“Fueron 22 días de no comer, de caminar entre balas”

Fueron 22 días sin comer, huyendo de noche, caminando sin tregua, evitando las balas. Así es la historia de un grupo de mujeres sobrevivientes a la “Guinda de Mayo”, ocurrida en 1982 en la zona nororiente de Chalatenango. Ellas se esfuerzan para que lo ocurrido no se quede en el olvido, a través del Comité de Memoria Histórica Sobreviviente. Gracias a ello, llamaron la atención de Adriana Ospina, quien se inspiró en estos testimonios para montar una obra cargada de sentimientos.
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Memoria sobreviviente.  Hermelinda Flores tiene presente el recuerdo de sus hijas.

Memoria sobreviviente. Hermelinda Flores tiene presente el recuerdo de sus hijas.

Reconocimiento.  Adriana Ospina entrega rosas a las sobrevivientes de “las Guindas” al finalizar su obra de teatro.

Reconocimiento. Adriana Ospina entrega rosas a las sobrevivientes de “las Guindas” al finalizar su obra de teatro.

El otro escenario.  Fue en el río Sumpul donde las mujeres y sus familias tuvieron que cruzar, a pesar de que estaba crecido.

El otro escenario. Fue en el río Sumpul donde las mujeres y sus familias tuvieron que cruzar, a pesar de que estaba crecido.

Dolor.  Clara Ortega trabaja en una palma tras decidir dejar de conversar del pasado.

Dolor. Clara Ortega trabaja en una palma tras decidir dejar de conversar del pasado.

“Fueron 22 días de no comer, de caminar entre balas”

“Fueron 22 días de no comer, de caminar entre balas”

“Fueron 22 días de no comer, de caminar entre balas”

“Fueron 22 días de no comer, de caminar entre balas”

“Fueron 22 días de no comer, de caminar entre balas”

“Fueron 22 días de no comer, de caminar entre balas”

“Fueron 22 días de no comer, de caminar entre balas”

“Fueron 22 días de no comer, de caminar entre balas”

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“Desde el momento en que nos dijeron que venía el operativo, no sabíamos cuánto tiempo íbamos a durar en el monte”. Hermelinda Flores tenía 25 años cuando le tocó salir en guinda con su familia. Eso fue en 1982, en la conocida “Guinda de Mayo”. “Uno no tenía mucha preparación, conseguíamos alguna miseria de maicillo y un poquito de harina. Eso cargábamos para comer”. A veces tenían dificultades hasta para conseguir agua para beber.

El otro escenario.  Fue en el río Sumpul donde las mujeres y sus familias tuvieron que cruzar, a
pesar de que estaba crecido.


Hermelinda ahora tiene 69 años. Ella es sobreviviente del conflicto armado, originaria del cantón Los Sitios. Vive en Arcatao junto a su madre, Clara Ortega. Viven en una casa lo suficientemente espaciosa como para albergarlas a ambas, a la hija de Hermelinda y a sus dos pequeños nietos, un niño y una niña. Su hogar posee lo básico: dos habitaciones, un amplio comedor donde han colgado una hamaca y una cocina con una plancha en la que hace las tortillas.

“Hoy no tengo tortillas porque me fui para allá temprano”, ríe. Este día salió junto a su madre para reunirse con tres sobrevivientes más: Helia Rivera, María Echeverría y Evangelina Salazar. Todas ya mayores y vecinas cercanas. Evangelina vive a solo un par de casas al frente. Este día se reúnen en una pequeña capilla cerca de la casa de Hermelinda. La capilla es de ladrillo gris, sencilla: 10 bancas largas para los fieles, una mesa para el párroco y un par de sillas de madera.

Son las 11 de la mañana. Ya está en el lugar María Echeverría, una mujer de cabello largo y grisáceo. Usa un vestido sencillo y un delantal al frente. Está a la puerta de la capilla cuando aparece Helia Rivera. Viene de la alcaldía, donde trabaja en la Unidad de Género. Dentro de la capilla también están Hermelinda, Clara y Evangelina.

