardando que el joven profesor hiciera oír su voz.
No lo conocían, porque él llegaba de una población algo distante, en la que había más muestras de progreso al estilo actual. Hasta su vestidura era muy diferente a las que por ahí circulaban: una especie de túnica blanca sobre unos pantalones de tela gruesa.   
-Buenos días, queridos discípulos.
No entendieron la referencia, y se quedaron en silencio, taciturnos. Él no se dio por aludido, y extendió ambos brazos, tal si quisiera abarcarlos a todos con el gesto. Luego empezó a hablar, como si estuviera en un púlpito totalmente imaginario. Ellos lo oían sin captar el sentido, pero las palabras llegaban a cada uno en forma de velos que los envolvían y parecían disolverse para penetrar a través de los poros.
Así fueron pasando los días, hasta que otra presencia comenzó a hacerse evidente, pero esta vez como alguien perfectamente común dentro del ambiente.
-¿Qué tal, muchachos? –les dijo con la confianza que emana de la actitud de un viejo conocido.
Ellos sonrieron, animados por el gesto y por el tono.   
-Estoy aquí para ayudar a que nos entendamos todos, y así podamos aprender en conjunto. ¿Entienden lo que les digo?
-¡Síííí! –fue la respuesta unánime.
A partir de ese momento, el recién llegado y el profesor original compartieron tarima, y los estudiantes recibieron aquello, sin saberlo, como un baño de sabiduría inesperada. Pero uno de ellos, un día de tantos, hizo desde su pupitre la pregunta clave:
-¿Y ustedes dos cómo se conocieron?
Sonrisas generalizadas, como si la pregunta fuera una invasión en el mundo privado. Pero la respuesta fue la antesala de otra pregunta:
-Bueno, ustedes ya están preparados para saberlo: aquí, mi amigo, es mi otro yo. Así como lo oye: mi otro yo. Con él hemos convivido desde que tenemos conciencia. Soy yo, duplicado. ¿Entienden?    
Y el “¡Síííí!” volvió a ser unánime. Si Platón hubiera estado presente en aquel villorrio sin nombre, habría aplaudido emocionado.

FASE DE CONFIANZA 
Ingresó en el centro penal para larga permanencia programada a partir de un muestrario de delitos que era una especie de catálogo de la perversión. Todo había comenzado desde que era niño, pero la justicia lo cachó cuando ya se había vuelto adulto. Era delincuente por vocación, y en estos tiempos en que el crimen hace de las suyas por doquier, él también había desplegado sus habilidades criminales hasta la sofisticación máxima. Tuvo muchas invitaciones para incorporarse a alguna pandilla de las que se repartían el terreno, pero él nunca quiso tener jefes. La libertad era su marca de fábrica, y casi siempre la utilizaba para lo malo. Así las cosas, ahora estaba otra vez en libertad.
Había logrado salir de prisión en forma anticipada porque su comportamiento, su voluntad de servicio y su ansia de superarse fueron ejemplares desde el inicio. Pero en cuanto traspasó las rejas de salida el aire se le volvió una sensación desconcertante y aflictiva. ¿Qué iba a hacer él con todo el aire a su disposición? Y lo primero que se le ocurrió fue correr hacia el centro de la ciudad, donde estaban sus viejos dominios criminales.
-¿Y di´ahí, Chus, ya resucitaste? Tu nombre te compromete…
Era la voz de su conciencia, hablando como uno de sus compinches. Giró la mirada, y lo que estaba a su alrededor era un grupo de jóvenes completamente tatuados. No reconocía a ninguno, porque  de seguro cuando él entró en la cárcel todos eran niños.
-¿Qué quieren, mareros de la chingada?
-No somos mareros, somos los que te vamos a dar la bienvenida.
--Entonces, ¿ya no estoy en este mundo? –preguntó en un susurro a punto de sollozo.
-Por si no te habías dado cuenta, la única libertad verdadera es esta. ¡Vamos a celebrar, camarada!

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