Habemus emeritus

Un obispo de Roma latinoamericano o africano haría maravillas para detener la erosión de fieles hacia las otras religiones cristianas.
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Antónimo gradual

*Periodista salvadoreño radicado en Washington, D. C.

“Gracias, buenas noches.” Con esas palabras el romano pontífice esbozó una sonrisa y desapareció tras el balcón de Castel Gandolfo. Es probable que sea la última vez que se le vea en público, por lo menos mientras viva, dado que ha optado por retirarse a un convento de clausura.

Joseph Ratzinger estrenó el título de papa emérito, el primero en la historia. El hecho de que sea el primero da una clara idea de que este no es, como muchos dicen, el tiempo más duro en la historia de la Iglesia. La última vez que un papa renunció lo hizo para poner fin a un cisma que había dividido la Iglesia en dos, con dos papas y dos sedes, una en Francia y la otra en Roma.

El nuevo papa no tendrá que reunificar a la Iglesia en sentido material, pero tendrá el reto de navegar el barco de la Iglesia católica en un mundo que cada vez la entiende menos y, sobre todo, pasa de ella.

Para ello basta ver a los católicos en Estados Unidos según el Centro Pew para las religiones: 75 millones de almas cuyas opiniones difieren drásticamente de la alta jerarquía en cuestiones como el celibato sacerdotal (58% en contra), los derechos de los homosexuales (51% favor del matrimonio civil entre personas del mismo sexo) o el aborto (51% a favor de mantenerlo legal). La población católica de Estados Unidos es la cuarta más grande del mundo, solo superada por Brasil, México y Filipinas.

En Brasil solo basta caminar por las calles de Río de Janeiro o cualquiera de sus grandes ciudades para darse cuenta de que la estricta moral católica es oída pero no escuchada en uno de los países que, con todo y sus contradicciones, es de los más liberales del mundo.

En Europa la misma Iglesia considera el continente que la vio nacer, por lo menos en su estado actual, como su némesis. Enfrentada irremediablemente con una sociedad secular, la Iglesia ha visto cómo sus grandes catedrales se han convertido en atracciones turísticas, en museos de un tiempo y un pasado glorioso que se ha ido para no volver.

No es entonces de extrañar que la gran coincidencia en materia de opinión entre los católicos de Estados Unidos y de Europa con los de América Latina, África o Asia sea el deseo de que el nuevo papa sea un hombre del mundo en desarrollo, o por lo menos no europeo.

América Latina y África son los únicos lugares en los que la voz de la Iglesia todavía pesa en las decisiones públicas. El veto de un cardenal o un arzobispo a las políticas públicas todavía es allí capaz de mantener posiciones doctrinarias, dogmáticas si se quiere, en asuntos sociales y políticos.

La conferencia dominical del arzobispo de San Salvador es una de las mejores muestras. Casi cualquier obispo en Estados Unidos o Europa se haría los bigotes con la capacidad mediática y sobre todo de injerencia casi incontestada que los jerarcas católicos gozan en El Salvador.

Un obispo de Roma latinoamericano o africano haría maravillas para detener la erosión de fieles hacia las otras religiones cristianas allí donde todavía tienen influencia. Allí donde todavía les temblaría mucho la mano a las autoridades y a los medios de comunicación para revelar los nefastos escándalos de prostitución, corrupción financiera y moral que envolvieron los últimos días de Ratzinger como Benedicto XVI.

Para los que dejamos de creer en la Iglesia católica hace mucho, hará poca o ninguna diferencia quién reemplace a Benedicto XVI, el hombre que fue recibido con igual deferencia por George W. Bush que por Raúl Castro. O quién sabe, talvez el nuevo sucesor de Pedro nos sorprenda.

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