“Quizás quedamos para contar el cuento”. Quien habla es Helia. Lo que dice de alguna forma las tranquiliza. Ella también tiene 69 años. Conoció a María y a Evangelina durante “las Guindas”. A Hermelinda y Clara las conoció después, en Arcatao.

“Nosotros vivíamos en Patanera. Ahí estábamos cuando vinieron por helicóptero y empezaron a caer por el cerro La Cañada”, les cuenta Hermelinda a las demás. Mientras habla, mantiene los brazos entrecruzados frente al pecho, no le gusta recordar. “Han bajado por los cerros. Nos sacaron para el lado de Los Amates, para ahí nos fuimos. Ni camina uno... como en la noche lo sacan. No nos sacaban de día porque los soldados lo veían caminar a uno”.

Los militares se posicionaban en diferentes puestos de vigilancia a lo largo de las zonas montañosas de Arcatao y en los alrededores de los cantones y caseríos. En el operativo del que hablan estas mujeres estuvieron involucrados 14,000 efectivos.

Dolor.  Clara Ortega trabaja en una palma tras decidir dejar de conversar del pasado.


“Nosotros ahí perdimos a un niño”. Cuenta Evangelina sobre su nieto. “Por eso no me gusta dar testimonios, me acuerdo de la familia que perdí”, dice María, pero no lo dice con tristeza, lo dice con fuerza, con enojo.


***

Se encienden las luces poco a poco. Sobre el escenario, hay tres mujeres vestidas de blanco, inmóviles. Suena un gallo. Las mujeres empiezan a moverse, bailan, realizan su rutina matutina: recogen semillas imaginarias, cocinan, giran alrededor de su casa. Están ocupadas cuando, de repente, hay disparos. Se escuchan disparos bajando del monte y, con ellos, viene la aflicción. Empiezan a huir, los movimientos se cargan de miedo, corren por el escenario.

Marisol Salinas, Adriana Ospina y Paola Lorenzana ahora interpretan a las mujeres de Arcatao en “Guindas”. La puesta en escena se basa en la danza y algunos elementos audiovisuales para narrar esta historia. “Siempre me imaginé que se tenía que contar danzando. Cuando ellas me hablaban de “las Guindas”, yo me las imaginaba corriendo con sus niños y pensé que todo debía ser narrado solamente con el cuerpo, sin palabras”, comenta Adriana Ospina, artista colombiana quien en 2008 realizó una investigación sobre los testimonios de las sobrevivientes en Arcatao.

“Partimos directamente de los testimonios de las mujeres, desde enero del año pasado nos trasladamos a Arcatao para conocerlas e identificarnos con ellas”, comparte Salinas.


***

“Nosotros caminábamos mucho porque también andábamos con niños en el lomo”. Hermelinda, al hablar de sus hijos, se entristece. Durante “las Guindas”, iba con ella su familia, incluyendo su madre Clara y sus dos hijas. Clara le ayudaba a cuidarlas.

“Yo no me desprendía de ella, era la única hija que tenía”, dice Clara desde un extremo. Su voz es aguda y ágil al hablar. Como la de su hija, también es fuerte y se da a escuchar, aun cuando murmura.

Luego de salir de Patanera, se dirigieron hacia Orellana. “Nos han sacado en la tarde hasta dar a Los Amates. Llegamos ahí a buena mañanita, pasamos el río aclarando el día. Eso cuando íbamos para allá. Cuando veníamos de vuelta, no podía ni pasar la gente”. La mención del río inmediatamente genera una reacción en las demás mujeres. Todas vivieron esa pasada imposible.

“Yo recuerdo que nos pasamos el río huyendo a otra zona, pero el ejército venía avanzando hacia nosotros”, interrumpe Helia. “Cuando nos pasamos de regreso el Río Sumpul, el agua me llegaba hasta aquí”, levanta su mano derecha y la coloca a la altura de su cuello. “Iba parada solo con los dedos en la arena. Si no me paraba bien, me ahogaba”.

