Guate mala

En 2013, el escritor británico John Carlin fue contundente: “Nunca he estado en un país más siniestro que Guatemala, el caso más atroz de apartheid”.
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Guatemala es un jardín espinoso, tiene muchas rosas y muchas ortigas, ¿como las del racismo? De hecho, la guatemalteca que más admiro por su inteligencia me recuerda a un jardín, se llama Flor de María y tiene raíces mayas. Nació hace 30 años en el altiplano de Totonicapán. Es una suerte de periodista y catedrática “geek", trotamundos, lectora compulsiva y fanática de Los Beatles. Su “gran defecto” es ser morena y chaparrita -su propio país la hace sentir así-.

Como buena beatlemaníaca, intentó viajar a Nueva York para fotografiarse
junto al mosaico de “Imagine” inspirado en John Lennon. Sin embargo, un
cónsul guatemalteco-estadounidense la vio de arriba a abajo y le denegó la visa.
Flor no duda que su aspecto fue “decisivo”. Y la entiendo.   

Hace 16 años viví en Ciudad de Guatemala. Entonces, mis compañeros del
colegio (tristemente el mismo donde estudió la ahora reclusa Roxana Baldetti)
me llamaban “El Guanaco”. Un término que suele ser despectivo, pero nunca
tanto como el que aún utilizan para estereotipar a los indígenas -¡al 59% de la
población del país!-: “Chumo”.

Chumo significa terco, burro, montuno, grotesco: indio. Y recuerdo vívidamente
cómo todos nos burlábamos del apellido “chumo” de la maestra de
Contabilidad, Ixquiactap; y del de Música, Xucuj. Y encima, al salir de clases nos
carcajeábamos al ver cómo otro compañero correteaba a cualquier indígena
que llevara a su bebé a espaldas; al alcanzarla éste le preguntaba con cara de
energúmeno: “Vos, chumita, ¿regálame a tu ixchoco (niño)?”. Su refajo a penas
y les permitía correr despavoridas y a zancadas.

Recuerdo a unos vecinos (cheles, pero mestizos) hastiados de la migración
indígena a la capital; soñaban con una especie de peaje o “control migratorio” a
la altura del desvío a la Antigua. El Nobel de la Paz nunca fue suficiente:

Rigoberta Menchú nunca ha sido abrazada por todo su país, no ha sido de
confianza, es “india” y encima gordita. Y para añadir una onza más de
surrealismo: el cómico Jimmy Morales solía disfrazarse en televisión de indio
tonto y feo; en octubre pasado fue elegido presidente de la República.  

En 2013, el escritor británico John Carlin fue contundente: “Nunca he estado en
un país más siniestro que Guatemala, el caso más atroz de apartheid”.
Quizá invisible para turistas, el racismo está por doquier. Se pone en relieve en
Cayalá, un gueto de privilegio capitalino, donde hace unos años Ricardo Arjona
dio un concierto “gratuito”. Entonces, Jessica Duque Paíz, una chica mestiza,
tuiteó: “Gracias a Arjona ahora todos los choleros descubrirán a Cayalá, así
como (pasó con los centros comerciales) Miraflores y Oakland. Nos siguen los
indios!!!”.

El año pasado, Erick Barrondo, el hijo de un indio y una guanaca, y el único que
le ha dado una medalla olímpica a Guatemala, visitó Cayalá y se fotografió
vestido con su uniforme de la selección de marcha. No pasó mucho tiempo para
que un locutor  llamado Julio Reyes lo retuitera junto a lo siguiente: “¿Quiere
maní,  semilla de marañón o habas?”.  El mensaje era claro: Barrondo es indio y
pobre; y no puede visitar Cayalá más que para vender maní. Paradójicamente,
Cayalá significa “paraíso” en lengua maya.

Como si fuera poco, hay guatemaltecos como Martín Banús que no dudan en
describir al indígena como dejado, deforestador, bolo, machista y necio: “Su
problema básico es que conciben pobres extremos cada nueve meses y diez
minutos, pero además, ¡desde la temprana edad de 14 o 15 años! ¡Es
literalmente una barbarie demográfica! Los indígenas que así proceden son
victimarios del Estado y no víctimas de él…”.

Marta Elena Casaús Arzú, una intelectual guatemalteca radicada en Madrid,
encuestó a las 20 familias más influyentes de Guatemala desde la colonia.
Descubrió que el 75% se considera blanco o criollo “sin mezcla de sangre”;
muchos adujeron tener el grupo sanguíneo “O negativo”, el de los vascos. Para
Casaús, autora del libro “Linaje y racismo”, esto es una falacia: “En los primeros
30 años (de la colonia) no tuvieron mujeres españolas, fueron indígenas”.

Según Casaús, “esta falacia les ha permitido consolidarse como élite de poder,
como clase dominante. Y el factor que les permite consolidarse es el racismo”.
Un racismo que ha generado genocidios (como los de Ríos Montt),
incomunicación y falta de democracia.

Ojalá un día Flor de María pueda ver el “Imagine” de Lennon y pueda hacerlo
realidad: vivir en un lugar donde aquilaten su inteligencia y no su piel. En el
pasado conflicto guatemalteco (que ensañó más en el altiplano que en la
capital), su tío fue descuartizado y su familia fue perseguida. No merece ser una
rosa entre tanta ortiga.

Tags:

  • guatemala
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  • racismo
  • cayala
  • beatles

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