Para esa “Guinda”, cruzaron el río Sumpul al menos dos veces. La primera vez, cuando aún no habían encontrado militares, pudieron pasar en cayuco, una especie de balsa capaz de llevar a una gran cantidad de personas. La segunda vez, tras los disparos en Los Amates, debieron regresar y cruzar de nuevo, esta vez con el río crecido por las constantes lluvias de la temporada y sin cayuco.

Si hubieran cruzado en grupo, sobre la balsa, hubieran sido un blanco fácil para los helicópteros que pasaban sobrevolando el río, en búsqueda del enemigo. Pero el “enemigo” eran civiles desarmados, cansados y con hambre. Aparte de los helicópteros en el cielo, había que preocuparse por los soldados que venían acorralando a la multitud.

“Mire, se escuchaban gritos, lamentos”, expresa afligida Helia. “Recuerdo que una señora, María, de aquí, de Arcatao, nos gritaba para que le ayudáramos con un enfermo que tenía ahí. Pasábamos corriendo, era difícil, no había chance de ayudar porque cada quien iba defendiendo su pellejo o cargando con niños. Hubo muchos heridos que se quedaron a la orilla del río”.

“Muchos se quedaron en el Sumpul”, agrega María, una mujer de muy pocas palabras.


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La música se ha mezclado con disparos y jadeos. No hay luces en el escenario, salvo por una pequeña proyección que indica el cielo de noche. Las artistas se separan: Paola y Adriana se van a cada extremo y cogen una tela del suelo. La levantan hasta sus cuellos. Marisol cruza el río, moviéndose al son de agua y jadeos. Cae, da vueltas. Poco a poco, el río empieza a bajar su cauce.

Contar experiencias traumáticas y de violencia no es fácil para nadie; sin embargo, las mujeres sobrevivientes a “las Guindas” insisten para que no se olviden sus historias. Para Adriana Ospina, son las mujeres las que, con valentía y fuerza, siguen liderando procesos de memoria.

“Ellas pueden tocar mejor el dolor, hablar de lo que les duele y nombrar sus experiencias. De alguna forma, ellas toman esa labor de reconstrucción de la memoria”, expresa Ospina.


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“Después de todo, logramos salir del río. Todos mojados y afligidos, caminamos y caminamos en la noche de vuelta”. A medida que Hermelinda relata su historia, se vuelve más inquieta, mueve los brazos. “Nos trajeron por un lado que le dicen Los Castillos, para salir a Los Albertos. Ahí pasamos escondidos en un barranco”, dice finalmente.

Ellos caminaban siempre de noche por miedo a ser vistos por los soldados durante el día. El grupo de personas, al que en ese tiempo le decían “la masa”, era dirigido por “compas”, miembros de la guerrilla quienes proveían seguridad y coordinaban al grupo. Evitaban pasar por los lugares por donde se encontraban los soldados. Es por ello que se mantenían en movimiento constante, iban de ida y de vuelta visitando los mismos lugares.

“Volvimos a subir, pero por el lado de Los Alvarenga. La gente ya tenía hambre, los niños pedían comida”, continua rápidamente Hermelinda, bajando la mirada. Los hombres del grupo habían ido a una finca cercana a recolectar caña y piña para alimentarse. Fue cuando los vieron los soldados. “Pasó una avioneta, de esas que les decían avispitas o controladoras, pasó al ras de los charrales”.

Luego del encuentro con las avispitas, el grupo de Hermelinda y Clara emprendió de nuevo el camino. Salieron a las 10 de la mañana para llegar a Nueva Trinidad. Sin embargo, los soldados ya se habían tomado el Cerro Grande y se dispusieron a abrir fuego contra las personas que, cansadas, buscaban refugio en el municipio. “Ahí fue cuando perdí a las dos niñas”, explica Hermelinda. Ella llora con el recuerdo de sus hijas, pero la dureza de su experiencia hace que se recomponga rápidamente. Se frota sus ojos con ambas manos.

“Nosotras íbamos juntas con casi toda la familia. Pero en Nueva Trinidad, una de las niñas fue baleada”. Quien toma la palabra es Clara, conmovida por su hija. Ella es más enérgica, no titubea. “La tuvimos que dejar, sentadita, para seguir caminando siempre de noche, siempre con el mismo peligro. Pasé de nuevo al río Sumpul, ahí nos bañamos”. Clara termina, se levanta y se retira a una silla de madera cerca de la puerta de la capilla. Coge una de las palmas secas para arreglarla y, desde ese lugar, escucha a sus compañeras.


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Las intérpretes se mueven por el espacio, sus movimientos cargados de fuerza y desesperación. Huyen, son perseguidas por soldados que no pueden ver. Trepan, una sobre la otra, subiendo cerros. Caen, giran, se reencuentran al centro del escenario, cansadas. Se abrazan, reconfortándose entre sí.

“No hay personajes definidos, las tres somos todas. Danzamos la vida de todas porque, al final, cuando hablan, hablan de todas”, explica Ospina. Por las experiencias compartidas, las sobrevivientes de “las Guindas” tienen ahora una visión muy comunitaria de la vida.

“Cuando hablan, ellas te generan una gran admiración. Por eso queríamos interpretar la obra con un tono de ira y de fuerza, no de lástima”, concluye Ospina. Fue Marisol Salinas, directora de la obra, la encargada de traducir ese tono. Trabajó durante arduas jornadas de improvisación con los testimonios, para ponerse en los zapatos de las mujeres.

Memoria sobreviviente.  Hermelinda Flores tiene presente el recuerdo de sus hijas.

 

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“En la ‘Guinda de Mayo’ todavía no teníamos la experiencia de los tatús. Fue gracias a ella que la gente los empezó a hacer. Cada familia tenía el suyo”, explica Helia Rivera. Los tatús eran cuevas que permitían a las personas esconderse de las bombas y los soldados. Eran efectivos para operativos cortos, no para los de larga duración.

“Eso me hace recordar sobre el operativo El Carreño, en marzo de 1986. Yo estaba en Tequeque en ese entonces. Mi familia no tenía tatú porque mi esposo estaba herido. Así que nos coordinamos con otra familia para escondernos en una cueva que estaba bajo un barranco”. Esperaban que el operativo fuera corto, ya que no tenían demasiadas provisiones para sostenerse.

“Nosotros, sin agua y solo con harina de maicillo para comer. Gracias a Dios, un amigo llegó y nos dijo que nos saliéramos porque el operativo iba para tres meses. Al final duró 22 días”. De los tatús, la mayoría han sido tapados. Todavía hay algunos en El Portillo y en La Cañada. La familia de Evangelina conserva su tatú. “Pero ese queda bien lejos”, agrega Rivera.

“Niña Eva, usted también vivió la ‘Guinda de Mayo’, ¿verdad?”, le pregunta Helia a Evangelina Salazar, invitándola a que también cuente su experiencia. Hasta este punto, Evangelina se ha limitado a asentir a las experiencias relatadas en el grupo. Es una persona callada.

“En ese entonces, yo no vivía en Arcatao, yo venía para acá. En el camino, escuchamos la balacera en Los Amates, por lo que nos regresamos hacia El Portillo Norte”, empieza su relato Evangelina. Mientras habla, vuelve a ver a sus lados, a Helia, en son de responder su interrogante. “Yo iba con mi esposo, todavía estaba con nosotros, y con mi hija. Llevábamos a los niños también: mi hija llevaba a dos y yo a uno”.

Lo que relata Evangelina hace eco en las demás. Así salieron todas en guinda: con sus esposos, con sus hijos, con niños. Procuraban llevar con ellas pequeñas bolsas con puñados de sal y harina de maíz. Era lo único que cargaban consigo para calmar el hambre. Evangelina llevaba azúcar para hacer agua azucarada. Helia recuerda llevar sal y harina. Si podía, llevaba totopostes.

“Pasamos por Robles, después por Ignacio, después por El Zurrón... así le dicen”, relata Evangelina. Realiza el esfuerzo de recordar los nombres de los lugares en los que estuvo, en el orden en que estuvo. “De ahí nos pasaron a La Montañita y de ahí pasamos después a La Montañona... ¡Así pasamos 22 días!”

Durante esos 22 días, el esposo de Evangelina no halló más opción que dejar a su nieto, Nelson, para darle un poco de descanso y ponerlo a salvo de los soldados. “No recuerdo el nombre del lugar... fue cerca de La Lagunita. El niño ya no podía caminar, tenía llagas en los pies y estaba sin zapatos ya”. Evangelina se encoge. Intenta recordar el nombre del lugar dónde dejaron al pequeño Nelson, sin éxito.

El plan original era recoger a Nelson después de asegurarse que el camino hacia Arcatao era seguro. Esto fue imposible debido a un fuerte control militar en la zona. “Al final lo recogió un comandante comunal. Lo agarró en los brazos, lo arropó y lo acostó”. Ese fue el inicio de una nueva guinda para la familia de Evangelina: la de buscar a Nelson.

“Él se quedó esperando a que pasáramos”, se lamenta.

“Al comandante le dijeron que era hijo de guerrilleros, así que, pasados los 15 días, lo entregó a sus superiores. Estuvo un tiempito en La Laguna y después se lo llevaron a Chalatenango. Nosotros lo habíamos dado por muerto”, recuerda Evangelina. Nelson pasó por diferentes puestos militares y lo volvieron a ver casi 22 años después, gracias al padre Jon Cortina.

“La mamá hasta donó sangre para Estados Unidos, pero él estaba en la casa de un militar. El señor salió bien enojado cuando lo fuimos a ver, pero logramos que se calmara. Al principio Nelson no reconoció a su mamá, decía que no era ella. Con el tiempo se fue dando cuenta”, concluye Evangelina, conmovida y aliviada, recordando lo que pasaron hasta encontrar a su nieto.

“Yo aún no me podía esa historia”, dice curiosa Helia, quien después de tantos años ahora se sabe nuevas anécdotas e historias de sus vecinos y compañeros sobrevivientes.



***

“Arrorro, mi niño, cabeza de ayote”, cantan al unísono las intérpretes. Juntan a sus bebés de tela en su pecho y los mecen, los acurrucan mientras cantan. “Si no te dormís”, sueltan a sus bebés y los colocan en el piso. Ellas los miran con tristeza, con preocupación, con miedo.

“Nosotras creemos que esta historia se tiene que dar a conocer. El Gobierno salvadoreño tiene la obligación de posibilitar que se sepa la verdad. Debe aportar, promover y facilitar versiones populares de los testimonios”, agrega Ospina.

El que se encuentra en esa labor es el Comité de Memoria Histórica Sobreviviente de Arcatao, al cual pertenecen Helia, Hermelinda, Clara, María y Evangelina. Es una iniciativa propia de los sobrevivientes, no cuentan con el apoyo económico de ninguna organización. Han sacado adelante el Museo de Memoria Histórica y se organizan para seguir relatando sus testimonios.

Con “Guindas”, Marisol, Adriana y Paola han buscado que se promuevan y se difundan aún más los testimonios, para darlos a conocer afuera de Arcatao. Presentarán la obra en Colombia y en Paraguay.



***

“¡Fueron 22 días de no comer, de caminar entre balas, cansadas!”, grita Adriana mientras corre hacia un extremo del escenario. Le siguen Paola y Marisol. “¡Fueron 22 días sin comer, caminando, cansadas!”, vuelve a gritar. Corre hacia el otro extremo y salen. Se apagan las luces y el público queda en silencio. Aparece una pequeña luz desde el costado izquierdo del escenario. Entran nueve mujeres, entre ellas Helia Rivera, María Echeverría y Hermelinda Flores, cargando nueve velitas que iluminan sus rostros. Se paran frente al público, lo miran con seguridad y orgullo. Ellas son las sobrevivientes de la “Guinda de Mayo”.

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